Convergencias del signo en los “maestros de la sospecha”: Marx, Freud y Nietzsche

Rafael Ojeda

 

En un apartado de su libro Freud: una interpretación de la cultura, en el que nos habla del giro “hermenéutico” que habría experimentado el pensamiento occidental, que él denomina ―bastante ilustrativamente por cierto― “La interpretación como ejercicio de la sospecha”, el filósofo francés Paul Ricoeur reúne a Marx, Nietzsche y Freud bajo el rótulo de “escuela de la sospecha”; denominación que se hará referencial al momento de acercarnos a la disímil obra de estos pensadores, diametralmente distantes entre sí, pero cercanos si consideramos su pasión compartida en pos del desenmascaramiento de lo “real”, desde puntos de partida diferentes y hasta enfrentados, entre una noción de la ideología asumida como falsa conciencia de lo real, de la moral como eje de dominación, o de la conciencia asumida como dispositivo represor del inconsciente.

Allí Paul Ricoer llamaba la atención sobre el carácter anómalo o singular de la producción de estos tres autores que ―a decir de él― “aparentemente se excluyen entre sí, pero que no obstante marcaron el quiebre definitivo en la historia del pensamiento”. Pues para estos, pensar equivalía a interpretar, hecho que se fue evidenciando sobre todo ante esa nueva conciencia que históricamente se fue imponiendo en el pensamiento occidental: la de la disolución del objeto frente al empoderamiento del signo, signo que se fue convirtiendo en el fundamento interpretativo del pensar y desde allí de las interpretaciones del estar. Lo que fue haciendo que la filosofía dejase de ser un ejercicio de representación para convertirse en uno interpretación, algo que Jacques Derrida, después, llevará al extremo en la frase: “no hay nada fuera del signo”.

No obstante, esta mención al quiebre epistemológico desencadenado en la racionalidad modernista ―si lo decimos a la manera del epistemólogo francés Gastón Bachelard― por los integrantes de lo que Ricoeur englobó, tomando una frase de Nietzsche, como “escuela de la sospecha” o “maestros de la sospecha”, se ve también descrita por Michel Foucault, que, a su manera, dentro de los márgenes estructuralistas de la epistemología bachelardiana, planteaba ya en Las palabras y las cosas, ese tránsito ocurrido desde la episteme clásica ―es decir la de los siglos XVII y XVIII―,  marcada por el “saber de la representación” de las cosas, hacia la episteme del siglo XIX y XX, que se revela como lenguaje y estructura lingüística; es decir, como un “saber de la interpretación” o un tipo de saber en el que las cosas ya no son solo existencias, sino significantes.

MarxY es partir de estos cambios que podemos entender que lo que han deseado estos tres autores, no es solo manifestar su pulsión destructora y negadora de las “normalidades” éticas, económicas, políticas, morales y religiosas; sino concebir una forma más efectiva de interpretar los sentidos y violentar los signos, a partir de esa desconfianza inicial, como ejercicio de la sospecha, que fue impregnando sus obras. Pues, siguiendo algunas ideas del libro Nietzsche, Freud y Marx, de Foucault, estos pensadores no habrían multiplicado en forma alguna los signos, no habrían dado un sentido nuevo a las cosas que antes no las tenían; sino, lo que hicieron fue cambiar la naturaleza del signo y modificar la forma en que generalmente este era interpretado.

Por lo que es a partir de este giro ―digamos hermenéutico― desde donde el pensar abandona el universo de la representación para pasar al de la interpretación, sobre todo porque el signo pasó a determinar el filosofar, haciendo de la comprensión, una hermenéutica que incide en la búsqueda de sentido, en el desciframiento de los arcanos, de lo que está oculto, en instituir una nueva relación entre lo patente y lo latente; una relación que abrió esa noción dual de lo oculto-mostrado o, si se prefiere, de lo simulado-manifiesto, para revertirlo. Un eje en el que los tres “maestros de la sospecha”, desde sus particulares métodos y caminos diferentes: la dialéctica en Marx, la genealogía en Nietzsche y el psicoanálisis en Freud, a partir de la definición de un ser social, de la voluntad de poder y del psiquismo inconsciente ―entre la ideología, la tradición y la mente―, fueron imponiendo un sentido en el que los signos no son causales, y en el que las interpretaciones tienden a adquirir el deber de interpretarse a sí mismas.

En este sentido, es fácil reconocer que, en cada caso se trata de un ejercicio diferente de la sospecha: uno economicista, en el caso de Marx; moralista en el caso de Nietzsche, y sicologista en el caso de Freud. Aunque, cabe decir también, que esta diferenciación continúa resultando bastante vulgar y gaseosa, sobre todo si nos atenemos a la complejidad y los alcances subversivos de sus particulares obras. Por lo que, si queremos incidir en una suerte de línea crítica genética, considerando el espectro histórico-social como fermento o sedimento de sus ideas, y apuntamos otra variable más a las ya expuestas, podríamos explicar esa suerte de identidad crítica en los tres, pues tanto Marx, como Nietzsche y Freud reaccionan críticamente ante la sociedad y el tiempo en el que les tocó vivir, además de un contexto que les resultaba sospechoso.

Y no obstante que no pertenecían a una misma generación, pues Marx vivió entre 1818 y 1883, Nietzsche entre 1844 y 1900 y Freud entre 1856 y 1939, sus tiempos de alguna manera se intersectan y llegan a confluir. Por lo que resulta fácil explicar, como diría Ricoeur, su común oposición a una fenomenología de lo sagrado comprendida como propedéutica a la “revelación” del sentido, además de su articulación dentro de un método único de desmistificación, y su impugnación a la primacía del “objeto”; esto sumado a su denuncia común en contra de las ilusiones societales y la falsa percepción de la realidad. Una realidad a la que políticamente enfrentan, desde perspectivas totalmente disímiles y diametrales. Sobre todo si consideramos los matices ideológicos del Marx comunista, ubicado en las antípodas de Nietzsche, plagado de matices protofascistas. Lo que podría dejar a Freud en un punto intermedio entre ambos o en su reverso, llevándonos esto a ubicar otra oposición, como tensión de contrarios, sobre todo porque, en su actitud genealógica y su desprecio por el presente, Nietzsche encuentra la solución en el retorno, llevándonos a reclamar la moral de los señores, la de los padres; mientras Freud plantea, en el ansia edípica de su teoría psicoanalítica, la muerte al padre.

nietzscheCabe decir que los tres terminan por imponerse como horizontes filosóficos casi inexpugnables, como serios proyectos de reversión epistémica y social. Nietzsche busca poner de cabeza a Platón, Marx pone de cabeza a Hegel, y aunque es un poco más complicado pensarlo, Freud revierte lo consciente para darle carta de ciudadanía o desencubrir el inconsciente, poniendo en tela de juicio la idea misma de racionalidad. Por lo que resulta bastante “razonable” decir que los tres, en sus particulares proyectos de reversión, tienden un hilo común aunque enrevesado. Pues, tanto en Marx como en Nietzsche, hay una apuesta positivista ―al menos eso es lo que dice Heidegger con respecto al primer Nietzsche antiplatónico, que se enfrenta al “mundo de las ideas”, de lo suprasensible, para reivindicar el “mundo de lo sensible”; en tanto Marx, al revertir a Hegel, saca la dialéctica del campo idealista y la  pone al servicio de la materia.

En este sentido, en Marx como en Nietzsche, hay una apuesta por el efecto superficie, por el sentido terrenal y materialista del pensar, además de compartir una noción arqueológica del desencubrimiento. Lo que, en el autor de El Capital, se evidencia en sus afanes por disipar “la falsa conciencia” impuesta por la burguesía, vía una praxis que termine por desenmascarar la ideología y el sistema económico de explotación burgués; en tanto Nietzsche exhibe su afán por revertir la transvaloración de todos los valores, una transvaloración iniciada por Sócrates, continuada por Platón, y desde él por toda la moral occidental, buscando acabar con lo que él llamaba “moral de esclavos”, para así restablecer la fuerza del hombre liberado, lejos del resentimiento y la compasión, del ser “al que realmente le es lícito hacer promesas”; mientras la labor “arqueológica” de Freud, sería más bien subterránea, espeleológica, una noción que lo ubicaría un paso adelante de los otros dos, pues en su ejercicio de sospecha, Freud logra rebasar el efecto superficie, para penetrar en el subconsciente e incidir en el inusitado espacio desde donde fluye la vida consciente.

En este punto, la historia de la filosofía nos ha presentado a Descartes, como el sumun del racionalismo y la autoconciencia, como la teorización metódica del yo pensante que planteaba que todas las cosas son pasibles de duda, que no son tal y cómo aparecen. Pero el cógito cartesiano, no ponía en cuestión aquella conciencia que le permitía saberse a sí mismo, y saber que razonaba en un tiempo en el que el sentido y la conciencia del sentido coincidían. En tanto Marx como Nietzsche, que denunciaban la falsa conciencia, como conciencia que no es lo que cree ser, pero criticada a partir de un yo aceptado como consciente, de un yo razonador que han asumido como incuestionable y que les servía como punto de partida, desenvolviéndose desde un punto fijo o un presupuesto que les permitía, en el caso de Marx, reconocer conciencias alienadas o ideologías impuestas por un modo de producción, un principio de dominación o un proceso de fetichización, que aunque racional resultaba ilegítimo; y en el caso de Nietzsche, reconocer un sistema de normas transvaloradas, en el que los intereses de los débiles y cobardes, con la “moral del rebaño” o de los esclavos, ha sido impuesta sobre la moral de los señores y hombres fuertes.

freudTal vez por ello, en Marx y en Nietzsche, es la realidad la que se presenta como revestida de mistificaciones, oculta tras una serie de máscaras económicas y morales que necesitan ser arrancadas para llegar a la fisonomía de lo real; no obstante en Freud ―que parece oponérseles―, es ese mismo eje de racionalidad del que se sospecha, es el cógito mismo el que resulta vedado y cuestionado, pues es la conciencia “constructora” la que se ve afectada por una serie de mascaradas o filtros inhibidores que subsumen a un inconsciente negado por una racionalidad que termina por mediatizar represivamente la vida “real” de los hombres, hasta determinar sus conductas e ideas, desde anomalías, complejos o problemas irresueltos.

Cabe decir que, a pesar de estas sustanciales diferencias, lo que los unifica ―entre otras cosas― es aquella denuncia común en contra de las ilusiones sociales, en contra de la falsa percepción de la realidad, en la búsqueda de esos principios ocultos de la actividad consciente, enfrentándose también, en sus afanes profanos, a una suerte de antropología de la religión enquistada en la buena conciencia de los hombres. Marx desde un ateísmo materialista que lo llevó a repetir aquella frase de Bruno Bauer, “La religión es el opio del pueblo”; Nietzsche desde su crítica radical a la moral judeocristiana, su anticristianismo y la idea de la muerte de Dios, y Freud desde aquella idea del parricidio primordial que alcanza también a la imagen cósmica del Dios padre.

No obstante ―siguiendo a Paul Ricoeur―, estos tres maestros de la sospecha no vienen a ser tres maestros de escepticismo; seguramente son tres grandes “destructores” y, sin embargo, ni siquiera esto debe extraviarnos; pues, la destrucción, dice Heidegger en Ser y Tiempo, es un momento de toda nueva fundación, incluida la destrucción de la religión, en cuanto es, según palabras de Nietzsche, un “platonismo para el pueblo”. Pues, es más allá de la “destrucción” donde se plantea la cuestión de saber lo que todavía significan pensamiento, razón e incluso fe. Y estamos seguros de que esa fe, esa apuesta por la humanidad, les fue compartida.

Es por ello que, en este punto, la interpretación se hace un proceso difícil, un asunto vertiginoso, un proceso que incluye no solo las tradiciones, las ideas recibidas, la ideología; sino que la misma noción de verdad es el efecto de una estratificación (y mistificación) histórica, cuyos orígenes son retóricos, emotivos, interesados. Por lo que el significado propio, el sentido auténtico del que las apariencias y las formaciones secundarias constituyen la metáfora, es a su vez algo oscuro y derivado, algo que por su parte debe también ser sometido a interpretación. He allí su circularidad y su tragedia, pues si no se vuelve dogmática, la interpretación se convierte en nihilista.

 

Rafael Ojeda

 

 

Bibliografía

Bachelard, Gastón (1987). La formación del espíritu científico. México: Siglo XXI Editores.

Descartes, René (1984). Discurso del método. Barcelona: Planeta.

Foucault, Michel (1970). Nietzsche, Freud, Marx. Barcelona: Anagrama.

Foucault, Michel (2008). Las palabras y las cosas. México: Siglo XXI Editores.

Freud, Sigmund (1986). La interpretación de los sueños. Madrid: Alianza Editorial. III t.

Heidegger, Martin (2000) Nietzsche. Barcelona: Ediciones Destino. T. I

Heidegger, Martin (1962) El ser y el tiempo. México: Fondo de Cultura Económica.

Marx, Karl (1989). Introducción general a la crítica de la economía política, 1857. México: Siglo XXI Editores.

Nietzsche, Friedrich (2002). Genealogía de la moral. Madrid: Alianza Editorial.

Ricoeur, Paul (1990). Freud: una interpretación de la cultura. México: Siglo XXI Editores.

