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El tractatus distópico y poético del adiós verasteguiano

Fernando Cassamar

***

***

Me da pánico, tengo miedo del tránsito
pero sí acepto la vida después de la vida
 sin miedo, no sé qué me suscita pensarlo.
Enrique verástegui (1 Jul 2018)

 

No hay un lugar en el mundo en el que se pueda escapar de las matemáticas ni de la poesía, decía el filósofo astrofísico Anton Sorokow, y quizá no podía ser de otra manera, sobre todo porque allí afuera nos quedaba el universo con sus estrellas y constelaciones, además del cielo con sus astros, estrellas novas y agujeros negros. Pero al cerrar los ojos podíamos ver el fin de la razón como oscuridad, salida o escape hacia la nada, como un punto de fuga hacia el vacío, a la manera de Esenin o de Maiakovski, pero tal vez también a la manera de August Strindberg, de Robert Walser, de Martín Adán, de Juan Ramírez Ruiz, de Enrique Verástegui[1] y de tantos otros. Como todos los que en aquella época, a la manera de Leonard Cohen, teníamos una voz, pero como Henry Fiol aún buscábamos la melodía, esa melodía desencadenada que se propagara por los cuatro puntos cardinales del mundo, pero también hacia arriba, siempre arriba como solemos decir de Jorge Chávez, hacia ese cielo no siempre azul y casi siempre gris de Lima… en pos del escape perfecto, de ese escape soñado por Harry Houdini.

Pero también buscábamos una ecuación, aquella ecuación que nos indicara el balance perfecto entre lo material y lo inmaterial, quizá como el espacio del más allá, pero también como algo más profundo entre la distención psicodélica del tiempo y el Zabriskie Point antogniano del espacio; entre las abscisas y las coordenadas cartesianas que nos ubicaban en un punto del plano del calvario, con nuestro cuerpo astral desbordando lo físico para dirigirse hacia las esferas superiores del Edén; o hurgando, como quería Aldous Huxley, en las áfricas y tierras vírgenes de la mente, traspasando las puertas de la percepción. Y en pos de todo ello habíamos modelado, armonizado, poetizado, deformado el espacio de nuestra percepción, para asumir ese kantiano sujeto trascendental, solo para recalar en la escalera de Wittgenstein, y así no caer… como aquella suma de fieles yacentes en los campos del exterminio auschwitzsiano.

Y te oímos decir que en uno de tus poemas habías refutado el Tractatus Logico-Philosophicus… y eso no nos pareció lógico, porque la poesía aún no es una ciencia exacta, como la lógica, como los principios matemáticos o la astrofísica. Pero qué se podía esperar en esos días, en los que tus análisis de la poesía e Introducción a la Cienciasofía nos decían muchos de los arcanos negados de aquella alterrealidad oculta e irresuelta. Entre la fragancia de esos documentos supuestamente rescatados de los archivos de la Orden Hermética, como parte de la Sociedad para la Liberación de las Rosas.

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De Izquierda a derecha: Juan Ramírez Ruiz, Jorge Pimentel y Enrique Veraztegui

Entonces asumimos el principio de realidad a partir de la Navaja de Ockham, como postulado para la ce(n)sura de la razón, entendiendo, como nos había enseñado Martín Adán, que la rosa que amábamos era la del prudente, la de sí misma, al aire de este mundo, agobiada en este país en el que la poesía ladra, suda orina, “frecuenta los burdeles / escribe cantos silba danza mientras se mira”, y tu cuchillo se apresta a descuartizar el otoño. Mientras recuerdo aquella historia en la que tú estás en esa combi, en la que le enseñas tu nombre que está inscripto en uno de tus libros al cobrador para no pagarle el pasaje y este no lo hizo. Todos sabemos también que ya entonces la vida no era dulce para nadie, que eran otros tiempos para todos; y no interesaba nada, porque la poesía urbana empezaba a heder a campanitas de cristal y a agua de lavanda.

Durante mi adolescencia obtuve un ejemplar de tu Leonardo, que compré durante esas tardes y noches ebrias, en las que entré al Shakespeare & Co. sobre uno de los márgenes del río Rímac, que no era el Sena, ni se le parecía, cerca de una de esas calles del centro, en la que solía también comprar las revistas y casetes de Musicalia, para escuchar a Bach, Albinoni o Rachmaninov. Eran tiempos en los que escribir no implicaba meditar y esto tampoco era comprometer las “manos, / y papel, máquina de flores en el curso de las cosas, no / disponerse a modelar lo espontáneo hacia un objetivo preciso. / Escribir de lo que se es como de lo que uno realiza es el proyecto de toda vida” (Leonardo – Verastegui).

Luego están los episodios sanmarquinos, en los que Zelada me enseñó tu Angelus Novus, para hablar de tus poemas, como antes lo había hecho con Habermas o con Bataille. Pero yo ya no soportaba la poesía, prefería la filosofía y estaba más interesado en el Angelus Novus de Paul Klee, articulado en el “ángel de la historia” benjaminiano. Pues los noventas eran tiempos de guerra, tiempos de distopía que se parecían a tus experiencias con mayo del 68 y tus lecturas de Marcuse que interpretaba la industria como una flor carnívora y te preguntabas: “¿Podemos tocar entonces el tema de una mente / liberándose de su pasado si no utilizar la metáfora inservible del otoño”, en esos tiempos en los que como en los nuestros, la desesperación y la náusea se apoderaban de Lima y del país, para degradarlo en el horror de tener que enfrentar lo no (po)ético, noético y noemático husserliano.

Las vanguardias están envejeciendo, y muchos se están yendo. Y pese a todo, fenomenológicamente algunos pudimos sobrevivir, resistir pese a que la podredumbre fujimorista nos venía robando la patria, el país y el futuro, enmierdando nuestros días y meses, años y lustros, como antes, como ahora, como siempre. Y no obstante ello, no nos fuimos, continuamos en este lugar que percibíamos como una cadena de acontecimientos trágicos, como en Hiroshima, Nagasaki, Mile Island o Chernobil o Barrios Altos, mientras el ángel nuevo de la historia observaba aquella “catástrofe única que se amontonaba ruina sobre ruina” en este país que empezaba a regatearnos toda la esperanza; pues como decía Benjamin: “Bien quisiera él [ángel nuevo o el ángel de la historia] detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas” para escapar.

Portada-de-En-los-extramuros-del-mundo-de-Enrique-Verastegui-Caja-negra-2012Entonces llegó el tiempo en el que nadie pudo conseguir huir, tal vez porque ya se nos  había acabado las armas o tal vez solo los poemas. Pero, no obstante, había algunos que aún elegían la poesía, o tal vez la poesía los elegía a ellos ¿Cómo saberlo? Pues la historia de este país también tenía sus oasis contrafácticos, con sus archipiélagos de contrahistorias, pesadillas, ucronías y algunas cosas más que fueron ascendiendo desde los infiernos. Y como tú decías, “El empirista y el pragmatista dirán que un poema / sale extraño si el azufre es la carne de todos los días. /  Que un poema, si el papel que se emplea no es mucho, / no tiene más versos que una dulce pérdida de tiempo…”

Por ello, casi de casualidad, a fines de los noventas, recalé en el salón de grados de la Facultad de Derecho de San Marcos, donde estaban casi todos los de tu generación; y escuché a José Watanabe, a Carmen Ollé, a Jorge Pimentel y escuché también a “Giordano Bruno”, el que había vivido sabiendo que “Toda época está / en retroceso y todo presente es pasado devorado / en el futuro y aquel 17 de febrero de 1600 / Giordano Bruno, poeta, / loco y filósofo que en la duda encontró su verdad”, el que nació para todos, como tú Enrique también lo habías hecho aquel día, y los demás que vinieron sucediéndose hasta convertirte en el personaje entrañable que deambulaba balbuceando frases iniciáticas hasta perderse.

Tal vez porque no se le debe pedir mucho a la vida, o quizá porque no puede poetizarse el infierno sin salir ileso, o explorar en torno a una verdad reservada a los dioses, es que el castigo se va transformando en locura, en deterioro mental que no siempre deviene en manuscritos proféticos; como en Nietzsche, como en Strindberg, como en Maupassant, como en Van Gogh, como en Attila Josef, como en Juan Ramírez Ruiz el grande, o como en ti Enrique, poeta, ensayista, filósofo, gnóstico, cuentista, novelista, dramaturgo, guionista, músico, acuarelista, físico, lógico, matemático, cienciósofo y sobre todo iluminado, pero no como ese otro Sócrates el loco, del que hablaba Platón, sino como el insano lúcido, como el perro celestial de Cioran, el que buscaba al hombre con su linterna a plena luz del sol, y que buscó con esa furia que luego heredará Aguirre, el azote de Dios al buscar el Dorado, pero con mucho más cinismo y menos idealismo.

