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El tractatus distópico y poético del adiós verasteguiano

Fernando Cassamar

***

***

Me da pánico, tengo miedo del tránsito
pero sí acepto la vida después de la vida
 sin miedo, no sé qué me suscita pensarlo.
Enrique verástegui (1 Jul 2018)

 

No hay un lugar en el mundo en el que se pueda escapar de las matemáticas ni de la poesía, decía el filósofo astrofísico Anton Sorokow, y quizá no podía ser de otra manera, sobre todo porque allí afuera nos quedaba el universo con sus estrellas y constelaciones, además del cielo con sus astros, estrellas novas y agujeros negros. Pero al cerrar los ojos podíamos ver el fin de la razón como oscuridad, salida o escape hacia la nada, como un punto de fuga hacia el vacío, a la manera de Esenin o de Maiakovski, pero tal vez también a la manera de August Strindberg, de Robert Walser, de Martín Adán, de Juan Ramírez Ruiz, de Enrique Verástegui[1] y de tantos otros. Como todos los que en aquella época, a la manera de Leonard Cohen, teníamos una voz, pero como Henry Fiol aún buscábamos la melodía, esa melodía desencadenada que se propagara por los cuatro puntos cardinales del mundo, pero también hacia arriba, siempre arriba como solemos decir de Jorge Chávez, hacia ese cielo no siempre azul y casi siempre gris de Lima… en pos del escape perfecto, de ese escape soñado por Harry Houdini.

Pero también buscábamos una ecuación, aquella ecuación que nos indicara el balance perfecto entre lo material y lo inmaterial, quizá como el espacio del más allá, pero también como algo más profundo entre la distención psicodélica del tiempo y el Zabriskie Point antogniano del espacio; entre las abscisas y las coordenadas cartesianas que nos ubicaban en un punto del plano del calvario, con nuestro cuerpo astral desbordando lo físico para dirigirse hacia las esferas superiores del Edén; o hurgando, como quería Aldous Huxley, en las áfricas y tierras vírgenes de la mente, traspasando las puertas de la percepción. Y en pos de todo ello habíamos modelado, armonizado, poetizado, deformado el espacio de nuestra percepción, para asumir ese kantiano sujeto trascendental, solo para recalar en la escalera de Wittgenstein, y así no caer… como aquella suma de fieles yacentes en los campos del exterminio auschwitzsiano.

Y te oímos decir que en uno de tus poemas habías refutado el Tractatus Logico-Philosophicus… y eso no nos pareció lógico, porque la poesía aún no es una ciencia exacta, como la lógica, como los principios matemáticos o la astrofísica. Pero qué se podía esperar en esos días, en los que tus análisis de la poesía e Introducción a la Cienciasofía nos decían muchos de los arcanos negados de aquella alterrealidad oculta e irresuelta. Entre la fragancia de esos documentos supuestamente rescatados de los archivos de la Orden Hermética, como parte de la Sociedad para la Liberación de las Rosas.

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De Izquierda a derecha: Juan Ramírez Ruiz, Jorge Pimentel y Enrique Veraztegui

Entonces asumimos el principio de realidad a partir de la Navaja de Ockham, como postulado para la ce(n)sura de la razón, entendiendo, como nos había enseñado Martín Adán, que la rosa que amábamos era la del prudente, la de sí misma, al aire de este mundo, agobiada en este país en el que la poesía ladra, suda orina, “frecuenta los burdeles / escribe cantos silba danza mientras se mira”, y tu cuchillo se apresta a descuartizar el otoño. Mientras recuerdo aquella historia en la que tú estás en esa combi, en la que le enseñas tu nombre que está inscripto en uno de tus libros al cobrador para no pagarle el pasaje y este no lo hizo. Todos sabemos también que ya entonces la vida no era dulce para nadie, que eran otros tiempos para todos; y no interesaba nada, porque la poesía urbana empezaba a heder a campanitas de cristal y a agua de lavanda.

Durante mi adolescencia obtuve un ejemplar de tu Leonardo, que compré durante esas tardes y noches ebrias, en las que entré al Shakespeare & Co. sobre uno de los márgenes del río Rímac, que no era el Sena, ni se le parecía, cerca de una de esas calles del centro, en la que solía también comprar las revistas y casetes de Musicalia, para escuchar a Bach, Albinoni o Rachmaninov. Eran tiempos en los que escribir no implicaba meditar y esto tampoco era comprometer las “manos, / y papel, máquina de flores en el curso de las cosas, no / disponerse a modelar lo espontáneo hacia un objetivo preciso. / Escribir de lo que se es como de lo que uno realiza es el proyecto de toda vida” (Leonardo – Verastegui).

Luego están los episodios sanmarquinos, en los que Zelada me enseñó tu Angelus Novus, para hablar de tus poemas, como antes lo había hecho con Habermas o con Bataille. Pero yo ya no soportaba la poesía, prefería la filosofía y estaba más interesado en el Angelus Novus de Paul Klee, articulado en el “ángel de la historia” benjaminiano. Pues los noventas eran tiempos de guerra, tiempos de distopía que se parecían a tus experiencias con mayo del 68 y tus lecturas de Marcuse que interpretaba la industria como una flor carnívora y te preguntabas: “¿Podemos tocar entonces el tema de una mente / liberándose de su pasado si no utilizar la metáfora inservible del otoño”, en esos tiempos en los que como en los nuestros, la desesperación y la náusea se apoderaban de Lima y del país, para degradarlo en el horror de tener que enfrentar lo no (po)ético, noético y noemático husserliano.

Las vanguardias están envejeciendo, y muchos se están yendo. Y pese a todo, fenomenológicamente algunos pudimos sobrevivir, resistir pese a que la podredumbre fujimorista nos venía robando la patria, el país y el futuro, enmierdando nuestros días y meses, años y lustros, como antes, como ahora, como siempre. Y no obstante ello, no nos fuimos, continuamos en este lugar que percibíamos como una cadena de acontecimientos trágicos, como en Hiroshima, Nagasaki, Mile Island o Chernobil o Barrios Altos, mientras el ángel nuevo de la historia observaba aquella “catástrofe única que se amontonaba ruina sobre ruina” en este país que empezaba a regatearnos toda la esperanza; pues como decía Benjamin: “Bien quisiera él [ángel nuevo o el ángel de la historia] detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas” para escapar.

Portada-de-En-los-extramuros-del-mundo-de-Enrique-Verastegui-Caja-negra-2012Entonces llegó el tiempo en el que nadie pudo conseguir huir, tal vez porque ya se nos  había acabado las armas o tal vez solo los poemas. Pero, no obstante, había algunos que aún elegían la poesía, o tal vez la poesía los elegía a ellos ¿Cómo saberlo? Pues la historia de este país también tenía sus oasis contrafácticos, con sus archipiélagos de contrahistorias, pesadillas, ucronías y algunas cosas más que fueron ascendiendo desde los infiernos. Y como tú decías, “El empirista y el pragmatista dirán que un poema / sale extraño si el azufre es la carne de todos los días. /  Que un poema, si el papel que se emplea no es mucho, / no tiene más versos que una dulce pérdida de tiempo…”

Por ello, casi de casualidad, a fines de los noventas, recalé en el salón de grados de la Facultad de Derecho de San Marcos, donde estaban casi todos los de tu generación; y escuché a José Watanabe, a Carmen Ollé, a Jorge Pimentel y escuché también a “Giordano Bruno”, el que había vivido sabiendo que “Toda época está / en retroceso y todo presente es pasado devorado / en el futuro y aquel 17 de febrero de 1600 / Giordano Bruno, poeta, / loco y filósofo que en la duda encontró su verdad”, el que nació para todos, como tú Enrique también lo habías hecho aquel día, y los demás que vinieron sucediéndose hasta convertirte en el personaje entrañable que deambulaba balbuceando frases iniciáticas hasta perderse.

Tal vez porque no se le debe pedir mucho a la vida, o quizá porque no puede poetizarse el infierno sin salir ileso, o explorar en torno a una verdad reservada a los dioses, es que el castigo se va transformando en locura, en deterioro mental que no siempre deviene en manuscritos proféticos; como en Nietzsche, como en Strindberg, como en Maupassant, como en Van Gogh, como en Attila Josef, como en Juan Ramírez Ruiz el grande, o como en ti Enrique, poeta, ensayista, filósofo, gnóstico, cuentista, novelista, dramaturgo, guionista, músico, acuarelista, físico, lógico, matemático, cienciósofo y sobre todo iluminado, pero no como ese otro Sócrates el loco, del que hablaba Platón, sino como el insano lúcido, como el perro celestial de Cioran, el que buscaba al hombre con su linterna a plena luz del sol, y que buscó con esa furia que luego heredará Aguirre, el azote de Dios al buscar el Dorado, pero con mucho más cinismo y menos idealismo.

Luego de ello nos encontraríamos en las páginas de Identidades, como lugar no-lugar compartido, y nos conocimos o quizá reconocimos, pues mientras imaginaba por qué pensabas que era arquitecto, pues lo sugeriste varias veces, terminé convenciéndome de que era yo el historiador de ciudades y no el filósofo astrofísico que pergeñaba versos. Y, desde luego, aquellos días el silencio del Presbítero era la imagen gélida de las identidades proteicas de Lima enferma como su historia y sus poetas. Esa ciudad gris que hiede a orines, a smog y a resentimiento. Hasta aquella noche que en uno de los recitales del Yacana, en la solías pedir a Migliaro cigarro y cervezas para dos, mientras leías y hablábamos de El modelo del teorema o de El principio de no-ser. No había nada onticidad ni de glorioso en embriagarse para hablar de la exactitud o la no exactitud del cosmos, pero eso era lo que menos importaba. La sabiduría y el delirio pueden conjugarse también como ese aparato mecanicista que compromete una episteme diferente que diluye literatura, filosofía y ciencia, además de la opción por la vida que se traduce en  muerte.

Como el místico budista Thich Quang Duc, que en protesta contra las persecuciones de los suyos decidió inmolarse, y se mantuvo inmóvil, sereno, sin emitir señal de dolor alguno mientras su cuerpo era consumido por las llamas; como Calcuchímac, guerrero inca que tras negarse a ser bautizado por los españoles, en nombre de un dios en el que no creía, entró voluntariamente a la hoguera para ser quemado vivo, sin tampoco emitir un signo de dolor; o como Giordano Bruno, aquel ateo impío corrompido, excomulgado y condenado a las llamas del infinito.., condenado a ser “castigado / con la mayor dulzura posible y sin efusión / de sangre, sine ulla sanguinis effusione” / que en maligna lengua eufemista represiva / y clasicista dictaminaban los inquisidores de siempre / morir quemado vivo / y entonces Bruno replica / ya bellísimo su alto testamento: “más os intimida / pronunciar mi sentencia a vosotros / que a mí el oírla” / y entró sereno en la brasa / lúcido entre las ávidas llamas” (Verástegui). Y cuando la muerte llega, ante el hecho consumado, como decía Watanabe, “Nosotros [tampoco] le debemos negar la posibilidad de una palabra / de agradecimiento” Enrique.

Y en ese trance, algunos poetas amigos empezaron a irse, como se fue Juan Ramírez Ruiz, como se fue Ricardo Quezada, como lo hizo José Pancorvo, y como ahora lo hiciste tú, el escritor que quiso hacer de la poesía una ciencia exacta, el matemático que terminó por irracionalizar todos los números, y el físico que derivó a la metafísica para convertirse en un místico sin capilla y sin cruz, como un anacoreta que prefirió habitar los extramuros del mundo, redescubriendo ―en ese trance―, las taras morales, políticas, psicológicas, sociales y religiosas del Perú y con ello las del mundo. Sabiendo que el ladrón de rosas jamás tomará partido por aquella Sociedad que ahora fenece, ni para liberarlas, ni para ponerlas en un florero. Y eso se lo recordaré a todos, yo, Anton Sorakow, nacido en la Siberia y reencarnado miles de veces para arribar hasta esta esquina del mundo, en un tiempo y espacio recobrado.

