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El tractatus distópico y poético del adiós verasteguiano

Fernando Cassamar

***

***

Me da pánico, tengo miedo del tránsito
pero sí acepto la vida después de la vida
 sin miedo, no sé qué me suscita pensarlo.
Enrique verástegui (1 Jul 2018)

 

No hay un lugar en el mundo en el que se pueda escapar de las matemáticas ni de la poesía, decía el filósofo astrofísico Anton Sorokow, y quizá no podía ser de otra manera, sobre todo porque allí afuera nos quedaba el universo con sus estrellas y constelaciones, además del cielo con sus astros, estrellas novas y agujeros negros. Pero al cerrar los ojos podíamos ver el fin de la razón como oscuridad, salida o escape hacia la nada, como un punto de fuga hacia el vacío, a la manera de Esenin o de Maiakovski, pero tal vez también a la manera de August Strindberg, de Robert Walser, de Martín Adán, de Juan Ramírez Ruiz, de Enrique Verástegui[1] y de tantos otros. Como todos los que en aquella época, a la manera de Leonard Cohen, teníamos una voz, pero como Henry Fiol aún buscábamos la melodía, esa melodía desencadenada que se propagara por los cuatro puntos cardinales del mundo, pero también hacia arriba, siempre arriba como solemos decir de Jorge Chávez, hacia ese cielo no siempre azul y casi siempre gris de Lima… en pos del escape perfecto, de ese escape soñado por Harry Houdini.

Pero también buscábamos una ecuación, aquella ecuación que nos indicara el balance perfecto entre lo material y lo inmaterial, quizá como el espacio del más allá, pero también como algo más profundo entre la distención psicodélica del tiempo y el Zabriskie Point antogniano del espacio; entre las abscisas y las coordenadas cartesianas que nos ubicaban en un punto del plano del calvario, con nuestro cuerpo astral desbordando lo físico para dirigirse hacia las esferas superiores del Edén; o hurgando, como quería Aldous Huxley, en las áfricas y tierras vírgenes de la mente, traspasando las puertas de la percepción. Y en pos de todo ello habíamos modelado, armonizado, poetizado, deformado el espacio de nuestra percepción, para asumir ese kantiano sujeto trascendental, solo para recalar en la escalera de Wittgenstein, y así no caer… como aquella suma de fieles yacentes en los campos del exterminio auschwitzsiano.

Y te oímos decir que en uno de tus poemas habías refutado el Tractatus Logico-Philosophicus… y eso no nos pareció lógico, porque la poesía aún no es una ciencia exacta, como la lógica, como los principios matemáticos o la astrofísica. Pero qué se podía esperar en esos días, en los que tus análisis de la poesía e Introducción a la Cienciasofía nos decían muchos de los arcanos negados de aquella alterrealidad oculta e irresuelta. Entre la fragancia de esos documentos supuestamente rescatados de los archivos de la Orden Hermética, como parte de la Sociedad para la Liberación de las Rosas.

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De Izquierda a derecha: Juan Ramírez Ruiz, Jorge Pimentel y Enrique Veraztegui

Entonces asumimos el principio de realidad a partir de la Navaja de Ockham, como postulado para la ce(n)sura de la razón, entendiendo, como nos había enseñado Martín Adán, que la rosa que amábamos era la del prudente, la de sí misma, al aire de este mundo, agobiada en este país en el que la poesía ladra, suda orina, “frecuenta los burdeles / escribe cantos silba danza mientras se mira”, y tu cuchillo se apresta a descuartizar el otoño. Mientras recuerdo aquella historia en la que tú estás en esa combi, en la que le enseñas tu nombre que está inscripto en uno de tus libros al cobrador para no pagarle el pasaje y este no lo hizo. Todos sabemos también que ya entonces la vida no era dulce para nadie, que eran otros tiempos para todos; y no interesaba nada, porque la poesía urbana empezaba a heder a campanitas de cristal y a agua de lavanda.

Durante mi adolescencia obtuve un ejemplar de tu Leonardo, que compré durante esas tardes y noches ebrias, en las que entré al Shakespeare & Co. sobre uno de los márgenes del río Rímac, que no era el Sena, ni se le parecía, cerca de una de esas calles del centro, en la que solía también comprar las revistas y casetes de Musicalia, para escuchar a Bach, Albinoni o Rachmaninov. Eran tiempos en los que escribir no implicaba meditar y esto tampoco era comprometer las “manos, / y papel, máquina de flores en el curso de las cosas, no / disponerse a modelar lo espontáneo hacia un objetivo preciso. / Escribir de lo que se es como de lo que uno realiza es el proyecto de toda vida” (Leonardo – Verastegui).

Luego están los episodios sanmarquinos, en los que Zelada me enseñó tu Angelus Novus, para hablar de tus poemas, como antes lo había hecho con Habermas o con Bataille. Pero yo ya no soportaba la poesía, prefería la filosofía y estaba más interesado en el Angelus Novus de Paul Klee, articulado en el “ángel de la historia” benjaminiano. Pues los noventas eran tiempos de guerra, tiempos de distopía que se parecían a tus experiencias con mayo del 68 y tus lecturas de Marcuse que interpretaba la industria como una flor carnívora y te preguntabas: “¿Podemos tocar entonces el tema de una mente / liberándose de su pasado si no utilizar la metáfora inservible del otoño”, en esos tiempos en los que como en los nuestros, la desesperación y la náusea se apoderaban de Lima y del país, para degradarlo en el horror de tener que enfrentar lo no (po)ético, noético y noemático husserliano.

