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El tractatus distópico y poético del adiós verasteguiano

Fernando Cassamar

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Me da pánico, tengo miedo del tránsito
pero sí acepto la vida después de la vida
 sin miedo, no sé qué me suscita pensarlo.
Enrique verástegui (1 Jul 2018)

 

No hay un lugar en el mundo en el que se pueda escapar de las matemáticas ni de la poesía, decía el filósofo astrofísico Anton Sorokow, y quizá no podía ser de otra manera, sobre todo porque allí afuera nos quedaba el universo con sus estrellas y constelaciones, además del cielo con sus astros, estrellas novas y agujeros negros. Pero al cerrar los ojos podíamos ver el fin de la razón como oscuridad, salida o escape hacia la nada, como un punto de fuga hacia el vacío, a la manera de Esenin o de Maiakovski, pero tal vez también a la manera de August Strindberg, de Robert Walser, de Martín Adán, de Juan Ramírez Ruiz, de Enrique Verástegui[1] y de tantos otros. Como todos los que en aquella época, a la manera de Leonard Cohen, teníamos una voz, pero como Henry Fiol aún buscábamos la melodía, esa melodía desencadenada que se propagara por los cuatro puntos cardinales del mundo, pero también hacia arriba, siempre arriba como solemos decir de Jorge Chávez, hacia ese cielo no siempre azul y casi siempre gris de Lima… en pos del escape perfecto, de ese escape soñado por Harry Houdini.

Pero también buscábamos una ecuación, aquella ecuación que nos indicara el balance perfecto entre lo material y lo inmaterial, quizá como el espacio del más allá, pero también como algo más profundo entre la distención psicodélica del tiempo y el Zabriskie Point antogniano del espacio; entre las abscisas y las coordenadas cartesianas que nos ubicaban en un punto del plano del calvario, con nuestro cuerpo astral desbordando lo físico para dirigirse hacia las esferas superiores del Edén; o hurgando, como quería Aldous Huxley, en las áfricas y tierras vírgenes de la mente, traspasando las puertas de la percepción. Y en pos de todo ello habíamos modelado, armonizado, poetizado, deformado el espacio de nuestra percepción, para asumir ese kantiano sujeto trascendental, solo para recalar en la escalera de Wittgenstein, y así no caer… como aquella suma de fieles yacentes en los campos del exterminio auschwitzsiano.

Y te oímos decir que en uno de tus poemas habías refutado el Tractatus Logico-Philosophicus… y eso no nos pareció lógico, porque la poesía aún no es una ciencia exacta, como la lógica, como los principios matemáticos o la astrofísica. Pero qué se podía esperar en esos días, en los que tus análisis de la poesía e Introducción a la Cienciasofía nos decían muchos de los arcanos negados de aquella alterrealidad oculta e irresuelta. Entre la fragancia de esos documentos supuestamente rescatados de los archivos de la Orden Hermética, como parte de la Sociedad para la Liberación de las Rosas.

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De Izquierda a derecha: Juan Ramírez Ruiz, Jorge Pimentel y Enrique Veraztegui

Entonces asumimos el principio de realidad a partir de la Navaja de Ockham, como postulado para la ce(n)sura de la razón, entendiendo, como nos había enseñado Martín Adán, que la rosa que amábamos era la del prudente, la de sí misma, al aire de este mundo, agobiada en este país en el que la poesía ladra, suda orina, “frecuenta los burdeles / escribe cantos silba danza mientras se mira”, y tu cuchillo se apresta a descuartizar el otoño. Mientras recuerdo aquella historia en la que tú estás en esa combi, en la que le enseñas tu nombre que está inscripto en uno de tus libros al cobrador para no pagarle el pasaje y este no lo hizo. Todos sabemos también que ya entonces la vida no era dulce para nadie, que eran otros tiempos para todos; y no interesaba nada, porque la poesía urbana empezaba a heder a campanitas de cristal y a agua de lavanda.

Durante mi adolescencia obtuve un ejemplar de tu Leonardo, que compré durante esas tardes y noches ebrias, en las que entré al Shakespeare & Co. sobre uno de los márgenes del río Rímac, que no era el Sena, ni se le parecía, cerca de una de esas calles del centro, en la que solía también comprar las revistas y casetes de Musicalia, para escuchar a Bach, Albinoni o Rachmaninov. Eran tiempos en los que escribir no implicaba meditar y esto tampoco era comprometer las “manos, / y papel, máquina de flores en el curso de las cosas, no / disponerse a modelar lo espontáneo hacia un objetivo preciso. / Escribir de lo que se es como de lo que uno realiza es el proyecto de toda vida” (Leonardo – Verastegui).

Luego están los episodios sanmarquinos, en los que Zelada me enseñó tu Angelus Novus, para hablar de tus poemas, como antes lo había hecho con Habermas o con Bataille. Pero yo ya no soportaba la poesía, prefería la filosofía y estaba más interesado en el Angelus Novus de Paul Klee, articulado en el “ángel de la historia” benjaminiano. Pues los noventas eran tiempos de guerra, tiempos de distopía que se parecían a tus experiencias con mayo del 68 y tus lecturas de Marcuse que interpretaba la industria como una flor carnívora y te preguntabas: “¿Podemos tocar entonces el tema de una mente / liberándose de su pasado si no utilizar la metáfora inservible del otoño”, en esos tiempos en los que como en los nuestros, la desesperación y la náusea se apoderaban de Lima y del país, para degradarlo en el horror de tener que enfrentar lo no (po)ético, noético y noemático husserliano.