Luego de ello nos encontraríamos en las páginas de Identidades, como lugar no-lugar compartido, y nos conocimos o quizá reconocimos, pues mientras imaginaba por qué pensabas que era arquitecto, pues lo sugeriste varias veces, terminé convenciéndome de que era yo el historiador de ciudades y no el filósofo astrofísico que pergeñaba versos. Y, desde luego, aquellos días el silencio del Presbítero era la imagen gélida de las identidades proteicas de Lima enferma como su historia y sus poetas. Esa ciudad gris que hiede a orines, a smog y a resentimiento. Hasta aquella noche que en uno de los recitales del Yacana, en la solías pedir a Migliaro cigarro y cervezas para dos, mientras leías y hablábamos de El modelo del teorema o de El principio de no-ser. No había nada onticidad ni de glorioso en embriagarse para hablar de la exactitud o la no exactitud del cosmos, pero eso era lo que menos importaba. La sabiduría y el delirio pueden conjugarse también como ese aparato mecanicista que compromete una episteme diferente que diluye literatura, filosofía y ciencia, además de la opción por la vida que se traduce en  muerte.

Como el místico budista Thich Quang Duc, que en protesta contra las persecuciones de los suyos decidió inmolarse, y se mantuvo inmóvil, sereno, sin emitir señal de dolor alguno mientras su cuerpo era consumido por las llamas; como Calcuchímac, guerrero inca que tras negarse a ser bautizado por los españoles, en nombre de un dios en el que no creía, entró voluntariamente a la hoguera para ser quemado vivo, sin tampoco emitir un signo de dolor; o como Giordano Bruno, aquel ateo impío corrompido, excomulgado y condenado a las llamas del infinito.., condenado a ser “castigado / con la mayor dulzura posible y sin efusión / de sangre, sine ulla sanguinis effusione” / que en maligna lengua eufemista represiva / y clasicista dictaminaban los inquisidores de siempre / morir quemado vivo / y entonces Bruno replica / ya bellísimo su alto testamento: “más os intimida / pronunciar mi sentencia a vosotros / que a mí el oírla” / y entró sereno en la brasa / lúcido entre las ávidas llamas” (Verástegui). Y cuando la muerte llega, ante el hecho consumado, como decía Watanabe, “Nosotros [tampoco] le debemos negar la posibilidad de una palabra / de agradecimiento” Enrique.

Y en ese trance, algunos poetas amigos empezaron a irse, como se fue Juan Ramírez Ruiz, como se fue Ricardo Quezada, como lo hizo José Pancorvo, y como ahora lo hiciste tú, el escritor que quiso hacer de la poesía una ciencia exacta, el matemático que terminó por irracionalizar todos los números, y el físico que derivó a la metafísica para convertirse en un místico sin capilla y sin cruz, como un anacoreta que prefirió habitar los extramuros del mundo, redescubriendo ―en ese trance―, las taras morales, políticas, psicológicas, sociales y religiosas del Perú y con ello las del mundo. Sabiendo que el ladrón de rosas jamás tomará partido por aquella Sociedad que ahora fenece, ni para liberarlas, ni para ponerlas en un florero. Y eso se lo recordaré a todos, yo, Anton Sorakow, nacido en la Siberia y reencarnado miles de veces para arribar hasta esta esquina del mundo, en un tiempo y espacio recobrado.

Y finalmente sabremos otra vez, como antes y como siempre, que no se puede morder de la manzana del árbol de la sabiduría sin terminar perdiendo la razón. Debiste saberlo cuando aún transitabas por los infiernos tropicales de este globo celeste, y quizá lo recordaste ese 27 de julio aciago del 2018, cuando la patria nos empezaba a centellar por dentro, cuando tu voz de profeta apocalíptico te había abandonado desde hacía mucho. Porque ya nadie podrá volver a expirar el final como lo hiciera Hamlet: “The rest is silence”, pues ahora nuestro país es un planeta que delira como esos seres arrastrándose en las en las islas Ballestas, cuyos gritos y gruñidos parecen los gritos de miles de personas ante el dolor final del calvario reinventado en el mundo moderno. Por ello nunca más tendrás miedo, pues te ha tocado internarte ya, sereno entre las brasas, lúcido entre las ávidas llamas, esbozándonos tu inesperado adiós… para siempre.

 

Infierno en Lima, Agosto 12 del 2018

 

Fernando Cassamar

 

Notas

[1] Enrique Verástegui, uno de los poetas más importantes de la literatura en lengua castellana contemporánea, falleció el viernes 27 de julio en Lima, a los 68 años de edad.

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Oda a la revolución

UN POEMA DE FERNANDO CASSAMAR EN EL MES DE ANIVERSARIO DE LABERINTOS SUBURBANOS 

*

La travesía de Laberintos suburbanos empezó el 2 de marzo del 2015, como una apuesta en pos de una ilustración alternativa, cuya razón luz, desde el principio optara por una suerte de visión tubular, visión que tuviese como analogía la noción de un centro negro, cuyos márgenes iluminados, inmaculados, van abriendo la posibilidad de detenernos en lo poco visible, como acción de descentramiento de los focos de atención en exfocos, en excentros que permitan el desocultamiento de lo minoritario, de lo marginal, de lo excluido, para abarcar así todas las variables posibles y pasibles de ser relatadas, enunciadas e historiadas, como apertura hacia multiplicidades y diferencias nuevas o simplemente nunca antes vistas, ya sean políticas, antropológicas, sociales, sexuales, sub o paraculturales, insertas en un espectro en el que lo que se desea iluminar no sea lo ya racionalizado, sino lo irracional, lo oscuro, apuntando a aquello que de alguna manera podríamos identificar como antimainstream, pero que no solo se detenga en lo contracultural, sino que en su espacio abarque también lo bizarro, lo monstruoso, lo escabroso y amoral.

Muchas veces hemos errado y otras pocas acertado en este sentido, pero en nuestro descargo diremos que, pese a que nuestro objetivo −visto en el manifiesto-exposición de motivos− ha sido abordar los problema ligados a los márgenes de esa mundialidad política, económica, cultural, psicológica, ideológica y antropológica de las sociedades en tránsito, el tema resulta aún difícil, y entendemos que los fines relacionados a la asunción de una estética del no, asociados a un nomanismo no solo geográfico sino también óntico, como mecanismo de búsqueda aspiracional de todo lo encubierto o negado, haga funcionar este espacio como un observatorio de experimentación y de experiencias marginales y múltiples, pero de efectos colaterales en otros campos, que tiene como eje de aglutinación a todo lo historiable y/o clasificable, pero abordados desde una noción derridarianamente deconstructora y su debilidad por los márgenes.

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“La Libertad guiando al pueblo” (1830). Eugène Delacroix.

De allí que, teniendo aún a marzo como marco insularmente poético, decidimos seguir rescatando la idea de la revolución, pero ahora en abstracto, asociada a lo que estaría más allá de aquel Octubre rojo, desde la compresión de ese limbo arquetípico, en el que la revolución se presenta como experiencia pura de transformación y cambio, como el punto de partida de lo radicalmente nuevo, pero que, como esencia revolucionaria, tiene un origen y no sabemos si un fin. De ahí que para Richard Rorty la Revolución francesa nos ha demostrado que la totalidad del léxico de las relaciones sociales y la totalidad del espectro de las instituciones podían ser reemplazados, como si dijéramos, de la noche a la mañana; mostrándonos también un espectro iluminista en el que, como ideal de emancipación, casi todo ha sido posible. Idea que fue prolongándose con la Revolución socialista soviética, origen y consecuente, algunas veces incierto, de las que vinieron y vendrán luego.