Las vanguardias están envejeciendo, y muchos se están yendo. Y pese a todo, fenomenológicamente algunos pudimos sobrevivir, resistir pese a que la podredumbre fujimorista nos venía robando la patria, el país y el futuro, enmierdando nuestros días y meses, años y lustros, como antes, como ahora, como siempre. Y no obstante ello, no nos fuimos, continuamos en este lugar que percibíamos como una cadena de acontecimientos trágicos, como en Hiroshima, Nagasaki, Mile Island o Chernobil o Barrios Altos, mientras el ángel nuevo de la historia observaba aquella “catástrofe única que se amontonaba ruina sobre ruina” en este país que empezaba a regatearnos toda la esperanza; pues como decía Benjamin: “Bien quisiera él [ángel nuevo o el ángel de la historia] detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas” para escapar.

Portada-de-En-los-extramuros-del-mundo-de-Enrique-Verastegui-Caja-negra-2012Entonces llegó el tiempo en el que nadie pudo conseguir huir, tal vez porque ya se nos  había acabado las armas o tal vez solo los poemas. Pero, no obstante, había algunos que aún elegían la poesía, o tal vez la poesía los elegía a ellos ¿Cómo saberlo? Pues la historia de este país también tenía sus oasis contrafácticos, con sus archipiélagos de contrahistorias, pesadillas, ucronías y algunas cosas más que fueron ascendiendo desde los infiernos. Y como tú decías, “El empirista y el pragmatista dirán que un poema / sale extraño si el azufre es la carne de todos los días. /  Que un poema, si el papel que se emplea no es mucho, / no tiene más versos que una dulce pérdida de tiempo…”

Por ello, casi de casualidad, a fines de los noventas, recalé en el salón de grados de la Facultad de Derecho de San Marcos, donde estaban casi todos los de tu generación; y escuché a José Watanabe, a Carmen Ollé, a Jorge Pimentel y escuché también a “Giordano Bruno”, el que había vivido sabiendo que “Toda época está / en retroceso y todo presente es pasado devorado / en el futuro y aquel 17 de febrero de 1600 / Giordano Bruno, poeta, / loco y filósofo que en la duda encontró su verdad”, el que nació para todos, como tú Enrique también lo habías hecho aquel día, y los demás que vinieron sucediéndose hasta convertirte en el personaje entrañable que deambulaba balbuceando frases iniciáticas hasta perderse.

Tal vez porque no se le debe pedir mucho a la vida, o quizá porque no puede poetizarse el infierno sin salir ileso, o explorar en torno a una verdad reservada a los dioses, es que el castigo se va transformando en locura, en deterioro mental que no siempre deviene en manuscritos proféticos; como en Nietzsche, como en Strindberg, como en Maupassant, como en Van Gogh, como en Attila Josef, como en Juan Ramírez Ruiz el grande, o como en ti Enrique, poeta, ensayista, filósofo, gnóstico, cuentista, novelista, dramaturgo, guionista, músico, acuarelista, físico, lógico, matemático, cienciósofo y sobre todo iluminado, pero no como ese otro Sócrates el loco, del que hablaba Platón, sino como el insano lúcido, como el perro celestial de Cioran, el que buscaba al hombre con su linterna a plena luz del sol, y que buscó con esa furia que luego heredará Aguirre, el azote de Dios al buscar el Dorado, pero con mucho más cinismo y menos idealismo.

Luego de ello nos encontraríamos en las páginas de Identidades, como lugar no-lugar compartido, y nos conocimos o quizá reconocimos, pues mientras imaginaba por qué pensabas que era arquitecto, pues lo sugeriste varias veces, terminé convenciéndome de que era yo el historiador de ciudades y no el filósofo astrofísico que pergeñaba versos. Y, desde luego, aquellos días el silencio del Presbítero era la imagen gélida de las identidades proteicas de Lima enferma como su historia y sus poetas. Esa ciudad gris que hiede a orines, a smog y a resentimiento. Hasta aquella noche que en uno de los recitales del Yacana, en la solías pedir a Migliaro cigarro y cervezas para dos, mientras leías y hablábamos de El modelo del teorema o de El principio de no-ser. No había nada onticidad ni de glorioso en embriagarse para hablar de la exactitud o la no exactitud del cosmos, pero eso era lo que menos importaba. La sabiduría y el delirio pueden conjugarse también como ese aparato mecanicista que compromete una episteme diferente que diluye literatura, filosofía y ciencia, además de la opción por la vida que se traduce en  muerte.