Las vanguardias están envejeciendo, y muchos se están yendo. Y pese a todo, fenomenológicamente algunos pudimos sobrevivir, resistir pese a que la podredumbre fujimorista nos venía robando la patria, el país y el futuro, enmierdando nuestros días y meses, años y lustros, como antes, como ahora, como siempre. Y no obstante ello, no nos fuimos, continuamos en este lugar que percibíamos como una cadena de acontecimientos trágicos, como en Hiroshima, Nagasaki, Mile Island o Chernobil o Barrios Altos, mientras el ángel nuevo de la historia observaba aquella “catástrofe única que se amontonaba ruina sobre ruina” en este país que empezaba a regatearnos toda la esperanza; pues como decía Benjamin: “Bien quisiera él [ángel nuevo o el ángel de la historia] detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas” para escapar.

Portada-de-En-los-extramuros-del-mundo-de-Enrique-Verastegui-Caja-negra-2012Entonces llegó el tiempo en el que nadie pudo conseguir huir, tal vez porque ya se nos  había acabado las armas o tal vez solo los poemas. Pero, no obstante, había algunos que aún elegían la poesía, o tal vez la poesía los elegía a ellos ¿Cómo saberlo? Pues la historia de este país también tenía sus oasis contrafácticos, con sus archipiélagos de contrahistorias, pesadillas, ucronías y algunas cosas más que fueron ascendiendo desde los infiernos. Y como tú decías, “El empirista y el pragmatista dirán que un poema / sale extraño si el azufre es la carne de todos los días. /  Que un poema, si el papel que se emplea no es mucho, / no tiene más versos que una dulce pérdida de tiempo…”

Por ello, casi de casualidad, a fines de los noventas, recalé en el salón de grados de la Facultad de Derecho de San Marcos, donde estaban casi todos los de tu generación; y escuché a José Watanabe, a Carmen Ollé, a Jorge Pimentel y escuché también a “Giordano Bruno”, el que había vivido sabiendo que “Toda época está / en retroceso y todo presente es pasado devorado / en el futuro y aquel 17 de febrero de 1600 / Giordano Bruno, poeta, / loco y filósofo que en la duda encontró su verdad”, el que nació para todos, como tú Enrique también lo habías hecho aquel día, y los demás que vinieron sucediéndose hasta convertirte en el personaje entrañable que deambulaba balbuceando frases iniciáticas hasta perderse.

Tal vez porque no se le debe pedir mucho a la vida, o quizá porque no puede poetizarse el infierno sin salir ileso, o explorar en torno a una verdad reservada a los dioses, es que el castigo se va transformando en locura, en deterioro mental que no siempre deviene en manuscritos proféticos; como en Nietzsche, como en Strindberg, como en Maupassant, como en Van Gogh, como en Attila Josef, como en Juan Ramírez Ruiz el grande, o como en ti Enrique, poeta, ensayista, filósofo, gnóstico, cuentista, novelista, dramaturgo, guionista, músico, acuarelista, físico, lógico, matemático, cienciósofo y sobre todo iluminado, pero no como ese otro Sócrates el loco, del que hablaba Platón, sino como el insano lúcido, como el perro celestial de Cioran, el que buscaba al hombre con su linterna a plena luz del sol, y que buscó con esa furia que luego heredará Aguirre, el azote de Dios al buscar el Dorado, pero con mucho más cinismo y menos idealismo.

Luego de ello nos encontraríamos en las páginas de Identidades, como lugar no-lugar compartido, y nos conocimos o quizá reconocimos, pues mientras imaginaba por qué pensabas que era arquitecto, pues lo sugeriste varias veces, terminé convenciéndome de que era yo el historiador de ciudades y no el filósofo astrofísico que pergeñaba versos. Y, desde luego, aquellos días el silencio del Presbítero era la imagen gélida de las identidades proteicas de Lima enferma como su historia y sus poetas. Esa ciudad gris que hiede a orines, a smog y a resentimiento. Hasta aquella noche que en uno de los recitales del Yacana, en la solías pedir a Migliaro cigarro y cervezas para dos, mientras leías y hablábamos de El modelo del teorema o de El principio de no-ser. No había nada onticidad ni de glorioso en embriagarse para hablar de la exactitud o la no exactitud del cosmos, pero eso era lo que menos importaba. La sabiduría y el delirio pueden conjugarse también como ese aparato mecanicista que compromete una episteme diferente que diluye literatura, filosofía y ciencia, además de la opción por la vida que se traduce en  muerte.

Como el místico budista Thich Quang Duc, que en protesta contra las persecuciones de los suyos decidió inmolarse, y se mantuvo inmóvil, sereno, sin emitir señal de dolor alguno mientras su cuerpo era consumido por las llamas; como Calcuchímac, guerrero inca que tras negarse a ser bautizado por los españoles, en nombre de un dios en el que no creía, entró voluntariamente a la hoguera para ser quemado vivo, sin tampoco emitir un signo de dolor; o como Giordano Bruno, aquel ateo impío corrompido, excomulgado y condenado a las llamas del infinito.., condenado a ser “castigado / con la mayor dulzura posible y sin efusión / de sangre, sine ulla sanguinis effusione” / que en maligna lengua eufemista represiva / y clasicista dictaminaban los inquisidores de siempre / morir quemado vivo / y entonces Bruno replica / ya bellísimo su alto testamento: “más os intimida / pronunciar mi sentencia a vosotros / que a mí el oírla” / y entró sereno en la brasa / lúcido entre las ávidas llamas” (Verástegui). Y cuando la muerte llega, ante el hecho consumado, como decía Watanabe, “Nosotros [tampoco] le debemos negar la posibilidad de una palabra / de agradecimiento” Enrique.