En este sentido, la evidencia de que aquel 25 de octubre, día que según el calendario juliano se capturó el Palacio de Invierno de Petrogrado, hoy San Petersburgo, que dio inicio a la revolución bolchevique, se confronta con la evidencia de que, según nuestro calendario gregoriano, en realidad no fue un 25 de octubre, sino más bien un 7 de noviembre de 1917. Por lo que cabe destacar que, en ese ambiente bolche plagado aún de entusiasmo jacobino, se pueda entender el porqué, tras el regreso de Lenin y sus acompañantes, un 16 de abril de 1917, tras el fin de su exilio, a la estación de Petrogrado, la multitud los recibiera entonando el himno francés, La Marsellesa, que en ese momento era aún el himno de los socialistas rusos. Y finalmente comprender que la revolución, como Saturno, termina también por devorar a sus hijos, como terminó engulléndose a Danton, a Robespierre, a Trotsky y a tantos otros.

En este sentido, ya Peter Weiss nos había dicho que era la figura de Marat la que nos llevaba en línea directa hacia Marx, algo que nosotros agregamos y corregimos, diciendo que la línea directa es hacia Lenin, asumiendo este punto como el eje central del poema que ahora les presentamos, poema en el que desfilan nombres, situaciones y eventos revolucionarios múltiples (LS).

*

*

Oda a la revolución / Marat iluminado

 

Fernando Cassamar

 

Nací para buscarte en las regiones tenebrosas…

En los espacios silenciosos

/ en los que la luna no se oculta nunca

Nací para nombrarte en las calles desoladas

en lugares sombríos

…sin razones ni motivos…

……………………………………………

 

Pero tú dices ¡No!

y todo se derrumba

Y me levanto y vuelvo a caer

para elevarme nuevamente sobre el horizonte

Pero eso ya no importa…

cierro los ojos y tú desapareces…

Sin embargo empieza a fulgurar

el espejismo claro de tu rostro

ante mis ojos ciegos.

 

Y continúas…

Tú no cambias –dices―

Y quizá porque no nos pertenecemos

o solo porque no me pertenezco

me encuentro con Robespierre y Danton

en el centro de mis turbaciones,

pensando en los Zinóvievs y Lenins

de nuestras futuras revoluciones…

Y tranquilo espero

…pero tú nunca apareces…

 

Y nadie entiende por qué

después de mil fracasos

/ sigo sosteniendo tus sueños entre mis manos pálidas

Repitiendo que la ruta a la plenitud existe

que la vida resplandece,

…y que el dolor desaparece…

Pero cuando la esperanza se revela

/ en el albor resplandeciente

de esta última aurora

…todo se ilumina.

 

Y me interno en los laberintos de la expectación y el delirio,

mientras los Guevaras, Cienfuegos y Castros

florecen desde la miseria de mi ciudad exaltada,

de mi Bastilla centelleante

de mi villa encendida.

Y yo les digo:

“Nosotros hemos inventado la revolución”…

pero nadie responde…

Y veo ascender los ensueños del mundo

/  desde la ciudad radiante

Elevándose como las auroras boreales de este último invierno

Mientras los vahos relucientes de las máquinas de Watt

construyen ciudades celestiales en el horizonte.

 

Entonces susurras:

“Todo está consumado…

lo saben los Trotskis y los Maos de nuestra alma”

Pero en los campos roturados…

los arados continúan gritándome…

que tú no existes porque no me perteneces

porque ya no sueñas como antes…

porque ya no vives en mí

Porque cambié los ensueños de tu cuerpo

por el dulce clamor de las multitudes

Por la eufonía radiante de sus máquinas industriales

Por el glorioso canto de la fraternidad y la justicia

de la libertad y la razón.

………………………………………………….

 

Sin embargo vuelvo

Retorno como Marat iluminado

para ser acuchillado

por mi Corday querida

…en el dulce nombre de su amor…

Porque la revolución duele

porque la revolución se traiciona

porque también ella desfallece…

Y consumido por mis ansias

de insurrección descontrolada

desciendo desde el cielo sombrío…

para instalarme con la lluvia entre sus brazos.

Y por la mañana… al despertar…

veo que la mujer de mi vida

aprieta el gatillo

para volarme los sesos…

Para decirme que la vida es efímera

y que el amor siempre ha sido fugaz…

 

Y si te dicen que caí

sabrás que fue cierto

…que he muerto muchas veces

para cerrar el ciclo trágico

de nacimientos y de muertes

Pero ahora renazco…

como cada mañana

para volver a ser asesinado

por sus frías manos…

Mientras las mías

continúan abiertas a la devoción por el mundo.

 

Porque yo nací para eso…

nací para nombrar tus plazas vacías,

tus espacios inertes,

tus alborozos dulces y acres…

Nací para entonar tus nombres infinitos

en lugares en los que los sueños

/ ya no inspiren esperanzas…

 

Para eso nací aquí…

… Nací para sembrar la revolución en ti.

 

 

Fernando Cassamar

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Desde el destierro

Un poema de Lenin y el segundo aniversario de Laberintos Suburbanos

 

Al entrar a nuestro tercer año, en Laberintos Suburbanos queremos rendir un ferviente homenaje al Centenario de la Revolución de Octubre, y para ello no hallamos mejor forma de hacerlo que publicar, en nuestro mes de aniversario, este extenso y poco conocido poema de Vladimir Ilich Ulianov Blank – Lenin (1879-1924), político-revolucionario marxista y teórico comunista-socialista ruso, protagonista principal de la Revolución bolchevique de 1917.

Al considerar este texto, un escrito rarísimo en toda la bibliografía de Lenin, se nos ocurrió delimitar uno de los márgenes de la poesía, como correspondiente a ese limbo metarevolucionario, que postula esa suerte de sociedad entre poseía, pensamiento y acción revolucionaria, que demarcaría el hecho, de que la poesía se presente como una suerte de experiencia  previa y necesaria para pasar luego a la acción revolucionaria. Algo parecido le ocurrió al joven Marx, con sus apuntes poéticos, oscuros y amorosos, escritos antes de iniciar su labor filosófico-política en sus trascendentales libros. Como si el campo de la poesía fuera el espacio propicio para templar voluntades, para afinar deseos y detonar conciencias, como ocurrió con Lenin, con la Revolución bolchevique, con Ho Chi Minh, con José Martí o con Javier Heraud.

En este punto, nos encontramos con Desde el destierro, probablemente titulado así por su editor español, y que al parecer viene a ser el único poema escrito por Lenin. Poema compuesto durante los días de primavera de 1907, año en el que Lenin tuvo que refugiarse en una aldea de Finlandia, llamada Selvista, y en la que, según se sabe, mantuvo largas discusiones sobre literatura revolucionaría y creación poética con Piotr Al, sobrenombre utilizado por Gregoire Alexinsky, miembro del Partido Social Demócrata ruso y diputado de Petersburgo en la Duma. Versos que canalizarían los contrariados sentimientos de Lenin, desde el exilio, luego del fracaso de la revolución de 1905, que solo dio paso al establecimiento de una monarquía constitucional y a la creación de la Duma estatal del Imperio ruso: “¡En el combate desigual / por la liberación del trabajo, cayeron víctimas sin nombre!”. Este poema, que debió publicarse en la revista ginebrina, Raduga (Arcoiris), dirigida por G. Alexinsky, que para entonces vivía en Francia, finalmente no apareció, pues la revista dejó de circular poco antes de publicar estos versos firmados simplemente por “Un ruso”.

Aleksandr Gerasimov - Lenin on the Rostrum

“Lenin en la tribuna” (1929-30). Aleksandr Gerasimov

Se dice que el poema completo fue publicado por primera vez en castellano, en mayo de 1973, por la revisa Crisis, traducido por Waldo Rojas, quien lo tradujera directamente de la versión francesa realizada por Gregoire Alexinsky, publicada en la revista L’Arche, París, en 1964; además también tenemos la versión de  la editorial Endymion, 1994, que cuenta con un estudio previo de Rogelio Blanco. Y de hecho, por allí también se dice que este texto posee un escasísimo valor literario y que solo lo salva su carácter histórico-político-biográfico, y tal vez lo emocional de fragmentos como este: “¡Soldados, ahogad vuestros remordimientos / en un pequeño vaso de vodka! / ¡Disparad, valientes sobre los niños y sobre las mujeres! / Matad el mayor número posible de vuestros hermanos para divertir al padrecito. / ¡Y si tu propio padre cae bajo tus balas, / que se ahogue en su sangre vertida por la mano de Caín!”, referido al pogromo de aquel “Domingo sangriento” ruso… Pero aquí eso interesa poco, solo deseamos rendir un homenaje fraterno, cien años después, a Lenin, a Trotski y a todos los que con su vida y obra hicieron posible ese poema mayor, pocas veces escrito y alcanzado, que ha sido la Revolución Socialista de Octubre, la Revolución bolchevique…

Para nosotros, dos años no se cumplen por nada, y en este sentido, continuamos en nuestra apuesta en pos de alcanzar todo lo desdeñado, o quizá casi todo, en nuestra debilidad por las causas perdidas y olvidadas, en nuestra pulsión hacia lo fronterizo, hacia lo fisurado, embarcados en este viaje que está implicando múltiples circulaciones y paradas a través de los márgenes, de los resquicios, de los intersticios políticos, sociales y culturales, en constante movimiento… con problemas varios pero aquí continuamos… (LS).