Como el místico budista Thich Quang Duc, que en protesta contra las persecuciones de los suyos decidió inmolarse, y se mantuvo inmóvil, sereno, sin emitir señal de dolor alguno mientras su cuerpo era consumido por las llamas; como Calcuchímac, guerrero inca que tras negarse a ser bautizado por los españoles, en nombre de un dios en el que no creía, entró voluntariamente a la hoguera para ser quemado vivo, sin tampoco emitir un signo de dolor; o como Giordano Bruno, aquel ateo impío corrompido, excomulgado y condenado a las llamas del infinito.., condenado a ser “castigado / con la mayor dulzura posible y sin efusión / de sangre, sine ulla sanguinis effusione” / que en maligna lengua eufemista represiva / y clasicista dictaminaban los inquisidores de siempre / morir quemado vivo / y entonces Bruno replica / ya bellísimo su alto testamento: “más os intimida / pronunciar mi sentencia a vosotros / que a mí el oírla” / y entró sereno en la brasa / lúcido entre las ávidas llamas” (Verástegui). Y cuando la muerte llega, ante el hecho consumado, como decía Watanabe, “Nosotros [tampoco] le debemos negar la posibilidad de una palabra / de agradecimiento” Enrique.

Y en ese trance, algunos poetas amigos empezaron a irse, como se fue Juan Ramírez Ruiz, como se fue Ricardo Quezada, como lo hizo José Pancorvo, y como ahora lo hiciste tú, el escritor que quiso hacer de la poesía una ciencia exacta, el matemático que terminó por irracionalizar todos los números, y el físico que derivó a la metafísica para convertirse en un místico sin capilla y sin cruz, como un anacoreta que prefirió habitar los extramuros del mundo, redescubriendo ―en ese trance―, las taras morales, políticas, psicológicas, sociales y religiosas del Perú y con ello las del mundo. Sabiendo que el ladrón de rosas jamás tomará partido por aquella Sociedad que ahora fenece, ni para liberarlas, ni para ponerlas en un florero. Y eso se lo recordaré a todos, yo, Anton Sorakow, nacido en la Siberia y reencarnado miles de veces para arribar hasta esta esquina del mundo, en un tiempo y espacio recobrado.

Y finalmente sabremos otra vez, como antes y como siempre, que no se puede morder de la manzana del árbol de la sabiduría sin terminar perdiendo la razón. Debiste saberlo cuando aún transitabas por los infiernos tropicales de este globo celeste, y quizá lo recordaste ese 27 de julio aciago del 2018, cuando la patria nos empezaba a centellar por dentro, cuando tu voz de profeta apocalíptico te había abandonado desde hacía mucho. Porque ya nadie podrá volver a expirar el final como lo hiciera Hamlet: “The rest is silence”, pues ahora nuestro país es un planeta que delira como esos seres arrastrándose en las en las islas Ballestas, cuyos gritos y gruñidos parecen los gritos de miles de personas ante el dolor final del calvario reinventado en el mundo moderno. Por ello nunca más tendrás miedo, pues te ha tocado internarte ya, sereno entre las brasas, lúcido entre las ávidas llamas, esbozándonos tu inesperado adiós… para siempre.

 

Infierno en Lima, Agosto 12 del 2018

 

Fernando Cassamar

 

Notas

[1] Enrique Verástegui, uno de los poetas más importantes de la literatura en lengua castellana contemporánea, falleció el viernes 27 de julio en Lima, a los 68 años de edad.

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Oda a la revolución

UN POEMA DE FERNANDO CASSAMAR EN EL MES DE ANIVERSARIO DE LABERINTOS SUBURBANOS 

*

La travesía de Laberintos suburbanos empezó el 2 de marzo del 2015, como una apuesta en pos de una ilustración alternativa, cuya razón luz, desde el principio optara por una suerte de visión tubular, visión que tuviese como analogía la noción de un centro negro, cuyos márgenes iluminados, inmaculados, van abriendo la posibilidad de detenernos en lo poco visible, como acción de descentramiento de los focos de atención en exfocos, en excentros que permitan el desocultamiento de lo minoritario, de lo marginal, de lo excluido, para abarcar así todas las variables posibles y pasibles de ser relatadas, enunciadas e historiadas, como apertura hacia multiplicidades y diferencias nuevas o simplemente nunca antes vistas, ya sean políticas, antropológicas, sociales, sexuales, sub o paraculturales, insertas en un espectro en el que lo que se desea iluminar no sea lo ya racionalizado, sino lo irracional, lo oscuro, apuntando a aquello que de alguna manera podríamos identificar como antimainstream, pero que no solo se detenga en lo contracultural, sino que en su espacio abarque también lo bizarro, lo monstruoso, lo escabroso y amoral.

Muchas veces hemos errado y otras pocas acertado en este sentido, pero en nuestro descargo diremos que, pese a que nuestro objetivo −visto en el manifiesto-exposición de motivos− ha sido abordar los problema ligados a los márgenes de esa mundialidad política, económica, cultural, psicológica, ideológica y antropológica de las sociedades en tránsito, el tema resulta aún difícil, y entendemos que los fines relacionados a la asunción de una estética del no, asociados a un nomanismo no solo geográfico sino también óntico, como mecanismo de búsqueda aspiracional de todo lo encubierto o negado, haga funcionar este espacio como un observatorio de experimentación y de experiencias marginales y múltiples, pero de efectos colaterales en otros campos, que tiene como eje de aglutinación a todo lo historiable y/o clasificable, pero abordados desde una noción derridarianamente deconstructora y su debilidad por los márgenes.