Y en ese trance, algunos poetas amigos empezaron a irse, como se fue Juan Ramírez Ruiz, como se fue Ricardo Quezada, como lo hizo José Pancorvo, y como ahora lo hiciste tú, el escritor que quiso hacer de la poesía una ciencia exacta, el matemático que terminó por irracionalizar todos los números, y el físico que derivó a la metafísica para convertirse en un místico sin capilla y sin cruz, como un anacoreta que prefirió habitar los extramuros del mundo, redescubriendo ―en ese trance―, las taras morales, políticas, psicológicas, sociales y religiosas del Perú y con ello las del mundo. Sabiendo que el ladrón de rosas jamás tomará partido por aquella Sociedad que ahora fenece, ni para liberarlas, ni para ponerlas en un florero. Y eso se lo recordaré a todos, yo, Anton Sorakow, nacido en la Siberia y reencarnado miles de veces para arribar hasta esta esquina del mundo, en un tiempo y espacio recobrado.

Y finalmente sabremos otra vez, como antes y como siempre, que no se puede morder de la manzana del árbol de la sabiduría sin terminar perdiendo la razón. Debiste saberlo cuando aún transitabas por los infiernos tropicales de este globo celeste, y quizá lo recordaste ese 27 de julio aciago del 2018, cuando la patria nos empezaba a centellar por dentro, cuando tu voz de profeta apocalíptico te había abandonado desde hacía mucho. Porque ya nadie podrá volver a expirar el final como lo hiciera Hamlet: “The rest is silence”, pues ahora nuestro país es un planeta que delira como esos seres arrastrándose en las en las islas Ballestas, cuyos gritos y gruñidos parecen los gritos de miles de personas ante el dolor final del calvario reinventado en el mundo moderno. Por ello nunca más tendrás miedo, pues te ha tocado internarte ya, sereno entre las brasas, lúcido entre las ávidas llamas, esbozándonos tu inesperado adiós… para siempre.

 

Infierno en Lima, Agosto 12 del 2018

 

Fernando Cassamar

 

Notas

[1] Enrique Verástegui, uno de los poetas más importantes de la literatura en lengua castellana contemporánea, falleció el viernes 27 de julio en Lima, a los 68 años de edad.

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La total articulación del desorden

Alberto Valdivia Baselli

Sagrado. Poesía reunida (2004-2016). Roger Santiváñez. Peisa. Lima, 2016.

La poesía es significación de la falta. El verso es sagrado para Santiváñez[1] porque implica “significar lo ausente” (p. 9). Y este libro significa, en primera instancia, una ausencia, porque su poética codifica el instante en eternidad y las pulsiones expresivas en la mirada: la poesía reciente de Santiváñez, como la materia poética, no estaba reunida y, ahora, Sagrado, encaja su voz y su sapiencia acrobática en el vacío de la constante huida del poema.

Celebrar la lectura de la poesía reunida reciente de Santiváñez es revisitar, además, en la sorpresa y en la iluminación, una poesía articulada para explorar los vórtices de lo existencial y lo cotidiano en las pulsiones más felices del péndulo del neobarroco hispanoamericano (Adán y Lezama) y del verso objetivista y callejero del 70-80 peruanos. Nuestro poeta ha bebido de la retórica promisoria del verso llevado al límite por el significado, hacia las comisuras últimas de su significante (heredero, a su vez, de las cifras de la mejor vanguardia vallejiana, así como del verso potente –mestizo y cósmico– de Hora Zero). Santiváñez ingresa en el verso, desde la primera palabra hasta el punto de quiebre del verso, en la poesía como ritual de lo mágico religioso. No porque sus poemas pretendan revelación mística ni signifiquen proyecciones artificiosas en las que se simule un ritual, sino porque su poesía es un ritual de significaciones.

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La reunión comienza con Sucre Blanc, conjunto de poemas que nos revela la ceremonia plural sincrética con que Santiváñez enfrenta a su verso y con el que gesta su gran movimiento estilístico y político desde la estética. En la visión general del poema –que gesta y atisba el gran dios Paracas, Kon, desde las alturas— articulan la realidad poética, una música rock, la Virgen del Chapi, los rezos en latín, las expresiones en inglés, el pensamiento marxista y el paisaje capitalista para proponer la existencia tensionada, resonante pero articulada –como el poema– de miles de voces culturales que se apropian de una sola mirada. Y que, así, la validan como realidad heterogénea y voraz que el poema distribuye y visibiliza para instalar en él su demanda de realidad y de expresión.

Eucaristía libro que, desde el título, nos imbuye en la ceremonia más profunda del proceso de transformación de la realidad desestructurada y superficialmente percibida en la carne del poema. Esta se nos revela en su atroz y religiosa dimensión de complejidad. El entramado cultural es espejeado por un coro de neologismos, derivaciones equívocas y voces plurilingües y sociolectales (“Veo Creedence Clearwater Revival” o “Dulce & suavena militante de / Este corde pudibundu” [p. 32]) que, asimismo, permiten ser permeadas por el verso más culto y por altas referencias letradas (“Llamas en llamas se incendia mi país / 4 paredes albicantes de su celda Vallejo” [p. 30]). El verso de Santiváñez es uno de los más notables sistemas de signos en los que el lenguaje expresa la voz de un intelectual orgánico que hubiera sobrevivido a la tercera revolución industrial en medio de la permutada complejidad de un contexto social de modernidad (tremendamente) desigual donde se rezara a lo real desde lo real.