.

*

Desde el destierro

 

Vladimir Ilich Ulianov – Lenin

 

Borrascoso año aquel.

Los huracanes sobrevolaban el país entero.

Se desataban los nubarrones

y sobre nosotros se precipitaba la tempestad,

el granizo y el trueno.

 

En los campos se abrían heridas,

y en las aldeas, bajo los golpes del azote terrestre,

estallaban los rayos, redoblaban con violencia los relámpagos.

El calor quemaba sin piedad los pechos oprimidos,

mientras el reflejo de los incendios alumbraba

las tinieblas mudas de las noches sin estrellas.

 

Trastornados los elementos y los hombres

los corazones oprimidos por una inquietud oscura,

jadeaban los pechos de angustia

y se cerraban sus resecas bocas.

 

Por millares los mártires han muerto en tempestades sangrientas,

pero no han sufrido en vano.

Ellos, que han llevado su corona de espinas,

por los reinos de la mentira y las tinieblas,

entre esclavos hipócritas,

han pasado con trazo de fuego,

como antorchas del porvenir,

han grabado con un trazo indeleble,

la vía del martirio ante nosotros.

Estampando el sello del oprobio en la carta de la vida,

sobre el yugo de la esclavitud y la vergüenza de las cadenas…

 

El frío arrecia. Las hojas se marchitan y caen,

y cogidas por el viento se arremolinan en una danza macabra.

Se acerca el otoño gris y pútrido,

lagrimeante de lluvia, sepultado de barro negro,

mientras  la vida se hizo detestable y opaca para los hombres.

 

Vida y muerte les fueron igualmente insoportables,

les rondaron sin tregua la cólera y la angustia.

Fríos, vacíos y oscuros como sus hogares, sus corazones,

y de pronto ¡la Primavera!

Primavera en pleno Otoño putrefacto.

La Primavera Roja descendió sobre nosotros,

bella y luminosa como un presente de los cielos

al país más triste y miserable,

como una mensajera de la vida.

 

Una aurora escarlata como una mañana de mayo

se levantó en el cielo empañado y triste,

el sol rojo centelleante, con la espada de sus rayos

perforó las nubes, derruyendo la mortaja de la bruma.

 

Como el fuego de un faro en el abismo del mundo,

como la llama del sacrificio en el altar de la naturaleza,

encendido para la eternidad por una mano desconocida,

trajo hacia la luz los pueblos adormecidos.

 

Las rosas rojas nacieron de la sangre ardiente,

flores de púrpura se abrieron,

y sobre las tumbas olvidadas

se trenzaron coronas de gloria.

 

Tras el carro de la libertad,

blandiendo la Bandera Roja,

fluían multitudes semejantes a ríos,

como el despertar de las aguas en la primavera,

los estandartes rojos palpitaban sobre el cortejo.

Se elevó el himno sagrado de la libertad

y el pueblo cantó con lágrimas de amor

una marcha fúnebre para sus mártires.

 

Era un pueblo jubiloso,

su corazón desbordaba de esperanzas y de sueños,

todos creían en la libertad que sobrevendría,

todos, desde el sabio anciano hasta el adolescente.

 

Pero el despertar sigue siempre al sueño,

la realidad no tiene piedad,

y a la beatitud de las ensoñaciones y la embriaguez

le sigue siempre la amarga decepción.

 

Las fuerzas de las tinieblas se agazapaban en las sombras,

reptando y silbando en el polvo esperan.

Repentinamente hundieron sus dientes y cuchillos

en las espaldas y talones de los valientes.

Los enemigos del pueblo, con sus bocas sucias,

bebían la sangre cálida y pura de los inocentes,

cuando amigos de la libertad,

agotados por caminatas penosas,

fueron sorpresivamente cogidos,

somnolientos y desarmados.

 

Se esfumaron los días de luz,

los reemplazó una serie interminable y maldita de días negros.

La luz de la libertad y el sol se extinguieron.

Una mirada de serpiente acecha entre las tinieblas.

 

Los asesinatos crapulosos, los pogromos,

el lodo de las denuncias son proclamados actos de patriotismo,

y el negro rebaño se regocija con un cinismo sin freno,

salpicado de la sangre de las víctimas de la venganza,

muertas de un pérfido golpe,

sin razón ni piedad,

víctimas conocidas y desconocidas.

 

En medio de vapores de alcohol, maldiciendo, mostrando el puño,

con botellas de vodka en las manos, multitudes de canallas

corren como tropel de bestias.

Haciendo sonar las monedas de la traición,

bailan una danza de apaches.

Pero Yemelián, el pobre idiota,

a quien las bombas han vuelto más tonto y asustadizo,

tiembla como un ratón.

Y en su festón se pone con aplomo la insignia de los Cien Negros.

 

La risa lúgubre de los búhos y las lechuzas

resuena en la oscuridad de las noches,

anunciando la muerte de la libertad y la alegría.

Y un invierno cruel, con la nieve tempestuosa,

viene del reino de los hielos eternos.

 

Con sus nieves espesas, semejantes a una mortaja blanca,

el invierno ha vuelto al país.

Atando a la primavera con cadenas de hielo,

el frío-verdugo le ha dado muerte antes de tiempo.

Como manchas de barro, por aquí y por allá aparecen

las pequeñas islas negras de las aldeas miserables,

sepultadas bajo las nieves.

 

El hambre con la miseria y el frío pálido

por doquier se guarecen en las moradas pestilentes.

A través de la llanura de nieve sin fin,

de las estepas sin medida ni límite,

cuando el viento ardiente del verano trae un calor tórrido,

las aciagas borrascas de nieve van y vienen como blancos pájaros rapaces.

La tempestad aúlla como una bestia salvaje de pelambre enmarañada,

precipitándose sobre todo lo que conserve una gota de vida.

Vuela con estrépito, como una terrible serpiente alada,

En pos de borrar todo rastro de vida de la faz de la tierra.

 

La tempestad doblega a los árboles, quiebra los bosques,

amontona la nieve en las montañas heladas.

Los animales se han guarecido en sus cubiles,

han desaparecido los senderos y el viajero es engullido sin dejar huella.

Magros lobos acuden hambrientos,

yerran sobre los pasos de la tempestad.

Feroces, unos a otros se arrebatan la presa,

aúllan a la luna y tiembla de espanto todo lo vivo.

 

La lechuza ríe, el lechy salvaje golpea las manos.

Ebrios, los demonios negros giran en torbellino,

haciendo chasquear sus ávidos labios, olfatean una gran matanza

y esperan la señal sanguinolenta.

Muerte en todas partes, el hielo cubre todo, todo yace yerto.

Toda vida pareciera esfumada,

el mundo entero es una fosa común, una fosa única

en la que ni siquiera las sombras de la vida libre y luminosa se salvan.

 

Es aún temprano para que la noche triunfe sobre el día,

para que la tumba celebre su victoriosa fiesta sobre la vida …

Aún bajo cenizas se incuba la chispa,

la chispa que la vida reanimará con su soplo.

La flor de la libertad, quebrada y deshonrada

ha sido pisoteada y muerta para siempre.

Los negros se regocijan al ver aterrado al mundo de la luz,

pero en la tierra natal, el fruto de esta flor espera en el subsuelo.

 

En las entrañas de la madre

el grano milagroso se conserva misterioso e invisible,

ha de ser alimentado por la tierra y se reanimará en la tierra

para renacer a una vida nueva.