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“La Libertad guiando al pueblo” (1830). Eugène Delacroix.

De allí que, teniendo aún a marzo como marco insularmente poético, decidimos seguir rescatando la idea de la revolución, pero ahora en abstracto, asociada a lo que estaría más allá de aquel Octubre rojo, desde la compresión de ese limbo arquetípico, en el que la revolución se presenta como experiencia pura de transformación y cambio, como el punto de partida de lo radicalmente nuevo, pero que, como esencia revolucionaria, tiene un origen y no sabemos si un fin. De ahí que para Richard Rorty la Revolución francesa nos ha demostrado que la totalidad del léxico de las relaciones sociales y la totalidad del espectro de las instituciones podían ser reemplazados, como si dijéramos, de la noche a la mañana; mostrándonos también un espectro iluminista en el que, como ideal de emancipación, casi todo ha sido posible. Idea que fue prolongándose con la Revolución socialista soviética, origen y consecuente, algunas veces incierto, de las que vinieron y vendrán luego.

En este sentido, la evidencia de que aquel 25 de octubre, día que según el calendario juliano se capturó el Palacio de Invierno de Petrogrado, hoy San Petersburgo, que dio inicio a la revolución bolchevique, se confronta con la evidencia de que, según nuestro calendario gregoriano, en realidad no fue un 25 de octubre, sino más bien un 7 de noviembre de 1917. Por lo que cabe destacar que, en ese ambiente bolche plagado aún de entusiasmo jacobino, se pueda entender el porqué, tras el regreso de Lenin y sus acompañantes, un 16 de abril de 1917, tras el fin de su exilio, a la estación de Petrogrado, la multitud los recibiera entonando el himno francés, La Marsellesa, que en ese momento era aún el himno de los socialistas rusos. Y finalmente comprender que la revolución, como Saturno, termina también por devorar a sus hijos, como terminó engulléndose a Danton, a Robespierre, a Trotsky y a tantos otros.

En este sentido, ya Peter Weiss nos había dicho que era la figura de Marat la que nos llevaba en línea directa hacia Marx, algo que nosotros agregamos y corregimos, diciendo que la línea directa es hacia Lenin, asumiendo este punto como el eje central del poema que ahora les presentamos, poema en el que desfilan nombres, situaciones y eventos revolucionarios múltiples (LS).

*

*

Oda a la revolución / Marat iluminado

 

Fernando Cassamar

 

Nací para buscarte en las regiones tenebrosas…

En los espacios silenciosos

/ en los que la luna no se oculta nunca

Nací para nombrarte en las calles desoladas

en lugares sombríos

…sin razones ni motivos…

……………………………………………

 

Pero tú dices ¡No!

y todo se derrumba

Y me levanto y vuelvo a caer

para elevarme nuevamente sobre el horizonte

Pero eso ya no importa…

cierro los ojos y tú desapareces…

Sin embargo empieza a fulgurar

el espejismo claro de tu rostro

ante mis ojos ciegos.

 

Y continúas…

Tú no cambias –dices―

Y quizá porque no nos pertenecemos

o solo porque no me pertenezco

me encuentro con Robespierre y Danton

en el centro de mis turbaciones,

pensando en los Zinóvievs y Lenins

de nuestras futuras revoluciones…

Y tranquilo espero

…pero tú nunca apareces…

 

Y nadie entiende por qué

después de mil fracasos

/ sigo sosteniendo tus sueños entre mis manos pálidas

Repitiendo que la ruta a la plenitud existe

que la vida resplandece,

…y que el dolor desaparece…

Pero cuando la esperanza se revela

/ en el albor resplandeciente

de esta última aurora

…todo se ilumina.

 

Y me interno en los laberintos de la expectación y el delirio,

mientras los Guevaras, Cienfuegos y Castros

florecen desde la miseria de mi ciudad exaltada,

de mi Bastilla centelleante

de mi villa encendida.

Y yo les digo:

“Nosotros hemos inventado la revolución”…

pero nadie responde…

Y veo ascender los ensueños del mundo

/  desde la ciudad radiante

Elevándose como las auroras boreales de este último invierno

Mientras los vahos relucientes de las máquinas de Watt

construyen ciudades celestiales en el horizonte.

 

Entonces susurras:

“Todo está consumado…

lo saben los Trotskis y los Maos de nuestra alma”

Pero en los campos roturados…

los arados continúan gritándome…

que tú no existes porque no me perteneces

porque ya no sueñas como antes…

porque ya no vives en mí

Porque cambié los ensueños de tu cuerpo

por el dulce clamor de las multitudes

Por la eufonía radiante de sus máquinas industriales

Por el glorioso canto de la fraternidad y la justicia

de la libertad y la razón.

………………………………………………….

 

Sin embargo vuelvo

Retorno como Marat iluminado

para ser acuchillado

por mi Corday querida

…en el dulce nombre de su amor…

Porque la revolución duele

porque la revolución se traiciona

porque también ella desfallece…

Y consumido por mis ansias

de insurrección descontrolada

desciendo desde el cielo sombrío…

para instalarme con la lluvia entre sus brazos.