No es coincidencia que los poemas tengan tan presente a ciudades símbolo de la modernidad desigual –Chimbote, Lima, por ejemplo–, y su tensión con la urbanización ideológica de la sociedad rural. Lo verificamos, con hegemónica expresividad, en el libro reunido Labranda (“Viejo empedrado rompido por Blanquillo/ Canto por la iguana recordada en la arena / Azul música del aire se quema carbón / O subido promontorio tocado por Wayama” [p. 116]). Es este uno de los poemarios en los que más se evidencia el quiebre del significante en el verso que se contorsiona frente a la realidad referente que pretende codificar: caótica, desarticulada, injusta, impertérrita ante la necesidad, abundante en significación, bellísima en su entramado insólito. Real. Posmoderna. Súbita. Cíclica en sus estaciones. Sempiterna en el móvil poético: la captura –imposible– de las esencias del vórtice social contemporáneo.

Tanto estos textos, cuanto los que completan el volumen de libros reunidos, son un ambicioso intento del poemario total (sobre todo, Labranda, en lo microcósmico; y todo el volumen en lo macrocósmico). En el eje social, Santiváñez visita todos los registros, da cuenta de ellos, los articula y los codifica, los hace dialogar, gesta la violencia sígnica, produce esa materia informe y concreta que la realidad intersocial exige a cada segundo. En el eje del tiempo y el espacio, los versos del poeta conjugan una eternidad de memorias, presente, distancia, extraterritorialidad y querencia. Autores que se pierden en la lejanía, en tiempo y espacio (desde Alighieri a Pound), hasta autores que hace poco murieron en nuestras tierras (Juan Ramírez Ruiz, el gran poeta chiclayano, Antonio Cisneros, Hinostroza…). Las referencias de ambos ejes se cruzan en lo popular y lo lejano, en lo culto y lo cercano, y viceversa (la música, la historia, el arte, la mitología).

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Dos de los grupos que Santiváñez integrara y fundara entre 1977 y 1982

No hay testimonio de lo social que no sea devorado por el verso de Santiváñez para administrar su expresión en una nueva música poética que destella, desgarra y rectifica las percepciones desarticuladas o armónicas de la realidad. Lo real discute, coincide, replantea los prejuicios –se replantea–, se desmiembra, se concentra en un punto, explosiona, implosiona: crea la realidad que el poema proyecta y muchos marginan, a distancia del lenguaje: “Preciosa huida de las gordas columnas / De la Justicia almibarada bajo máscaras / Andinas donde nadie recuerda su pasado” (p. 112). Tanto Roberts Pool Crepúsculos (2011), Virtú (2013) cuanto Sylva (2015) son fantásticas intervenciones sobre lo estético desde la estética del poema, desde la virtuosidad del verso y sus posibilidades como objetos estéticos y metaestéticos. El elemento perturbador siempre en estos textos es su integración violenta a la realidad social, al quiebre que los registros lingüísticos y pluriculturales perpetran en el ejercicio de la belleza, sobre el amor o la muerte.

New Port (2015), el cierre del libro, es un replanteamiento en prosa de la violencia del tiempo, el cuerpo y la mente en las posibilidades de la expresión poética. El texto concentra todo lo propuesto en los anteriores (intertextualidad, plurilingüismo multiregistral, cotidianidad urbana) en la violencia del cuerpo, en la droga como símbolo –y realidad– de los estertores existenciales del mundo. En el poemario –como en Sagrado–, el mundo contemporáneo inventa un nuevo articulado/desarticulado infierno en el que la poesía tienta exactitudes, llena los vacíos no de lo ausente, sino de lo inefable. Y tiene éxito en el dolor.

Alberto Valdivia Baselli

Nota

[1] Roger Santiváñez, poeta peruano perteneciente a la generación del 80, participó en La Sagrada Familia (1977), militó en Hora Zero (1981) y fundó el Movimiento Kloaka (1982). Fue también manager de la banda Leuzemia ―ante la disquera El Virrey― para la grabación de su primer disco (1985), además de promotor de rock subterráneo peruano. Fue activista del Frente de Trabajadores de la Literatura (1979), integró el Comité Killka (1990), además de estar entre los iniciadores de El Averno (1999). Este libro, Sagrado, recoge su poesía desde el 2004 hasta la actualidad, poemas extractados de libros como Eucaristía (2004), Amastris (2007), Labranda (2008), Amaranth (2010), Roberts Pool Crepúsculos(2011) , Virtú (2013), Sylva (2014) y New Port (2015). (Nota. Ed.)

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De cómo conocí a Juan Ramírez Ruiz, el más grande poeta de Hora Zero

C. Feliciano Mejía H.

A Gróver González Gallardo y Diego Lino Arditta

Lo conocí una noche, a las 7:20 pm, en la puerta del salón principal de la entonces Biblioteca Nacional del Perú, en la avenida Abancay. En el dintel estaba él y tres integrantes más de Hora Zero; uno de rostro negro, otro de aire apitucado y otro de dejo notablemente selvático. Inmediatamente me respondieron que la entrada era gratuita y que ellos eran los organizadores de los recitales de Hora Zero en Lima.

Lo que más me impresionó de Juan Ramírez Ruiz, moreno, fue su gran melena peinada apretadamente para atrás y su sonrisa que se negaba a ser risa. Una alegría neta al mirarme de frente con sus ojos negros achinados, su voz clara como el mamey al darme un  abrazo y llenarme las manos con manifiestos, poemas a mimeógrafo y la invitación a ingresar de inmediato, y luego a subir a escena y cooptarme.