Llevará el ardiente germen de la nueva libertad,

resquebrajará y fundirá la corteza de hielo,

crecerá y ―árbol gigante― iluminará el mundo con su follaje rojo.

 

El mundo entero surgirá a su luz, y bajo su sombra se congregará a todos los pueblos.

¡A las armas, hermanos! ¡La felicidad está cercana! ¡Coraje! ¡Al combate! ¡Adelante!

¡Despertad vuestros espíritus! ¡Expulsad de vuestros corazones el miedo cobarde y servil!

¡Estrechad vuestras filas! ¡Todos unidos contra tiranos y amos!

¡La suerte de la victoria está en vuestras poderosas manos trabajadoras!

¡Coraje! ¡Este tiempo de desgracias pasará rápido!

¡Levantaos como uno solo contra los opresores de la libertad!

La Primavera llegará… se acerca… ya viene…

¡La roja libertad, tan bella, tan deseada, camina hacia nosotros!

 

Autocracia

Nacionalismo

Ortodoxia

Ya demostraron irrefutablemente sus altas virtudes.

En su nombre se nos golpeaba, se nos golpeaba, se nos golpeaba,

hasta la sangre misma se castigaba a los mujiks,

se les quebraban los dientes,

se sepultaba en los presidios a los hombres encadenados,

se saqueaba, se asesinaba.

Para nuestro bien, según la ley,

para la gloria del zar y la salud del Imperio.

Los servidores del zar daban de beber a los verdugos

con el vodka del Estado y la sangre del pueblo,

sus soldados regalaban a sus rapaces cuervos.

 

Se daba de beber a los ejecutores de las altas órdenes,

se alimentaba a sus cuervos rapaces

con los cadáveres aún tibios de los esclavos rebeldes,

y con los cadáveres dóciles de los esclavos más fieles.

 

Con una oración ardiente, los servidores de Cristo

regaban de agua bendita el bosque de las horcas.

¡Hurra! ¡Viva nuestro zar!

¡Con su nudo corredizo bien jabonado y mejor bendecido!

¡Viva el esbirro del zar,

con su látigo, su sable y su fusil!

 

¡Soldados, ahogad vuestros remordimientos

en un pequeño vaso de vodka!

¡Disparad, valientes sobre los niños y sobre las mujeres!

Matad el mayor número posible de vuestros hermanos para divertir al padrecito.

¡Y si tu propio padre cae bajo tus balas,

que se ahogue en su sangre vertida por la mano de Caín!

¡Embrutecido por el vodka del zar, mata a tu propia madre, sin piedad!

¿A qué temes tú? No es a los japoneses, a quienes tienes adelante.

No temes sino a tus prójimos, a tus propios familiares,

y ellos están del todo desarmados.

 

Una orden se te da, valet del Zar.

¡Sé cómo antes, una bestia de carga, esclavo eterno!

¡Enjuga tus lágrimas con tu manga y golpea el suelo con tu frente!

Oh, pueblo, fiel, feliz

amado por el zar hasta la muerte,

soporta todo y obedece hasta la muerte…

¡Fuego! ¡Látigo!… ¡Golpead!

¡Dios protege al pueblo,

poderoso, majestuoso!

 

¡Que nuestro pueblo reine, haciendo sudar de miedo a los zares!

Con su tropa sin gloria, nuestro zar desencadenado,

con su jauría despreciable de servidores,

sus lacayos festejan,

sin lavar la sangre de sus manos.

¡Dios: protege al pueblo durante los días sombríos!

Y tú, pueblo, ¡protege la Bandera Roja!

 

¡Opresión sin límite!

¡Azote de la policía!

¡Tribunales de sentencias súbitas

como las salvas de las ametralladoras!

¡Castigos y fusilamientos,

horrible bosque de horcas

para castigar vuestras rebeldías!

 

Colmadas están las prisiones,

los deportados sufren infinitudes,

las salvas desgarran la noche,

los buitres se han saciado.

El dolor y el duelo se extienden sobre el país natal.

¡Ni una familia es ajena al sufrimiento!

 

El déspota festeja con los verdugos

su banquete sangriento

¡Vampiro… roe la carne del pueblo

con tus perros insaciables!

 

¡Déspota, siembra el fuego!

¡Monstruo, bebe nuestra sangre!

¡Levántate Libertad!

¡Flamea Bandera Roja!

 

¡Vengaos, castigad!

¡Torturadnos una última vez!

¡La hora del castigo está cercana!

Ya llega el tribunal ¡Sabedlo!

 

¡Por la libertad iremos a la muerte,

a la muerte.

Tomaremos el poder y la libertad,

y la tierra será del pueblo!

 

¡En el combate desigual

por la liberación del trabajo, cayeron víctimas sin nombre!

Sus miradas llamean de amenazas…

¡Repica hasta el cielo, eterno carillón del trabajo!

Golpea martillo, golpea por siempre.

¡Pan! ¡Pan! ¡Pan!

 

¡Marchad, marchad campesinos!

Vosotros no podéis vivir sin la tierra.

¿Os estrujaron los señores,

os oprimirán aún por mucho tiempo?

 

¡Marchad, marchad estudiantes!

Muchos de vosotros serán segados en la lucha.

¡Cintas rojas envolverán los ataúdes de los que hayan caído!

 

¡Marchad, marchad hambrientos!

¡Marchad oprimidos!

¡Marchad humillados

hacia la vida libre!

 

¡El yugo de las bestias reinantes, es nuestra vergüenza!

¡Expulsemos a las ratas de sus madrigueras!

¡Al combate, proletario!

¡Abajo todos los males!

¡Abajo el zar y su trono!

Ya brilla la aurora de la libertad estrellada,

Se expande su llama.

Los rayos de la felicidad y de la verdad

aparecen ante los ojos del pueblo.

El sol de la libertad

nos iluminará a través de las nubes.

 

El canalla del zar,

“¡Bajo las patas de los caballos con ellos!”,

dirá glorificando la libertad

la poderosa voz del toque a rebaño.

Destruiremos las bóvedas de las prisiones.

La justa cólera está rugiendo,

la bandera de la liberación conduce a nuestros combatientes.

 

Tortura, Ojrana,

látigo, cadalso, ¡abajo!

¡Desencadénate, combate de los hombres libres!

¡Muerte a los tiranos!

 

Extirpemos de raíz

el poder de la autocracia.

¡Morir por la libertad es un honor,

vivir en las cadenas, una vergüenza!

Echemos por tierra la esclavitud,

La vergüenza del servilismo.

¡Oh, libertad, danos la tierra y la independencia!

 

Vladimir Ilich. Lenin

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Poesía por el cambio, la paz y la sostenibilidad

Fernando Cassamar

Hay un poema que aún no ha sido escrito pero que es necesario se escriba. Ese poema debe versar sobre la unidad, sobre el cambio, pero sobre todo debe abogar por la libertad. La labor del trabajador del arte va en ese sentido. Alberga siempre esa necesidad de transformar el entorno y hacerlo más tolerable, más soportable ante el colapso de todo lo social, ante la degradación de lo políticamente correcto, que al pudrirse empieza a emanar su repugnancia, insania y perversión hacia el mundo, hacia el espacio de nos-otros, los otros, los condenados de la tierra (Frantz Fanon), los olvidados (Luis Buñuel), los que siempre pierden, pero que, no obstante, no claudican, no tranzan en un contexto negativo en el que la libertad se reviste como condena, como exilio, como soledad terminal o como el “recurso de la selva”, en el que el apestado o desterrado, únicamente puede ser acompañado por alguien que será su verdugo, solo durante el instante anterior a ser asesinado.

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“Apoteosis de San Ignacio” (1685-1694). Andrea Pozzo

En este sentido, existen períodos extraños, períodos en el que nuestro optimismo por las masas nos manda a equivocarnos. Sobre todo cuando estos se diseminan por los cuatro puntos cardinales del mundo, dejándonos grupos humanos contrahechos, modelados, producidos como monumentos a la insensatez, la estulticia y la demencia civilizacional que se apodera del planeta. Por eso no nos interesa aquí adular ni reverenciar a las masas envilecidas.

Y es en este punto, en el que tampoco la poesía es inocente. Y, en algunos casos, la poesía empieza a tomar partido por la libertad y la justicia, por la justicia y por la paz; y empieza a hacerse carne para recorrer las plazas y las calles con nosotros, algunas veces inclinándose por la belleza y otras solo por el pan, pero por ese pan que representará también la posibilidad de erigirnos como seres humanos libres en un mundo cada vez más monstruoso, contrahecho y opresivo; ya sin Diógenes y sin linternas desplazándose en un tiempo en el que a nadie le interesa buscar hombres entre esclavos.