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Aniversario y balance. Una debilidad por las fronteras y los márgenes

La travesía de Laberintos Suburbanos empezó un 2 de marzo de 2015, como un intento de inserción a-estética en el informe espacio de todo lo despreciado, lo banal, lo críptico y contaminado, como una apuesta en pos de una ilustración alternativa, cuya razón luz, desde el principio optara por una suerte de visión tubular, visión que tuviese como analogía, la noción de un centro negro o punto ciego, cuyos márgenes iluminados, inmaculados, vayan abriendo la posibilidad de detenernos en lo poco visible, como praxis de descentramiento de los focos de atención en exfocos que permitan el desocultamiento de lo minoritario, de lo marginal, de lo excluido, para abarcar así todas las variables posibles y pasibles de ser relatadas, enunciadas e historiadas, como apertura hacia multiplicidades y diferencias totalmente nuevas, o simplemente nunca antes vistas ni oídas; ya sean políticas, antropológicas, sociales, sexuales, sub o paraculturales, pero insertas en un espectro en el que lo que se desea elucidar o iluminar no sea lo ya racionalizado, sino lo irracional, lo oscuro, apuntando a aquello que de alguna manera podríamos identificar como antimainstream, pero que no solo se detenga en lo contracultural, sino que en su espacio abarque también lo bizarro, lo monstruoso, lo escabroso y amoral.

Por ello, desde el principio quisimos plantear la idea de viaje como referente de circulación y lectura, en el que cada texto funcionase como una estación o punto de parada y de partida en un intenso, extenso y aleatorio desplazamiento cíclico, a la manera de un metro subterráneo o un mototaxi suburbial, que obedeciera a una retórica incidental, insurrecta y errática; desplazándose por los límites e intersticios de la ciudad. Por los laberintos de una ciudad igualmente codiciada y despreciada; como una urbe formal, pero marcada o asediada por la ilegalidad e informalidad de sus intersticios, fisuras y márgenes, que como alter realidades, se presenten emergiendo desde las zonas opacas u oscuras de la ciudad oficial. En un punto en el que la imagen central o protagónica de Laberintos suburbanos ―imagen muchas veces cuestionada debido a lo que ha representado―, se presenta como la metáfora efectiva de una postal histórica-imaginaria, desde la que se va armando, a manera de rompecabezas, el relato de las múltiples miradas de deseo, de desprecio y de resentimiento hacia “Babilonia la grande”, pero vista o asediada desde sus márgenes, desde el ansia talibanesca de un observador oculto, de un guardián en el centeno, de un celador que observa alucinado la ciudad, pero solo para devastarla.

caosEn ese contexto, la imagen de la ciudad añorada, es vista desde suburbia. Y es desde esa idea o imagen-símbolo, desde la que podemos entender el punto de partida y de llegada de Laberintos suburbanos. Un itinerario manifiesto desde una aspiración localista, pero determinada por una ambición cosmopolita: la de abordar ciudades en abstracto, hasta hacerlas a todas una, pero vistas o visitadas desde sus sedimentos, desde sus fragmentos, desde sus cinturones de miseria e ínsulas, hasta abarcar y comprender todas sus manifestaciones culturales, subculturales y contraculturales, incidiendo en una antropología del “no-lugar” (Marc Augé), para construir desde allí, un espacio-plataforma de abordaje y confrontación crítica sobre la ciudad, sus suburbios y laberintos. Abordando también la noción de “ciudades muertas”, pero vistas desde referencias distintas, asociadas a la idea de destrucción o desvanecimiento de la ciudad cosmopolita, violenta y posmoderna, para construir otra ideal.

Desde el principio esas han sido nuestras razones, sobre todo porque irrumpimos en un momento que considerábamos crucial, insertándonos en un contexto en el que experimentábamos lo que sartreanamente se ha evidenciado como una suerte de náusea existenciaria; una sensación óntica e individual que al ser traspasada a lo social, se fue convirtiendo en actitud sociopolítica. Presentándonos cada posibilidad de canalización y diseminación de ideas como salidas nuevas, como ensayos nuevos o vías de escape hacia posibilidades otras, posibilidades que nos han ido proveyendo de pretextos para abordar y repensar discursos o símbolos ubicados en los márgenes casi siempre invisibles y ausentes de la ciudad, como (ex)centros de lo discriminado, de lo segregado, de lo criminalizado por lo que hemos aprendido o se nos ha enseñado a conocer como cultural oficial o real, para desdeñar otras posibilidades.

Por ello lo pensamos y asumimos la especificidad de estos discursos ―como signos foucaultianos de poder― y su exterioridad, desde donde aspiramos albergar y tolerar no solo lo normalizado o domesticado dentro de los parámetros estéticos y políticamente correctos de la sociedad, asumiendo que se discrimina y desdeña todo lo que no puede entenderse o racionalizarse desde el interior de los prejuicios, a manera de obstáculos epistemológicos (Bachelard), sino también el espectro amplio de lo anómalo y marginal, en una suerte de exterioridad deleuzianamente rizomática que va construyendo, a manera de enclaves, guetos o centros de concentración, archipiélagos de otredad que van diseminándose en el interior “mismo” de la mismiedad; en una geografía metropolitana que va adaptando sus necesidades a nuevos esquemas de control y represión.

En este sentido, no obstante que parecemos habitar en un espacio culturalmente democrático, normalizado, socializado y aséptico, solemos encontrarnos con esos intersticios encubiertos, negados, desacreditados por su impureza, su disonancia o su marginalidad simbólica, espacios segregados que son los que resultan propicios para nuevas reflexiones y disquisiciones, desde sentidos nuevos que podrían permitirnos un reabordaje, recreación o clasificación-desclasificación de las diferencias, en eso que Jacques Derrida entendía, en los Márgenes.., que estaba más allá del texto filosófico ―o de cualquier texto en general―, en el que “no hay un margen blanco, virgen, vacío, sino otro texto, un tejido de diferencias de fuerzas sin ningún centro de referencia presente”, y que suele albergar racionalidades fronterizas que pendulan, absorben y se articulan, no en el interior de un ethos social, sino en el inter-espacio de múltiples ethos y conciencias, en territorios de recepción, creación y enunciación, pero prestando atención a las zonas marginales o suplementarias de la imagen-texto.

Es por ello que, luego de todo este tiempo, hemos querido presentar esto como una posibilidad (ex)ótica, como un lugar de confrontación que irrumpe en un entorno poco inspirador y delirante que está viendo emerger avatares nuevos de fascismo y microfascismo, pero también nuevas formas de resistencia. Lugares en los que atreverse, luego de un primer impulso que terminó por desarticularnos (2015-2018), derivó en la posibilidad de hacernos reformular estrategias que se fueron tornando más conflictivas y arduas, sobre todo si asumimos esto como plan y plataforma aspiracional, en el deseo de ser o manifestarnos como contrapeso asistémico, al proceso de descomposición y degradación social sistémica que desde sus múltiples manifestaciones se viene repotenciando y normalizando en toda la región.

En este sentido, así como hablamos del histórico fin de ciclo de la izquierda latinoamericana, y del consecuente ascenso de sectores retardatarios y ultraconservadores al poder, entendemos también que los desafíos actuales se han repotenciado. Sobre todo porque este nuevo viaje no implica únicamente asumirnos como ejes o soportes de pluralidad, o de una apertura hacia éticas y estéticas alternativas, que, debido a su condición germinal o marginal, no solo no tendrían espacio en el interior de los circuitos hegemónicos, sino que se les ha combatido, reprimido y condenado en el interior de un espectro en el que la negación solo ha resumido actitudes performáticas y pasivas, en las que la opción por el NO, se presenta únicamente como distanciamiento de prácticas de embrutecimiento desplegadas como política de dominación auspiciada por el mainstream cultural vigente; sino que la consigna sea asumir la labor activa de ir más allá de lo estricta y estérilmente intelectual, para impregnarnos así de estrategias socioculturales y políticas disidentes, que estén relacionadas a una logística, pese a sus parcialidades, de frente único que reaccione contra todo lo que se nos presenta como civilizacional y políticamente abominable.

De ahí que, ante una lógica sociopolítica y cultural de degradación social e individuación sicológica, ya no sea suficiente solo decir NO; sino que se trata de lograr ―con nuestras prácticas cotidianas o temporarias―, que cada vez menos personas opten por el SÍ, y que, desde la negación ante una normalidad que percibimos como enfermiza, podamos aprender a construir un futuro cada vez más integral y abierto. Y es por ello que, desde nuestro planificado nomadismo, hemos querido ser un espacio-plataforma de abordaje crítico, de análisis entorno a visiones enfrentadas sobre lo urbano, lo cultural y lo subcultural. Desde visiones nuevas que canalicen elementos que emergen desde las fisuras y extremos metropolitanos, desde las fronteras de la ciudad amada y detestada al mismo tiempo, desde una urbe que parece reclamar para sí una integralidad real, un mundo ―como decía sub-Marcos― en el que quepan muchos mundos, desde aquella noción de apertura hacia multiplicidades y diferencias no visibles para abrazarlas como propias.

Laberinto subterraneoMuchas veces hemos errado y otras pocas acertado. Pero en nuestro descargo diremos que, pese a que nuestro objetivo ―visto en el manifiesto-exposición de motivos―, como un ejercicio crítico, ha sido abordar, desde las referencias de nuestra especificidad local, como asuntos globales, glocales, o nacionales, los problemas ligados a los márgenes de esa mundialidad política, económica, cultural, psicológica, ideológica y antropológica de las sociedades colapsadas o en tránsito. Dinamizados  por el hecho de querer edificarnos como un espacio de reflexión y trabajo; abrazando, desde aquella pulsión nómade que quisiéramos termine por caracterizarnos, la idea de instituirnos como una plataforma que funcione, al menos aspiracionalmente, como un observatorio de experimentación y terreno de experiencias, pero de efectos colaterales en otros campos como el activismo, el artivismo y la confrontación social. En ese sentido, como lo hemos escrito en nuestro manifiesto-exposición de motivos:

Laberintos Suburbanos: Espacio de crítica, arte, activismo y accionismo, de encuentro y debate en torno a manifestaciones culturales y materias artísticas marginales, minoritarias, transgresoras, subterráneas e intersticiales; en el que la ciudad es abordada desde sus fisuras, desde sus suburbios, desde sus fronteras y extremos metropolitanos. A partir de una poética de lo banal, de lo marginal, de lo trivial, de lo críptico, de lo fragmentario y lo contaminado. Más allá de esto, Laberintos Suburbanos obedece a una lógica incidental, insurrecta, errática y caprichosa, en la que circulan materias nómades, subalternas, aleatorias, subterráneas, inestables, proteicas y marginales, como un observatorio de experimentación y fábrica de experiencias, pero instalado en los límites, en los intersticios y márgenes metropolitanos, a la manera de un celador, como un cazador al acecho u observador oculto que mira alucinado la ciudad para… (LabSub 2015)

Y es en este espectro en el que la mirada alcanza un rol fundamental y constituyente, pues nuestras visiones sobre lo real-social, pero también las suyas sobre lo virtual-emocional, terminan por plantear un tema que resulta aún bastante difícil, pues entendemos que los fines relacionados a la asunción de una estética del NO, asociados a un nomanismo no solo geográfico sino también óntico, permiten, como mecanismo de búsqueda aspiracional de todo lo encubierto o negado, que nuestros ejes funcionen como un espacio u observatorio de experimentación y fábricas de experiencias minoritarias, marginales y múltiples, pero de efectos colaterales en otros campos de la vida, un plataforma u observatorio que tiene como eje de aglutinación a todo lo historiable y/o clasificable, pero abordados desde una noción deconstructora, que asume su debilidad derridariana por los márgenes.

De ahí que, en el interior de esta noción de “Aniversario y balance”, queríamos parafrasear a José Carlos Mariátegui, y tomar nuevamente el título del texto que él escribiera al “celebrar” el segundo aniversario de la emblemática revista Amauta. Y decir también que no se pueden entender la historia en otros términos que en el de la duración, y que “No vale el grito aislado, por muy largo que sea su eco; vale la prédica constante, continua, persistente. No vale la idea perfecta, absoluta, abstracta, indiferente a los hechos, a la realidad cambiante y móvil; vale la idea germinal, concreta, dialéctica, operante, rica en potencia y capaz de movimiento” (Mariátegui 1928). Además de decir que nos esperan largas jornadas de resistencia y participación urbana para evitar que la podredumbre y el horror del pasado  vuelva e intente arrebatarnos nuestra casa, nuestra ciudad y nuestra patria, además del futuro de los que todavía pueden soñar y creen que se puede refrendar la idea o posibilidad de edificar, de construir algo totalmente nuevo con lo poco que aún nos queda.

Finalmente, no nos gustan las cosas tal y como están. Por eso, siempre diremos que nos manifestamos y estamos en contra.

Fernando Cassamar

 

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Laberintos Suburbanos (2019)

Espacio-plataforma de abordaje crítico, desde las fisuras, fronteras y extremos metropolitanos

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El tractatus distópico y poético del adiós verasteguiano

Fernando Cassamar

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Me da pánico, tengo miedo del tránsito
pero sí acepto la vida después de la vida
 sin miedo, no sé qué me suscita pensarlo.
Enrique verástegui (1 Jul 2018)

 

No hay un lugar en el mundo en el que se pueda escapar de las matemáticas ni de la poesía, decía el filósofo astrofísico Anton Sorokow, y quizá no podía ser de otra manera, sobre todo porque allí afuera nos quedaba el universo con sus estrellas y constelaciones, además del cielo con sus astros, estrellas novas y agujeros negros. Pero al cerrar los ojos podíamos ver el fin de la razón como oscuridad, salida o escape hacia la nada, como un punto de fuga hacia el vacío, a la manera de Esenin o de Maiakovski, pero tal vez también a la manera de August Strindberg, de Robert Walser, de Martín Adán, de Juan Ramírez Ruiz, de Enrique Verástegui[1] y de tantos otros. Como todos los que en aquella época, a la manera de Leonard Cohen, teníamos una voz, pero como Henry Fiol aún buscábamos la melodía, esa melodía desencadenada que se propagara por los cuatro puntos cardinales del mundo, pero también hacia arriba, siempre arriba como solemos decir de Jorge Chávez, hacia ese cielo no siempre azul y casi siempre gris de Lima… en pos del escape perfecto, de ese escape soñado por Harry Houdini.