Y finalmente sabremos otra vez, como antes y como siempre, que no se puede morder de la manzana del árbol de la sabiduría sin terminar perdiendo la razón. Debiste saberlo cuando aún transitabas por los infiernos tropicales de este globo celeste, y quizá lo recordaste ese 27 de julio aciago del 2018, cuando la patria nos empezaba a centellar por dentro, cuando tu voz de profeta apocalíptico te había abandonado desde hacía mucho. Porque ya nadie podrá volver a expirar el final como lo hiciera Hamlet: “The rest is silence”, pues ahora nuestro país es un planeta que delira como esos seres arrastrándose en las en las islas Ballestas, cuyos gritos y gruñidos parecen los gritos de miles de personas ante el dolor final del calvario reinventado en el mundo moderno. Por ello nunca más tendrás miedo, pues te ha tocado internarte ya, sereno entre las brasas, lúcido entre las ávidas llamas, esbozándonos tu inesperado adiós… para siempre.

 

Infierno en Lima, Agosto 12 del 2018

 

Fernando Cassamar

 

Notas

[1] Enrique Verástegui, uno de los poetas más importantes de la literatura en lengua castellana contemporánea, falleció el viernes 27 de julio en Lima, a los 68 años de edad.

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Oda a la revolución

UN POEMA DE FERNANDO CASSAMAR EN EL MES DE ANIVERSARIO DE LABERINTOS SUBURBANOS 

*

La travesía de Laberintos suburbanos empezó el 2 de marzo del 2015, como una apuesta en pos de una ilustración alternativa, cuya razón luz, desde el principio optara por una suerte de visión tubular, visión que tuviese como analogía la noción de un centro negro, cuyos márgenes iluminados, inmaculados, van abriendo la posibilidad de detenernos en lo poco visible, como acción de descentramiento de los focos de atención en exfocos, en excentros que permitan el desocultamiento de lo minoritario, de lo marginal, de lo excluido, para abarcar así todas las variables posibles y pasibles de ser relatadas, enunciadas e historiadas, como apertura hacia multiplicidades y diferencias nuevas o simplemente nunca antes vistas, ya sean políticas, antropológicas, sociales, sexuales, sub o paraculturales, insertas en un espectro en el que lo que se desea iluminar no sea lo ya racionalizado, sino lo irracional, lo oscuro, apuntando a aquello que de alguna manera podríamos identificar como antimainstream, pero que no solo se detenga en lo contracultural, sino que en su espacio abarque también lo bizarro, lo monstruoso, lo escabroso y amoral.

Muchas veces hemos errado y otras pocas acertado en este sentido, pero en nuestro descargo diremos que, pese a que nuestro objetivo −visto en el manifiesto-exposición de motivos− ha sido abordar los problema ligados a los márgenes de esa mundialidad política, económica, cultural, psicológica, ideológica y antropológica de las sociedades en tránsito, el tema resulta aún difícil, y entendemos que los fines relacionados a la asunción de una estética del no, asociados a un nomanismo no solo geográfico sino también óntico, como mecanismo de búsqueda aspiracional de todo lo encubierto o negado, haga funcionar este espacio como un observatorio de experimentación y de experiencias marginales y múltiples, pero de efectos colaterales en otros campos, que tiene como eje de aglutinación a todo lo historiable y/o clasificable, pero abordados desde una noción derridarianamente deconstructora y su debilidad por los márgenes.

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“La Libertad guiando al pueblo” (1830). Eugène Delacroix.

De allí que, teniendo aún a marzo como marco insularmente poético, decidimos seguir rescatando la idea de la revolución, pero ahora en abstracto, asociada a lo que estaría más allá de aquel Octubre rojo, desde la compresión de ese limbo arquetípico, en el que la revolución se presenta como experiencia pura de transformación y cambio, como el punto de partida de lo radicalmente nuevo, pero que, como esencia revolucionaria, tiene un origen y no sabemos si un fin. De ahí que para Richard Rorty la Revolución francesa nos ha demostrado que la totalidad del léxico de las relaciones sociales y la totalidad del espectro de las instituciones podían ser reemplazados, como si dijéramos, de la noche a la mañana; mostrándonos también un espectro iluminista en el que, como ideal de emancipación, casi todo ha sido posible. Idea que fue prolongándose con la Revolución socialista soviética, origen y consecuente, algunas veces incierto, de las que vinieron y vendrán luego.

En este sentido, la evidencia de que aquel 25 de octubre, día que según el calendario juliano se capturó el Palacio de Invierno de Petrogrado, hoy San Petersburgo, que dio inicio a la revolución bolchevique, se confronta con la evidencia de que, según nuestro calendario gregoriano, en realidad no fue un 25 de octubre, sino más bien un 7 de noviembre de 1917. Por lo que cabe destacar que, en ese ambiente bolche plagado aún de entusiasmo jacobino, se pueda entender el porqué, tras el regreso de Lenin y sus acompañantes, un 16 de abril de 1917, tras el fin de su exilio, a la estación de Petrogrado, la multitud los recibiera entonando el himno francés, La Marsellesa, que en ese momento era aún el himno de los socialistas rusos. Y finalmente comprender que la revolución, como Saturno, termina también por devorar a sus hijos, como terminó engulléndose a Danton, a Robespierre, a Trotsky y a tantos otros.

En este sentido, ya Peter Weiss nos había dicho que era la figura de Marat la que nos llevaba en línea directa hacia Marx, algo que nosotros agregamos y corregimos, diciendo que la línea directa es hacia Lenin, asumiendo este punto como el eje central del poema que ahora les presentamos, poema en el que desfilan nombres, situaciones y eventos revolucionarios múltiples (LS).

*

*

Oda a la revolución / Marat iluminado

 

Fernando Cassamar

 

Nací para buscarte en las regiones tenebrosas…

En los espacios silenciosos

/ en los que la luna no se oculta nunca

Nací para nombrarte en las calles desoladas

en lugares sombríos

…sin razones ni motivos…

……………………………………………

 

Pero tú dices ¡No!

y todo se derrumba

Y me levanto y vuelvo a caer

para elevarme nuevamente sobre el horizonte

Pero eso ya no importa…

cierro los ojos y tú desapareces…

Sin embargo empieza a fulgurar

el espejismo claro de tu rostro

ante mis ojos ciegos.

 

Y continúas…

Tú no cambias –dices―

Y quizá porque no nos pertenecemos

o solo porque no me pertenezco

me encuentro con Robespierre y Danton

en el centro de mis turbaciones,

pensando en los Zinóvievs y Lenins

de nuestras futuras revoluciones…

Y tranquilo espero

…pero tú nunca apareces…

 

Y nadie entiende por qué

después de mil fracasos

/ sigo sosteniendo tus sueños entre mis manos pálidas

Repitiendo que la ruta a la plenitud existe

que la vida resplandece,

…y que el dolor desaparece…

Pero cuando la esperanza se revela

/ en el albor resplandeciente

de esta última aurora

…todo se ilumina.

 

Y me interno en los laberintos de la expectación y el delirio,

mientras los Guevaras, Cienfuegos y Castros

florecen desde la miseria de mi ciudad exaltada,

de mi Bastilla centelleante

de mi villa encendida.

Y yo les digo:

“Nosotros hemos inventado la revolución”…

pero nadie responde…

Y veo ascender los ensueños del mundo

/  desde la ciudad radiante

Elevándose como las auroras boreales de este último invierno

Mientras los vahos relucientes de las máquinas de Watt

construyen ciudades celestiales en el horizonte.

 

Entonces susurras:

“Todo está consumado…

lo saben los Trotskis y los Maos de nuestra alma”

Pero en los campos roturados…

los arados continúan gritándome…

que tú no existes porque no me perteneces

porque ya no sueñas como antes…

porque ya no vives en mí

Porque cambié los ensueños de tu cuerpo

por el dulce clamor de las multitudes

Por la eufonía radiante de sus máquinas industriales

Por el glorioso canto de la fraternidad y la justicia

de la libertad y la razón.

………………………………………………….

 

Sin embargo vuelvo

Retorno como Marat iluminado

para ser acuchillado

por mi Corday querida

…en el dulce nombre de su amor…

Porque la revolución duele

porque la revolución se traiciona

porque también ella desfallece…

Y consumido por mis ansias

de insurrección descontrolada

desciendo desde el cielo sombrío…

para instalarme con la lluvia entre sus brazos.

Y por la mañana… al despertar…

veo que la mujer de mi vida

aprieta el gatillo

para volarme los sesos…

Para decirme que la vida es efímera

y que el amor siempre ha sido fugaz…

 

Y si te dicen que caí

sabrás que fue cierto

…que he muerto muchas veces

para cerrar el ciclo trágico

de nacimientos y de muertes

Pero ahora renazco…

como cada mañana

para volver a ser asesinado

por sus frías manos…

Mientras las mías

continúan abiertas a la devoción por el mundo.

 

Porque yo nací para eso…

nací para nombrar tus plazas vacías,

tus espacios inertes,

tus alborozos dulces y acres…

Nací para entonar tus nombres infinitos

en lugares en los que los sueños

/ ya no inspiren esperanzas…

 

Para eso nací aquí…

… Nací para sembrar la revolución en ti.

 

 

Fernando Cassamar

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Desde el destierro

Un poema de Lenin y el segundo aniversario de Laberintos Suburbanos

 

Al entrar a nuestro tercer año, en Laberintos Suburbanos queremos rendir un ferviente homenaje al Centenario de la Revolución de Octubre, y para ello no hallamos mejor forma de hacerlo que publicar, en nuestro mes de aniversario, este extenso y poco conocido poema de Vladimir Ilich Ulianov Blank – Lenin (1879-1924), político-revolucionario marxista y teórico comunista-socialista ruso, protagonista principal de la Revolución bolchevique de 1917.

Al considerar este texto, un escrito rarísimo en toda la bibliografía de Lenin, se nos ocurrió delimitar uno de los márgenes de la poesía, como correspondiente a ese limbo metarevolucionario, que postula esa suerte de sociedad entre poseía, pensamiento y acción revolucionaria, que demarcaría el hecho, de que la poesía se presente como una suerte de experiencia  previa y necesaria para pasar luego a la acción revolucionaria. Algo parecido le ocurrió al joven Marx, con sus apuntes poéticos, oscuros y amorosos, escritos antes de iniciar su labor filosófico-política en sus trascendentales libros. Como si el campo de la poesía fuera el espacio propicio para templar voluntades, para afinar deseos y detonar conciencias, como ocurrió con Lenin, con la Revolución bolchevique, con Ho Chi Minh, con José Martí o con Javier Heraud.

En este punto, nos encontramos con Desde el destierro, probablemente titulado así por su editor español, y que al parecer viene a ser el único poema escrito por Lenin. Poema compuesto durante los días de primavera de 1907, año en el que Lenin tuvo que refugiarse en una aldea de Finlandia, llamada Selvista, y en la que, según se sabe, mantuvo largas discusiones sobre literatura revolucionaría y creación poética con Piotr Al, sobrenombre utilizado por Gregoire Alexinsky, miembro del Partido Social Demócrata ruso y diputado de Petersburgo en la Duma. Versos que canalizarían los contrariados sentimientos de Lenin, desde el exilio, luego del fracaso de la revolución de 1905, que solo dio paso al establecimiento de una monarquía constitucional y a la creación de la Duma estatal del Imperio ruso: “¡En el combate desigual / por la liberación del trabajo, cayeron víctimas sin nombre!”. Este poema, que debió publicarse en la revista ginebrina, Raduga (Arcoiris), dirigida por G. Alexinsky, que para entonces vivía en Francia, finalmente no apareció, pues la revista dejó de circular poco antes de publicar estos versos firmados simplemente por “Un ruso”.