Y si alguien puede hacer ese poema que aún no ha sido escrito, sus versos deben fluir como luces de colores, como auroras que relucirán hasta en las noches más oscuras para rescatarnos del horror; y construir así un horizonte áureo, esperanzador en un espacio aciago en el que ya no hay nada qué mirar, en el que ya no hay nada que observar, para terminar deslumbrándonos ante aquella visión exultante, radiante como ante aquel fresco barroco, en el que el éxtasis se presenta como una ascensión interminable hacia los cielos.

Y tal vez solo por ello resulta importante que la poesía ‒y no la posería‒ se encuentre con ese deleuziano punto de fuga. Un eje que como un largo camino se perfile hacia la sumatoria de actitudes, de voluntades y de fuerzas. Sin importar si se juntan diez, cien o mil poetas; pues lo único importante aquí  es que se vayan sumando voces hasta constituir con estas sumas, un gran canon que mariateguianamente nos haga cantar por el pan y la belleza, por la belleza y la libertad. Entonces… la poesía se hace carne y habita entre nosotros, se revela para marchar con las multitudes, para cantar sus palabras reluciendo como el “A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu” de las vocales rimbaudianas[1].

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“Diógenes sentado en su tonel” (1860). Jean-Léon Gérôme

Es por ello, que, a veces, la condición del poeta no es la condición del poeta; sobre todo si esta empieza con el mundo y termina enclaustrada en el interior de sí misma. Y si aceptamos wittgensteinianamente que los límites del lenguaje son los límites del mundo. Estos límites se hacen cada vez más descarnados en los “señores de la palabra”, que por lo general nunca son los señores de la acción; pues permanecen enclaustrados en sus “torres de alucinados” (Romualdo), en sus burbujas o cápsulas que los van justificando solo como pendejos que se imaginan iluminados, ensimismados y flotando sobre los demás, colmados en sus egos estúpidos de pobrecitos que solo quieren hacerse ver para finalmente sentir que existen.

Y es en ese punto en el que la poesía se encuentra más allá de la poesía, en el que los recitales no están solo en los recitales, sino lejos de ellos. O quizá mejor, esta se encuentra en los ecos de ese fantasma que supuestamente “recorre el mundo” (Marx) y que por ahora nadie puede ver; ordenándose en una posibilidad hallada en lo invisible, en lo desdeñado, en lo marginal, en lo que solo puede ser escuchado cuando los  excluidos, los marginados, los condenados, los olvidados suman sus pequeñas voces, con otras igual de pequeñas, para ir agregándose así al canon continuo de los desposeídos, al coro polifónico de esta parte desfavorecida del mundo, y que finalmente aspira a arribar a un tiempo y un espacio en el que no haya amos ni esclavos; desligados de aquella pulsión hedonista en la que únicamente nos hayamos enfrentados a los fantasmas de nuestras propias caídas, de nuestros propios miedos y fracasos.

Así, a veces las voces se propagan desde un punto pero teniendo su “centro” emocional en otro; y es en aquella dislocación de su sentido, en la fractura de su esencia, en la que emerge su fatalidad y vitalidad al mismo tiempo. Y nos interpelamos vallejianamente: “¡Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra!”, para enfrentar aquella destrucción o desestructuración del mundo, como un mantra que de tanto repetirse nos va adormeciendo haciéndonos indolentes, adormeciéndonos como las seriadas bombas atómicas de Warhol, que, así dispuestas, hasta podrían parecernos encantadoras.

De ahí que, si “la poesía es un relámpago maravilloso” (Javier Heraud) quizá debamos tratar de iluminar nuestro camino, e iluminar de paso el de los nuestros, frente a la interminable extensión de la larga noche de los más de 500 años (Sub. Marcos), de los cientos de años de insatisfacción, de olvido y de carencias frente a los embates de la explotación, la desolación, la dominación y el canibalismo en un mundo, con todas las voces todas haciéndose una para clamar al unísono por la libertad y la justicia, por la justicia y por la paz… para finalmente eclosionar y decir, como pudo haberlo dicho Túpac Katari o quizá Eva Perón, en esa invocación de corte cuasi demoníaco y terrible de mi nombre es legión: “volveré y seré millones”, millones esparciéndonos y diseminándonos en todas las escalas de rebeldía del planeta, en todas las ansias de rebelión que ahora empieza a resurgir en el mundo.

Y quizá solo sea en este pequeño detalle en el que reside el valor de los que se suman, de los que se unen y se unirán apostando por la paz, por el cambio… Y no importa si son solo diez, o cien o mil o un millón, o si caen y vuelen a levantarse en el intento; lo importante es que sean, que solo sean… y que sumen sus voces con la de los demás habitantes de los otros lados negados del mundo, para que así, como lo pudo haber dicho el divino Choquehuanca, con el paso de los siglos crezca nuestra gloria, como crecen las sombras cuando el sol declina. Salud por los cien… por los mil poetas por el cambio, por los que murieron y siguen viviendo, y por los que siempre vienen y revendrán[2].

Fernando Cassamar

Nota:

[1] “A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales”.

[2] Texto-memoria del encuentro “Poesía y música para promover la paz, la sostenibilidad y el cambio social en el mundo”. Lima, 24 de noviembre del 2015.

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Breve historia de los orígenes del Movimiento Kloaka

Testimonio de  Roger Santiváñez

1

CERCADO, restaurant Wony, mediodía del 30 de agosto de 1982 ─Santa Rosa de Lima─ dos jóvenes poetas conversan animadamente. Ellos son Mariela Dreyfus y Roger Santiváñez ─quien redacta este documento. Hay que romper con todo –sostiene Mariela y yo estoy de acuerdo. Una extraña coincidencia nos ha reunido en el Wony, después de vagabundear por las intrincadas calles del centro de Lima. Hemos decidido fundar el Movimiento Kloaka. Sentimos la necesidad de manifestarnos como artistas contra una sociedad con la que no estamos de acuerdo. Pensamos –siguiendo a Rimbaud─ que la verdadera vida está en otra parte. Es decir, no en el ambiente convencional que nos rodea, sino oculta, bajo tierra, underground. En los subterráneos –en las cloacas─, allí es donde fluye la auténtica dimensión de la humanidad, como reflexiona el personaje de Sábato en Sobre héroes y tumbas mientras dura su errático rumbo por debajo de la ciudad de Buenos Aires.

La ciudad obsede nuestras mentes. Y la vida real y sencilla de las gentes, no la mascarada social hipócrita que nos muestra la maquillada televisión.  El sistema está podrido –consideramos─,  es una cloaca. Campean la explotación económica, el desprecio social y la discriminación racial contra las masas de trabajadores. Toda la sociedad en su conjunto está envilecida por el capitalismo. Nos negamos a participar en ese infernal mercado de almas humanas. Sabemos que hay un resquicio de inocencia en el pueblo peruano y hacia él nos dirigimos. Asumimos una actitud de vanguardia –desde el surrealismo hasta el movimiento hippie─, reconocemos el componente étnico de nuestro ser: nos declaramos Andes-ground, recogemos el fonema /kj/ del idioma quechua: somos entonces el Movimiento Kloaka.

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Decidimos invitar a dos jóvenes escritores que –creemos nosotros─ captarían el mensaje que queremos proponer: el poeta Guillermo Gutiérrez Lyma y el narrador Edián Novoa; ambos estudiantes de Literatura de la Universidad de San Marcos, donde nosotros también estudiamos. Queda así conformado el núcleo central primigenio del Movimiento Kloaka. A partir de ese instante nos entregamos a largas sesiones –a la manera de los beatniks─ en las que cada uno de nosotros –en un símil catártico del psicoanálisis─ habla ininterrumpidamente desde los meandros más recónditos de su experiencia personal y la historia de su vida. Esto produce una extraordinaria cohesión interna entre los cuatro miembros del core inicial. Celebramos nuestra impecable fusión con una rociada visita al bar La Llegada y –en medio de un bosque de botellas de cerveza─ nos fugamos sin cancelar la cuenta, tan solo por asumir un riesgo contraviniendo las reglas de la moral establecida, y –de paso─ cumplir la consigna propuesta por un verso de Enrique Verástegui, en su libro En los extramuros del mundo.