Pero también buscábamos una ecuación, aquella ecuación que nos indicara el balance perfecto entre lo material y lo inmaterial, quizá como el espacio del más allá, pero también como algo más profundo entre la distención psicodélica del tiempo y el Zabriskie Point antogniano del espacio; entre las abscisas y las coordenadas cartesianas que nos ubicaban en un punto del plano del calvario, con nuestro cuerpo astral desbordando lo físico para dirigirse hacia las esferas superiores del Edén; o hurgando, como quería Aldous Huxley, en las áfricas y tierras vírgenes de la mente, traspasando las puertas de la percepción. Y en pos de todo ello habíamos modelado, armonizado, poetizado, deformado el espacio de nuestra percepción, para asumir ese kantiano sujeto trascendental, solo para recalar en la escalera de Wittgenstein, y así no caer… como aquella suma de fieles yacentes en los campos del exterminio auschwitzsiano.

Y te oímos decir que en uno de tus poemas habías refutado el Tractatus Logico-Philosophicus… y eso no nos pareció lógico, porque la poesía aún no es una ciencia exacta, como la lógica, como los principios matemáticos o la astrofísica. Pero qué se podía esperar en esos días, en los que tus análisis de la poesía e Introducción a la Cienciasofía nos decían muchos de los arcanos negados de aquella alterrealidad oculta e irresuelta. Entre la fragancia de esos documentos supuestamente rescatados de los archivos de la Orden Hermética, como parte de la Sociedad para la Liberación de las Rosas.

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De Izquierda a derecha: Juan Ramírez Ruiz, Jorge Pimentel y Enrique Veraztegui

Entonces asumimos el principio de realidad a partir de la Navaja de Ockham, como postulado para la ce(n)sura de la razón, entendiendo, como nos había enseñado Martín Adán, que la rosa que amábamos era la del prudente, la de sí misma, al aire de este mundo, agobiada en este país en el que la poesía ladra, suda orina, “frecuenta los burdeles / escribe cantos silba danza mientras se mira”, y tu cuchillo se apresta a descuartizar el otoño. Mientras recuerdo aquella historia en la que tú estás en esa combi, en la que le enseñas tu nombre que está inscripto en uno de tus libros al cobrador para no pagarle el pasaje y este no lo hizo. Todos sabemos también que ya entonces la vida no era dulce para nadie, que eran otros tiempos para todos; y no interesaba nada, porque la poesía urbana empezaba a heder a campanitas de cristal y a agua de lavanda.

Durante mi adolescencia obtuve un ejemplar de tu Leonardo, que compré durante esas tardes y noches ebrias, en las que entré al Shakespeare & Co. sobre uno de los márgenes del río Rímac, que no era el Sena, ni se le parecía, cerca de una de esas calles del centro, en la que solía también comprar las revistas y casetes de Musicalia, para escuchar a Bach, Albinoni o Rachmaninov. Eran tiempos en los que escribir no implicaba meditar y esto tampoco era comprometer las “manos, / y papel, máquina de flores en el curso de las cosas, no / disponerse a modelar lo espontáneo hacia un objetivo preciso. / Escribir de lo que se es como de lo que uno realiza es el proyecto de toda vida” (Leonardo – Verastegui).

Luego están los episodios sanmarquinos, en los que Zelada me enseñó tu Angelus Novus, para hablar de tus poemas, como antes lo había hecho con Habermas o con Bataille. Pero yo ya no soportaba la poesía, prefería la filosofía y estaba más interesado en el Angelus Novus de Paul Klee, articulado en el “ángel de la historia” benjaminiano. Pues los noventas eran tiempos de guerra, tiempos de distopía que se parecían a tus experiencias con mayo del 68 y tus lecturas de Marcuse que interpretaba la industria como una flor carnívora y te preguntabas: “¿Podemos tocar entonces el tema de una mente / liberándose de su pasado si no utilizar la metáfora inservible del otoño”, en esos tiempos en los que como en los nuestros, la desesperación y la náusea se apoderaban de Lima y del país, para degradarlo en el horror de tener que enfrentar lo no (po)ético, noético y noemático husserliano.

Las vanguardias están envejeciendo, y muchos se están yendo. Y pese a todo, fenomenológicamente algunos pudimos sobrevivir, resistir pese a que la podredumbre fujimorista nos venía robando la patria, el país y el futuro, enmierdando nuestros días y meses, años y lustros, como antes, como ahora, como siempre. Y no obstante ello, no nos fuimos, continuamos en este lugar que percibíamos como una cadena de acontecimientos trágicos, como en Hiroshima, Nagasaki, Mile Island o Chernobil o Barrios Altos, mientras el ángel nuevo de la historia observaba aquella “catástrofe única que se amontonaba ruina sobre ruina” en este país que empezaba a regatearnos toda la esperanza; pues como decía Benjamin: “Bien quisiera él [ángel nuevo o el ángel de la historia] detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas” para escapar.

Portada-de-En-los-extramuros-del-mundo-de-Enrique-Verastegui-Caja-negra-2012Entonces llegó el tiempo en el que nadie pudo conseguir huir, tal vez porque ya se nos  había acabado las armas o tal vez solo los poemas. Pero, no obstante, había algunos que aún elegían la poesía, o tal vez la poesía los elegía a ellos ¿Cómo saberlo? Pues la historia de este país también tenía sus oasis contrafácticos, con sus archipiélagos de contrahistorias, pesadillas, ucronías y algunas cosas más que fueron ascendiendo desde los infiernos. Y como tú decías, “El empirista y el pragmatista dirán que un poema / sale extraño si el azufre es la carne de todos los días. /  Que un poema, si el papel que se emplea no es mucho, / no tiene más versos que una dulce pérdida de tiempo…”

Por ello, casi de casualidad, a fines de los noventas, recalé en el salón de grados de la Facultad de Derecho de San Marcos, donde estaban casi todos los de tu generación; y escuché a José Watanabe, a Carmen Ollé, a Jorge Pimentel y escuché también a “Giordano Bruno”, el que había vivido sabiendo que “Toda época está / en retroceso y todo presente es pasado devorado / en el futuro y aquel 17 de febrero de 1600 / Giordano Bruno, poeta, / loco y filósofo que en la duda encontró su verdad”, el que nació para todos, como tú Enrique también lo habías hecho aquel día, y los demás que vinieron sucediéndose hasta convertirte en el personaje entrañable que deambulaba balbuceando frases iniciáticas hasta perderse.

Tal vez porque no se le debe pedir mucho a la vida, o quizá porque no puede poetizarse el infierno sin salir ileso, o explorar en torno a una verdad reservada a los dioses, es que el castigo se va transformando en locura, en deterioro mental que no siempre deviene en manuscritos proféticos; como en Nietzsche, como en Strindberg, como en Maupassant, como en Van Gogh, como en Attila Josef, como en Juan Ramírez Ruiz el grande, o como en ti Enrique, poeta, ensayista, filósofo, gnóstico, cuentista, novelista, dramaturgo, guionista, músico, acuarelista, físico, lógico, matemático, cienciósofo y sobre todo iluminado, pero no como ese otro Sócrates el loco, del que hablaba Platón, sino como el insano lúcido, como el perro celestial de Cioran, el que buscaba al hombre con su linterna a plena luz del sol, y que buscó con esa furia que luego heredará Aguirre, el azote de Dios al buscar el Dorado, pero con mucho más cinismo y menos idealismo.

Luego de ello nos encontraríamos en las páginas de Identidades, como lugar no-lugar compartido, y nos conocimos o quizá reconocimos, pues mientras imaginaba por qué pensabas que era arquitecto, pues lo sugeriste varias veces, terminé convenciéndome de que era yo el historiador de ciudades y no el filósofo astrofísico que pergeñaba versos. Y, desde luego, aquellos días el silencio del Presbítero era la imagen gélida de las identidades proteicas de Lima enferma como su historia y sus poetas. Esa ciudad gris que hiede a orines, a smog y a resentimiento. Hasta aquella noche que en uno de los recitales del Yacana, en la solías pedir a Migliaro cigarro y cervezas para dos, mientras leías y hablábamos de El modelo del teorema o de El principio de no-ser. No había nada onticidad ni de glorioso en embriagarse para hablar de la exactitud o la no exactitud del cosmos, pero eso era lo que menos importaba. La sabiduría y el delirio pueden conjugarse también como ese aparato mecanicista que compromete una episteme diferente que diluye literatura, filosofía y ciencia, además de la opción por la vida que se traduce en  muerte.

Como el místico budista Thich Quang Duc, que en protesta contra las persecuciones de los suyos decidió inmolarse, y se mantuvo inmóvil, sereno, sin emitir señal de dolor alguno mientras su cuerpo era consumido por las llamas; como Calcuchímac, guerrero inca que tras negarse a ser bautizado por los españoles, en nombre de un dios en el que no creía, entró voluntariamente a la hoguera para ser quemado vivo, sin tampoco emitir un signo de dolor; o como Giordano Bruno, aquel ateo impío corrompido, excomulgado y condenado a las llamas del infinito.., condenado a ser “castigado / con la mayor dulzura posible y sin efusión / de sangre, sine ulla sanguinis effusione” / que en maligna lengua eufemista represiva / y clasicista dictaminaban los inquisidores de siempre / morir quemado vivo / y entonces Bruno replica / ya bellísimo su alto testamento: “más os intimida / pronunciar mi sentencia a vosotros / que a mí el oírla” / y entró sereno en la brasa / lúcido entre las ávidas llamas” (Verástegui). Y cuando la muerte llega, ante el hecho consumado, como decía Watanabe, “Nosotros [tampoco] le debemos negar la posibilidad de una palabra / de agradecimiento” Enrique.

Y en ese trance, algunos poetas amigos empezaron a irse, como se fue Juan Ramírez Ruiz, como se fue Ricardo Quezada, como lo hizo José Pancorvo, y como ahora lo hiciste tú, el escritor que quiso hacer de la poesía una ciencia exacta, el matemático que terminó por irracionalizar todos los números, y el físico que derivó a la metafísica para convertirse en un místico sin capilla y sin cruz, como un anacoreta que prefirió habitar los extramuros del mundo, redescubriendo ―en ese trance―, las taras morales, políticas, psicológicas, sociales y religiosas del Perú y con ello las del mundo. Sabiendo que el ladrón de rosas jamás tomará partido por aquella Sociedad que ahora fenece, ni para liberarlas, ni para ponerlas en un florero. Y eso se lo recordaré a todos, yo, Anton Sorakow, nacido en la Siberia y reencarnado miles de veces para arribar hasta esta esquina del mundo, en un tiempo y espacio recobrado.

Y finalmente sabremos otra vez, como antes y como siempre, que no se puede morder de la manzana del árbol de la sabiduría sin terminar perdiendo la razón. Debiste saberlo cuando aún transitabas por los infiernos tropicales de este globo celeste, y quizá lo recordaste ese 27 de julio aciago del 2018, cuando la patria nos empezaba a centellar por dentro, cuando tu voz de profeta apocalíptico te había abandonado desde hacía mucho. Porque ya nadie podrá volver a expirar el final como lo hiciera Hamlet: “The rest is silence”, pues ahora nuestro país es un planeta que delira como esos seres arrastrándose en las en las islas Ballestas, cuyos gritos y gruñidos parecen los gritos de miles de personas ante el dolor final del calvario reinventado en el mundo moderno. Por ello nunca más tendrás miedo, pues te ha tocado internarte ya, sereno entre las brasas, lúcido entre las ávidas llamas, esbozándonos tu inesperado adiós… para siempre.

 

Infierno en Lima, Agosto 12 del 2018

 

Fernando Cassamar

 

Notas

[1] Enrique Verástegui, uno de los poetas más importantes de la literatura en lengua castellana contemporánea, falleció el viernes 27 de julio en Lima, a los 68 años de edad.

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Concentración de la pobreza. Sin el indígena no hay peruanidad posible*

Santiago Ibarra

 

Introducción

Entre los años 2000 y 2015, la pobreza en el Perú ha pasado de afectar al 54 % de la población nacional, al 23 % de la misma. Es importante destacar que esta reducción, conforme a los parámetros utilizados por el Instituto Nacional de Estadísticas e Informática (INEI) –desde luego discutibles-, se ha producido dentro de un contexto económico altamente favorable al Perú y a Latinoamérica en general, debido en gran medida al incremento de la demanda de minerales e hidrocarburos desde los países asiáticos y otras regiones del mundo, y todavía más debido al incremento del precio de esos recursos. También es importante destacar que esta reducción no tiene la apariencia que se le quiere dar, porque un 40 % de los peruanos, es decir, más de 12 millones de personas, tienen ingresos de menos de mil soles mensuales, y es probable que frente a una reducción mayor del crecimiento económico caigan nuevamente en las estadísticas oficiales de pobreza.

Asimismo, en un contexto de crisis económica europea y de caída de la tasa de crecimiento económico de los países de Asia del Este, en algunos países latinoamericanos se ha iniciado ya el proceso inverso: el aumento de la pobreza oficial, como en Argentina, que afecta actualmente a más del 36 % de su población, gracias a las medidas neoliberales que recientemente ha tomado el gobierno de Macri, algo que se dio también con el gobierno neoliberal de Temer en Brasil (gobierno resultante de un golpe de Estado blando). Entre tanto, varios países de Europa occidental están en una profunda crisis económica, como España, donde hay hambre, desempleo y pobreza, pero en el que a nadie se le ocurre intervenir militarmente, a diferencia de lo que ocurre en Venezuela, país donde se ha creado una crisis económica mediante el desabastecimiento, buscando derrocar al gobierno de Maduro. ¿Por qué deberíamos pensar que el Perú sería la excepción a esta corriente internacional, en la cual hay períodos de reducción de la pobreza y hay también períodos de aumento de la misma?

el gigante de paruro, cusco 1925

“El gigante de Paruro” (Cusco-1925) Martín Chambi.