En la puerta me preguntaron mi nombre, y al decirles, con mi timidez de indio: Feliciano Mejía, me abrazaron, y, como vieron fajos de papeles bajo el brazo, me  dijeron,  “trajiste poemas”,  y  casi  me arrancharon los  papeles  de  Poemas racionales, pues  ellos conocían  algunos escritos míos ya publicados; pero no sabían quién era ese tipo que tenía su misma edad (yo tenía 19 años), ni de dónde era y a dónde iba.

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La plana mayor de Hora Zero. De izquierda a derecha: Juan Ramírez Ruiz, Jorge Pimentel y Enrique Verastegui.

Hasta ese momento, yo no había conocido a ningún poeta vivo del Perú. Solo había publicado un poema con el nombre de Ciro Mejía en una revista bilingüe (castellano-inglés) llamada Aravec, que se salvó de la quemazón que hice con algo de 300 poemas malos ‒que me hacían sudar frío por tenerlos conmigo, tipeados a máquina, en papel craft y que llevaba casi siempre o los ocultaba en casa para que nadie los viera. Había escrito otro libro que permanece hasta hoy inédito, con un prólogo también inédito de Antonio Cornejo Polar, llamado El estertor de la rata, del cual ya habían sido publicados algunos textos a página entera, en el suplemento Dominical del diario El Comercio, además de otros poemas en la exclusiva revista Amaru 13, que publicaba la Universidad de Ingeniería, “que no aceptaba colaboraciones: Las pedía. Y pagaba”, según me dijo mi primer editor, el querido don Juan Mejía Baca.

Fue en una de sus vitrinas de Juan Mejía Baca, en la que vi el aviso de los recitales “Hora Zero de Poesía”, realizados en la Biblioteca Nacional, y se podría decir que fue él, el responsable de que yo conociera a Juan Ramírez Ruiz. Yo acababa de ingresar a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, allá por el año 1967, y tenía unos cuatro meses libres antes de que empezaran las clases, y me fui a vagar por el Perú haciendo Los Caminos del Inca (la Carrera) y, en Pampa Galeras, leí en un periódico pasado que un Señor llamado Juan Mejía Baca, librero-editor, había “devuelto la Orden del Sol” al entonces Presidente Belaunde, porque su ministro del Interior, Alva Orlandini, apodado el Lechuzón, había quemado libros. Me dije: este hombre vale. Iré a verlo con mis poemas de El estertor de la rata. Armándome de valor ante mis Apus y hablando sin palabras con el río Negromayo, me creí loco. Soy universitario, me decía, pero esa es otra historia.

Se iniciaron las clases en San Marcos y le presenté mis poemas, después de  clase, al querido  Washington Delgado, ahora ya fallecido, y él leyendo y paladeando, dijo, esto está bueno, hay Lautreamont ─pucha, en el corrillo de alumnos yo anotaba en un papel para leer a ese tipo‒, aquí hay algo de Kafka ‒ay madre,  por lo bajo escribía para saber quién era  Kafka‒, y así ocurrió como con seis  autores que no conocía. Después busqué a otro profesor, un poeta más joven pero que tenía ya como siete libros publicados. Se puso a leer y a elogiar los textos, y entonces le dije: “Profe, ayúdeme a publicarlos”, me miró por encima de sus lentes, carcajeando, y me dijo: “tooooodos eeestamos en lo missssmo…” Yo le dije, gracias.

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Homenaje en NY. Cuando los muertos valen más que los vivos o los “vivos” viven de los muertos.

Entonces junté todo El estertor de la rata, y saliendo de mi barriada o Pueblo joven como le llamó la Dictadura de Velasco, me fui donde don Juan Mejía Baca. Entré, pero con una timidez vista a leguas, que  don  Juan,  al presentarme yo, me  puso  la mano al hombro y me dijo: “no sea tímido, tocayo, no; nadie es más grande ni nadie en más chico que usted. Y cuando se sienta tímido ante, digamos, el Presidente de los Estados Unidos, el Papa o Miss Universo, imagíneselos  pujando en el baño”. Para mi timidez, eso fue un santo remedio, pero fue poco a poco. Don Juan me distraía con huacos que aullaban cuando se les ponía agua, tocaba cornetas de barro cocido, me sacaba originales de Martín Adán, que religiosamente él había pegado en papeles bond A4, y me habló de Neruda. Y, vamos a tomar un café, acá, donde tomo café con Neruda, me decía, e íbamos, mientras él me contaba anécdotas. Al final de unas tres horas de atenderme con comprensión y cariño, me dijo, vuelva dentro de dos semanas para ver lo de su libro.

Fueron  dos  semanas  de  sufrimiento, hasta que fui a verlo, bien peinadito, limpio, armado de valor para vencer mi timidez. Don Juan me acogió con alegría, diciendo: “sus poemas son muy buenos”, y yo hice un gesto de ojos y boca como que no quería oír eso. “No. No, tocayo. Si sus  poemas fueran malos, yo se los diría sin ocultarle nada. Son buenos”. Y entonces, sacando la osadía del tímido de sopetón le dije: “entonces publíquelos”. Don Juan  calló un segundo, y me dijo: “Ya. Pero  a  usted  todavía no  lo  conoce  nadie.  Vamos  a  hacerle conocer”.  Por  eso  mis  poemas se publicaron en El Dominical  del diario El Comercio y en Amaru 13. Cuando salió esa revista, don Juan me dijo: “ya puede ir a cobrar su cheque”, cheque que nunca cobré por encontrarme en las filas de Hora Zero y su “nada con el sistema”.