Foto Movimiento Kloaka

Históricos integrantes del grupo Kloaka en El Agustino (1982). De izquierda a derecha: Mary Soto, Domingo de Ramos, José Velarde, Róger Santiváñez, Mariela Dreyfus, Edián Novoa y Guillermo Gutiérrez.

POCO después se integran al Movimiento José Alberto Velarde, poeta de raíces aimaras, estudiante de psicología en la Universidad Garcilaso de la Vega, con quien tomé contacto de casualidad en un concierto de Alfredo Zitarrosa, en el Campo de Marte en Lima. Pepe Velarde tenía tras de sí una interesante historia de militante izquierdista en Buenos Aires y caminante en autostop por Bolivia y el Brasil. Velarde trajo al Movimiento Kloaka los textos libertarios de los anti-psiquitras, principalmente la Gramática de la vida de David Cooper y fue el fundamental adalid de lo que él llamaba las Bases ideológicas del Movimiento. Domingo de Ramos, ex-militante del Partido Comunista Revolucionario, a quien yo conocía de vista por haberlo visto con uniforme único y su brazalete rojo en las asambleas de apoyo a la famosa huelga del SUTEP en 1979; fue presentado al Movimiento por Mariela Dreyfus: ella era asistente de prácticas en un curso de Metodología en el programa de Ciencias Sociales de San Marcos, donde Domingo estudiaba. El pintor Carlos Enrique Polanco, a quien conocí en una fiesta habida en el taller de artistas plásticos Huayco, se integró gustoso ante mi invitación, debido a que –según me lo expresó─  Kloaka significaba para él la ciudad. Finalmente se sumaron Mary Soto, ex-militante del PCR-Trinchera Roja, quien canalizó su –hasta entonces─ reprimida vocación poética integrándose espontáneamente al Movimiento mientras nos reuníamos en una mesa del restaurant Wony. Y Julio Heredia, poeta que yo conocía desde los días del grupo La Sagrada Familia y –a la sazón─ periodista de la revista Gente, se plegó inmediatamente después de entrevistarnos –con gran despliegue─ para el medio en el que trabajaba.

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Roger Santiváñez (2014)

DECIDIMOS entonces realizar nuestra primera presentación pública en el bar La Catedral de la Plaza Unión. Hasta allí llego la banda de rock y chicha Durazno Sangrando, conformada por Rodrigo Quijano, Fernando Bryce (actualmente renombrado artista plástico), Octavio Susti y Daniel Brodiano. Presentamos pintura de Polanco y también tocó una banda integrada por músicos –en ese instante─ proto-subtes: Toño Infantes y Toño Arias  de Temporal y Raúl Montañez (quien después conformaría Leuzemia) con Edgar Barraza, el legendario Kilowat. Los poetas leímos poesía y manifiestos, y cerramos la noche con una fiesta improvisada entre las chicas lindas de la Universidad Católica que asistieron al recital mezcladas con avezados lúmpenes de la zona, asiduos parroquianos del mencionado bar que nombra una de las más conocidas novelas de Vargas Llosa: Conversación en la Catedral.

El Movimiento Kloaka realizó una intensa actividad de agitación en Universidades y barrios de Lima. Congregó la atención de simpatizantes en Lince: Gino Ravina, Cali Flores y su banda de rock Medias sucias, Los poetas Bruno Mendizábal en San Felipe-Jesús María, David Pillman en el Rímac, Rafael Dávila-Franco en Barranco, el pintor Roberto “Caballo” Cuenca. La banda de rock-fusión Del pueblo –Piero Bustos, Ricardo Silva, Jorge “Negro” Acosta,  Alfredo “Gallo” Calvo, Yolo Flores, Toño Lértora─ que acompañó a Kloaka en sus presentaciones en el Auditorio Miraflores. Y Rodrigo Quijano, Tatiana Berger, Mario Wong, Frido Martin, así como José Antonio Mazzotti y Dalmacia Ruiz Rosas, quienes actuaron como aliados principales del Movimiento.

Collingswood, orillas del río Cooper, sur de New Jersey.

Roger Santiváñez

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Ciudad Paraíso

UN POEMA DE FERNANDO CASSAMAR Y EL PRIMER ANIVERSARIO DE LABERINTOS SUBURBANOS

Al alcanzar el primer año, queríamos asumir este espacio como un lugar de conflusión, como punto de encuentro y eje de participación y congregación plena, en el que se albergue la integralidad de puntos de vista, de miradas y de voces minoritarias, disidentes, subterráneas y subalternas, que como alter realidades, se presenten emergiendo desde los márgenes, fisuras e intersticios de la ciudad oficial. Y es en este punto en el que la imagen central o protagónica de Laberintos suburbanos −imagen muchas veces cuestionada debido a lo que representa−, se presenta como la metáfora efectiva de una postal histórica-imaginaria, desde la que se va armando, a manera de rompecabezas, el relato de las múltiples miradas de deseo, desprecio y resentimiento hacia “Babilonia la grande”, pero vista o asediada desde sus márgenes, desde el ansia talibanesca de un observador oculto, que observa alucinado y enloquecido la ciudad, pero solo para devastarla.

En ese contexto, la imagen de la ciudad añorada, es vista desde suburbia. Y es desde esa idea o imagen-símbolo, desde la que podemos entender el punto de partida y de llegada de Laberintos suburbanos. Un itinerario manifiesto desde una aspiración localista, pero determinada por una ambición cosmopolita: la de abordar ciudades en abstracto, hasta hacerlas a todas una, pero vistas o visitadas desde sus sedimentos, desde sus fragmentos, desde sus cinturones e ínsulas, hasta abarcar y comprender todas sus manifestaciones culturales, subculturales y contraculturales, incidiendo en una antropología del “no-lugar” (Augé), para construir desde allí, un espacio-plataforma de abordaje y enfrentamiento crítico de la urbe.

Así, dentro de esa noción de “Aniversario y balance”, aquella idea de una metrópoli caníbal, que va devorando en su sobreextensión a otras ciudades pequeñas y periféricas hasta hacerlas una, dentro de ella, se presenta también como un proceso lineal de modernización y progreso, que parte de ciudades planificadas que surgen y se extienden hasta convertirse en megalópolis monstruosas y colapsadas que van arrasando todo a su paso. Pero leídas de manera historicista, con un principio ubicado en un momento fundacional y fabuloso, que como cantar de gesta narra el nacimiento,  construcción u origen de una ciudad.

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“Peace & Love” (2004). Fernando Cassamar. De la serie El poder es ilusión.

Tal vez por ello, para ir a contracorriente, quizá sea mejor comenzar esta “historia” no por el principio, sino por el final; y apuntar a ese lado apocalíptico de las ciudades, reivindicando nuestra pulsión o debilidad por los márgenes, por lo ubicado más allá de lo establecido, que, por añadidura, nos ubica en el actual contexto de efervescencia y ebullición de las luchas sociales; en un proceso derridariano de deconstrucción y diseminación de protagonismos, en el que se apela a fundamentos nuevos, pero que reconstruyan lo social, desde lo múltiple. Por lo que, siguiendo con esa suerte de “oasis poético” pensado para nuestro mes de aniversario, decidimos publicar “Ciudad Paraíso”, poema del escritor y artista visual peruano Fernando Cassamar, texto que nos acerca a esa noción de “ciudad muerta” −que dentro de nuestra tradición literaria nos podría remitir a la figura de Abraham Valdelomar−, pero que es abordada aquí desde una referencia distinta, asociada a la idea de la destrucción o desvanecimiento de una ciudad cosmopolita, violenta y posmoderna.

En este punto, la idea de paraíso podría definir un estadio ambivalente que tiende entre lo ideal, ligado a la perfección y la bienaventuranza como fin en sí, y lo escatológico marcado por el asedio de la muerte o de lo ubicado más allá de la muerte. Por lo que es tal vez, desde esa idea de empezar por el fin o por la destrucción final, que nuestro autor inicia citando la frase con la que Don Delillo termina una de sus novelas: “The dead city photographed one more time”, para ubicarnos en esta suerte de contrahistoria narrativa y visual cuasi apocalíptica, en la que las aspiraciones de los hombres y la violencia de los Estados transitan o migran de un lugar a otro, de una ciudad a otra. Descritos en versos que tiene por esencia aglutinar conceptualmente esos dos márgenes que nos representan el horror: la idea del viaje como salvación y muerte. (LS).