Aleksandr Gerasimov - Lenin on the Rostrum

“Lenin en la tribuna” (1929-30). Aleksandr Gerasimov

Se dice que el poema completo fue publicado por primera vez en castellano, en mayo de 1973, por la revisa Crisis, traducido por Waldo Rojas, quien lo tradujera directamente de la versión francesa realizada por Gregoire Alexinsky, publicada en la revista L’Arche, París, en 1964; además también tenemos la versión de  la editorial Endymion, 1994, que cuenta con un estudio previo de Rogelio Blanco. Y de hecho, por allí también se dice que este texto posee un escasísimo valor literario y que solo lo salva su carácter histórico-político-biográfico, y tal vez lo emocional de fragmentos como este: “¡Soldados, ahogad vuestros remordimientos / en un pequeño vaso de vodka! / ¡Disparad, valientes sobre los niños y sobre las mujeres! / Matad el mayor número posible de vuestros hermanos para divertir al padrecito. / ¡Y si tu propio padre cae bajo tus balas, / que se ahogue en su sangre vertida por la mano de Caín!”, referido al pogromo de aquel “Domingo sangriento” ruso… Pero aquí eso interesa poco, solo deseamos rendir un homenaje fraterno, cien años después, a Lenin, a Trotski y a todos los que con su vida y obra hicieron posible ese poema mayor, pocas veces escrito y alcanzado, que ha sido la Revolución Socialista de Octubre, la Revolución bolchevique…

Para nosotros, dos años no se cumplen por nada, y en este sentido, continuamos en nuestra apuesta en pos de alcanzar todo lo desdeñado, o quizá casi todo, en nuestra debilidad por las causas perdidas y olvidadas, en nuestra pulsión hacia lo fronterizo, hacia lo fisurado, embarcados en este viaje que está implicando múltiples circulaciones y paradas a través de los márgenes, de los resquicios, de los intersticios políticos, sociales y culturales, en constante movimiento… con problemas varios pero aquí continuamos… (LS).

.

*

Desde el destierro

 

Vladimir Ilich Ulianov – Lenin

 

Borrascoso año aquel.

Los huracanes sobrevolaban el país entero.

Se desataban los nubarrones

y sobre nosotros se precipitaba la tempestad,

el granizo y el trueno.

 

En los campos se abrían heridas,

y en las aldeas, bajo los golpes del azote terrestre,

estallaban los rayos, redoblaban con violencia los relámpagos.

El calor quemaba sin piedad los pechos oprimidos,

mientras el reflejo de los incendios alumbraba

las tinieblas mudas de las noches sin estrellas.

 

Trastornados los elementos y los hombres

los corazones oprimidos por una inquietud oscura,

jadeaban los pechos de angustia

y se cerraban sus resecas bocas.

 

Por millares los mártires han muerto en tempestades sangrientas,

pero no han sufrido en vano.

Ellos, que han llevado su corona de espinas,

por los reinos de la mentira y las tinieblas,

entre esclavos hipócritas,

han pasado con trazo de fuego,

como antorchas del porvenir,

han grabado con un trazo indeleble,

la vía del martirio ante nosotros.

Estampando el sello del oprobio en la carta de la vida,

sobre el yugo de la esclavitud y la vergüenza de las cadenas…

 

El frío arrecia. Las hojas se marchitan y caen,

y cogidas por el viento se arremolinan en una danza macabra.

Se acerca el otoño gris y pútrido,

lagrimeante de lluvia, sepultado de barro negro,

mientras  la vida se hizo detestable y opaca para los hombres.

 

Vida y muerte les fueron igualmente insoportables,

les rondaron sin tregua la cólera y la angustia.

Fríos, vacíos y oscuros como sus hogares, sus corazones,

y de pronto ¡la Primavera!

Primavera en pleno Otoño putrefacto.

La Primavera Roja descendió sobre nosotros,

bella y luminosa como un presente de los cielos

al país más triste y miserable,

como una mensajera de la vida.

 

Una aurora escarlata como una mañana de mayo

se levantó en el cielo empañado y triste,

el sol rojo centelleante, con la espada de sus rayos

perforó las nubes, derruyendo la mortaja de la bruma.

 

Como el fuego de un faro en el abismo del mundo,

como la llama del sacrificio en el altar de la naturaleza,

encendido para la eternidad por una mano desconocida,

trajo hacia la luz los pueblos adormecidos.

 

Las rosas rojas nacieron de la sangre ardiente,

flores de púrpura se abrieron,

y sobre las tumbas olvidadas

se trenzaron coronas de gloria.

 

Tras el carro de la libertad,

blandiendo la Bandera Roja,

fluían multitudes semejantes a ríos,

como el despertar de las aguas en la primavera,

los estandartes rojos palpitaban sobre el cortejo.

Se elevó el himno sagrado de la libertad

y el pueblo cantó con lágrimas de amor

una marcha fúnebre para sus mártires.

 

Era un pueblo jubiloso,

su corazón desbordaba de esperanzas y de sueños,

todos creían en la libertad que sobrevendría,

todos, desde el sabio anciano hasta el adolescente.

 

Pero el despertar sigue siempre al sueño,

la realidad no tiene piedad,

y a la beatitud de las ensoñaciones y la embriaguez

le sigue siempre la amarga decepción.

 

Las fuerzas de las tinieblas se agazapaban en las sombras,

reptando y silbando en el polvo esperan.

Repentinamente hundieron sus dientes y cuchillos

en las espaldas y talones de los valientes.

Los enemigos del pueblo, con sus bocas sucias,

bebían la sangre cálida y pura de los inocentes,

cuando amigos de la libertad,

agotados por caminatas penosas,

fueron sorpresivamente cogidos,

somnolientos y desarmados.

 

Se esfumaron los días de luz,

los reemplazó una serie interminable y maldita de días negros.

La luz de la libertad y el sol se extinguieron.

Una mirada de serpiente acecha entre las tinieblas.

 

Los asesinatos crapulosos, los pogromos,

el lodo de las denuncias son proclamados actos de patriotismo,

y el negro rebaño se regocija con un cinismo sin freno,

salpicado de la sangre de las víctimas de la venganza,

muertas de un pérfido golpe,

sin razón ni piedad,

víctimas conocidas y desconocidas.

 

En medio de vapores de alcohol, maldiciendo, mostrando el puño,

con botellas de vodka en las manos, multitudes de canallas

corren como tropel de bestias.

Haciendo sonar las monedas de la traición,

bailan una danza de apaches.

Pero Yemelián, el pobre idiota,

a quien las bombas han vuelto más tonto y asustadizo,

tiembla como un ratón.

Y en su festón se pone con aplomo la insignia de los Cien Negros.

 

La risa lúgubre de los búhos y las lechuzas

resuena en la oscuridad de las noches,

anunciando la muerte de la libertad y la alegría.

Y un invierno cruel, con la nieve tempestuosa,

viene del reino de los hielos eternos.

 

Con sus nieves espesas, semejantes a una mortaja blanca,

el invierno ha vuelto al país.

Atando a la primavera con cadenas de hielo,

el frío-verdugo le ha dado muerte antes de tiempo.

Como manchas de barro, por aquí y por allá aparecen

las pequeñas islas negras de las aldeas miserables,

sepultadas bajo las nieves.

 

El hambre con la miseria y el frío pálido

por doquier se guarecen en las moradas pestilentes.

A través de la llanura de nieve sin fin,

de las estepas sin medida ni límite,

cuando el viento ardiente del verano trae un calor tórrido,

las aciagas borrascas de nieve van y vienen como blancos pájaros rapaces.

La tempestad aúlla como una bestia salvaje de pelambre enmarañada,

precipitándose sobre todo lo que conserve una gota de vida.

Vuela con estrépito, como una terrible serpiente alada,

En pos de borrar todo rastro de vida de la faz de la tierra.

 

La tempestad doblega a los árboles, quiebra los bosques,

amontona la nieve en las montañas heladas.

Los animales se han guarecido en sus cubiles,

han desaparecido los senderos y el viajero es engullido sin dejar huella.

Magros lobos acuden hambrientos,

yerran sobre los pasos de la tempestad.

Feroces, unos a otros se arrebatan la presa,

aúllan a la luna y tiembla de espanto todo lo vivo.

 

La lechuza ríe, el lechy salvaje golpea las manos.

Ebrios, los demonios negros giran en torbellino,

haciendo chasquear sus ávidos labios, olfatean una gran matanza

y esperan la señal sanguinolenta.

Muerte en todas partes, el hielo cubre todo, todo yace yerto.

Toda vida pareciera esfumada,

el mundo entero es una fosa común, una fosa única

en la que ni siquiera las sombras de la vida libre y luminosa se salvan.

 

Es aún temprano para que la noche triunfe sobre el día,

para que la tumba celebre su victoriosa fiesta sobre la vida …

Aún bajo cenizas se incuba la chispa,

la chispa que la vida reanimará con su soplo.

La flor de la libertad, quebrada y deshonrada

ha sido pisoteada y muerta para siempre.

Los negros se regocijan al ver aterrado al mundo de la luz,

pero en la tierra natal, el fruto de esta flor espera en el subsuelo.

 

En las entrañas de la madre

el grano milagroso se conserva misterioso e invisible,

ha de ser alimentado por la tierra y se reanimará en la tierra

para renacer a una vida nueva.

Llevará el ardiente germen de la nueva libertad,

resquebrajará y fundirá la corteza de hielo,

crecerá y ―árbol gigante― iluminará el mundo con su follaje rojo.

 

El mundo entero surgirá a su luz, y bajo su sombra se congregará a todos los pueblos.

¡A las armas, hermanos! ¡La felicidad está cercana! ¡Coraje! ¡Al combate! ¡Adelante!

¡Despertad vuestros espíritus! ¡Expulsad de vuestros corazones el miedo cobarde y servil!

¡Estrechad vuestras filas! ¡Todos unidos contra tiranos y amos!

¡La suerte de la victoria está en vuestras poderosas manos trabajadoras!

¡Coraje! ¡Este tiempo de desgracias pasará rápido!

¡Levantaos como uno solo contra los opresores de la libertad!

La Primavera llegará… se acerca… ya viene…

¡La roja libertad, tan bella, tan deseada, camina hacia nosotros!

 

Autocracia

Nacionalismo

Ortodoxia

Ya demostraron irrefutablemente sus altas virtudes.

En su nombre se nos golpeaba, se nos golpeaba, se nos golpeaba,

hasta la sangre misma se castigaba a los mujiks,

se les quebraban los dientes,

se sepultaba en los presidios a los hombres encadenados,

se saqueaba, se asesinaba.

Para nuestro bien, según la ley,

para la gloria del zar y la salud del Imperio.

Los servidores del zar daban de beber a los verdugos

con el vodka del Estado y la sangre del pueblo,

sus soldados regalaban a sus rapaces cuervos.

 

Se daba de beber a los ejecutores de las altas órdenes,

se alimentaba a sus cuervos rapaces

con los cadáveres aún tibios de los esclavos rebeldes,

y con los cadáveres dóciles de los esclavos más fieles.

 

Con una oración ardiente, los servidores de Cristo

regaban de agua bendita el bosque de las horcas.

¡Hurra! ¡Viva nuestro zar!

¡Con su nudo corredizo bien jabonado y mejor bendecido!

¡Viva el esbirro del zar,

con su látigo, su sable y su fusil!

 

¡Soldados, ahogad vuestros remordimientos

en un pequeño vaso de vodka!

¡Disparad, valientes sobre los niños y sobre las mujeres!