Esa primera noche, en la que me encontré con Juan Ramírez Ruiz, y en la que me  invitó a subir a escena, temblando y tartamudeando leí como pude. Entre el público había hasta profesores y  profesoras de San Marcos, que escribían en periódicos sobre esa “nueva forma de poetizar”, la  retahíla de  insultos  que  soltábamos  en  nuestros  escritos,  y  las publicaciones hasta con faltas ortográficas. Una de ellas era Dora Bazán, que enseñaba latín, al poco tiempo me anunció que estaba traducido al francés por un Belga llamado Marcel Henart. Y a su vez, el belga, que conocí personalmente unos catorce años después, en París, me dio el nombre de un escritor, Carlos Meneses, que había publicado poemas míos en revistas de Guipúzcoa y Castilla. A Meneses nunca lo conocí personalmente; nos  escribimos por largo tiempo y finalmente nos perdimos; hasta que, hace poco, por mail, nos hemos vuelto a ubicar, y hasta la fecha nos comunicamos, por lo que sé que él siente que la muerte se le acerca.

A la siguiente semana, los de Hora Zero me invitaron a participar. Yo ya había leído todo lo que me dieron, y, entre todo ello un “Manifiesto”. Me gustó la forma en la que me acogieron; y, a la siguiente semana, aparecieron dos poemas míos, que sin mi permiso, “robándomelos” habían publicado a mimeógrafo, y también sin mi consentimiento, me habían nombrado como parte de Hora Zero. Mis poemas de El estertor de la rata, a pesar del éxito y la posibilidad de salir bajo el sello de Juan Mejía Baca, me parecieron incomunicantes con  mi gente del barrio, de mi familia. Le conté mis dudas a Juan Ramírez Ruiz, y él me decía: “no seas cojudo, Feliciano, es una oportunidad de oro, por todo lo alto”. Un buen consejo que no seguí. El libro está actualmente en Francia, para evitar las tentaciones de publicarlo.

Mientras Hora Zero iba bullendo. Eran tan sanas nuestras “orgías de trabajo” que solo tomábamos tisanas de té, manzanilla y afines. No me acuerdo cuándo, insensiblemente, aprendimos a beber alcohol. Nos prestábamos libros, nos visitábamos. El poeta apitucado se dio su primera gran borrachera por el centro de Lima y terminó vomitando en plena Plaza San Martín, botó todas sus tripas, pero en esa época era noble; y al poeta negro de Hora Zero le prestó una cochera que tenía donde vivía, a espaldas del Ministerio de Agricultura. Ellos me visitaban en mi “apartamento” junto al actual Congreso, en un tercer piso. Juan Ramírez era tan ligado a mí, que tenía mi confianza y yo la suya, que me pedía mi casa por un día para tener sexo con su amada, que yo no conocía.  Yo le daba mis  llaves.

Los nuevos poemas  lo leíamos a gritos. Teníamos el coraje de tachar delante del  autor, lo  que  nos parecía mal. O decir, esto es una mierda. Cosa que yo hice una vez en mi “apartamento” del centro, y me dijeron, “aguanta, Feli, son poemas de él”, y ese autor, dolido, sonreía con paciencia frente a mí, y yo sentía pena, pero callaba.

Con el tiempo Juan Ramírez Ruiz comenzó a trabajar en periodismo, tenía su “departamento” por el Jr. Ancash, y casi no dejaba que lo visitáramos. Yo sí iba. Tenía rumas de libros sobre su mesa de noche. “Préstame éste”, “no, lo estoy leyendo”, y así, no prestaba nada. Entonces comencé a “robarle los libros que estaba leyendo” u otros de las rumas de su cuarto, y al terminarlo lo pasaba a otro y ese a otro de Hora Zero, y a veces Juan lo recuperaba de la octava mano, cochambroso y desmondongado. Así se instauró ese “prestarnos los libros”.

Empezamos a publicar  libros y uno de los primeros fue del poeta apitucado, luego vino Un par de vueltas por la realidad, de Juanito. Hora  Zero murió luego de pudrición interna,  por el “ingreso” de un tránsfuga proveniente de un grupo o revista llamado Estación  Reunida, aún me parece un alcohólico, serrano de odio puro y oportunismo terco, que alguna vez se atrevió a golpear y pegar, a patadas en el suelo, a Juan Ramírez Ruiz, en el culturoso bar Yakana. No estuve presente, pero no lo hubiese permitido nunca. Con sus visos troskistas, ese empezó a odiarme (bueno, ese odia a todos) por ser yo inclinado al maoísmo y por impedir que el grupo Hora  Zero  se convierta en  Hora Zero  FOCEP  (tras  la  invitación de Genaro Ledesma Izquieta, a dar un recital en su local, sede del FOCEP, una organización troskista).

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Grafitti callejero dedicado a Juan Ramírez Ruiz

El poeta apitucado quiso salir a Europa robándome una grabadora y negándose a dar las boletas de empeño de joyas empeñadas por él, joyas de una amante que acudió a mí en auxilio. Yo le di el mensaje al poeta Apitucado de Hora Zero: “Hablaré con unos familiares para impedirte la salida del país si no devuelves la grabadora (grabadora que yo le prestara, empeñada sin mi permiso, y que yo debí rescatar pagando de mi bolsillo) y si no le das a la chica las boletas de empeño para que ella, con su dinero, rescate sus  joyas. Cosas que se  hizo  felizmente.