Para el caso del Perú, nos interesa en este artículo señalar que la pobreza continúa concentrada en la sierra peruana, en el espectro de la población que tiene como idioma materno el quechua u alguna otra lengua nativa, población que se autoidentifica como indígena, y  que se ubica sobre todo en el espacio rural. Concentración que, como se verá, resulta aún más abrumadora, si analizamos los casos de extrema pobreza. Observación realizada, evidentemente, con fines analíticos y políticos a la vez. A través de la cual queremos señalar que entre nosotros tendemos al colonialismo, pues los orígenes de la postración material de la población quechua tiene sus raíces en la conquista y el colonialismo español, y a través de distintos mecanismos se ha reproducido hasta la fecha.

1. La pobreza por regiones naturales

La Sierra alberga al 27,9 % de la población peruana, menos de un tercio del total, pero contiene al 48,1 % de los pobres del país, casi la mitad del total. Por otro lado, la Costa alberga al 56,3 % de la población peruana, más de la mitad del total, pero contiene al 34,5 % de los pobres del país, un tercio del porcentaje total. Finalmente, la Selva concentra al 14 % de la población peruana, y alberga al 17,4 % de los pobres del Perú1.

2. La pobreza según la lengua materna

En el Perú, menos del 16 % de la población tiene como lengua materna un idioma nativo (el 13,2 % lo tiene en el quechua, el 1,8 % en el aymara, y el resto en otras lenguas nativas) Mas, para el año 2014, según el INEI, “la pobreza afectó al 35,4 % (8,5 % pobre extremo y 26,9 % pobre no extremo) de las personas que mencionan tener como lengua materna una lengua nativa, siendo casi el doble de la incidencia en la población con lengua materna el castellano, 19,5 % (3,3 % pobres extremos y 16,2 % pobres no extremos)”2.

Asimismo, “De acuerdo con el área de residencia, tanto en el área rural como urbana, incidió en mayor proporción entre la población que tiene como lengua materna una lengua nativa (48,2 % y 21,1 %, respectivamente)”3.

3. La pobreza según el área de residencia

En el Perú el 75,9 % de la población reside en el área urbana y solo el 24,1 % reside en el área rural; sin embargo, la pobreza afecta al 46 % de la población que vive en el área rural, en tanto que en el área urbana la pobreza afecta al 15,3 % de la población. Asimismo, el área rural concentra al 48,8 % de los pobres del país4.

4. La pobreza según el origen étnico

La pobreza afecta al 26,8 % de la población que se autoidentifica de origen nativo (quechua, aymara o de origen amazónico), en tanto que a la población negra afecta en un 19,3 %. A la población que se autoidentifica como blanca afecta en un 18,5 % y a los mestizos en un 14,1 %5.

5. ¿Y dónde se concentran las personas extremadamente pobres?

Los pobres extremos –cuyos ingresos personales alcanzan para cubrir apenas el costo de una canasta básica alimentaria (excluye el costo de vivienda, agua, luz, transporte, telefonía y otros gastos que efectuamos en la vida cotidiana)- se concentran mayoritariamente en el área rural del país: el 82,3 % de ellos residen en esa área6.

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“Policía presentando a ladrón” (Cusco-1924), Martín Chambi

De acuerdo con las regiones naturales, el 69,7 % del total de los pobres extremos se encuentran en la Sierra, el 18,4 % están en la Selva y el 11,9 % en la Costa7.

6. La herencia colonial

Como puede observarse, la pobreza no está homogéneamente distribuida a lo largo y a lo ancho del país, ni tampoco entre los grupos que se identifican como indígenas, mestizos, negros o blancos. Puede observarse que, proporcionalmente, la pobreza se concentra en la población de origen quechua, mestizos y negros. De otro lado, la pobreza se concentra proporcionalmente en la sierra del Perú, tradicionalmente quechua, aymara y campesina.

No es posible entonces dejar de mencionar que la conquista y el colonialismo español -que sometió a sangre y fuego a la población quechua y a otros grupos étnicos del país, sumiéndolos en la servidumbre y en la degradación material-, está en el origen del problema que destacamos en el presente artículo. Lo que tenemos hoy es una prolongación de ese pecado original.

Entre otras cosas, el colonialismo español desestructuró la pauta indígena de ocupación del territorio -el famoso control vertical de los pisos ecológicos, a partir del cual lograban dar un balance a su dieta diaria alimenticia8-, destruyó sus sistemas productivos, expropió sus tierras y les negaron todos los medios de ascenso material y espiritual.

En la cima de la pirámide de clases teníamos a hacendados, mineros y comerciantes españoles y criollos, mientras que en la base teníamos a indígenas y negros, reducidos a la servidumbre o al trabajo forzoso en las minas, bajo el tristemente célebre sistema de mitas.

Luego, bajo la República, las élites económicas y políticas del Perú, de mentalidad colonial, no tuvieron nunca interés en cambiar la situación material del indígena. Al contrario, la empeoraron. Y hoy en día el estado privilegia las inversiones en la agroindustria por encima del desarrollo de la economía campesina, o privilegia la minería a la agricultura.

Hubo y hay, entonces, una alta correlación entre raza, etnia, clase y pobreza. Y lo que hoy tenemos como concentración de la pobreza entre los quechuas, mestizos y negros es una expresión de lo que tuvimos bajo el colonialismo español y que la colonizada burguesía peruana ha prolongado en el tiempo.

La burguesía peruana tiene conectados sus intereses al capital monopolista extranjero. Y siente desprecio por la población indígena, a la que ve inferior, a la que menosprecia profundamente, a la que niega toda humanidad. Sobre esta burguesía recae hoy en día la responsabilidad del estado de miseria de un sector considerable de las masas indígenas.

7. Descolonización

De otro lado, así como existe una correlación importante entre raza, etnia, clase y pobreza (puesto que las clases populares son fundamentalmente indígenas, mestizos y negros), también es importante señalar que tras esa estructura existe un elemento que importa mucho: el control de la economía y del poder político por parte del capital monopolista extranjero y por parte de una ínfima minoría de la población cuyos intereses están conectados a los del capital monopolista extranjero.

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Peruanicemos el Perú. José Carlos Mariátegui

Sin atacar este control de la economía y del poder político, como decía José Carlos Mariátegui, sin democratizar la economía y el poder político, no será posible dar solución a los problemas de la población indígena, mestiza y negra. No será posible en suma ninguna descolonización. Ruta que puede verse como parte de la larga transición al socialismo.

Como decía José Carlos Mariátegui: “…Cuando se habla de la peruanidad, habría que empezar por investigar si esta peruanidad comprende al indio. Sin el indio no hay peruanidad posible.”9

Ahora bien, el problema no es solo económico, social, sino también cultural. Por eso debemos hacernos algunas preguntas y tratar la cuestión en términos culturales.

¿De qué peruanidad podemos hablar en un país donde las mayorías indígenas y mestizas están excluidas del derecho al bienestar material y a la ascensión espiritual? ¿De qué peruanidad hablamos cuando el alma colectivista indígena no alcanza a darle contenido y forma al Perú? ¿De qué peruanidad podemos hablar en un país donde las expresiones negacionistas de Occidente no están ausentes?

Todos tenemos de una u otra tradición, estas forman parte de nuestras vidas cotidianas y de nuestra intimidad. Vivimos entre esos dos mundos. Cuando se niega a una de las dos tradiciones negamos al hermano, al amigo, al cercano, al conocido, algún parentesco, el idioma que hablamos. Nunca se niega ni se odia lo desconocido o lo distante.

Para Mariátegui el Perú es un proyecto, no una realidad consumada. La tradición indígena existe y sobrevive pero es a la vez sofocada. La tradición occidental es también negada muchas veces aunque es dominante. Por eso Mariátegui hablaba de peruanizar el Perú.

Mariátegui formulaba su proyecto de la siguiente manera: “No es mi ideal un Perú Incaico ni un Perú Colonial, sino un Perú Integral”10.

Es decir, paralelamente a la democratización de la economía y del poder político, debe construirse el Perú Integral: tanto la tradición indígena como la tradición occidental forman parte de la peruanidad.

Este es el otro elemento que el camino de la descolonización debe incorporar en el país: la construcción del Perú Integral. Es un proyecto, no una realidad. ¿Dónde está el sujeto capaz de llevarlo adelante?

El proyecto de la burguesía nativa es de mayor conexión y mayor sintonía con la globalización neoliberal, reduciendo a lo sumo, lo indígena, a un conjunto de tesoros arqueológicos, pero negando al indígena concreto de carne y hueso, negando sus necesidades, demandas materiales y cosmovisión, las mismas que ve como una amenaza a sus intereses de clase11. A la vez, la burguesía nativa es prisionera y promueve la cultura individualista y consumista, propia del capitalismo, que es un gran obstáculo del proyecto de descolonización.

El proyecto nacional popular está presente entre otros en los movimientos indígenas-campesinos que cuestionan la inversión minera contaminante y en los movimientos juveniles y de trabajadores urbanos que defienden sus salarios y sus derechos laborales. Esos movimientos integran en gran medida la tradición occidental y la modernidad, y proponen un proyecto económico de desarrollo agrícola y un proyecto de desarrollo industrial en sintonía con los requerimientos de conservación ambiental y de desarrollo social sostenible.

Este es el proyecto que requiere el Perú para que las grandes mayorías indígenas, mestizas y negras atraviesen el anhelado cauce del progreso, del bienestar material y el ascenso espiritual.

Santiago Ibarra

 

_____________

(*) El título de este artículo es una variación de la frase: “Sin el indio no hay peruanidad posible”, de José Carlos Mariátegui, incluido en “El problema primario del Perú” (1925). Algunas de las reflexiones del presente artículo se las debemos al intercambio que sostenemos en el grupo Descolonización y Psicoanálisis, del cual tengo el honor de ser miembro. En especial, le debe al líder espiritual del grupo: el psicoanalista André Gautier, a la vez amigo y maestro.


Notas:

(1)  Instituto Nacional de Estadística e Informática, Perfil de la pobreza por dominios geográficos, 2004-2014. Lima, Gráfica Publi Industria E.I.R.L., agosto de 2015.

(2)  Ibíd.

(3)  Ibíd.

(4)  Ibíd.

(5)  Ibíd.

(6)  Ibíd.

(7)  Ibíd.

(8)  Murra, John, La organización económica del Estado Inca. Siglo XXI editores.

(9) Mariátegui, José Carlos, “El problema primario del Perú”, 1925. Texto disponible en internet.

(10) Mariátegui, José Carlos, Ideología y política. Texto disponible en internet.

(11) Cfr. Méndez, Cecilia, Incas sí, indios no. Texto disponible en internet.

 

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El mundo que nos toca redimir

Al alcanzar nuestro año número cuatro, en Laberintos Suburbanos nos encontramos con algunos preciados hitos ideológicos y culturales que nos siguen mostrando la historia como una suerte de prontuario cuasi criminalizado, con sus particulares incidencias épico-biográficas, erigidas como efemérides o consignas de resistencia y lucha, desde experiencias, escenarios y momentos enarbolados como fundacionales de ideas y prácticas sociales, en este 2018, año el que se celebramos o lamentamos los cien años de la muerte de Manuel González Prada, acaecida un 22 de julio de 1918, escritor y pensador peruano que fuera el precursor del modernismo literario latinoamericano, y que escribiera sobre el anarquismo: “esa doctrina de amor y piedad, esa exquisita sublimación de las ideas humanitarias, aparece diseñada en muchos autores como una escuela del mal, como una glorificación del odio y del crimen, hasta como el producto morboso de cerebros desequilibrados”; los 85 años de la partida de José María Vargas Vila, que se fuera un 23 de mayo de 1933, escritor, periodista y pensador anarquista colombiano, que apuntara: “Hay dos fanatismos igualmente peligrosos: el que encuentra la razón del principio de Autoridad, y, el que proclama como principio la autoridad de la Razón”; además de los 55 años de la muerte de Javier Heraud, ocurrida un 15 de mayo de 1963, poeta y guerrillero del ejercito de Liberación Nacional peruano, autor del celebérrimo poema “El río”, muerto a los 21 años a causa de las ráfagas de una ametralladora que lo alcanzara cuando su barca surcaba el río de Madre de Dios.

“La desintegración de la persistencia de la memoria” 1952-1954. Salvador Dali

“La desintegración de la persistencia de la memoria” 1952-1954. Salvador Dalí

Un año en el que se conmemora también los 50 años de Mayo del 68 francés, revuelta estudiantil a la que se sumaron luego asociaciones obreras y movimientos de diverso tipo; el 50 aniversario de la Matanza de Tlatelolco, perpetrada el 2 de octubre de 1968 por orden del gobierno mexicano en la Plaza de las Tres Culturas, en México; los 50 años del golpe militar y las reformas sociales del “Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas”, de Juan Velasco Alvarado, ocurrido en el Perú, un 3 de octubre de 1968; los 45 años del golpe de Estado en Chile, un 11 de septiembre de 1973, que significó el ascenso al poder del militar genocida Augusto Pinochet y la muerte de Salvador Allende, primer presidente socialista que alcanzara el poder vía elecciones democráticas; los 90 años de publicación de los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, libro fundamental de José Carlos Mariátegui; además del centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, y los cien años de la Reforma Universitaria, conocida como “el grito de Córdoba”, en Argentina. En suma, muchos motivos para no decaer e insistir. De ahí que en este mes de aniversario, queremos incidir sobre todo en el tema de la memoria y su persistencia ante esos  genocidios constantes que insisten en desangrar al mundo. Y sobre todo en las muertes provocadas por ese “holocausto que sigue teniendo prolongaciones lacerantes en el capitalismo salvaje de estos días”, aunque, tal vez debemos repensar algunos rótulos habituales, como aquel que conceptualizamos como “capitalismo salvaje”, porque, como dijera John Holloway, no hay capitalismo que no lo sea, por lo que, desde esta suerte de confrontación unilateral de los escritores aquí reunidos, Danilo Sánchez Lihón, Feliciano Mejía y Santiago Ibarra, manifestamos nuestra impugnación hacia aquello que reconocemos aquí como las  resonancias fúnebres de aquellos otros holocaustos no tan visibles, en este mundo que aún nos queda por redimir. (L.S)

*

27 de enero día de la memoria del holocausto. 