Matad el mayor número posible de vuestros hermanos para divertir al padrecito.

¡Y si tu propio padre cae bajo tus balas,

que se ahogue en su sangre vertida por la mano de Caín!

¡Embrutecido por el vodka del zar, mata a tu propia madre, sin piedad!

¿A qué temes tú? No es a los japoneses, a quienes tienes adelante.

No temes sino a tus prójimos, a tus propios familiares,

y ellos están del todo desarmados.

 

Una orden se te da, valet del Zar.

¡Sé cómo antes, una bestia de carga, esclavo eterno!

¡Enjuga tus lágrimas con tu manga y golpea el suelo con tu frente!

Oh, pueblo, fiel, feliz

amado por el zar hasta la muerte,

soporta todo y obedece hasta la muerte…

¡Fuego! ¡Látigo!… ¡Golpead!

¡Dios protege al pueblo,

poderoso, majestuoso!

 

¡Que nuestro pueblo reine, haciendo sudar de miedo a los zares!

Con su tropa sin gloria, nuestro zar desencadenado,

con su jauría despreciable de servidores,

sus lacayos festejan,

sin lavar la sangre de sus manos.

¡Dios: protege al pueblo durante los días sombríos!

Y tú, pueblo, ¡protege la Bandera Roja!

 

¡Opresión sin límite!

¡Azote de la policía!

¡Tribunales de sentencias súbitas

como las salvas de las ametralladoras!

¡Castigos y fusilamientos,

horrible bosque de horcas

para castigar vuestras rebeldías!

 

Colmadas están las prisiones,

los deportados sufren infinitudes,

las salvas desgarran la noche,

los buitres se han saciado.

El dolor y el duelo se extienden sobre el país natal.

¡Ni una familia es ajena al sufrimiento!

 

El déspota festeja con los verdugos

su banquete sangriento

¡Vampiro… roe la carne del pueblo

con tus perros insaciables!

 

¡Déspota, siembra el fuego!

¡Monstruo, bebe nuestra sangre!

¡Levántate Libertad!

¡Flamea Bandera Roja!

 

¡Vengaos, castigad!

¡Torturadnos una última vez!

¡La hora del castigo está cercana!

Ya llega el tribunal ¡Sabedlo!

 

¡Por la libertad iremos a la muerte,

a la muerte.

Tomaremos el poder y la libertad,

y la tierra será del pueblo!

 

¡En el combate desigual

por la liberación del trabajo, cayeron víctimas sin nombre!

Sus miradas llamean de amenazas…

¡Repica hasta el cielo, eterno carillón del trabajo!

Golpea martillo, golpea por siempre.

¡Pan! ¡Pan! ¡Pan!

 

¡Marchad, marchad campesinos!

Vosotros no podéis vivir sin la tierra.

¿Os estrujaron los señores,

os oprimirán aún por mucho tiempo?

 

¡Marchad, marchad estudiantes!

Muchos de vosotros serán segados en la lucha.

¡Cintas rojas envolverán los ataúdes de los que hayan caído!

 

¡Marchad, marchad hambrientos!

¡Marchad oprimidos!

¡Marchad humillados

hacia la vida libre!

 

¡El yugo de las bestias reinantes, es nuestra vergüenza!

¡Expulsemos a las ratas de sus madrigueras!

¡Al combate, proletario!

¡Abajo todos los males!

¡Abajo el zar y su trono!

Ya brilla la aurora de la libertad estrellada,

Se expande su llama.

Los rayos de la felicidad y de la verdad

aparecen ante los ojos del pueblo.

El sol de la libertad

nos iluminará a través de las nubes.

 

El canalla del zar,

“¡Bajo las patas de los caballos con ellos!”,

dirá glorificando la libertad

la poderosa voz del toque a rebaño.

Destruiremos las bóvedas de las prisiones.

La justa cólera está rugiendo,

la bandera de la liberación conduce a nuestros combatientes.

 

Tortura, Ojrana,

látigo, cadalso, ¡abajo!

¡Desencadénate, combate de los hombres libres!

¡Muerte a los tiranos!

 

Extirpemos de raíz

el poder de la autocracia.

¡Morir por la libertad es un honor,

vivir en las cadenas, una vergüenza!

Echemos por tierra la esclavitud,

La vergüenza del servilismo.

¡Oh, libertad, danos la tierra y la independencia!

 

Vladimir Ilich. Lenin

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La total articulación del desorden

Alberto Valdivia Baselli

Sagrado. Poesía reunida (2004-2016). Roger Santiváñez. Peisa. Lima, 2016.

La poesía es significación de la falta. El verso es sagrado para Santiváñez[1] porque implica “significar lo ausente” (p. 9). Y este libro significa, en primera instancia, una ausencia, porque su poética codifica el instante en eternidad y las pulsiones expresivas en la mirada: la poesía reciente de Santiváñez, como la materia poética, no estaba reunida y, ahora, Sagrado, encaja su voz y su sapiencia acrobática en el vacío de la constante huida del poema.

Celebrar la lectura de la poesía reunida reciente de Santiváñez es revisitar, además, en la sorpresa y en la iluminación, una poesía articulada para explorar los vórtices de lo existencial y lo cotidiano en las pulsiones más felices del péndulo del neobarroco hispanoamericano (Adán y Lezama) y del verso objetivista y callejero del 70-80 peruanos. Nuestro poeta ha bebido de la retórica promisoria del verso llevado al límite por el significado, hacia las comisuras últimas de su significante (heredero, a su vez, de las cifras de la mejor vanguardia vallejiana, así como del verso potente –mestizo y cósmico– de Hora Zero). Santiváñez ingresa en el verso, desde la primera palabra hasta el punto de quiebre del verso, en la poesía como ritual de lo mágico religioso. No porque sus poemas pretendan revelación mística ni signifiquen proyecciones artificiosas en las que se simule un ritual, sino porque su poesía es un ritual de significaciones.

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La reunión comienza con Sucre Blanc, conjunto de poemas que nos revela la ceremonia plural sincrética con que Santiváñez enfrenta a su verso y con el que gesta su gran movimiento estilístico y político desde la estética. En la visión general del poema –que gesta y atisba el gran dios Paracas, Kon, desde las alturas— articulan la realidad poética, una música rock, la Virgen del Chapi, los rezos en latín, las expresiones en inglés, el pensamiento marxista y el paisaje capitalista para proponer la existencia tensionada, resonante pero articulada –como el poema– de miles de voces culturales que se apropian de una sola mirada. Y que, así, la validan como realidad heterogénea y voraz que el poema distribuye y visibiliza para instalar en él su demanda de realidad y de expresión.

Eucaristía libro que, desde el título, nos imbuye en la ceremonia más profunda del proceso de transformación de la realidad desestructurada y superficialmente percibida en la carne del poema. Esta se nos revela en su atroz y religiosa dimensión de complejidad. El entramado cultural es espejeado por un coro de neologismos, derivaciones equívocas y voces plurilingües y sociolectales (“Veo Creedence Clearwater Revival” o “Dulce & suavena militante de / Este corde pudibundu” [p. 32]) que, asimismo, permiten ser permeadas por el verso más culto y por altas referencias letradas (“Llamas en llamas se incendia mi país / 4 paredes albicantes de su celda Vallejo” [p. 30]). El verso de Santiváñez es uno de los más notables sistemas de signos en los que el lenguaje expresa la voz de un intelectual orgánico que hubiera sobrevivido a la tercera revolución industrial en medio de la permutada complejidad de un contexto social de modernidad (tremendamente) desigual donde se rezara a lo real desde lo real.

No es coincidencia que los poemas tengan tan presente a ciudades símbolo de la modernidad desigual –Chimbote, Lima, por ejemplo–, y su tensión con la urbanización ideológica de la sociedad rural. Lo verificamos, con hegemónica expresividad, en el libro reunido Labranda (“Viejo empedrado rompido por Blanquillo/ Canto por la iguana recordada en la arena / Azul música del aire se quema carbón / O subido promontorio tocado por Wayama” [p. 116]). Es este uno de los poemarios en los que más se evidencia el quiebre del significante en el verso que se contorsiona frente a la realidad referente que pretende codificar: caótica, desarticulada, injusta, impertérrita ante la necesidad, abundante en significación, bellísima en su entramado insólito. Real. Posmoderna. Súbita. Cíclica en sus estaciones. Sempiterna en el móvil poético: la captura –imposible– de las esencias del vórtice social contemporáneo.

Tanto estos textos, cuanto los que completan el volumen de libros reunidos, son un ambicioso intento del poemario total (sobre todo, Labranda, en lo microcósmico; y todo el volumen en lo macrocósmico). En el eje social, Santiváñez visita todos los registros, da cuenta de ellos, los articula y los codifica, los hace dialogar, gesta la violencia sígnica, produce esa materia informe y concreta que la realidad intersocial exige a cada segundo. En el eje del tiempo y el espacio, los versos del poeta conjugan una eternidad de memorias, presente, distancia, extraterritorialidad y querencia. Autores que se pierden en la lejanía, en tiempo y espacio (desde Alighieri a Pound), hasta autores que hace poco murieron en nuestras tierras (Juan Ramírez Ruiz, el gran poeta chiclayano, Antonio Cisneros, Hinostroza…). Las referencias de ambos ejes se cruzan en lo popular y lo lejano, en lo culto y lo cercano, y viceversa (la música, la historia, el arte, la mitología).

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Dos de los grupos que Santiváñez integrara y fundara entre 1977 y 1982

No hay testimonio de lo social que no sea devorado por el verso de Santiváñez para administrar su expresión en una nueva música poética que destella, desgarra y rectifica las percepciones desarticuladas o armónicas de la realidad. Lo real discute, coincide, replantea los prejuicios –se replantea–, se desmiembra, se concentra en un punto, explosiona, implosiona: crea la realidad que el poema proyecta y muchos marginan, a distancia del lenguaje: “Preciosa huida de las gordas columnas / De la Justicia almibarada bajo máscaras / Andinas donde nadie recuerda su pasado” (p. 112). Tanto Roberts Pool Crepúsculos (2011), Virtú (2013) cuanto Sylva (2015) son fantásticas intervenciones sobre lo estético desde la estética del poema, desde la virtuosidad del verso y sus posibilidades como objetos estéticos y metaestéticos. El elemento perturbador siempre en estos textos es su integración violenta a la realidad social, al quiebre que los registros lingüísticos y pluriculturales perpetran en el ejercicio de la belleza, sobre el amor o la muerte.

New Port (2015), el cierre del libro, es un replanteamiento en prosa de la violencia del tiempo, el cuerpo y la mente en las posibilidades de la expresión poética. El texto concentra todo lo propuesto en los anteriores (intertextualidad, plurilingüismo multiregistral, cotidianidad urbana) en la violencia del cuerpo, en la droga como símbolo –y realidad– de los estertores existenciales del mundo. En el poemario –como en Sagrado–, el mundo contemporáneo inventa un nuevo articulado/desarticulado infierno en el que la poesía tienta exactitudes, llena los vacíos no de lo ausente, sino de lo inefable. Y tiene éxito en el dolor.

Alberto Valdivia Baselli

Nota

[1] Roger Santiváñez, poeta peruano perteneciente a la generación del 80, participó en La Sagrada Familia (1977), militó en Hora Zero (1981) y fundó el Movimiento Kloaka (1982). Fue también manager de la banda Leuzemia ―ante la disquera El Virrey― para la grabación de su primer disco (1985), además de promotor de rock subterráneo peruano. Fue activista del Frente de Trabajadores de la Literatura (1979), integró el Comité Killka (1990), además de estar entre los iniciadores de El Averno (1999). Este libro, Sagrado, recoge su poesía desde el 2004 hasta la actualidad, poemas extractados de libros como Eucaristía (2004), Amastris (2007), Labranda (2008), Amaranth (2010), Roberts Pool Crepúsculos(2011) , Virtú (2013), Sylva (2014) y New Port (2015). (Nota. Ed.)