Tengo  entendido que, enérgico, Juan Ramírez Ruiz expulsó al poeta apitucado, cuando este quiso forjar, para aprovechamiento personal, Hora Zero España. Bajezas que se han venido dando hasta 1995, fecha en la que fui a un recital de poesía, a tomarme una cerveza en los sótanos del Bar Zela. Y encuentro que al iniciarse el recital, oigo a un poeta joven que hoy radica en USA (Paul Gillén) saludarme y agradecer mi presencia por el micrófono “por  ser  el único de Hora Zero original, aquí presente en esta noche del inicio de ¡HORA ZERO 95!”. Y yo para mis adentros dije, esa gente perversa ex-Hora Zero, corrompida, que ahora vende la “Marca” Hora Zero para provecho personal.

Yo me  alejé  definitivamente de Hora Zero desde mediados de 1972. El serrano semitroskista entró a Hora Zero, alrededor de fines del año 1971 (Ojo: no soy bueno para las fechas, pero por ahí va). Después vi esporádicamente a Juan Ramírez Ruiz, que trabajaba eventualmente para una ONG, Chirapaq.

Lo vi de la mano, en el centro de Lima, con dos de sus menores hijos, estaba feliz; y mucho después, cada vez que lo veía en el centro lo veía más elusivo, ido, abandonado su persona, a pesar de haber publicado uno o dos libros excelentes. Quise entablar una relación para sacarlo del marasmo lelo en el que había caído, proponiéndole  hacer   recitales juntos, recitales que no podíamos ni planificar, pues solía perderse en la urbe limeña, o desparecía, según él, yendo a su tierra al norte del Perú.

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Grupo Hora Zero 2. Entre lo ex y el simulacro (2016)

La última vez que lo vi, en un bar del jirón Quilca, seis personas, “amigas, poetas”, de una mesa larga, le daban ostensiblemente la espalda. Yo les grité: “¿Qué carajo pasa, porque Juan no tiene para ponerse unas chelas van a darle las espadas? ¿No saben con quién están, poetitas?!!” Grité con furia, y pedí al mesero que nos sirviera dos cervezas en mesa aparte. Conversamos, pero estaba incoherente, ido, como debió estar después, en el momento en que el camión lo arrolló en su norte querido, para ser enterrado luego como NN, hasta que, seis o siete meses después, supimos que habían logrado recuperar sus restos.

Aquellos de los ex-Hora Zero Lima, los que pregonaban ser “la vanguardia del proletariado en la poesía”, “nada con el sistema”, los “con nosotros, salvo Vallejo, Melgar, Heraud, etc. se inaugura la poesía en el Perú”, se vendieron como putas a  los  sucesivos  gobiernos,  colaborando con Fujimori y Montesinos, con el Partido Aprista y con el yanqui con chullo-cholo sano y sagrado. Y ahora que se hunden en el anonimato, quieren blanquearse como Mónica Delta, y hacen expo-fotos permanentes en bares cochambrosos “para ganarse alguito”, escriben mamotretos con los que tratan de enmascarar sus almas lacayas; siempre en reuniones de ratas: por la “moña”.

¿Quién está más muerto: Juan Ramírez Ruiz o estas cucarachas vivitas que vendieron sus almas a cambio de “una moña”, es decir algo de dinero? Como en el caso de José Santos Chocano, el tiempo y la historia no pasarán en vano, y todo queda claro y se sabe. Y hoy que todo comienza a decantarse como un velo diáfano, Juan Ramírez Ruiz aún brilla nítido, brilla convertido en un diamante de poesía y consecuencia.

C. Feliciano Mejía H.

Nota (Ed.)

[i] El manifiesto de Hora Zero: “Palabras Urgentes”, escrito por Juan Ramírez Ruiz,  ideólogo del movimiento Hora Zero, se publicó en el libro Un par de vueltas por la realidad, de JRR, en 1971.

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Breve historia de los orígenes del Movimiento Kloaka

Testimonio de  Roger Santiváñez

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CERCADO, restaurant Wony, mediodía del 30 de agosto de 1982 ─Santa Rosa de Lima─ dos jóvenes poetas conversan animadamente. Ellos son Mariela Dreyfus y Roger Santiváñez ─quien redacta este documento. Hay que romper con todo –sostiene Mariela y yo estoy de acuerdo. Una extraña coincidencia nos ha reunido en el Wony, después de vagabundear por las intrincadas calles del centro de Lima. Hemos decidido fundar el Movimiento Kloaka. Sentimos la necesidad de manifestarnos como artistas contra una sociedad con la que no estamos de acuerdo. Pensamos –siguiendo a Rimbaud─ que la verdadera vida está en otra parte. Es decir, no en el ambiente convencional que nos rodea, sino oculta, bajo tierra, underground. En los subterráneos –en las cloacas─, allí es donde fluye la auténtica dimensión de la humanidad, como reflexiona el personaje de Sábato en Sobre héroes y tumbas mientras dura su errático rumbo por debajo de la ciudad de Buenos Aires.

La ciudad obsede nuestras mentes. Y la vida real y sencilla de las gentes, no la mascarada social hipócrita que nos muestra la maquillada televisión.  El sistema está podrido –consideramos─,  es una cloaca. Campean la explotación económica, el desprecio social y la discriminación racial contra las masas de trabajadores. Toda la sociedad en su conjunto está envilecida por el capitalismo. Nos negamos a participar en ese infernal mercado de almas humanas. Sabemos que hay un resquicio de inocencia en el pueblo peruano y hacia él nos dirigimos. Asumimos una actitud de vanguardia –desde el surrealismo hasta el movimiento hippie─, reconocemos el componente étnico de nuestro ser: nos declaramos Andes-ground, recogemos el fonema /kj/ del idioma quechua: somos entonces el Movimiento Kloaka.