***

Ciudad Paraíso

 

 

                                                                       La ciudad muerta
                                                             es fotografiada otra vez.
                                                                                    Don Dellilo

 

 

Washington – Nueva York – Washington

Washington – Kabul – Washington

 

Un viaje es un tránsito entre dos puntos

La traslación plena

entre dos planos hemisféricos

que se atraen,

que se repelen

o quizá solo uno de ellos

Como péndulos equidistantes

que en algún momento han de cruzarse

para estallar.

 

Washington – Bagdad – Washington

Washington – El Cairo  – Washington

 

Tal vez por ello

Quizá debamos plantear el viaje

como un vuelo hacia los sueños…

Como el ansiado punto de partida

desde la nada hacia la existencia

desde la nulidad hacia la subsistencia.

……………………………………………..

Pero el prisionero de la tierra solo sueña

dibujando en un mapa imaginario

las múltiples rutas de escapes imposibles

que como trazos alucinados marcan

los ansiados puntos de fuga hacia la ciudad libre.

 

Washington – Al-Djofra  – Washington

Washington – Damasco  – Washington

 

La hora de partir ha llegado

Y el viajero solo espera ser

la evidencia del ser tocado por la ventura

en su éxodo soñado desde la nulidad hacia la fortuna.

 

Pero un avión no significa ese tránsito

Un avión nunca puede significar este tránsito.

Ni siquiera ser la traslación plena entre dos puntos

que se atraen

que se repelen

embarcados en un tránsito vesperal

hacia un futuro que se espera siempre será mejor.

…Y estallamos…

Estallamos

como cuando pretendemos detenernos

en medio de las estrellas.

Acariciando el cielo

como destellos reluciendo

entre los espectros de la inmolación y de la muerte

entre los espectros de la inmolación y la muerte.

 

Washington – Teherán  – Washington

Washington – Mosul – Washington

 

La lluvia arremete nuevamente desde el cielo plomo

dibujando con sus setas luminosas

las estrellas que descienden desde el horizonte

como luciérnagas refulgentes

calcinando la inocencia ante nuestros ojos frágiles

deshidratándonos

desangrándonos en cada calle

en cada esquina

en cada paso de la ciudad repleta

en cada punto de la ciudad ardiente

en cada vértice de la ciudad perdida…

Pero en el imperio del horror

hasta los sueños se transforman en armas…

Y desplegamos nuestros brazos frágiles hacia el horizonte

pero las pesadillas despegan con nosotros…

 

Washington – El vacío – Washington

Washington – La nada – Washington

 

El largo camino desde el horror a la redención

ha terminado

El pasaje entre la vida y la muerte se ha cerrado.

Adiós…

me asfixio…

Ahora ya he tocado fondo.

 

                                                                     

                                      Fernando Cassamar (2004)

 

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Lima caníbal

Un poema de Julio Trino Blanca Vergara y el primer aniversario de Laberintos suburbanos

La travesía de Laberintos suburbanos empezó hace un año -un 2 de marzo del 2015-, como un intento de inserción a-estética en el informe espacio de todo lo despreciado, lo banal, lo críptico y contaminado. Desde el principio quisimos plantear la idea de viaje como referente de circulación y lectura, en el que cada texto funcionase como una estación o punto de parada y de partida en un intenso, extenso y aleatorio desplazamiento cíclico, a la manera de un metro subterráneo o un mototaxi  suburbial, que obedece a una retórica incidental, insurrecta y errática; desplazándose por los márgenes, límites e intersticios de la ciudad. Una ciudad igualmente codiciada y despreciada, como una urbe formal, pero marcada o asediada por la ilegalidad de sus intersticios y márgenes.

En este punto, desde su planificado nomadismo, Laberintos suburbanos ha querido ser un espacio-plataforma de abordaje crítico, entorno a visiones enfrentadas de la ciudad y sus culturas y subculturas. Con miradas emergiendo desde sus fisuras, fronteras y extremos metropolitanos, reclamando para sí, el abordaje de materias minoritarias, ocultadas, transgresoras, subalternas, subterráneas, intersticiales, aleatorias, inestables, proteicas y marginales, para intentar mostrarlas, ventilarlas e historiarlas desde aquella noción de apertura hacia la multiplicidad y la diferencia. En un espectro en el que la que la mirada alcanza un papel fundamental y constructor, primero, pese a que el objetivo −visto en nuestro manifiesto-exposición de motivos− es abordar, desde las referencias de nuestra especificidad local, el problema global, ligado a los márgenes de esa mundialidad política, económica, cultural, psicológica y antropológica de las sociedades en tránsito. Y luego, por el hecho de ser un espacio de reflexión y de trabajo, desde su pulsión nómada, ser una plataforma que funcione, al menos aspiracionalmente, como observatorio de experimentación, pero de efectos colaterales en otros campos del activismo, artivismo y confrontación social.

Saturno

“Saturno devorando a uno de sus hijos” (1636). Peter Paul Rubens.

Por ello, al arribar a este caluroso mes de marzo, en el que Laberintos suburbanos alcanza su primer año, hemos querido hacer una suerte de “oasis poético”, publicando un texto que tiene como sujeto protagónico a la capital peruana. Lima caníbal, poema del escritor español Julio Trino Blanca Vergara, que parece estar atrapado entre dos tiempos: el pasado y el presente, en esa suerte de culturalismo barroco, o de neobarroco imbuido en referentes “industriales”. Dándole a estos desenfadados versos, ese matiz o sonoridad antigua, inacabada y posmoderna, al mismo tiempo, hasta concretar la imagen característica de la Lima actual.

De hecho, esto nos lleva a reconsiderar aquella larga tradición representacional limeña, dentro de lo poético. Una línea que podría remontarse al siglo XVIII, con Pedro de Peralta Barnuevo, célebre autor criollo de “Lima fundada”, “Júbilos de Lima” o “Lima triunfante”, iniciador de versos que terminaron de definir aquella arcádica y celebrada imagen de la capital peruana. Una ciudad de pasado glorioso, cuyo culto colonial, hispanófilo y pasatista, emocionalmente se extenderá hasta aquella mención iconoclasta que hiciera en uno de sus “fechados”, el poeta César Moro: “Lima la horrible”, frase que será tomada como bandera por Sebastián Salazar Bondy, en su proclama o discurso “desembrujante”, “exhorcizante” y renovador de la Lima contemporánea. (LS).

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Lima caníbal

 

(La casona herida de adobe se cae

En habitaciones desnutridas technicolor:

Atornilla las hojas de metálico flúor

Al furor del poeta vidente.)

 

Polifémica hirsuta, de filamentos y huecos,

Con cadenas en el desierto,

Bestial, acuclillada;

Virreinada analmente.

 

De fierro coronada y encarnada,

Sin salida conocida,

Traga calima junto los jugos,

Y, vaporosa de fog, susurra smog.

 

Clítoris estriado en forma de avenidas.

La combi de los durmientes cabizbajos,

Cerdos atados, en la noche, en una cuneta.

Sed de arena, odres con ropa de mestizo…

 

Urólogos, haraganes, colegialas,

Especuladores, tullidos, criollos,

Peke- Pekeros, emolienteros,

Algún que otro inocente….

 

Saturno devorando a sus insomnes hijos

E Ícaro inconcluso sobre la espalda;

Hastiada por las bridas del Regreso,

Teje cabellera interna del útero bicolor.

 

Y cuando la caminan con una fantástica melopea,

La noche moja su fuego

Y tzantzea por detrás, con rudeza,

Con signos arcanos grabados de frente.

 

¡Lima Caníbal!

 

No sabe que no sobrevivió a Majdanek,

Sí de sus pechos horadados por invasiones comuneras.

Gallos de campesinos alienados

Despiertan a las mujeres de ojos morados.

 

Atrapado en tu briquet industrial,

Me revelas la fibra del bronce- prócer,

Naipes abandonados en la acera

Y la decadencia del futuro.

 

(Lluvia ácida sobre mi ceviche siempre

Hielo en la aorta y ausencia de mar:

Introducido en tu sexo distópico

Veo comedias en un sótano húmedo.)

 

                                  Julio Trino Blanca Vergara

 

 

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