El mundo que nos toca redimir

 

Danilo Sánchez Lihón

«¡Amado sea…
el justo sin
espinas!».
César Vallejo

1. Como es y fue

En el Perú la población, antes de la llegada de los europeos, ascendía a 20 millones de personas pertenecientes a una cultura prístina y matinal, construida sobre la base de la solidaridad y fraternidad humanas, cultura de fiesta del alma ligada al trabajo mancomunado, y a la celebración de la Tierra y la naturaleza como espacios sagrados. Sin embargo, en el censo de 1570 a 1575 realizado por el virrey Francisco de Toledo, solo alcanzaban a sobrevivir apenas un millón de indígenas; para ser exactos: 1’067,696 individuos, a solo 38 años del arribo de las naves españolas a nuestras costas.

Hay una amplia bibliografía y numerosas citas principalmente de cronistas españoles que refieren acerca de los abusos, crueldades y actos de ensañamiento cometidos en contra de la población nativa a la cual se la mataba por deporte, por jolgorio y divertimento. Y recordamos este holocausto porque sigue teniendo prolongaciones lacerantes en el capitalismo salvaje de estos días, que niega incluso el derecho al agua a las poblaciones originarias y dueñas de sus tierras.

Y esto ocurre también en relación a la extracción del oro, justamente en el mismo lugar en donde antes se produjeron masacres, saqueos, traiciones y actos de barbarie como fue y es todavía; como ocurrió y sigue ocurriendo ahora en el departamento y provincia de Cajamarca.

2. El primer magnicidio

Porque fue en Cajamarca, y en la plaza de dicha llacta, en el atardecer del día 16 de noviembre del año 1532, en donde se perpetró la destrucción del Imperio de los Incas (imperio es un concepto europeo; la organización inca no fue más allá de un Estado.- Melacio Castro Mendoza), con el resultado de 10 mil naturales muertos, en apenas unos minutos de masacre.

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Los perros come indios de los conquistadores

Ni uno solo portaba armas, mientras los arcabuces, sables y caballos de los invasores producían una estampida que derruyó muros de piedra y en donde murieron personas pacíficas, a quienes los convocaba únicamente el sentimiento de cariño y adhesión a sus gobernantes. Y es que: ¿quién protagonizaba la conquista de estas tierras? La cultura occidental guerrerista, codiciosa e infame en sus objetivos, cuál era el enriquecimiento a toda costa; de garrote, alevosa y de horca y cuchillo.

El primer magnicidio en nuestro continente ocurre algunos meses después, cuando el 26 de julio del año 1533 ejecutan al inca Atahualpa, quien permaneció capturado ocho meses y medio; tiempo en el cual se habían hecho amigos con todos los conquistadores con quienes departía jugando ajedrez y hasta filosofando juntos.

3. Debacle del exterminio

A ese amigo con quien departían lo mataron sin apelaciones, y solo por el cálculo político y financiero. Esa era la moral de la cultura ajena e invasora, extraña y a la postre dañina. Lo mataron pese a que aceptaron un rescate consistente en entregar llena la habitación en que estaba preso, y hasta donde alcanzaba a señalar su mano, una vez de oro y otra vez de plata.

De nada valió el temperamento amplio, cordial e inteligente del soberano indígena. Lo ejecutaron implacablemente y es que ante esa cultura de rapiña y frente a sus intereses no hay amigos que valgan.

Lo que hay son conveniencias y botín. Esos son los rezagos que hay que corregir, si hay algún rasgo de ese tipo que quede entre nosotros. Y si son ellos los que lo siguen perpetrando evitar que nos sigan tratando igual que en aquel entonces.

Ahora bien, ¿por qué revivimos todo esto? ¿Acaso por resentimiento, autoflagelación o recreación morbosa? No. Sino porque esta es una historia vigente, que se repite, que es dolorosa y en estos momentos está pendiente de solución, cuál es el trato desde el poder a las poblaciones indígenas.

4. Yo soy testigo de todo esto

El exterminio de las poblaciones indígenas en América Latina, calculado en 80 millones de personas que murieron víctimas de las perversas atrocidades que se hacía en los trabajos forzados, pero también como fiesta y algarabía de la gente que asistía a esos espectáculos, a ver a nativos ser devorados por perros de presa, en Lima fue muy concurrido el Parque del Olivar, en San Isidro.

He aquí una cita del padre Bartolomé de las Casas, que refiere de estos hechos con la aseveración de que él los ha visto, de los cuales da testimonio y no que los haya escuchado decir o referir narrados por terceros. Y su testimonio es este:

«Entraban los españoles en los poblados y no dejaban niños ni viejos ni mujeres preñadas que no desbarrigaran e hicieran pedazos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría un indio por medio o le cortaba la cabeza de un tajo. Arrancaban a las criaturitas del pecho de sus madres y las lanzaban contra las piedras. A los hombres les cortaban las manos. A otros los amarraban con paja seca y los quemaban vivos. Y les clavaban una estaca en la boca para que no se oyeran los gritos. Para mantener a los perros amaestrados en matar, traían muchos indios en cadenas y los mordían y los destrozaban y tenían carnicería pública de carne humana… Yo soy testigo de todo esto y de otras maneras de crueldad nunca vistas ni oídas».

5. Zozobraban por el sobrepeso

Claro que para aquella debacle del exterminio de nuestra población se sumaron a la actitud despiadada de aniquilamiento las enfermedades infecciosas que trajeron los invasores. Las epidemias fueron traídas por los europeos producto de la suciedad reinante en la cual ellos, allá en el viejo continente, vivían en esos países. Y que no era el caso de las poblaciones nativas aquí acostumbradas a la higiene y a la pulcritud.

Enfermedades como la viruela, la influenza, el sarampión y el tifus, que ocasionaron estragos devastadores, se sumaron a aquella acción destructiva de aniquilamiento, que terminó diezmando a la población nativa.

Todo esto hay que recordarlo y enseñarlo porque al final los pobres a veces no sabemos a causa de qué seguimos siendo pobres. Y hay que hacer magisterio respecto a la codicia de los rapaces, ahora llamados países ricos cuando siempre fueron indigentes y míseros, desde donde nos siguen viniendo directivas de saqueo, razón de su propia autodestrucción.

6. Dubitativos herederos

Como ocurría en tiempos de la colonia, en los que los barcos partían de aquí repletos de oro y zozobraban por el sobrepeso, las tormentas del Caribe y las del océano Atlántico. Como ellos mismos refieren, porque salían en convoy, y preferían que el barco se hundiera con el lastre de sus propias vidas, antes que arrojar al mar una sola pieza de oro, la más ínfima que fuera, para evitar el sobrepeso fatal; tal era para ellos la seducción del vil metal. Y sucumbían en el frenesí de la apetencia. Sus propias existencias no valían nada frente al oro, la plata y las piedras preciosas. ¡Han naufragado en los océanos galeotes íntegros, repletos de esas consideradas fortunas, pero que al final no eran sino cacharros!

Pero no solo se persiguió y destruyó aquí la vida, sino que se trató por todos los medios de destruir nuestras creencias, costumbres y hasta las imágenes de nuestros sueños. Para eso se organizó una cohorte organizada de funcionarios en donde se incluían a los más preparados, conocida como los Destructores de Idolatrías.

7. Un mundo justo

En el fondo nos salvamos, solo porque nos escondieron los vientres de las madres indígenas en las cuales ellos habían procreado y nos engendraron a nosotros que somos hijos de los conquistadores, pero en vientres amorosos de los cuales somos todavía dubitativos herederos.

¿Qué nos toca hacer ahora? Fundar una consistente identidad. Nos toca conocernos, saber quiénes somos, qué nos aqueja, dónde nos duele. Sintonizar con nosotros mismos; saber qué es lo que nos ocurre. ¡Y dónde reconocernos! ¡Y cómo encontrarnos ahora!

Yo doy un alcance: en el mundo andino. Allí, donde en una permanente contienda, hemos resistido y hemos triunfado. Y donde debemos pasar a tener la iniciativa. Reemplazando el lenguaje agresivo, mordaz y desesperanzador, por el lenguaje de la esperanza, de vigor y generosidad. Reforzar nuestra autoestima que es trascendental, porque los hombres que se autovaloran son capaces de emprender grandes hazañas. Y reconocer que siempre estará pendiente en el alma humana por órdenes vitales ineludibles el anhelo de un mundo justo, solidario y mejor.

Danilo Sánchez Lihón

 *

 

Comentario uno:

“expulsados los colonizadores españoles a sangre y fuego”

 

 Feliciano Mejía

                                                                                                                                              «Ya va a venir el día, da cuerda a tu brazo»
 César Vallejo

 

Estremecedor artículo de nuestro Danilo Sáchez Lihón, que pone las cosas en claro y en perspectiva histórica. Pero tengo algunas dudas o desinteligencias que me producen su texto. Por ejemplo, la existencia de 20 millones de originarios del genocidio español. Hasta donde conozco, ninguno de los historiadores se ha puesto de acuerdo sobre los millones de originarios: 8, 12, 18, 20 24 millones de originarios, quedando solo, luego de expulsados los colonizadores españoles a sangre y fuego por nosotros los propios originarios poniendo la gente y la sangre en los fallidos intentos de liberación con San Martín y Bolívar, no más de 4, 6 u 8 millones de originarios. Danilo nos dice: “quedaron 1´067,696”. No se de dónde pudo haber sacado tamaña estadística con la precisión de 6 CIENTOS 90 y ¡SEIS!. Igual. La cantidad redonda de 10 mil muertos por los súperpoderosos españoles sin mencionar para nada los miles (otra vez las imprecisiones de los historiadores) de seis a 8 mil guerreros nativos norteños que apoyaron a los españoles.

Otra duda que me asalta, si bien estoy de acuerdo en que no había imperio, invención española, que no vieron ni quisieron ver ni entender nada, en su odio genocida, es lo referente a un Estado Inka. Hasta donde conozco, se trataba de una nación en formación de larga data: 24 mil años (Cuevas de Pikimachay en Ayacucho). Los presupuestos de una nación, grosso modo son, una lengua franca, un panteón religioso, una filosofía, un desarrollo sin irrupciones, un territorio común, un desarrollo científico, UNA CULTURA y no varias como la reaccionaria antropología nos quiere hacer creer. ESO EN LO ESENCIAL. Y ello lo teníamos cuando llegaron los genocidas del oro y la plata, los españoles que optaron por aniquilar físicamente y espiritualmente a nuestro pueblo. Y hasta la fecha intentan quitarnos hasta nuestra lengua franca el runasimi mal llamada quechua (“los indios no saben que a su lengua el RUNASIMI la llaman quechua” J.M. ARGUEDAS.), por qué sino, veamos el currículo de la educación peruana 2017-2018: segunda lengua oficial: castellano, curso obligatorio de estudios: inglés. ¿Cuál es la primera lengua del Perú si en la dictadura de Juan Velasco Alvarado se decidió que el ¡quechua! era la segunda lengua? Y en Perú ya no hay curso obligatorio de Historia del Perú?!!! Felizmente ahora (dato de hace 20 años, Torero) somos 26 millones de runasimiparlantes entre bilingües y monolingües en el espacio geográfico del antiguo Tawantinsuyo y seguimos creciendo y resistiendo. Y esa reversión se da porque los originarios y mestizos somos más, y no por haber sido engendrados por los españoles en los vientres originarios –ingenuidad perdonable- sino por la resistencia, tanto física como espacial, resistencia que se da a niveles diferentes pero principalmente por ser UNA CULTURA MUY ANTIGUA DONDE LO INKA NO ERA SINO EL ÁPICE (solo gobernaron 100 años, y de ellos 70 años contenidos por los Chankas – Pokras en el límite de  los hoy Apurímac y Cusco).

5e5f2654c495ab733c12064a625450b7.jpgHasta aquí algunas discrepancias. Pero en lo que no estoy de acuerdo con nuestro apreciado Danilo es en ¿Qué hacer? Para revertir este drama, cuyo genocidio se da hasta hoy día (informe del INEI: en Perú nacen cada día 60 personas y mueren 12 cada hora: saquen su calculadora y proyectarse a solo 20 años del Perú actual: más de 3 millones de niños). Danilo nos habla de actuar sobre la SUPERESTRUCTURA de nuestra sociedad. Pero ella no puede modificarse un milímetro si no cambia la INFRAESTRUCTURA. Y para que ella cambie debe darse la violencia armada de los derrotados pero no vencidos, como es nuestro caso, hasta el triunfo. Así lo hizo Estados Unidos en su guerra de liberación del Reino Unido, así lo hizo Rusia, Viet Nam, China, Cuba, por dar solo algunos ejemplos, sin hablar de Francia. Soy Embajador de la Paz de Suiza-Francia pero no soy ingenuo. Sostenemos: LA PAZ ES FRUTO DE LA JUSTICIA; SINO ES PAZ DE CEMENTERIOS. Y esta paz de cementerios se da en una sociedad podrida y semicolonia norteamericana. Primero colonia española, luego semi colonia franco-inglesa y ahora de los Estados Unidos, con algo de 11 Bases Militares en nuestro territorio. Y desde 1532 vivimos una paz de cementerios aunque siempre nuestro pueblo se ha rebelado: Manko Inka, Taki Onqoy, Túpaq Amaru, Atusparia, las guerrillas del 64 y la lucha armada emprendida en 1980 por el Partido Comunista del Perú (hoy con Comité Central súper clandestino) cuyo Faro, según ellos, es Vizcatán, con un Ejército Popular de Liberación invisible y en proceso de forjar en ciudades el Movimiento Revolucionario de Masas con el criterio de MAM (Mar Armado de Masas). Porque, como decía el Che: “seamos realistas; exijamos lo imposible”, nada cambiará en décadas y cientos de años si solo pensamos que actuando en la superestructura, que está podrida en su totalidad, lograremos el cambio (y cuando digo cambio hablo de REVOLUCIÓN); SE DEBE CAMBIAR Y NO CON POEMAS O ARTÍCULOS COMO ESTOS (SOLO) LA INFRAESTRUTURA PARA DESARROLLAR NUESTRAS FUERZAS PRODUCTIVAS. Es decir, primero debemos tener la sartén por el mango. Y NO HAY APURO, A PESAR DEL GENOCIDIO DIARIO, PUES SOMOS una CULTURA MILENARIA Y LOS OCCIDENTALES ESTÁN ACÁ APENAS CASI 500 AÑOS.