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Culturas muertas viven porque las dejamos vivir

Guillermo Gutiérrez

Atrapados el humano y sus creaciones, especialmente las artísticas, en la duración espacio temporal, es una ley natural que sobre todo en el nivel de la creación, estas tengan que envejecer y pasar. Es  una victoria sobre la finitud el hecho de que una obra de arte quede y perdure, mientras de su autor y de la civilización que la generó solo quede el polvo, y este pueda ser revisado por las nuevas generaciones, con nuevas lecturas e interpretaciones que lo mantenga vivo y fresca en otras mentes, ajenas a aquellas que generaron dicho arte.

También es natural que las obras que una generación había sacralizado e iconizado, si no tienen una fuerza superior o esta es limitada, al final envejezcan y mueran, para sorpresa de aquellos que la volvieron su referente, y al final solo les toque asistir a su agonía, que es también la de ellos mismos, y que en el futuro nadie los recuerde. No solo a ellos, lo cual debe ser desesperante, sino también al mundo en el que se insertaron y al arte que idolatraron; lo que equivale, para muchos, a una muerte absoluta, pues la muerte espiritual da por abolida toda esperanza de sobrevivir más allá de la muerte de la carne.

Nada borrará de las mentes y los espíritus el impacto de la imagen arcaica y tremenda del monolito de Chavín, donde queda claramente retratado el terror y el pánico de nuestros ancestros, cuando tuvieron plena conciencia de que estaban solos en un mundo desconocido y veían a los dioses con pavor, y solo les quedaba la idea de aplacarlos con hecatombes de sangre humana, para evitar ser destruidos por aquellas fuerzas inhumanas que los sobrepasaban. Nunca se perderá aquella sensación de fascinación, venida de las primeras civilizaciones del mundo, en medio del desierto mesozoico, provocada por la visión de la fabulosa y milunanochesca puerta de la ciudad perdida de Petra, la cual sintetiza todos nuestros sueños de grandeza y la fantasía mágica que habíamos alucinado cuando leíamos las historias fantásticas de la salvaje Sherezada.

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Parte frontal del Lanzón monolítico. Cultura Chavín

Todo tiene que mutar, es necesario, y si eso puede afectar a sociedades tradicionales, acostumbradas a la inmovilidad eterna, no es un sentimiento negativo sino una ley para las sociedades occidentales, porque están imbuidas del mito del progreso, del movimiento lineal de la historia, como una progresión a una perfección entendida como un avance hacia la plenitud en la razón, donde la realización como Ser está definida, dentro de este tipo de conceptos, en la duración, con todo lo que ello significa. Mitos que implican que la gente quede más atrapada dentro de los límites de la mismidad; tanto los que profesan el desarrollismo de izquierda, como los que lo hacen con el de derechas.

Pero ¿quién nos dice que ese debe ser el único camino? Estos mitos, al ser practicados en el tercer mundo, y concretamente en el Perú,  están destruyendo, por el interés inmediato, a sociedades que podrían buscar otras vías más acordes a su esencia cultural, produciéndoles más bien tremendas conmociones, al no estar estas preparadas para transformaciones tan grandes. El ejemplo primero, es lo ocurrido en la Conquista: buena para Europa, pero apocalíptica para el indio, en todos los sentidos.Y me pregunto a cuántos se les puede ocurrir que pueden encontrar caminos en los que puedan realizarse, pero que no sean los institucionalizados, que no sean los sacralizados por los mitos que nos impone la sociedad contemporánea. Darse cuenta, por ejemplo, de que las vías de desarrollo de tipo ancestral, en muchos aspectos, tienen vigencia en lo social y cultural, y sobre todo en lo espiritual, que en muchos aspectos valen aún más que muchos avances modernos.

Quién nos dice qué cosa es el progreso realmente, quién nos dice que si al cruzar una pista que supuestamente nos llevará a nuestra meta, si nos moviéramos en otra dirección, terminaríamos triturados por un volcánico tráiler o hallaríamos una nueva meta superior y más ambiciosa que aquella que nos habíamos trazado inicialmente. Qué significa ir hacia adelante… Qué es adelante. Qué es ir hacia atrás…  ¿Hay una sola línea, una sola meta, un solo camino… Tengo derecho a negarlo pero puedo estar equivocado? Pero puedo no estar equivocado. ¿Somos acaso el Dios, el Inkarri primordial para saber dónde está el arriba y el abajo, el medio y el centro del universo? ¿No se nos ocurre pensar que de repente ni el propio Señor puede medir su principio y fin? Y si las personas y sociedades aceptan valores que para el moderno significan atraso e involución, están en su derecho, pues para ellos es plenitud. ¿Qué es el camino bueno y el camino malo? ¿Qué es lo bueno y lo malo? ¿Existe la llamada meta? ¿Existe el principio y el fin? La única meta que reconozco es aquella que permite a una persona “plenificarse” en lo que siente su camino. Si quiere ser artista y pintar con caca, es su vida: un degenerado o un profeta pueden llegar al éxtasis.

Se me dirá que no puede ser, si el costo es el de vidas humanas inocentes. Y tendrán razón y no tendrán razón. Para un asesino la vida humana, tan miserable para él, es solo un medio para ser feliz haciéndola pedazos. Si escoge ser un asesino es su vía. Y quién nos dice que ser un demonio pleno no es tan válido como ser un santo cabal. ¿Y si ser santo fuera ser demonio y viceversa?..

En qué momento la idea liberal que se auto representaba como el único camino válido para la inteligencia se volvió fascista… Desde siempre, y no solo esta, sino lo hacen todas las ideologías cuando se atan a intereses inmediatistas. Miren lo que sus representantes están haciendo con el Perú. Se dicen lúcidos pero están tan atrapados en la subjetividad del corto plazo. Cuando se dice que el humano se encamina hacia la inteligencia, se habla en términos intelectuales, pero la verdadera inteligencia no es la medida por las universidades ni las maestrías,  ni por haber leído un millón de libros. Hablo de un entendimiento que rebasa el pensamiento y el intelecto. Para mí es una iluminación que haga temblar la tierra bajo la guía de nuestro padre, el inkarri Thopa Amaro, pero ese es mi viaje. Otros caminos pueden ser concebidos por otros individuos y ahí quizá encuentren su propia “plenificación”.

En su origen, el humano es ontológicamente inmovilista, conformista.  Solo la presión de fuerzas externas, como el ataque de terribles enemigos o el empuje de la feraz naturaleza, lo empujan a crear métodos que le permitan un nuevo espacio de una nueva forma de quietud. La matriz de la cultura es el deseo, no de saber, sino de la plenitud material, de estar bien. El deseo de saber qué hay Más Allá o de crear arte es una mutación posterior, cuando después de conseguidos los logros materiales, algunos grupos o individuos, que pueden ser considerados como una autentica élite cultural, no se sienten satisfechos con ese piso. Sus almas son hazañosas, ansían mucho más, sea el Poder o lo Desconocido. Entonces empujan a la masa a ir hacia adelante en la búsqueda de metas no solo acomodaticias sino hazañosas, mutatorias. Y la masa avanzará si piensa que allí hallará una meta que les de algo a cambio de su sacrificio.

El helenismo inundó por el empuje de un solo hombre, Alejandro, al mundo de su tiempo; creándole interrogantes y proyectos que lo obligaban a replantearse. El empuje Inca o Azteca guió a los territorios circundantes a desarrollar proyectos de vida que acechaban una otredad desconocida… Estas élites, actualmente se han empobrecido; no hay élites con voluntad de poder supremizante, sino que buscan conseguir una meta prosaicamente material, basado en el dinero y el confort usando la tecnología y aprovechando el caos espiritual que les conviene. Esa es una de las razones por las que no hay aventuras de alto nivel en la sociedad posmoderna. No puede haberla si no está planteada una aventura cultural de alto nivel.

Desde su concepto, este tipo de mentalidad ha renunciado a cualquier tipo de búsqueda que no sea la satisfacción inmediata, y esa actitud ha pegado fuerte en este país, cansado de experimentos utópicos que les prometían un cielo que nunca llegaba, optaron por la medianía del logro inmediato, y se armó una situación tragicómica, cuando repetían mecánicamente los rollos de teóricos seudoliberales, que eran en realidad anarquistas del libre mercado, sin entender claramente que estos estaban en contradicción con la idea de libertad que decían buscar -aunque para una generación que cree que la libertad es solo la del empoderamiento, el negocio y el dinero, tal vez no se hacían tan los locos-,  mientras que sus opositores se dedicaron a reciclar ideas intelectuales ya muertas o seudomodernas para estar a la par de las nuevas fuerzas que les quitaban sus cuotas de poder ya institucionalizadas, para supuestamente armar un debate que nunca existió.

fin-del-mundo-o-apocalipsisUn grupo buscaba imperar y el otro sobrevivir, y en medio, los sectores pasivos que sin guía y sin voluntad propia, se dedicaron a pescar los favores de quien les daba más. Se autodrogaron voluntariamente. Y los sectores activos, condenados a la soledad de la acción estéril, no podían repercutir con sus gestos mientras los drogados no despertasen. Y la mayoría aún no quiere despertar, peor aún, la mayoría de los que están despertando quieren volver a dormir o lanzar el carro más al despeñadero de su utopía inmediatista. Esto explica el auge de las teorías de ultraderecha y del nazismo en Lima, cada día más fuertes. Pues el maldito complejo tercermundista piensa que solo se superara el subdesarrollo por caminos económicos y tecnológicos. El latinoamericano alienado se ha encimado al latinoamericano que creía en su destino. Aquellos creen  que solo con la renuncia a la identidad profunda, no formal, llegarán al primer mundo. Su utopía es ya no ser, es llegar al nirvana de Miami. En esa creencia no hay cabida para el arte y la cultura, se considera que no son necesarios para consolidar su proyecto de sociedad. Piensan que manteniendo una apariencia de identidad en la que en realidad ya no creen, pero dicen creer para las plateas, les basta para dar la imagen de latino triunfador.

En el pasado la izquierda puso énfasis en el arte, dejo volar la imaginación, pero la presión de ciertos sectores dogmáticos terminó dándole total preferencia a solo un tipo de orientación temática: la social. Pero en la sociedad empresarial no hay búsqueda de vías que salgan del nivel tecnocrático. En el Perú,  desde finales de los 80, favorecida por la guerra y la crisis económica, se ha desatado una revolución reaccionaria. Lo cual es una sorpresa para las élites culturales de izquierda que tenían esa misma mentalidad positivista, basada en que, solo desde su ángulo, se lograría entender, dominar e imponer las condiciones de su grupo al Universo. Y ESTE AÚN NO ES CONOCIDO EN SU TOTALIDAD. ESE JUEGO DE ENERGÍAS, QUE DESDE DIMENSIONES EXTRAMATÉRICAS PASA COMO PASA EL VIENTO A TRAVÉS DE NUESTRA VENTANA A ESTA REALIDAD, Y CUANDO LA PENETRA AHÍ, SE VUELVE MATERIA PARA DISOLVERSE NUEVAMENTE EN NO MATERIA, CUANDO PASA AL OTRO LADO DEL UMBRAL…

Estaban preparados solo para mutaciones revolucionarias, el resto era atraso. Era obvio que en ese vasto movimiento cultural que venía desde los años 50 a los 80 había mucho ripio y mucho farsante que tenía que desaparecer, pero había mucho más que salvar y que sirviera de guía a la aventura de las nuevas fuerzas. Sin embargo, no estaban preparados para una mutación reaccionaria, de la misma manera que la irrupción de las fuerzas socialistas y anarquistas de comienzos del siglo XX, significaba el caos para las burguesías de la belle epoque.oculus-movie

Desde el momento en que se plantea un cambio en términos estrictamente  materialistas, ya hay un autobloqueo que impide cubrir más espacios que nos permitirían rebasar nuestra condición de no videntes. Ahora es inútil plantearlo, ahora es visto como una estupidez. Todas las ideologías siempre han estado unidas en su rechazo a lo supermaterial y lo han relegado a la idea de evasión. Nunca como una invasión necesaria. Desde otro nivel, los grandes proyectos sociales latinoamericanistas y ni hablar de los indianistas, no son nada para estos nuevos sectores. Esta alteración del guion mental de lo que debería ser supuestamente el método para la comprensión del mundo es demoledor. Y, mientras para el izquierdista es un trauma, a la derecha no le interesa plantearse el problema, pues el progreso es beneficio directo y no un proyecto de muchas aristas.