Y por la mañana… al despertar…

veo que la mujer de mi vida

aprieta el gatillo

para volarme los sesos…

Para decirme que la vida es efímera

y que el amor siempre ha sido fugaz…

 

Y si te dicen que caí

sabrás que fue cierto

…que he muerto muchas veces

para cerrar el ciclo trágico

de nacimientos y de muertes

Pero ahora renazco…

como cada mañana

para volver a ser asesinado

por sus frías manos…

Mientras las mías

continúan abiertas a la devoción por el mundo.

 

Porque yo nací para eso…

nací para nombrar tus plazas vacías,

tus espacios inertes,

tus alborozos dulces y acres…

Nací para entonar tus nombres infinitos

en lugares en los que los sueños

/ ya no inspiren esperanzas…

 

Para eso nací aquí…

… Nací para sembrar la revolución en ti.

 

 

Fernando Cassamar

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Desde el destierro

Un poema de Lenin y el segundo aniversario de Laberintos Suburbanos

 

Al entrar a nuestro tercer año, en Laberintos Suburbanos queremos rendir un ferviente homenaje al Centenario de la Revolución de Octubre, y para ello no hallamos mejor forma de hacerlo que publicar, en nuestro mes de aniversario, este extenso y poco conocido poema de Vladimir Ilich Ulianov Blank – Lenin (1879-1924), político-revolucionario marxista y teórico comunista-socialista ruso, protagonista principal de la Revolución bolchevique de 1917.

Al considerar este texto, un escrito rarísimo en toda la bibliografía de Lenin, se nos ocurrió delimitar uno de los márgenes de la poesía, como correspondiente a ese limbo metarevolucionario, que postula esa suerte de sociedad entre poseía, pensamiento y acción revolucionaria, que demarcaría el hecho, de que la poesía se presente como una suerte de experiencia  previa y necesaria para pasar luego a la acción revolucionaria. Algo parecido le ocurrió al joven Marx, con sus apuntes poéticos, oscuros y amorosos, escritos antes de iniciar su labor filosófico-política en sus trascendentales libros. Como si el campo de la poesía fuera el espacio propicio para templar voluntades, para afinar deseos y detonar conciencias, como ocurrió con Lenin, con la Revolución bolchevique, con Ho Chi Minh, con José Martí o con Javier Heraud.

En este punto, nos encontramos con Desde el destierro, probablemente titulado así por su editor español, y que al parecer viene a ser el único poema escrito por Lenin. Poema compuesto durante los días de primavera de 1907, año en el que Lenin tuvo que refugiarse en una aldea de Finlandia, llamada Selvista, y en la que, según se sabe, mantuvo largas discusiones sobre literatura revolucionaría y creación poética con Piotr Al, sobrenombre utilizado por Gregoire Alexinsky, miembro del Partido Social Demócrata ruso y diputado de Petersburgo en la Duma. Versos que canalizarían los contrariados sentimientos de Lenin, desde el exilio, luego del fracaso de la revolución de 1905, que solo dio paso al establecimiento de una monarquía constitucional y a la creación de la Duma estatal del Imperio ruso: “¡En el combate desigual / por la liberación del trabajo, cayeron víctimas sin nombre!”. Este poema, que debió publicarse en la revista ginebrina, Raduga (Arcoiris), dirigida por G. Alexinsky, que para entonces vivía en Francia, finalmente no apareció, pues la revista dejó de circular poco antes de publicar estos versos firmados simplemente por “Un ruso”.

Aleksandr Gerasimov - Lenin on the Rostrum

“Lenin en la tribuna” (1929-30). Aleksandr Gerasimov

Se dice que el poema completo fue publicado por primera vez en castellano, en mayo de 1973, por la revisa Crisis, traducido por Waldo Rojas, quien lo tradujera directamente de la versión francesa realizada por Gregoire Alexinsky, publicada en la revista L’Arche, París, en 1964; además también tenemos la versión de  la editorial Endymion, 1994, que cuenta con un estudio previo de Rogelio Blanco. Y de hecho, por allí también se dice que este texto posee un escasísimo valor literario y que solo lo salva su carácter histórico-político-biográfico, y tal vez lo emocional de fragmentos como este: “¡Soldados, ahogad vuestros remordimientos / en un pequeño vaso de vodka! / ¡Disparad, valientes sobre los niños y sobre las mujeres! / Matad el mayor número posible de vuestros hermanos para divertir al padrecito. / ¡Y si tu propio padre cae bajo tus balas, / que se ahogue en su sangre vertida por la mano de Caín!”, referido al pogromo de aquel “Domingo sangriento” ruso… Pero aquí eso interesa poco, solo deseamos rendir un homenaje fraterno, cien años después, a Lenin, a Trotski y a todos los que con su vida y obra hicieron posible ese poema mayor, pocas veces escrito y alcanzado, que ha sido la Revolución Socialista de Octubre, la Revolución bolchevique…

Para nosotros, dos años no se cumplen por nada, y en este sentido, continuamos en nuestra apuesta en pos de alcanzar todo lo desdeñado, o quizá casi todo, en nuestra debilidad por las causas perdidas y olvidadas, en nuestra pulsión hacia lo fronterizo, hacia lo fisurado, embarcados en este viaje que está implicando múltiples circulaciones y paradas a través de los márgenes, de los resquicios, de los intersticios políticos, sociales y culturales, en constante movimiento… con problemas varios pero aquí continuamos… (LS).