 

Feliciano Mejía

*

 

Comentario dos:

“Esa contraposición del mundo indígena al mundo occidental se basa en una construcción idealizada (esto es, distorsionada) de ambos mundos”

Santiago Ibarra

 

El artículo de Danilo Sánchez Lihón nos recuerda que el colonialismo y el capitalismo se impusieron en América y el mundo sobre la base del genocidio de la población indígena. Este genocidio no es solo cosa del pasado; hoy en día el imperialismo yanqui lleva la muerte a varios países con sus intervenciones directas e indirectas (a través de grupos y ejércitos terroristas, como en Siria, por ejemplo) en Medio Oriente con la finalidad de controlar sus recursos naturales, provocando la muerte de millones de personas. Mas la muerte no es provocada solo mediante la guerra, sino también a través de un sistema económico que reduce salvajemente a la condición de hambre crónica a cerca de mil millones de personas en el mundo. Asimismo, el capitalismo ha traído consigo una crisis ecológica de grandes dimensiones, que amenaza a la humanidad y a todos los seres vivos. Ya lo había dicho Marx: el capitalismo se desarrolla sobre la base de la degradación de la fuerza de trabajo y la destrucción de la naturaleza.

Sin embargo, Danilo Sánchez parte de una dicotomía falsa: opone el mundo occidental al mundo indígena, suponiendo que lo malo siempre se encuentra en el primero, mientras que  lo bueno se encontraría siempre en el segundo. Esa contraposición del mundo indígena al mundo occidental se basa en una construcción idealizada (esto es, distorsionada) de ambos mundos. En realidad, el enemigo es el capitalismo y el imperialismo, no occidente. Este fue el planteamiento de José Carlos Mariátegui. Los dos términos, “occidente” y “capitalismo” son distintos. Empíricamente, es posible constatar que occidente ha sido y es cuna de grandes idearios emancipatorios, entre los cuales está el marxismo, ni más ni menos. Un proyecto emancipatorio debe ser necesariamente universal, plural, ser inclusivo y colocarse lejos y en las antípodas de cualquier clase de etnocentrismo.

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“La balsa de Medusa”, 1819, Théodore Géricault

Danilo Sánchez observa, de otro lado, una cuestión muy importante: la necesidad de “fundar una consistente identidad”. Efectivamente, resultado de complejos procesos materiales que tienen que ver con las transformaciones producidas en el mundo del trabajo y el bombardeo mediático que tiende al embrutecimiento y a la degradación cultural y moral de la población, la identidad de clase y la identidad nacional tienden a ser difuminadas. La izquierda debe hacer, por eso, un trabajo arduo y largo de relanzamiento de una identidad anticapitalista y antiimperialista con raíces en nuestro mundo concreto. En ese sentido, debe reivindicarse al indígena, que es el más postergado, pero no debemos olvidar que no es el único elemento que conforma la nacionalidad peruana. El Perú es de indígenas, pero también de mestizos y blancos. Un proyecto político de transformación profunda del Perú debe ser englobante y unificador, no excluyente.

El poeta Feliciano Mejía retruca a Danilo Sánchez. Señala que no se puede transformar la superestructura si antes no transformamos la infraestructura. La historia le da la razón, pero siempre hay que recordar que existe la necesidad de hacer un trabajo ideológico y cultural cuyo norte debe ser construir y fortalecer la identidad de clase y la identidad nacional. Señala Feliciano Mejía además que esa transformación de la infraestructura no puede hacerse sin el uso de la violencia (tal como lo señalaran Marx y Engels en El manifiesto comunista, en 1848). Efectivamente, los pueblos han hecho uso de la violencia para emanciparse, pero hoy en día, 170 años después de haber sido escrito El manifiesto, con una experiencia política larga y compleja, en la que no solo se cuentan los triunfos y los logros, sino también las derrotas, los errores y los horrores, debemos recordar que la violencia es un medio, no un fin en sí misma, y que bajo ningún concepto se la puede aplicar de un modo irracional.

 

Santiago Ibarra

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De los moldes a las modulaciones – Ritornelos en las técnicas de control social*

 

Omar Ardila

 

Bajo control… tierra, aire y mar.
Bajo control… el reino animal.
Bajo control… la atmósfera.
Bajo control… hasta la guerra y la paz.
Bajo control… la humanidad.
Bajo control… la mediocridad.
Bajo control… todo el mundo está.
Bajo control… todo, todo…
Rata Blanca

 

 

Asfixiados, perseguidos, vulnerados, desnudados, endeudados, vigilados… así discurrimos en los nuevos “espacios abiertos” que son colonizados constantemente por el arma más efectiva que ha logrado sujetar nuestras almas: el control acrecentado, el hipercontrol, la “seguridad” de las nuevas sociedades. De los “moldes” que pretendían instaurar los espacios destinados para el encierro, hemos pasado (sin abandonarlos del todo) a ser nuevos objetos para la “modulación” de prácticas de control que, aunque muchas veces parezcan intangibles, resultan más eficaces.

El juicioso estudio de Michel Foucault, Vigilar y castigar – nacimiento de la prisión (1975) ya nos había esclarecido el mecanismo perverso con el que, desde el siglo XVIII, se había empezado a disciplinar los cuerpos para ubicarlos eficazmente dentro de la “normalidad” social. Este riguroso y problemático trabajo nos sigue sirviendo de insumo básico para reconocer la génesis de las prácticas penales y su alcance político; es por eso que, a lo largo de este texto, volveremos a recorrerlo para ayudar a develar las formas de dominación que día tras día incorporan nuevos elementos, haciéndose más totalizadoras y excluyentes. También revisaremos ligeramente, algunos seminarios dictados por Foucault en el Collège de France (Defender la sociedad, Seguridad, territorio y población y Nacimiento de la biopolítica), en los que el autor percibe la variación hacia los dispositivos biopolíticos y  de “seguridad”, como continuadores de las prácticas de dominación. Seguidamente, y apoyados en el texto “Post-scriptum sobre las sociedades de control (1990) de Gilles Deleuze, intentaremos mostrar la variación en las técnicas de control que ha generado el capitalismo contemporáneo, cada vez más huidizo, a veces imperceptible, pero no por ello menos potente. Finalmente, nos remitimos al libro Políticas del acontecimiento (2006) de Mauricio Lazzarato, donde se aborda con pertinencia, entre otras cosas, el rol central que tiene la información como mecanismo de captura que instaura los nuevos modos de habitar en la tierra de nadie.

Los modelos disciplinarios y las técnicas biopolíticas

Michel Foucault dedicó gran parte de sus investigaciones al análisis de la dominación en la sociedad moderna. Para ahondar en la búsqueda de señales que le condujeran a uno de sus puertos, enfocó su trabajo en el estudio de la prisión, el peso de la ley y el poder político, es decir, en el castigo, las penas y las leyes que los legitiman. Fue así como llegó a participar en el GIP (Grupo de Investigación de las Prisiones) desde donde observó y analizó la “anormalidad” del criminal, ese extraño sujeto que había conocido el señalamiento, la marcación, el amoldamiento y el olvido. Siguiendo su método genealógico, Foucault escuchó las voces y miró las huellas de quienes padecían el encierro; los interrogó y sintió con ellos cómo se extendían, de igual manera, otro tipo de exclusiones sobre su propia humanidad. Justamente, en ese proyecto de investigación, coincidió con otro grande de la filosofía francesa, Gilles Deleuze, con quien mantendría un productivo diálogo, y quien también nos ha legado tantas páginas de fuego.

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El subtítulo de su emblemático libro Vigilar y Castigar, es, precisamente, “el nacimiento de la prisión”. Allí empezó a develar lo que suponía la variación del castigo por medio de la tortura al castigo “humanitario” del encierro. Este último, supuestamente fundaba un nuevo desarrollo en el ejercicio de los derechos humanos, a la vez que propiciaba el respeto por la dignidad humana. En realidad, para el sistema punitivo empezaba a resultar más efectivo aislar a los “peligrosos” que seguir desgastándose y exponiéndose en la picota pública con la continuidad de la tortura. Foucault rastreó el ejercicio penal en Europa y detectó que los suplicios se acabaron entre el siglo XVIII y XIX. En adelante, las prácticas punitivas tuvieron cierto pudor, pues ya no querían “tocar el cuerpo” sino atacar algo más profundo. Al menos, no se intervenía directamente sobre el cuerpo ejerciendo la tortura, sino que este se usó como intermediario, como sujeto de “coacción, privación, obligaciones y prohibiciones”. De esta manera, se instaló una supuesta penalidad “incorporal”, pues aparentemente ya no se tolera el castigo del cuerpo (razón por la cual, en ocasiones se valen de drogas para calmar el dolor) aunque al final siempre se ejecute al enjuiciado. Con la variación que señala Foucault, se suprimió el teatro del sufrimiento pero no se dejó de perseguir y de autoengañarse socialmente, creyendo en la posibilidad de readaptar los sujetos, luego de habérseles suspendido temporalmente muchos derechos básicos. La práctica penal se volvió un extraño secreto entre la justicia y su sentenciado, la cual, muchas veces parece ir de la tragedia a la comedia.

Cuando el ataque ya no se centra en el cuerpo, se apunta entonces al alma (entendida como corazón, pensamiento, voluntad, disposiciones) y es así como surge la Cárcel. Todo es atacado en profundidad por entes que son sombras, sin rostro, impalpables. Y aunque no sean visibles, sí son muy efectivos. Ya no se sanciona al individuo, se le controla para neutralizar su estado peligroso y buscar que él cambie (claudique en su construcción autónoma) y se “reintegre” al esquema social. Además de la privación de la libertad, se busca la transformación técnica de los individuos. Ya no se les trata como infractores sino como delincuentes. Se pasó de la observación del acto a la intromisión en la vida. La cárcel produce al delincuente como sujeto controlado, como sujeto patologizado, el cual debe experimentar un encauzamiento de su conducta. Se cambió el verdugo por un numeroso grupo de técnicos que ahora controlan todos los actos: vigilantes, capellanes, psiquiatras, médicos, educadores y psicólogos; todos ellos presentes de manera continua al pasar de un régimen disciplinario a otro. De la sociedad del espectáculo público de la tortura se pasó a la sociedad de la vigilancia, y es a esto que Foucault llama sociedades disciplinarias.

Las disciplinas que acompañan el ejercicio penal, facilitan un estado de control sobre el individuo en todas sus acciones, y no solo sobre la infracción que ha cometido, sino sobre “lo que son, serán y pueden ser”. Foucault define las disciplinas como “aquellos métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que le sujeta sus fuerzas y que establece una relación de ‘docilidad-utilidad’”. Y además aclara que hay disciplinas cerradas y visibles (panóptico), siendo estas últimas las que concentran más su atención. En gran parte del texto se detiene en el análisis de la estructura arquitectónica del panóptico (Bentham), el cual, evidentemente funda un nuevo dispositivo de poder: el panoptismo, que en principio opera como una forma de huida de la peste pero que luego se afianza como efectivo mecanismo para el control social y político, para hacer dóciles los cuerpos luego del “beneficio” que les genera el encierro (la “resocialización”: domesticar bajo la vigilancia y el control). Desde un lugar inaccesible, un observador tiene control sobre todas las acciones de los sujetos encerrados. Ese observador cosifica al otro, lo convierte en una cosa a controlar. En últimas, lo que busca el panoptismo es atravesar y acondicionar el cuerpo social, luego de disociar la pareja ver/ser visto, aislar a los condenados, penetrar el comportamiento de los sujetos y modelarles la conducta, instalar una organización jerárquica y hacer que el poder se desindividualice y se automatice.

panoptico de Jeremy Bentham

Representación del Panóptico de Jeremy Bentham

Podemos decir que Foucault realiza un nuevo estudio enmarcado en el campo de la criminología; elabora una genealogía de la pena y del sistema penal partiendo no precisamente desde este, sino desde la cárcel para entender cómo funciona aquel. Las técnicas punitivas, según Foucault, responden menos a un interés jurídico que a un interés político (anatomía política). Esta búsqueda está perfectamente ubicada dentro del interés central de Foucault: el estudio de los micropoderes, en este caso, los que se establecen en diversos escenarios de control (los psiquiátricos, la salud pública, la sexualidad, las prisiones, las escuelas y los hospitales). El esquema de Vigilar y Castigar establece los siguientes recorridos: Suplicio/Castigo/Disciplina/Prisión. Y lo más terrible que el autor alcanza a entrever es que la cárcel logra volver legítimo y natural el poder de castigar y hacer que se adopte la penalidad como algo necesario. De esta manera, resulta evidente que el interés de Foucault es por la política, por la “ontología política de la verdad” tras entender el poder como algo que circula y funciona en cadena, que no se aplica a los individuos, sino que circula a través de los individuos. El poder como dispositivo se hace íntimo con el surgimiento de la prisión, y ya no es solo el Estado quien lo ejerce como pastor, sino que ahora, éste es benefactor, protector y controlador de esas pequeñas relaciones de poder. En adelante, el poder se ejerce sobre el cuerpo entendido como un bien accesible. Es decir, se desarrolla una “economía política del cuerpo” y sobre eso, precisamente, continuará investigando Foucault en su Historia de la sexualidad y en sus posteriores seminarios.