Entre los 50 y los 80 hubo un proyecto amplio que rebasaba las limitaciones ideológicas que azuzaba al espíritu; ahora, más bien, el humano se niega a mutar y preferiría ser un idiota feliz. Pues en la naturaleza humana luchan el deseo de luchar y no luchar. El deseo de pelear si lo joden, pero de descansar eternamente si le dan satisfacción. En este momento, la mayoría se cansó de pelear, incluso muchos de los que gritaban y tiraban piedras se cansaron, cool es el lema. Se considera que las metas de los años de la guerra de la mutación eran demasiado ambiciosas. Es mejor ahora estar tranquilo y dedicarse a cosas que te satisfagan sin ya mucha bronca… De ahí que la cultura que ahora vende Occidente sea espuria, frívola, sin hazaña, y que haga  de la posmodernidad una estética de la negación de la negación.

No ganaría esta idea si no tuviese una sociedad y un clima generalizado dispuesto a aceptar esta disposición. Un rechazo generalizado a la cultura de la mutación, cual si los hombres monos de 2001 Odisea del espacio de Kubrick se hubieran negado a acercarse al monolito y hubieran preferido vivir en su cueva para siempre, cueva que les ofrecía el espejismo de estar a salvo de los peligros de la sabana africana. Y decir que esto es maniobra del imperialismo o de los grandes intereses, es pueril e irrelevante. La mayor parte de la masa ha sido bien trabajada en su tendencia a la mediocridad, lo cual permite a los sectores de poder dominarlos. Se dejan dominar porque eso es preferible a luchar, y eso puede dar ganancias, aunque la dominación se convierta en opresión. Y solo reaccionarán si encuentran una oferta mejor que les permita salir de esa opresión para lograr un mayor empoderamiento.

A comienzos de los 80, ya Mario Montalbetti, poeta, autor de Perro Negro, un poemario que gusto a su generación, advertía que el Perú había sentido que estaba produciendo la mejor poesía del continente, y que eso debía revisarse. Ya en la década del 90, unos desconcertados Eduardo González Viaña o Carlos Thorne se preguntaban sobre que les había pasado, que de ser escritores disputados por Losada o Casa de las Américas, ahora estaban en nada. Repito que hubo bodrios y mucho seudoarte que debía desaparecer. Hubo farsantes, hubo obras que creían ser revolucionarias pero solo eran consignas. Pero no todo lo que se hizo en esos años debe ser olvidado. La izquierda no supo quitarse las anteojeras para encaminarse a la mutación plena que rebasa el puro materialismo sin llegar a un difuso idealismo; tampoco la derecha, pero ellos nunca se distanciaron de su programa, plata y glamour inmediatos. En el Perú, las élites nunca lo han sido más que de nombre, no han planteado nada que levante al país de su condición ignara. A estos grupos les conviene el subdesarrollo de los demás y las dictaduras.

Es fácil responder a la pregunta, en base a todo lo dicho, de ¡qué pasó para que la hazañosidad fuera sustituida por la mediocridad y esta fuera elevada a la categoría de gran valor. En una revolución reaccionaria, los jóvenes de los 90 en adelante, cuestionaron todo el edificio cultural construido por la generación de la mutación. Desde finales de los 80, comenzaron a cuestionar no al sistema dominante, ya que no se sentían afectados directamente por ello, ya que había entrado en crisis o se había agazapado, sino el sistema de la revolución, porque era, a su entender, lo que les estaba afectando. La juventud imbuida por el mito del tío Johnny, entre la demagogia pseudoizquierdista de Alan García y la guerra de Sendero, creía que la izquierda tenía la culpa del fracaso del país, que los grandes proyectos eran en realidad  manipulaciones teóricas para que los grupos lograsen empoderarse a costa de mantener el atraso que la modernidad exigía, practicidad inmediata para fines rentables y tangibles en el corto plazo. Todo esto a pesar de que la cultura y el arte eran una rémora si no daban prestigio social y que solo las disciplinas supuestamente prácticas llevaban al triunfo.

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Javier Heraud, autor del poema “Palabra de guerrillero”

En realidad, Vargas Llosa perdió las elecciones porque los sectores tradicionales creados en los 70 y 80,  aun tenían una capacidad de resistencia y pudieron forjar un muro, aliados a la burocracia, frente a una idea tan excluyente. Pero después del fujishock, y sobre todo luego de la debacle de Sendero, y el surgimiento de los primeros supuestos logros de la reforma económica, que para gente empobrecida, significaba la aparición de los grandes supermercados y la telefonía móvil, que hicieron que para muchos este fuera el camino correcto. La resistencia ideológica cedió. La resistencia espiritual se agotó. Y surgió toda una corriente poética que en lugar de loar a la revolución, la increpaba y la identificaba con el atraso. De nada servía que en el recital de desagravio a Celso Garrido Lecca, el público joven abuchease a Sonaly Tuesta, convencida ideóloga del discurso de la modernidad fuji, si al final esa muchachada aprovecharía de los supuestos beneficios. Eso explica por qué hay tanto intelectual en el Perú que ha acabado no de burócrata, sino de tecnócrata, trabajando en empresas públicas o privadas, e incluso ya no elaboran nada intelectual.

Luego de cuestionar la mutación, se pasa a predicar el retorno de los valores tradicionales, vestidos con un ropaje de modernidad informal tolerable. Además, no se pueden revalorizar o siquiera mantener los valores positivos del pasado cuando los que han formado parte de esa época en su mayoría se callan o se lanzan a la piscina del nuevo orden para salvar sus cuotas de poder. Cuando algunos  poetas del 70, se acogen a la ley de arrepentimiento social para alabar al nuevo orden, o cuando vemos al borracho de Hinostroza pisoteando la memoria de Javier Heraud, no nos sorprende la actitud de los nuevos en su rechazo al pasado. Lo cual también explica el fracaso de las nuevas promociones, que están pagando el precio de haberse vendido al diablo, ya que sin tener grandes aventuras ni héroes en la mente, han envejecido física y espiritualmente de manera terrible. No llegan ni a los 40 años y sus vidas están estancadas y mediocres.

Lo patético del fenómeno es que esta concepción ha entrado en crisis en otros países, pero acá se mantiene por razones estrictamente de pobreza espiritual, ideologizada, producto de la corrupción e intereses monetarios. Ya no hay ambición ni siquiera dentro de lo limitado que era el proyecto original. El cholo, que era visto como la fuerza potencialmente revolucionaria de los 70, en la mayoría de los casos se ha dejado llevar por la ideología del cholo power, o sea, “pórtate como blanco para que te aceptemos  cholo de mierda…” Han surgido nuevos mistis en la ciudad de Lima, cholos que oprimen a cholos, lo cual acaba con los mitos positivistas producidos desde la izquierda. Y los sectores de poder, que dominan la economía de este país, antes aceptaron abdicar en algunas cosas para no perderlo todo, pero ahora, traumados, no cederán en nada ni permitirán que algo movilice. Hay un deliberado propósito de destrucción mental y social.

Signos de esta hecatombe son, aparte del rebrote de la adoración por Hitler y la ideología fascista en el centro de Lima, hechos como la difusión de frases celebres, que no son  propiedad exclusiva de la clase media alta, como el de “a mí ya se me paso el velasquismo”, y el uso del termino “marrón” por parte de los muchachos del sur contra los indios, y la súpersatanización del velascato. Una generación nueva, que pasaron la guerra metidos en sus casas, y decidieron no replantear la sociedad, no repensarla, no autocriticarse, sino inmediatamente subirse al carro e ignorar todo el edificio cultural anterior, excepto por la reivindicación de unos cuantos artistas a los que pudieran manipular para apuntalar y dar pedigrí a su nueva visión de mundo. Ahí se jodieron a sí mismos.

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“Pesca en el mar profundo”, Jeff Raphael, collage (2012)

Por eso no existe, por ejemplo, novela negra en el Perú, como un movimiento organizado, como sí en España, México o Argentina. Lo que hubo aquí, fueron ejemplos aislados y un efímero boom auspiciado por las editoriales españolas donde escritores como Ampuero, Cueto o Roncagliolo desarrollaron una novela negra tomando como base la guerra, pero para hacer una catarsis, donde su mundo, vía sus escribidores, se limpiara de culpas, no se sintiera involucrado y, en el mejor de los casos, buscar mostrarse como víctimas de la guerra para refrendar el mantenimiento de su control del país y de los dizque ciudadanos.

Ya no hay escritores que se jueguen el alma en sus obras, cuando el arte ya no incide para nada en la sociedad. Antes, el arte, sin necesidad de consignas, incidía en la sociedad, en la vida. Pero era en un momento en el que se dio una corriente de Necesidad de la Cultura. Surgieron muchos sectores con necesidad de Saber. Ahora la sociedad desprecia la cultura. Pero, sobre todo, para que esta literatura calase en el tejido social, tendría que darse en el contexto de una sociedad que hubiera puesto en la picota a los culpables de los años oscuros y replanteado todo tipo de país que se había creado en los 90; y eso no les convenía. Se conformaron con poner en la cárcel a los quemados, pero no atacaron en lo profundo, a partir de ahí los llamados sectores democráticos estarían chantajeados y a la defensiva de los sectores de la derecha cavernaria. Desde ese momento se ha puesto en marcha la gran telaraña destinada a deformar, tapar, ocultar, borrar y cambiar la verdad histórica de lo que fueron los años de la mutación, para escribir una historia oficial que convenga a los poderosos y donde la disensión no exista. Y muchos de los que protagonizaron esa lucha, callan o son cómplices del ocultamiento para cobrar su jubilación.

El peruano limeño tiene vergüenza de que se le haya hecho patente que se le ha enseñado a vivir con la pus del fujimontesinismo. Preferían usufructuar de sus limosnas y beneficios mirando a otro lado y quedar como limpios. Al ser cómplices inconscientes, no quieren saber que estamos asistiendo a un proceso de autodegradación convenida. El informal de abajo se enfrentará al corrupto de arriba, pues este no tiene nada que criticarle, son lo mismo. Y al final todo acabará en una entente cordiale,  pues entre gitanos no se leerán las manos. Quien lea en los periódicos sobre moralización, leerá el maquillaje para la platea. Y no hay salida. Más aún con la desilusión de las esperanzas que se tuvo en el gobierno de Humala. Desazón convenientemente aprovechada para que se desarrollen las ideas neofascistas legitimadas por el actual contexto histórico. El peruano limeño ha hallado su propia plenitud: la de ser imbécil. Al repercutir este tipo de mentalidad en el individuo que pretende ser artista, se entiende su ignorancia y rechazo, sin basamento en razones solidas, del arte del pasado, un rechazo que solo está basado en su oportunismo. El abismo cultural no está basado en el desconocimiento del pasado, sino en la decisión voluntaria de no querer mirar ni aprender de ese pasado.