.

*

Desde el destierro

 

Vladimir Ilich Ulianov – Lenin

 

Borrascoso año aquel.

Los huracanes sobrevolaban el país entero.

Se desataban los nubarrones

y sobre nosotros se precipitaba la tempestad,

el granizo y el trueno.

 

En los campos se abrían heridas,

y en las aldeas, bajo los golpes del azote terrestre,

estallaban los rayos, redoblaban con violencia los relámpagos.

El calor quemaba sin piedad los pechos oprimidos,

mientras el reflejo de los incendios alumbraba

las tinieblas mudas de las noches sin estrellas.

 

Trastornados los elementos y los hombres

los corazones oprimidos por una inquietud oscura,

jadeaban los pechos de angustia

y se cerraban sus resecas bocas.

 

Por millares los mártires han muerto en tempestades sangrientas,

pero no han sufrido en vano.

Ellos, que han llevado su corona de espinas,

por los reinos de la mentira y las tinieblas,

entre esclavos hipócritas,

han pasado con trazo de fuego,

como antorchas del porvenir,

han grabado con un trazo indeleble,

la vía del martirio ante nosotros.

Estampando el sello del oprobio en la carta de la vida,

sobre el yugo de la esclavitud y la vergüenza de las cadenas…

 

El frío arrecia. Las hojas se marchitan y caen,

y cogidas por el viento se arremolinan en una danza macabra.

Se acerca el otoño gris y pútrido,

lagrimeante de lluvia, sepultado de barro negro,

mientras  la vida se hizo detestable y opaca para los hombres.

 

Vida y muerte les fueron igualmente insoportables,

les rondaron sin tregua la cólera y la angustia.

Fríos, vacíos y oscuros como sus hogares, sus corazones,

y de pronto ¡la Primavera!

Primavera en pleno Otoño putrefacto.

La Primavera Roja descendió sobre nosotros,

bella y luminosa como un presente de los cielos

al país más triste y miserable,

como una mensajera de la vida.

 

Una aurora escarlata como una mañana de mayo

se levantó en el cielo empañado y triste,

el sol rojo centelleante, con la espada de sus rayos

perforó las nubes, derruyendo la mortaja de la bruma.

 

Como el fuego de un faro en el abismo del mundo,

como la llama del sacrificio en el altar de la naturaleza,

encendido para la eternidad por una mano desconocida,

trajo hacia la luz los pueblos adormecidos.

 

Las rosas rojas nacieron de la sangre ardiente,

flores de púrpura se abrieron,

y sobre las tumbas olvidadas

se trenzaron coronas de gloria.

 

Tras el carro de la libertad,

blandiendo la Bandera Roja,

fluían multitudes semejantes a ríos,

como el despertar de las aguas en la primavera,

los estandartes rojos palpitaban sobre el cortejo.

Se elevó el himno sagrado de la libertad

y el pueblo cantó con lágrimas de amor

una marcha fúnebre para sus mártires.

 

Era un pueblo jubiloso,

su corazón desbordaba de esperanzas y de sueños,

todos creían en la libertad que sobrevendría,

todos, desde el sabio anciano hasta el adolescente.

 

Pero el despertar sigue siempre al sueño,

la realidad no tiene piedad,

y a la beatitud de las ensoñaciones y la embriaguez

le sigue siempre la amarga decepción.

 

Las fuerzas de las tinieblas se agazapaban en las sombras,

reptando y silbando en el polvo esperan.

Repentinamente hundieron sus dientes y cuchillos

en las espaldas y talones de los valientes.

Los enemigos del pueblo, con sus bocas sucias,

bebían la sangre cálida y pura de los inocentes,

cuando amigos de la libertad,

agotados por caminatas penosas,

fueron sorpresivamente cogidos,

somnolientos y desarmados.

 

Se esfumaron los días de luz,

los reemplazó una serie interminable y maldita de días negros.

La luz de la libertad y el sol se extinguieron.

Una mirada de serpiente acecha entre las tinieblas.

 

Los asesinatos crapulosos, los pogromos,

el lodo de las denuncias son proclamados actos de patriotismo,

y el negro rebaño se regocija con un cinismo sin freno,

salpicado de la sangre de las víctimas de la venganza,

muertas de un pérfido golpe,

sin razón ni piedad,

víctimas conocidas y desconocidas.

 

En medio de vapores de alcohol, maldiciendo, mostrando el puño,

con botellas de vodka en las manos, multitudes de canallas

corren como tropel de bestias.

Haciendo sonar las monedas de la traición,

bailan una danza de apaches.

Pero Yemelián, el pobre idiota,

a quien las bombas han vuelto más tonto y asustadizo,

tiembla como un ratón.

Y en su festón se pone con aplomo la insignia de los Cien Negros.