El desarrollo del panoptismo como dispositivo de control, genera, en principio, la necesidad de estudiar al ser humano de manera técnica, por parte de un cuerpo especializado en cuestiones científicas, pero más adelante continúa a través del surgimiento, entre otras, de las ciencias humanas (que buscan hacer al hombre cognoscible) las que permiten instalar, en gran medida, una dominación-observación bastante sutil y pretendidamente generosa. Es así como se va entrando en una nueva dinámica de dominación que Foucault llama Sociedades de seguridad, en sus seminarios  Seguridad, territorio y población y Nacimiento de la biopolítica. En las sociedades de seguridad el poder actúa sobre las acciones de los individuos y no sobre el individuo directamente. Las acciones se enfocan sobre los acontecimientos, sobre las acciones posibles, e incluyen el análisis del medio en el que se desarrollan. No es que Foucault haya desconocido la variación que iban teniendo las sociedades disciplinarias, pues en estos seminarios queda claro que alcanzó a entrever unas nuevas formas de control que van más allá del encierro, solo que él las llama de otro modo: “seguridad”, y las enfoca sobre la población, no sobre los públicos, el nuevo objetivo sobre el que también se enfocará el control, tal como más adelante nos lo mostrará Mauricio Lazzarato. Por otra parte, al hablarnos de la regulación que ejerce el Estado por medio de la biopolítica, Foucault nos lleva a entender que el control ya no es sobre el cuerpo sino sobre el hombre vivo, que a las técnicas disciplinarias se le han sumado las técnicas biopolíticas, es decir, que se ha establecido un biopoder (el poder que se ejerce sobre la vida) por medio de políticas de familia y políticas de salud, el cual apunta hacia una multiplicidad, hacia una masa global: la población. Si bien es cierto que Foucault ubica la génesis de estas técnicas en siglos anteriores, encuentra que el mayor éxito de ellas tiene lugar luego de la Segunda Guerra Mundial, con la instauración de los Estados Bienestar.

 Modulaciones para el control

En el texto “Post-scriptum sobre las sociedades de control” (1990), Gilles Deleuze advierte que Foucault alcanzó a vislumbrar la crisis de las sociedades disciplinarias, que estas dejaban de ser tan poderosas o únicas y que nos aproximábamos a las Sociedades de control, las cuales ya no funcionaban mediante el encierro sino mediante el control continuo, la comunicación instantánea y la acción a distancia. La idea del control la retoma Deleuze del texto, Los límites del control (1978) del escritor William Burroughs, para quien el máximo control nos estaba dado por las mismas palabras. El breve y un tanto olvidado escrito de Deleuze, hoy sigue siendo muy oportuno para introducirnos en el estudio de las nuevas técnicas de control. La vuelta de la mirada hacia Foucault sirve para reiterar que desde el siglo XIX han funcionado de manera eficaz unos lugares de encierro continuos (familia, escuela, cuartel, fábrica, hospital, cárceles) los que han manejado unos principios comunes: concentrar, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo y conformar una fuerza productiva. Pero, a decir de Deleuze, los espacios disciplinarios ya no tienen la misma operatividad de antaño, pues mientras que los encierros responden a lógicas y estructuras analógicas (moldes), en los sistemas de control hay modulaciones que cambian constante e imprevisiblemente.

deleuzeEn un régimen de control nada se termina nunca. Se está en órbita ondulante. El control es a corto plazo y rotativo pero continuo e ilimitado. Se hace inmanente al campo social aunque aparezca difuso, y ahí, precisamente, radica su potencial[1]. Del encierro se ha pasado al endeudamiento. La preocupación ya no es por rehabilitar a los presos, sino por cansarlos,  agotarlos, excluirlos, anularlos, en fin, hacerlos inocuos. Ya no se necesita el encierro sino la vigilancia, la ubicación en todos los momentos. De la vigilancia “encerrada” hemos pasado a la “genérica” que es más amplia (de Bentham a  Orwell). Ahora se es vigilado por un gran panóptico en la casa, en la calle, en el bar, en el centro comercial, en la universidad… Según Deleuze, nos están encerrando el afuera, el espacio abierto, la posibilidad transformadora, el devenir revolucionario, la variación. Ahora se modulan las subjetividades que han salido del encierro al espacio abierto y ya no se las neutraliza sino que se las controla.

Siguiendo esta oscura práctica, en Bogotá se ha instalado desde el 2013, un sofisticado sistema de tecnología para el control conocido como Centro Estratégico de Información Penitenciaria, con el que se podrá vigilar de manera simultánea y en tiempo real lo que ocurre en 40 establecimientos carcelarios y penitenciarios del país. Según informaron en su momento los medios de circulación masiva, “el Centro está compuesto por un ‘videowall’ o mural de video, con 16 monitores de 55 pulgadas tipo LED que presenta las imágenes de 400 cámaras de circuito cerrado de televisión instaladas en sitios estratégicos de los penales más grandes del país, como los de Valledupar, Ibagué, Itagüí, Cómbita y Girón. El sistema cuenta, además, con tableros interactivos digitales, monitores auxiliares de 60 pulgadas, un sistema de videoconferencia, otro de audio con amplificadores y micrófonos de mesa. En las cárceles del orden nacional, las cámaras del circuito cerrado son de alta definición IP, con rotación de 360 grados sobre su eje y antivandálicas”. Pero aún hay más sofisticados mecanismos para el control, pues según comentaba el director nacional penitenciario del momento, “el nuevo centro también permite tener información de los reclusos como edad, sexo, día en que ingresa, el delito por el que fue condenado, el tiempo de pena que ha redimido, las citaciones a audiencias, el traslado de cárceles y hasta su morfología”[2].

Y como era de esperar, estas dinámicas de control se vinculan directamente con las nuevas formas que ha tomado el capitalismo para seguir ejerciendo su poderío. El control que anuncia Deleuze es un nuevo régimen de dominación del capitalismo, el cual ha dejado de concentrarse en la producción para “avanzar” hacia la superproducción. Ya no está interesado en comprar materias primas y vender productos terminados, ahora le interesa vender servicios y comprar acciones. La fábrica ha sido cambiada por la empresa, una institución etérea que establece variaciones en el salario, el cual depende ahora de la respuesta que presente el trabajador frente a los incentivos que se le ofrecen, es decir, se instala la competencia, la rivalidad, la división. El nuevo capitalismo no es de producción sino de productos (ventas y mercados) y lo que requiere son gestores más que trabajadores. Para manejar el mercado hay que obtener el control y esto se da a través de la fijación de los precios. El sector más importante en las empresas es el departamento de ventas y su instrumento de control es el marketing. De ahí los nuevos servicios que se ofrecen: investigación y desarrollo de estrategias, mecanismos de comunicación, posicionamientos de marcas, medidores de audiencia, certificaciones, auditorías, asesorías en políticas de calidad, por nombrar solo algunos.

Posesciptunm

En su Post-scriptum, Deleuze nos habla del paso desde las “sociedades disciplinarias” hacia las “sociedades del control”

Por otra parte, también se generan ampulosos discursos que conducen al control (el terrorismo, la seguridad, la democracia, los derechos humanos, los gustos del público, las políticas de calidad), de donde surge la necesidad de hacer monitoreos, auditorías, estadísticas, “guerras preventivas”. Es por eso que Deleuze también se refiere al influjo que ejercen las teorías comunicativas, los “universales de comunicación”, las supuestas “revoluciones comunicacionales” que no son más que dispositivos de control para “sujetar a los sujetos”. El discurso de la “seguridad”, tras imponer el discurso del terror, se afianza con la política de la comunicación, tan promocionada y protegida por el neoliberalismo. En una línea similar, Foucault nos dice que una sociedad no se define por sus modos de producción, sino por los enunciados que la expresan y por las visibilidades que la efectúan (lo enunciable y lo visible, pero no entendidos como dualidad sino como un afuera abierto, como una virtualidad). Ante esta evidencia del poderío que ejerce la comunicación, surge como práctica anti-control, el ritornelo, la posibilidad creadora (artística), que no necesariamente equivale a comunicar. Por eso Deleuze genera la inquietud de que quizás, en bloques de espacio-tiempo donde no opere la comunicación como fundamento, es donde podamos empezar a confrontar el control.

El control de los públicos por medio de la información

Maurizio Lazzarato en su texto Políticas del acontecimiento (2006) también nos entrega su visión sobre el nuevo control social que se ejerce desde diversos espacios, básicamente continuando con la reflexión iniciada por Deleuze. Al conjunto de las nuevas técnicas de control, de las tecnologías humanas del gobierno de los demás, Lazzarato las llama “noo-política”. Desde el inicio, el autor sostiene que el nuevo control se ejerce por medio de la información, de “consignas variables” que llevan a constituir hábitos que impregnan la “memoria espiritual”. Las potencias y el poder de las máquinas de expresión son la principal característica de las sociedades de control. Tanto las tecnologías digitales como los medios de circulación masiva buscan conducir a una “normalización” de la información. Dicha normalización no solo se da en el sentido de decir qué hacer, sino usando la máscara aparentemente liberadora del confort, pues los celulares, el internet y los videojuegos al facilitarnos momentos para el goce,  también están contribuyendo al control de forma disimulada[3]. El nuevo gobierno de las almas se desarrolla a través de las máquinas de expresión que crean mundos de consumo. Por eso, la nueva lucha está orientada hacia el manejo de los campos de la información, las bases de datos, las estadísticas, las proyecciones y las transmisiones. Es claro que con esta nueva dinámica también cambian las relaciones de producción; es el caso del teletrabajo tan posicionado en los últimos tiempos, que basa su poderío en la posibilidad de trabajar fundamentalmente con información.

Según Lazzarato, hay una modulación de los flujos de deseos, de las creencias y de las fuerzas que los hacen circular. Nos modelan los cerebros hasta constituir hábitos que se adentran en la memoria espiritual. El hombre-espíritu es el primer sujeto hacia el cual se dirige el control para colonizarle la memoria. Se “modula la memoria y sus potencias virtuales” para instituir una opinión pública, una percepción universal, una inteligencia colectiva. Se actúa sobre las “fuerzas psicológicas”, sobre el mundo sensible. Estos planes, evidentemente responden a una práctica política: es el capitalismo buscando acomodarse para ser más efectivo e imperceptible. Para Lazzarato, “el capitalismo no es un modo de producción, sino una producción de modos”, de mundos aptos para su mejor ejercicio. La variación en el consumo está dada por el interés del consumidor de pertenecer a un mundo, de adherirse a él, de sentirse participativo – ¿Pero acaso podemos participar en la conformación de dichos mundos? –. Los mundos que crea el capitalismo, por supuesto, son cuadriculados, mayoritarios, totalitarios y excluyentes de las singularidades. Son las mismas exclusiones propias de las sociedades de control que encontraba Foucault (a nivel económico, social, discursivo y lúdico); y quienes sufren las cuatro exclusiones son considerados como “locos” que deben ser marcados, perseguidos y excluidos en razón de su diferencia. La gran contradicción (de la cual sabe alimentarse el capitalismo) es que una sociedad tan “segura”, protegida y benefactora, también genera inestabilidades, inseguridades en los empleados (ahora temporales, sin prestaciones, sin pensión). De manera perversa, el nuevo ejercicio del gobierno de las conductas se hace a través de las “desigualdades”.

En un segundo momento, Lazzarato continúa afirmando que el “grupo social del futuro” no es la masa, la clase o la población, sino el “público” (o más bien, los públicos), y que en las sociedades de control, los públicos son los principales modos de subjetivación. ¿Y a cuáles públicos se refiere? Al de los medios, por supuesto, sobre los cuales se imponen tecnologías del tiempo y de la memoria por medio de dispositivos de “acción a distancia” (la televisión y la radio con su preponderante dinámica verbal), que actúan sobre los deseos y las creencias para seguir perpetuando el control.  Retomando el análisis de Gabriel Tarde, Lazzarato nos recuerda que desde  finales del siglo XIX (y a la par con la puesta en práctica de las sociedades de control) se empezaron a elaborar  técnicas dirigidas hacia un grupo social específico: “los públicos”. El caso más notorio tiene que ver con el surgimiento del cine, que definitivamente amplió el espectro referido a los públicos. Según este planteamiento, el público, es decir, la opinión (“la población tomada a partir de sus opiniones”) adquiere la condición de omnipotente. ¿No es acaso a la opinión que se acude para supuestamente definir los itinerarios previamente organizados de acuerdo a las conveniencias productivas? Niños y Jóvenes hitlerianosLa avalancha mediática constantemente nos está invitando a participar con el voto, con encuestas, con llamadas para definir, por ejemplo, la suerte de los participantes en un reality o la de un ministro religioso o la de un político, o los símbolos que nos identifican, o los criterios morales que se deben observar para resolver casos de la vida real. “En sus manos está la suerte de”… “es usted el que decide”… “no deje que otros lo hagan por usted”… intimidantes y manidas consignas pero efectivas y cada vez más potencializadas. Estas acciones están sustentadas por los discursos que dicen respetar la “libertad de opinión” y garantizar la participación y la deliberación. Sin embargo, la realidad nos muestra que no representan dichos intereses, sino que más bien son utilizados para identificar el pensamiento de los votantes y empezar a ubicarlos como potenciales clientes o peligrosos sujetos. No hay que olvidar que en las sociedades de control se producen “modos”, “mundos”, sobre los que se desarrollan las nuevas dinámicas, las cuales nos llevan a interiorizar que lo importante es “pertenecer a un mundo” para sentirnos activos, aunque ya sabemos que no actuantes, pues nunca participamos en la definición de dichos mundos. Y la forma como nos imponen esos mundos es a través de la palabra, los signos y las imágenes. En fin, indagar en la génesis y el desarrollo de los discursos sobre los públicos, es cada vez más oportuno para desentrañar los tejidos que terminan construyendo los abrigos del control.