En provincias surgen fuerzas informes, aún no definidas, con intenciones radicales, queriendo imponerse. Cabe preguntarse hasta qué punto estas reacciones están determinadas por el abandono del Estado y la presión y el  chantaje explotador de las corporaciones, y no por un sentido y real deseo de transformación y revolución. Bagua es el ejemplo más claro de un nuevo comienzo, de otra revolución mutatoria. Pero es solo un despertar sectorizado que aún no ha logrado consolidarse. Y sin embargo la última esperanza de mutar está ahí, en los pueblos, en las regiones, pero… ocurrirá… será… no lo sé.

Guillermo Gutiérrez

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De cómo conocí a Juan Ramírez Ruiz, el más grande poeta de Hora Zero

C. Feliciano Mejía H.

A Gróver González Gallardo y Diego Lino Arditta

Lo conocí una noche, a las 7:20 pm, en la puerta del salón principal de la entonces Biblioteca Nacional del Perú, en la avenida Abancay. En el dintel estaba él y tres integrantes más de Hora Zero; uno de rostro negro, otro de aire apitucado y otro de dejo notablemente selvático. Inmediatamente me respondieron que la entrada era gratuita y que ellos eran los organizadores de los recitales de Hora Zero en Lima.

Lo que más me impresionó de Juan Ramírez Ruiz, moreno, fue su gran melena peinada apretadamente para atrás y su sonrisa que se negaba a ser risa. Una alegría neta al mirarme de frente con sus ojos negros achinados, su voz clara como el mamey al darme un  abrazo y llenarme las manos con manifiestos, poemas a mimeógrafo y la invitación a ingresar de inmediato, y luego a subir a escena y cooptarme.

En la puerta me preguntaron mi nombre, y al decirles, con mi timidez de indio: Feliciano Mejía, me abrazaron, y, como vieron fajos de papeles bajo el brazo, me  dijeron,  “trajiste poemas”,  y  casi  me arrancharon los  papeles  de  Poemas racionales, pues  ellos conocían  algunos escritos míos ya publicados; pero no sabían quién era ese tipo que tenía su misma edad (yo tenía 19 años), ni de dónde era y a dónde iba.

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La plana mayor de Hora Zero. De izquierda a derecha: Juan Ramírez Ruiz, Jorge Pimentel y Enrique Verastegui.

Hasta ese momento, yo no había conocido a ningún poeta vivo del Perú. Solo había publicado un poema con el nombre de Ciro Mejía en una revista bilingüe (castellano-inglés) llamada Aravec, que se salvó de la quemazón que hice con algo de 300 poemas malos ‒que me hacían sudar frío por tenerlos conmigo, tipeados a máquina, en papel craft y que llevaba casi siempre o los ocultaba en casa para que nadie los viera. Había escrito otro libro que permanece hasta hoy inédito, con un prólogo también inédito de Antonio Cornejo Polar, llamado El estertor de la rata, del cual ya habían sido publicados algunos textos a página entera, en el suplemento Dominical del diario El Comercio, además de otros poemas en la exclusiva revista Amaru 13, que publicaba la Universidad de Ingeniería, “que no aceptaba colaboraciones: Las pedía. Y pagaba”, según me dijo mi primer editor, el querido don Juan Mejía Baca.

Fue en una de sus vitrinas de Juan Mejía Baca, en la que vi el aviso de los recitales “Hora Zero de Poesía”, realizados en la Biblioteca Nacional, y se podría decir que fue él, el responsable de que yo conociera a Juan Ramírez Ruiz. Yo acababa de ingresar a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, allá por el año 1967, y tenía unos cuatro meses libres antes de que empezaran las clases, y me fui a vagar por el Perú haciendo Los Caminos del Inca (la Carrera) y, en Pampa Galeras, leí en un periódico pasado que un Señor llamado Juan Mejía Baca, librero-editor, había “devuelto la Orden del Sol” al entonces Presidente Belaunde, porque su ministro del Interior, Alva Orlandini, apodado el Lechuzón, había quemado libros. Me dije: este hombre vale. Iré a verlo con mis poemas de El estertor de la rata. Armándome de valor ante mis Apus y hablando sin palabras con el río Negromayo, me creí loco. Soy universitario, me decía, pero esa es otra historia.

Se iniciaron las clases en San Marcos y le presenté mis poemas, después de  clase, al querido  Washington Delgado, ahora ya fallecido, y él leyendo y paladeando, dijo, esto está bueno, hay Lautreamont ─pucha, en el corrillo de alumnos yo anotaba en un papel para leer a ese tipo‒, aquí hay algo de Kafka ‒ay madre,  por lo bajo escribía para saber quién era  Kafka‒, y así ocurrió como con seis  autores que no conocía. Después busqué a otro profesor, un poeta más joven pero que tenía ya como siete libros publicados. Se puso a leer y a elogiar los textos, y entonces le dije: “Profe, ayúdeme a publicarlos”, me miró por encima de sus lentes, carcajeando, y me dijo: “tooooodos eeestamos en lo missssmo…” Yo le dije, gracias.

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Homenaje en NY. Cuando los muertos valen más que los vivos o los “vivos” viven de los muertos.

Entonces junté todo El estertor de la rata, y saliendo de mi barriada o Pueblo joven como le llamó la Dictadura de Velasco, me fui donde don Juan Mejía Baca. Entré, pero con una timidez vista a leguas, que  don  Juan,  al presentarme yo, me  puso  la mano al hombro y me dijo: “no sea tímido, tocayo, no; nadie es más grande ni nadie en más chico que usted. Y cuando se sienta tímido ante, digamos, el Presidente de los Estados Unidos, el Papa o Miss Universo, imagíneselos  pujando en el baño”. Para mi timidez, eso fue un santo remedio, pero fue poco a poco. Don Juan me distraía con huacos que aullaban cuando se les ponía agua, tocaba cornetas de barro cocido, me sacaba originales de Martín Adán, que religiosamente él había pegado en papeles bond A4, y me habló de Neruda. Y, vamos a tomar un café, acá, donde tomo café con Neruda, me decía, e íbamos, mientras él me contaba anécdotas. Al final de unas tres horas de atenderme con comprensión y cariño, me dijo, vuelva dentro de dos semanas para ver lo de su libro.

Fueron  dos  semanas  de  sufrimiento, hasta que fui a verlo, bien peinadito, limpio, armado de valor para vencer mi timidez. Don Juan me acogió con alegría, diciendo: “sus poemas son muy buenos”, y yo hice un gesto de ojos y boca como que no quería oír eso. “No. No, tocayo. Si sus  poemas fueran malos, yo se los diría sin ocultarle nada. Son buenos”. Y entonces, sacando la osadía del tímido de sopetón le dije: “entonces publíquelos”. Don Juan  calló un segundo, y me dijo: “Ya. Pero  a  usted  todavía no  lo  conoce  nadie.  Vamos  a  hacerle conocer”.  Por  eso  mis  poemas se publicaron en El Dominical  del diario El Comercio y en Amaru 13. Cuando salió esa revista, don Juan me dijo: “ya puede ir a cobrar su cheque”, cheque que nunca cobré por encontrarme en las filas de Hora Zero y su “nada con el sistema”.

Esa primera noche, en la que me encontré con Juan Ramírez Ruiz, y en la que me  invitó a subir a escena, temblando y tartamudeando leí como pude. Entre el público había hasta profesores y  profesoras de San Marcos, que escribían en periódicos sobre esa “nueva forma de poetizar”, la  retahíla de  insultos  que  soltábamos  en  nuestros  escritos,  y  las publicaciones hasta con faltas ortográficas. Una de ellas era Dora Bazán, que enseñaba latín, al poco tiempo me anunció que estaba traducido al francés por un Belga llamado Marcel Henart. Y a su vez, el belga, que conocí personalmente unos catorce años después, en París, me dio el nombre de un escritor, Carlos Meneses, que había publicado poemas míos en revistas de Guipúzcoa y Castilla. A Meneses nunca lo conocí personalmente; nos  escribimos por largo tiempo y finalmente nos perdimos; hasta que, hace poco, por mail, nos hemos vuelto a ubicar, y hasta la fecha nos comunicamos, por lo que sé que él siente que la muerte se le acerca.

A la siguiente semana, los de Hora Zero me invitaron a participar. Yo ya había leído todo lo que me dieron, y, entre todo ello un “Manifiesto”. Me gustó la forma en la que me acogieron; y, a la siguiente semana, aparecieron dos poemas míos, que sin mi permiso, “robándomelos” habían publicado a mimeógrafo, y también sin mi consentimiento, me habían nombrado como parte de Hora Zero. Mis poemas de El estertor de la rata, a pesar del éxito y la posibilidad de salir bajo el sello de Juan Mejía Baca, me parecieron incomunicantes con  mi gente del barrio, de mi familia. Le conté mis dudas a Juan Ramírez Ruiz, y él me decía: “no seas cojudo, Feliciano, es una oportunidad de oro, por todo lo alto”. Un buen consejo que no seguí. El libro está actualmente en Francia, para evitar las tentaciones de publicarlo.

Mientras Hora Zero iba bullendo. Eran tan sanas nuestras “orgías de trabajo” que solo tomábamos tisanas de té, manzanilla y afines. No me acuerdo cuándo, insensiblemente, aprendimos a beber alcohol. Nos prestábamos libros, nos visitábamos. El poeta apitucado se dio su primera gran borrachera por el centro de Lima y terminó vomitando en plena Plaza San Martín, botó todas sus tripas, pero en esa época era noble; y al poeta negro de Hora Zero le prestó una cochera que tenía donde vivía, a espaldas del Ministerio de Agricultura. Ellos me visitaban en mi “apartamento” junto al actual Congreso, en un tercer piso. Juan Ramírez era tan ligado a mí, que tenía mi confianza y yo la suya, que me pedía mi casa por un día para tener sexo con su amada, que yo no conocía.  Yo le daba mis  llaves.

Los nuevos poemas  lo leíamos a gritos. Teníamos el coraje de tachar delante del  autor, lo  que  nos parecía mal. O decir, esto es una mierda. Cosa que yo hice una vez en mi “apartamento” del centro, y me dijeron, “aguanta, Feli, son poemas de él”, y ese autor, dolido, sonreía con paciencia frente a mí, y yo sentía pena, pero callaba.

Con el tiempo Juan Ramírez Ruiz comenzó a trabajar en periodismo, tenía su “departamento” por el Jr. Ancash, y casi no dejaba que lo visitáramos. Yo sí iba. Tenía rumas de libros sobre su mesa de noche. “Préstame éste”, “no, lo estoy leyendo”, y así, no prestaba nada. Entonces comencé a “robarle los libros que estaba leyendo” u otros de las rumas de su cuarto, y al terminarlo lo pasaba a otro y ese a otro de Hora Zero, y a veces Juan lo recuperaba de la octava mano, cochambroso y desmondongado. Así se instauró ese “prestarnos los libros”.

Empezamos a publicar  libros y uno de los primeros fue del poeta apitucado, luego vino Un par de vueltas por la realidad, de Juanito. Hora  Zero murió luego de pudrición interna,  por el “ingreso” de un tránsfuga proveniente de un grupo o revista llamado Estación  Reunida, aún me parece un alcohólico, serrano de odio puro y oportunismo terco, que alguna vez se atrevió a golpear y pegar, a patadas en el suelo, a Juan Ramírez Ruiz, en el culturoso bar Yakana. No estuve presente, pero no lo hubiese permitido nunca. Con sus visos troskistas, ese empezó a odiarme (bueno, ese odia a todos) por ser yo inclinado al maoísmo y por impedir que el grupo Hora  Zero  se convierta en  Hora Zero  FOCEP  (tras  la  invitación de Genaro Ledesma Izquieta, a dar un recital en su local, sede del FOCEP, una organización troskista).