 

La risa lúgubre de los búhos y las lechuzas

resuena en la oscuridad de las noches,

anunciando la muerte de la libertad y la alegría.

Y un invierno cruel, con la nieve tempestuosa,

viene del reino de los hielos eternos.

 

Con sus nieves espesas, semejantes a una mortaja blanca,

el invierno ha vuelto al país.

Atando a la primavera con cadenas de hielo,

el frío-verdugo le ha dado muerte antes de tiempo.

Como manchas de barro, por aquí y por allá aparecen

las pequeñas islas negras de las aldeas miserables,

sepultadas bajo las nieves.

 

El hambre con la miseria y el frío pálido

por doquier se guarecen en las moradas pestilentes.

A través de la llanura de nieve sin fin,

de las estepas sin medida ni límite,

cuando el viento ardiente del verano trae un calor tórrido,

las aciagas borrascas de nieve van y vienen como blancos pájaros rapaces.

La tempestad aúlla como una bestia salvaje de pelambre enmarañada,

precipitándose sobre todo lo que conserve una gota de vida.

Vuela con estrépito, como una terrible serpiente alada,

En pos de borrar todo rastro de vida de la faz de la tierra.

 

La tempestad doblega a los árboles, quiebra los bosques,

amontona la nieve en las montañas heladas.

Los animales se han guarecido en sus cubiles,

han desaparecido los senderos y el viajero es engullido sin dejar huella.

Magros lobos acuden hambrientos,

yerran sobre los pasos de la tempestad.

Feroces, unos a otros se arrebatan la presa,

aúllan a la luna y tiembla de espanto todo lo vivo.

 

La lechuza ríe, el lechy salvaje golpea las manos.

Ebrios, los demonios negros giran en torbellino,

haciendo chasquear sus ávidos labios, olfatean una gran matanza

y esperan la señal sanguinolenta.

Muerte en todas partes, el hielo cubre todo, todo yace yerto.

Toda vida pareciera esfumada,

el mundo entero es una fosa común, una fosa única

en la que ni siquiera las sombras de la vida libre y luminosa se salvan.

 

Es aún temprano para que la noche triunfe sobre el día,

para que la tumba celebre su victoriosa fiesta sobre la vida …

Aún bajo cenizas se incuba la chispa,

la chispa que la vida reanimará con su soplo.

La flor de la libertad, quebrada y deshonrada

ha sido pisoteada y muerta para siempre.

Los negros se regocijan al ver aterrado al mundo de la luz,

pero en la tierra natal, el fruto de esta flor espera en el subsuelo.

 

En las entrañas de la madre

el grano milagroso se conserva misterioso e invisible,

ha de ser alimentado por la tierra y se reanimará en la tierra

para renacer a una vida nueva.

Llevará el ardiente germen de la nueva libertad,

resquebrajará y fundirá la corteza de hielo,

crecerá y ―árbol gigante― iluminará el mundo con su follaje rojo.

 

El mundo entero surgirá a su luz, y bajo su sombra se congregará a todos los pueblos.

¡A las armas, hermanos! ¡La felicidad está cercana! ¡Coraje! ¡Al combate! ¡Adelante!

¡Despertad vuestros espíritus! ¡Expulsad de vuestros corazones el miedo cobarde y servil!

¡Estrechad vuestras filas! ¡Todos unidos contra tiranos y amos!

¡La suerte de la victoria está en vuestras poderosas manos trabajadoras!

¡Coraje! ¡Este tiempo de desgracias pasará rápido!

¡Levantaos como uno solo contra los opresores de la libertad!

La Primavera llegará… se acerca… ya viene…

¡La roja libertad, tan bella, tan deseada, camina hacia nosotros!

 

Autocracia

Nacionalismo

Ortodoxia

Ya demostraron irrefutablemente sus altas virtudes.

En su nombre se nos golpeaba, se nos golpeaba, se nos golpeaba,

hasta la sangre misma se castigaba a los mujiks,

se les quebraban los dientes,

se sepultaba en los presidios a los hombres encadenados,

se saqueaba, se asesinaba.

Para nuestro bien, según la ley,

para la gloria del zar y la salud del Imperio.

Los servidores del zar daban de beber a los verdugos

con el vodka del Estado y la sangre del pueblo,

sus soldados regalaban a sus rapaces cuervos.

 

Se daba de beber a los ejecutores de las altas órdenes,

se alimentaba a sus cuervos rapaces

con los cadáveres aún tibios de los esclavos rebeldes,

y con los cadáveres dóciles de los esclavos más fieles.

 

Con una oración ardiente, los servidores de Cristo

regaban de agua bendita el bosque de las horcas.

¡Hurra! ¡Viva nuestro zar!

¡Con su nudo corredizo bien jabonado y mejor bendecido!

¡Viva el esbirro del zar,

con su látigo, su sable y su fusil!

 

¡Soldados, ahogad vuestros remordimientos

en un pequeño vaso de vodka!

¡Disparad, valientes sobre los niños y sobre las mujeres!

Matad el mayor número posible de vuestros hermanos para divertir al padrecito.

¡Y si tu propio padre cae bajo tus balas,

que se ahogue en su sangre vertida por la mano de Caín!