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Decidimos invitar a dos jóvenes escritores que –creemos nosotros─ captarían el mensaje que queremos proponer: el poeta Guillermo Gutiérrez Lyma y el narrador Edián Novoa; ambos estudiantes de Literatura de la Universidad de San Marcos, donde nosotros también estudiamos. Queda así conformado el núcleo central primigenio del Movimiento Kloaka. A partir de ese instante nos entregamos a largas sesiones –a la manera de los beatniks─ en las que cada uno de nosotros –en un símil catártico del psicoanálisis─ habla ininterrumpidamente desde los meandros más recónditos de su experiencia personal y la historia de su vida. Esto produce una extraordinaria cohesión interna entre los cuatro miembros del core inicial. Celebramos nuestra impecable fusión con una rociada visita al bar La Llegada y –en medio de un bosque de botellas de cerveza─ nos fugamos sin cancelar la cuenta, tan solo por asumir un riesgo contraviniendo las reglas de la moral establecida, y –de paso─ cumplir la consigna propuesta por un verso de Enrique Verástegui, en su libro En los extramuros del mundo.

Foto Movimiento Kloaka

Históricos integrantes del grupo Kloaka en El Agustino (1982). De izquierda a derecha: Mary Soto, Domingo de Ramos, José Velarde, Róger Santiváñez, Mariela Dreyfus, Edián Novoa y Guillermo Gutiérrez.

POCO después se integran al Movimiento José Alberto Velarde, poeta de raíces aimaras, estudiante de psicología en la Universidad Garcilaso de la Vega, con quien tomé contacto de casualidad en un concierto de Alfredo Zitarrosa, en el Campo de Marte en Lima. Pepe Velarde tenía tras de sí una interesante historia de militante izquierdista en Buenos Aires y caminante en autostop por Bolivia y el Brasil. Velarde trajo al Movimiento Kloaka los textos libertarios de los anti-psiquitras, principalmente la Gramática de la vida de David Cooper y fue el fundamental adalid de lo que él llamaba las Bases ideológicas del Movimiento. Domingo de Ramos, ex-militante del Partido Comunista Revolucionario, a quien yo conocía de vista por haberlo visto con uniforme único y su brazalete rojo en las asambleas de apoyo a la famosa huelga del SUTEP en 1979; fue presentado al Movimiento por Mariela Dreyfus: ella era asistente de prácticas en un curso de Metodología en el programa de Ciencias Sociales de San Marcos, donde Domingo estudiaba. El pintor Carlos Enrique Polanco, a quien conocí en una fiesta habida en el taller de artistas plásticos Huayco, se integró gustoso ante mi invitación, debido a que –según me lo expresó─  Kloaka significaba para él la ciudad. Finalmente se sumaron Mary Soto, ex-militante del PCR-Trinchera Roja, quien canalizó su –hasta entonces─ reprimida vocación poética integrándose espontáneamente al Movimiento mientras nos reuníamos en una mesa del restaurant Wony. Y Julio Heredia, poeta que yo conocía desde los días del grupo La Sagrada Familia y –a la sazón─ periodista de la revista Gente, se plegó inmediatamente después de entrevistarnos –con gran despliegue─ para el medio en el que trabajaba.

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Roger Santiváñez (2014)

DECIDIMOS entonces realizar nuestra primera presentación pública en el bar La Catedral de la Plaza Unión. Hasta allí llego la banda de rock y chicha Durazno Sangrando, conformada por Rodrigo Quijano, Fernando Bryce (actualmente renombrado artista plástico), Octavio Susti y Daniel Brodiano. Presentamos pintura de Polanco y también tocó una banda integrada por músicos –en ese instante─ proto-subtes: Toño Infantes y Toño Arias  de Temporal y Raúl Montañez (quien después conformaría Leuzemia) con Edgar Barraza, el legendario Kilowat. Los poetas leímos poesía y manifiestos, y cerramos la noche con una fiesta improvisada entre las chicas lindas de la Universidad Católica que asistieron al recital mezcladas con avezados lúmpenes de la zona, asiduos parroquianos del mencionado bar que nombra una de las más conocidas novelas de Vargas Llosa: Conversación en la Catedral.

El Movimiento Kloaka realizó una intensa actividad de agitación en Universidades y barrios de Lima. Congregó la atención de simpatizantes en Lince: Gino Ravina, Cali Flores y su banda de rock Medias sucias, Los poetas Bruno Mendizábal en San Felipe-Jesús María, David Pillman en el Rímac, Rafael Dávila-Franco en Barranco, el pintor Roberto “Caballo” Cuenca. La banda de rock-fusión Del pueblo –Piero Bustos, Ricardo Silva, Jorge “Negro” Acosta,  Alfredo “Gallo” Calvo, Yolo Flores, Toño Lértora─ que acompañó a Kloaka en sus presentaciones en el Auditorio Miraflores. Y Rodrigo Quijano, Tatiana Berger, Mario Wong, Frido Martin, así como José Antonio Mazzotti y Dalmacia Ruiz Rosas, quienes actuaron como aliados principales del Movimiento.

Collingswood, orillas del río Cooper, sur de New Jersey.

Roger Santiváñez

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