Finalmente, nos interesa rescatar de Lazzarato su pensamiento acerca de la “multiplicidad” para entender cómo las multiplicidades también han sido capturadas por las máquinas de expresión con su nueva institución que es la “opinión pública”. El pensamiento de la “multiplicidad”, que remite a lo abierto, a lo amplio, a lo no circunscrito a dualidades (lucha de clases, disciplina/seguridad-control) también se ha visto encerrado, coaccionado, confinado, pues por todos los medios se generan modulaciones para crear mundos que apunten a la constitución de un sujeto promedio (homogéneo), desconociendo las singularidades y con ellas, la potencia revolucionaria de la creación. Lo cierto es que el control continúa con el encierro (dispositivos disciplinarios), con la gestión de la vida (dispositivos biopolíticos), con la modulación del cerebro, de la memoria y su potencia virtual (dispositivos de control – noo-políticos). Sin embargo (y ahí radica la potencialidad de la multiplicidad) la continuidad de  los sujetos encerrados, de las diferentes técnicas disciplinarias y de los dispositivos de control en todas las esferas, no dejan de seguir convocándonos para conformar una “cooperación entre cerebros” que nos lleven a producir verdaderas y articuladas multiplicidades para la resistencia, moviéndonos en la indeterminación, en lo imperceptible, al margen de las intenciones totalizadoras.

 

Omar Ardila

 

Notas:

[*] Este texto de Omar Ardila forma parte del libro Pensar es no pensar lo mismo, editado en Colombia en 2017.

[1] Los “Data centers” son edificios protegidos con altísima seguridad, llenos de equipamientos electrónicos y conectados a muy alta velocidad a otros nodos con similares características, donde se guardan todos los datos disponibles en internet. Contrario a lo que comúnmente se cree, dichos datos no se almacenan en los computadores personales, sino que están bajo el control permanente de quienes los confiscan.

[2] Publicado en el periódico El País, 23, 01, 2013. Versión digital consultada en: http://www.elpais.com.co/elpais/judicial/noticias/40-carceles-colombianas-seran-monitoreadas-tiempo-real-desde-bogota

[3] La tecnología DPI (Inspección Profunda de Paquetes) es una industria secreta para el control electrónico masivo. Esta permite que cuando se envía un correo electrónico, antes de llegar al destinatario, vaya pasando por numerosas máquinas que solo se preocupan por verificar la dirección hacia dónde va dirigida, las cuales, supuestamente, no revisan el contenido. Pero ¿podríamos estar seguros de que al pasar por estas máquinas, no habrá alguna que sí se interese por conocer qué dice el mensaje, y quizás, cambiarlo, modificarlo o dirigirlo a otro destinatario? La realidad, en cambio, nos muestra que se ha convertido en una eficaz arma para el espionaje tanto de personalidades como de particulares en el mundo entero, desde hace más de veinte años.

 

Bibliografía

Deleuze, Gilles. “Post-scriptum sobre las sociedades de control”, en Conversaciones, Pre-textos, Valencia, 1996

Foucault, Michel. Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Siglo XXI editores, España, 1978.

Foucault, Michel. Defender la sociedad, Fondo de cultura económica, Buenos Aires, 2000

Foucault, Michel. Seguridad, territorio y población, Fondo de cultura económica, Buenos Aires, 2006

Foucault, Michel. Nacimiento de la biopolítica, Fondo de cultura económica, Buenos Aires, 2007

Lazzarato, Mauricio. Políticas del acontecimiento, Tinta limón ediciones, Buenos Aires, 2006

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Por qué debe erradicarse el uso del término provincia o la “liberación” de la violencia simbólica instaurada por el lenguaje

Francisco León

Introducción

 

Desde que el padre Vicente de Valverde esgrimiera “la palabra” revelada del Señor frente al Sapa Inca Atahualpa, se inició lo que denominaré “conquista-real-ininterrumpida”. Pues se trató de un proceso que, a pesar de algunas modificaciones, aún no ha concluido: la “conquista de las  almas”, de la que hablara Alberto Flores Galindo, cuya herramienta se hace patente de manera irrefutable en la imagen del cura Valverde.

Se debe comprender que la creación de lo que se conoce o entiende como el mundo occidental se llevó a cabo gracias a la utilización de la escritura. Esta formaba parte del dominio de unos cuantos grupos privilegiados, entre ellos y de manera hegemónica, el clero.

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“Atagualpa Inga en la ciudad de Caxamarca en su trono”, 1615, Felipe Guaman Poma de Ayala. Con Valverde entregándole la biblia

No es de extrañar entonces que el acto previo a la Conquista del Perú, el evento que la inicia, fuese el mencionado “rechazo” al libro sagrado por parte del inca. Este no fue solo un “rechazo” al texto en sí, sino a lo que había “detrás” de este. Ese acto, maquinado o no por los hispanos, fue el que hizo posible la conquista tal y como se dio.

¿Qué hubiese pasado si el inca aceptaba lo escrito y sus potencias?, si inclinaba la cabeza o se arrodillaba ante el libro. De hecho, la conquistase se hubiese dado de “otro modo”. El proceso quizá hubiese sido no menos brutal pero sí distinto. Así Michel Foucault realiza una arqueología para hacernos comprender, en la actualidad, el tipo de “potencias” que transportaba la escritura para los hombres del siglo XVI.

La imprenta, la llegada a Europa de manuscritos orientales, la aparición de una literatura que ya no se hacía para la voz o para la representación ni estaba bajo su dominio, el paso dado hacia la interpretación de los textos religiosos según la tradición y el magisterio de la Iglesia —todo esto da testimonio, sin que pueda separarse la parte de los efectos de la de las causas, del lugar fundamental que tomó, en Occidente, la escritura—. El lenguaje tiene, de ahora en adelante, la naturaleza de ser escrito. Los sonidos de la voz solo son su traducción transitoria y precaria. Lo que Dios ha depositado en el mundo son las palabras escritas; Adán, al imponer sus primeros nombres a los animales, no hizo más que leer estas marcas visibles y silenciosas; la Ley fue confiada a las Tablas, no a la memoria de los hombres; y la verdadera Palabra hay que encontrarla en un libro.[1]

De allí la seguridad, la certeza del “justo” obrar de los conquistadores amparados en el libro que Valverde blandía como una espada flamígera. Pues la escritura posibilitaba, además, elaborar un discurso que transportaba un mensaje claro y contundente: “si hemos ganado esta guerra es porque somos mejores que ustedes, debido a que nuestro dios es más poderoso que el suyo, y así lo quiso. Ustedes solo existen para servirnos. No valen nada en sí mismos”. Su objetivo fue la instauración, una cierta “programación”, que intentó cristalizar en el yo de los andinos, tanto su “inferioridad” como la supuesta “superioridad” de los invasores.

El siguiente esquema muestra la manera cómo se lleva a cabo dicho proceso:
imagen texto

Funcionarios religiosos, políticos y militares, unidos, se encargaron de imponer aquel discurso. Además, no debemos olvidar que para poder acceder a “beneficios”, los pobladores del incanato debieron adoptar la lengua de los hispanos, ocultar la suya o incluso reemplazarla, como ha sido el caso de sus descendientes.

Dicha situación se agravó con la “independencia”, y no ha parado hasta nuestros días. Es que existe una relación, una asociación lingüística entre la palabra quechua y atraso, así como entre indio y siervo pobre (como  mencionara Degregori), una relación que debe ser rota.

Es obvio que las relaciones antes mencionadas, persisten debido a cómo se configuró el Perú de la Conquista. Sin embargo, y si en teoría dicha etapa histórica ya fue superada, ¿por qué se mantienen las definiciones que perennizan la diferencia, la asimetría en la relación entre personas “iguales” ante la ley? ¿Será tal vez porque, como menciona Julio Cotler, existimos, nos desarrollamos al interior de una “matriz colonial” que es “alimentada”, que encuentra el  “oxígeno” que le permite arder aún, a pesar de los siglos, en aquellas definiciones lingüísticas?

Abordaremos el término que nos impulsó a escribir el presente artículo. Nos referimos a provincia. ¿Qué significa etimológicamente? ¿Qué implica la utilización de este término? ¿Cuáles son los “efectos” de su utilización? Y ¿por qué debe ser erradicado de la subjetividad de aquellas personas que habitan otras ciudades que no son la capital?

Origen del término

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Apuesta caligramática en la escritura de Guaman Poma de Ayala. Página 195 de su Nueva coronica y buen gobierno

Provincia es un término tomado del latín, y fue la denominación que utilizaron los romanos para designar territorios que se encontraban fuera de Italia, pero que debido a la fuerza de las armas, poderío, se hallaban bajo su dominio. Está compuesto por el prefijo pro (por) y la voz vincia (vencer o victoria). Significaría por victoria o por vencimiento, para determinar el porqué del ejercicio del dominio sobre cierto espacio geográfico. Es decir, se manda sobre aquellos a quienes se ha vencido, sobre quienes se ha obtenido la victoria, vincia. Se trata de un lugar sojuzgado a consecuencia de la derrota de los lugareños. Entonces, ¿quiénes serían los habitantes de las provincias? Aquellos que fueron producto de su propia derrota. De esto se podría deducir que la provincia es el lugar donde habitan los vencidos o derrotados.

¿Qué implica la utilización de este término?

Al revisar la versión online del diccionario de la RAE, encontramos definiciones nada halagüeñas referidas a lo provinciano:

      provinciano, na.

  1. adj. Natural o habitante de una provincia, en contraposición al de la capital. U. t. c. s.
  2. adj. Perteneciente o relativo a una provincia o a sus habitantes.
  3. adj. Excesivamente apegado a la mentalidad o a las costumbres de su provincia. U. t. c. s. U. t. en sent. despect.
  4. adj. coloq. Poco elegante o refinado.

Además de estas barbaridades “bendecidas” por la RAE, las palabras más allá de su significado, y varias acepciones, adquieren su sentido debido al entorno, momento y circunstancia social en que se las utiliza. Así pues, dentro de la “matriz colonial” (Cotler dixit) en la que vivimos, ¿qué sentido que no sea PEYORATIVO y DENIGRANTE podría tomar la palabra provincia y provinciano?

¿Por qué debe ser erradicado de la subjetividad de aquellas personas que viven en otras ciudades que no son la capital?

Porque como hemos visto, condiciona a, produce, la aceptación de la “inferioridad” entendida como una situación per se, por el hecho de vivir en un lugar que no es el pretendido “centro” económico, político o cultural de un país. La utilización del término, a su vez potencia la “superioridad” de la capital. Aumenta el deseo de abandonar lo propio y dirigirse, como las polillas a la luz, hacia allá. Por lo tanto, impide el desarrollo integral del país y fomenta el centralismo.

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“Inkarri”, 1968, Fernando de Szyszlo

No olvidemos, además, bajo qué condiciones se llevaron a cabo las primeras olas migratorias hacia Lima. Como tan bien explica Carlos Iván Degregori en su libro Del mito del Inkarri al mito del progreso, los migrantes debieron enmascarar su identidad, ocultarla, utilizar una estrategia tipo caballo de Troya. ¿Por qué? Para evitar el rechazo que impedía la posibilidad de algún tipo de “aceptación” o la simple mimetización con los lugareños. Lo que se debe considerar es que, debido a los condicionamientos que hemos explicado, este “rechazo” provenía tanto de las clases sociales asentadas antes en Lima, como de los mismos migrantes. Debido a que mediante un largo proceso de “violencia simbólica” (Bourdieu dixit) habían internalizado su desvalorización.

En la actualidad, debemos tener en claro que la pretendida “aceptación” y utilización, por parte de ciertos grupos de poder, de rasgos culturales y sus estéticas, que provienen de las provincias, vía los migrantes, nada tiene que ver con una auténtica valoración del Perú profundo. Obedece más bien a otras lógicas ligadas al consumo, como menciona el sociólogo Fernando Cassamar.

[…] la lógica cultural del “capitalismo tardío” que se ha venido apoderando de las culturas –como el proceso de instrumentalización etnocultural comercial realizado por lo que se nos ha enseñado a conocer como Marca Perú […][2].

Lo que ha sucedido con el caso puntual de la música y la estética de lo conocido como “chicha” (otro término peyorativo y mal utilizado debido a que la chicha era una bebida utilizada en ritos sacros en el antiguo Perú), obedece a que el “poder”, así en crudo, general, para no entrar en detalles, ha puesto su lupa sobre ellas. Se ha apropiado de ellas resignificándolas.

Cabe aclarar que esta tendencia de desmarginalización, desradicalización y despolitización de lo marginal, o de domesticación de lo salvaje, [se ha] extendido hacia otros puntos relacionados con la cultura popular, como lo “achorao” del fenómeno chicha, que al ser engullido por la industria cultural ha sido elevado a la condición de mercancía […][3].

De esta manera, el nuevo “discurso”, que se trata de empoderar como “lo nacional” desde el arte y la gastronomía solo es tal mientras el producto o los productos que se pondera no cuestione posiciones asentadas de poder y clase social, y no afecte privilegios hereditarios.

Así, la lucha reivindicativa está por reiniciarse. Partiendo en este caso desde el cambio de la terminología. Pues más allá de su utilización para definir una separación territorial, debemos tener conciencia del papel que cumple el empleo de la palabra provincia. Un uso que refuerza el mantenimiento de jerarquías y dependencias simbólicas que en nada ayudan a fortalecer la autoestima de la gran mayoría de los peruanos.

 

Francisco León

Notas:

[1] FOUCAULT Michel, Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. 2da ed. 1era reimpresión. Buenos Aires: Siglo XXI editores, 2010. P. 56.

[2]CASSAMAR, Fernando, en: fanzine Poetas del Asfalto, N 126, agosto 2017.

[3] Ídem.

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