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Grafitti callejero dedicado a Juan Ramírez Ruiz

El poeta apitucado quiso salir a Europa robándome una grabadora y negándose a dar las boletas de empeño de joyas empeñadas por él, joyas de una amante que acudió a mí en auxilio. Yo le di el mensaje al poeta Apitucado de Hora Zero: “Hablaré con unos familiares para impedirte la salida del país si no devuelves la grabadora (grabadora que yo le prestara, empeñada sin mi permiso, y que yo debí rescatar pagando de mi bolsillo) y si no le das a la chica las boletas de empeño para que ella, con su dinero, rescate sus  joyas. Cosas que se  hizo  felizmente.

Tengo  entendido que, enérgico, Juan Ramírez Ruiz expulsó al poeta apitucado, cuando este quiso forjar, para aprovechamiento personal, Hora Zero España. Bajezas que se han venido dando hasta 1995, fecha en la que fui a un recital de poesía, a tomarme una cerveza en los sótanos del Bar Zela. Y encuentro que al iniciarse el recital, oigo a un poeta joven que hoy radica en USA (Paul Gillén) saludarme y agradecer mi presencia por el micrófono “por  ser  el único de Hora Zero original, aquí presente en esta noche del inicio de ¡HORA ZERO 95!”. Y yo para mis adentros dije, esa gente perversa ex-Hora Zero, corrompida, que ahora vende la “Marca” Hora Zero para provecho personal.

Yo me  alejé  definitivamente de Hora Zero desde mediados de 1972. El serrano semitroskista entró a Hora Zero, alrededor de fines del año 1971 (Ojo: no soy bueno para las fechas, pero por ahí va). Después vi esporádicamente a Juan Ramírez Ruiz, que trabajaba eventualmente para una ONG, Chirapaq.

Lo vi de la mano, en el centro de Lima, con dos de sus menores hijos, estaba feliz; y mucho después, cada vez que lo veía en el centro lo veía más elusivo, ido, abandonado su persona, a pesar de haber publicado uno o dos libros excelentes. Quise entablar una relación para sacarlo del marasmo lelo en el que había caído, proponiéndole  hacer   recitales juntos, recitales que no podíamos ni planificar, pues solía perderse en la urbe limeña, o desparecía, según él, yendo a su tierra al norte del Perú.

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Grupo Hora Zero 2. Entre lo ex y el simulacro (2016)

La última vez que lo vi, en un bar del jirón Quilca, seis personas, “amigas, poetas”, de una mesa larga, le daban ostensiblemente la espalda. Yo les grité: “¿Qué carajo pasa, porque Juan no tiene para ponerse unas chelas van a darle las espadas? ¿No saben con quién están, poetitas?!!” Grité con furia, y pedí al mesero que nos sirviera dos cervezas en mesa aparte. Conversamos, pero estaba incoherente, ido, como debió estar después, en el momento en que el camión lo arrolló en su norte querido, para ser enterrado luego como NN, hasta que, seis o siete meses después, supimos que habían logrado recuperar sus restos.

Aquellos de los ex-Hora Zero Lima, los que pregonaban ser “la vanguardia del proletariado en la poesía”, “nada con el sistema”, los “con nosotros, salvo Vallejo, Melgar, Heraud, etc. se inaugura la poesía en el Perú”, se vendieron como putas a  los  sucesivos  gobiernos,  colaborando con Fujimori y Montesinos, con el Partido Aprista y con el yanqui con chullo-cholo sano y sagrado. Y ahora que se hunden en el anonimato, quieren blanquearse como Mónica Delta, y hacen expo-fotos permanentes en bares cochambrosos “para ganarse alguito”, escriben mamotretos con los que tratan de enmascarar sus almas lacayas; siempre en reuniones de ratas: por la “moña”.

¿Quién está más muerto: Juan Ramírez Ruiz o estas cucarachas vivitas que vendieron sus almas a cambio de “una moña”, es decir algo de dinero? Como en el caso de José Santos Chocano, el tiempo y la historia no pasarán en vano, y todo queda claro y se sabe. Y hoy que todo comienza a decantarse como un velo diáfano, Juan Ramírez Ruiz aún brilla nítido, brilla convertido en un diamante de poesía y consecuencia.

C. Feliciano Mejía H.

Nota (Ed.)

[i] El manifiesto de Hora Zero: “Palabras Urgentes”, escrito por Juan Ramírez Ruiz,  ideólogo del movimiento Hora Zero, se publicó en el libro Un par de vueltas por la realidad, de JRR, en 1971.

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Poesía por el cambio, la paz y la sostenibilidad

Fernando Cassamar

Hay un poema que aún no ha sido escrito pero que es necesario se escriba. Ese poema debe versar sobre la unidad, sobre el cambio, pero sobre todo debe abogar por la libertad. La labor del trabajador del arte va en ese sentido. Alberga siempre esa necesidad de transformar el entorno y hacerlo más tolerable, más soportable ante el colapso de todo lo social, ante la degradación de lo políticamente correcto, que al pudrirse empieza a emanar su repugnancia, insania y perversión hacia el mundo, hacia el espacio de nos-otros, los otros, los condenados de la tierra (Frantz Fanon), los olvidados (Luis Buñuel), los que siempre pierden, pero que, no obstante, no claudican, no tranzan en un contexto negativo en el que la libertad se reviste como condena, como exilio, como soledad terminal o como el “recurso de la selva”, en el que el apestado o desterrado, únicamente puede ser acompañado por alguien que será su verdugo, solo durante el instante anterior a ser asesinado.

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“Apoteosis de San Ignacio” (1685-1694). Andrea Pozzo

En este sentido, existen períodos extraños, períodos en el que nuestro optimismo por las masas nos manda a equivocarnos. Sobre todo cuando estos se diseminan por los cuatro puntos cardinales del mundo, dejándonos grupos humanos contrahechos, modelados, producidos como monumentos a la insensatez, la estulticia y la demencia civilizacional que se apodera del planeta. Por eso no nos interesa aquí adular ni reverenciar a las masas envilecidas.

Y es en este punto, en el que tampoco la poesía es inocente. Y, en algunos casos, la poesía empieza a tomar partido por la libertad y la justicia, por la justicia y por la paz; y empieza a hacerse carne para recorrer las plazas y las calles con nosotros, algunas veces inclinándose por la belleza y otras solo por el pan, pero por ese pan que representará también la posibilidad de erigirnos como seres humanos libres en un mundo cada vez más monstruoso, contrahecho y opresivo; ya sin Diógenes y sin linternas desplazándose en un tiempo en el que a nadie le interesa buscar hombres entre esclavos.

Y si alguien puede hacer ese poema que aún no ha sido escrito, sus versos deben fluir como luces de colores, como auroras que relucirán hasta en las noches más oscuras para rescatarnos del horror; y construir así un horizonte áureo, esperanzador en un espacio aciago en el que ya no hay nada qué mirar, en el que ya no hay nada que observar, para terminar deslumbrándonos ante aquella visión exultante, radiante como ante aquel fresco barroco, en el que el éxtasis se presenta como una ascensión interminable hacia los cielos.

Y tal vez solo por ello resulta importante que la poesía ‒y no la posería‒ se encuentre con ese deleuziano punto de fuga. Un eje que como un largo camino se perfile hacia la sumatoria de actitudes, de voluntades y de fuerzas. Sin importar si se juntan diez, cien o mil poetas; pues lo único importante aquí  es que se vayan sumando voces hasta constituir con estas sumas, un gran canon que mariateguianamente nos haga cantar por el pan y la belleza, por la belleza y la libertad. Entonces… la poesía se hace carne y habita entre nosotros, se revela para marchar con las multitudes, para cantar sus palabras reluciendo como el “A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu” de las vocales rimbaudianas[1].

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“Diógenes sentado en su tonel” (1860). Jean-Léon Gérôme

Es por ello, que, a veces, la condición del poeta no es la condición del poeta; sobre todo si esta empieza con el mundo y termina enclaustrada en el interior de sí misma. Y si aceptamos wittgensteinianamente que los límites del lenguaje son los límites del mundo. Estos límites se hacen cada vez más descarnados en los “señores de la palabra”, que por lo general nunca son los señores de la acción; pues permanecen enclaustrados en sus “torres de alucinados” (Romualdo), en sus burbujas o cápsulas que los van justificando solo como pendejos que se imaginan iluminados, ensimismados y flotando sobre los demás, colmados en sus egos estúpidos de pobrecitos que solo quieren hacerse ver para finalmente sentir que existen.

Y es en ese punto en el que la poesía se encuentra más allá de la poesía, en el que los recitales no están solo en los recitales, sino lejos de ellos. O quizá mejor, esta se encuentra en los ecos de ese fantasma que supuestamente “recorre el mundo” (Marx) y que por ahora nadie puede ver; ordenándose en una posibilidad hallada en lo invisible, en lo desdeñado, en lo marginal, en lo que solo puede ser escuchado cuando los  excluidos, los marginados, los condenados, los olvidados suman sus pequeñas voces, con otras igual de pequeñas, para ir agregándose así al canon continuo de los desposeídos, al coro polifónico de esta parte desfavorecida del mundo, y que finalmente aspira a arribar a un tiempo y un espacio en el que no haya amos ni esclavos; desligados de aquella pulsión hedonista en la que únicamente nos hayamos enfrentados a los fantasmas de nuestras propias caídas, de nuestros propios miedos y fracasos.

Así, a veces las voces se propagan desde un punto pero teniendo su “centro” emocional en otro; y es en aquella dislocación de su sentido, en la fractura de su esencia, en la que emerge su fatalidad y vitalidad al mismo tiempo. Y nos interpelamos vallejianamente: “¡Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra!”, para enfrentar aquella destrucción o desestructuración del mundo, como un mantra que de tanto repetirse nos va adormeciendo haciéndonos indolentes, adormeciéndonos como las seriadas bombas atómicas de Warhol, que, así dispuestas, hasta podrían parecernos encantadoras.

De ahí que, si “la poesía es un relámpago maravilloso” (Javier Heraud) quizá debamos tratar de iluminar nuestro camino, e iluminar de paso el de los nuestros, frente a la interminable extensión de la larga noche de los más de 500 años (Sub. Marcos), de los cientos de años de insatisfacción, de olvido y de carencias frente a los embates de la explotación, la desolación, la dominación y el canibalismo en un mundo, con todas las voces todas haciéndose una para clamar al unísono por la libertad y la justicia, por la justicia y por la paz… para finalmente eclosionar y decir, como pudo haberlo dicho Túpac Katari o quizá Eva Perón, en esa invocación de corte cuasi demoníaco y terrible de mi nombre es legión: “volveré y seré millones”, millones esparciéndonos y diseminándonos en todas las escalas de rebeldía del planeta, en todas las ansias de rebelión que ahora empieza a resurgir en el mundo.

Y quizá solo sea en este pequeño detalle en el que reside el valor de los que se suman, de los que se unen y se unirán apostando por la paz, por el cambio… Y no importa si son solo diez, o cien o mil o un millón, o si caen y vuelen a levantarse en el intento; lo importante es que sean, que solo sean… y que sumen sus voces con la de los demás habitantes de los otros lados negados del mundo, para que así, como lo pudo haber dicho el divino Choquehuanca, con el paso de los siglos crezca nuestra gloria, como crecen las sombras cuando el sol declina. Salud por los cien… por los mil poetas por el cambio, por los que murieron y siguen viviendo, y por los que siempre vienen y revendrán[2].

Fernando Cassamar

Nota:

[1] “A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales”.

[2] Texto-memoria del encuentro “Poesía y música para promover la paz, la sostenibilidad y el cambio social en el mundo”. Lima, 24 de noviembre del 2015.

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