¡Embrutecido por el vodka del zar, mata a tu propia madre, sin piedad!

¿A qué temes tú? No es a los japoneses, a quienes tienes adelante.

No temes sino a tus prójimos, a tus propios familiares,

y ellos están del todo desarmados.

 

Una orden se te da, valet del Zar.

¡Sé cómo antes, una bestia de carga, esclavo eterno!

¡Enjuga tus lágrimas con tu manga y golpea el suelo con tu frente!

Oh, pueblo, fiel, feliz

amado por el zar hasta la muerte,

soporta todo y obedece hasta la muerte…

¡Fuego! ¡Látigo!… ¡Golpead!

¡Dios protege al pueblo,

poderoso, majestuoso!

 

¡Que nuestro pueblo reine, haciendo sudar de miedo a los zares!

Con su tropa sin gloria, nuestro zar desencadenado,

con su jauría despreciable de servidores,

sus lacayos festejan,

sin lavar la sangre de sus manos.

¡Dios: protege al pueblo durante los días sombríos!

Y tú, pueblo, ¡protege la Bandera Roja!

 

¡Opresión sin límite!

¡Azote de la policía!

¡Tribunales de sentencias súbitas

como las salvas de las ametralladoras!

¡Castigos y fusilamientos,

horrible bosque de horcas

para castigar vuestras rebeldías!

 

Colmadas están las prisiones,

los deportados sufren infinitudes,

las salvas desgarran la noche,

los buitres se han saciado.

El dolor y el duelo se extienden sobre el país natal.

¡Ni una familia es ajena al sufrimiento!

 

El déspota festeja con los verdugos

su banquete sangriento

¡Vampiro… roe la carne del pueblo

con tus perros insaciables!

 

¡Déspota, siembra el fuego!

¡Monstruo, bebe nuestra sangre!

¡Levántate Libertad!

¡Flamea Bandera Roja!

 

¡Vengaos, castigad!

¡Torturadnos una última vez!

¡La hora del castigo está cercana!

Ya llega el tribunal ¡Sabedlo!

 

¡Por la libertad iremos a la muerte,

a la muerte.

Tomaremos el poder y la libertad,

y la tierra será del pueblo!

 

¡En el combate desigual

por la liberación del trabajo, cayeron víctimas sin nombre!

Sus miradas llamean de amenazas…

¡Repica hasta el cielo, eterno carillón del trabajo!

Golpea martillo, golpea por siempre.

¡Pan! ¡Pan! ¡Pan!

 

¡Marchad, marchad campesinos!

Vosotros no podéis vivir sin la tierra.

¿Os estrujaron los señores,

os oprimirán aún por mucho tiempo?

 

¡Marchad, marchad estudiantes!

Muchos de vosotros serán segados en la lucha.

¡Cintas rojas envolverán los ataúdes de los que hayan caído!

 

¡Marchad, marchad hambrientos!

¡Marchad oprimidos!

¡Marchad humillados

hacia la vida libre!

 

¡El yugo de las bestias reinantes, es nuestra vergüenza!

¡Expulsemos a las ratas de sus madrigueras!

¡Al combate, proletario!

¡Abajo todos los males!

¡Abajo el zar y su trono!

Ya brilla la aurora de la libertad estrellada,

Se expande su llama.

Los rayos de la felicidad y de la verdad

aparecen ante los ojos del pueblo.

El sol de la libertad

nos iluminará a través de las nubes.

 

El canalla del zar,

“¡Bajo las patas de los caballos con ellos!”,

dirá glorificando la libertad

la poderosa voz del toque a rebaño.

Destruiremos las bóvedas de las prisiones.

La justa cólera está rugiendo,

la bandera de la liberación conduce a nuestros combatientes.

 

Tortura, Ojrana,

látigo, cadalso, ¡abajo!

¡Desencadénate, combate de los hombres libres!

¡Muerte a los tiranos!

 

Extirpemos de raíz

el poder de la autocracia.

¡Morir por la libertad es un honor,

vivir en las cadenas, una vergüenza!

Echemos por tierra la esclavitud,

La vergüenza del servilismo.

¡Oh, libertad, danos la tierra y la independencia!

 

Vladimir Ilich. Lenin

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De cómo conocí a Juan Ramírez Ruiz, el más grande poeta de Hora Zero

C. Feliciano Mejía H.

A Gróver González Gallardo y Diego Lino Arditta

Lo conocí una noche, a las 7:20 pm, en la puerta del salón principal de la entonces Biblioteca Nacional del Perú, en la avenida Abancay. En el dintel estaba él y tres integrantes más de Hora Zero; uno de rostro negro, otro de aire apitucado y otro de dejo notablemente selvático. Inmediatamente me respondieron que la entrada era gratuita y que ellos eran los organizadores de los recitales de Hora Zero en Lima.

Lo que más me impresionó de Juan Ramírez Ruiz, moreno, fue su gran melena peinada apretadamente para atrás y su sonrisa que se negaba a ser risa. Una alegría neta al mirarme de frente con sus ojos negros achinados, su voz clara como el mamey al darme un  abrazo y llenarme las manos con manifiestos, poemas a mimeógrafo y la invitación a ingresar de inmediato, y luego a subir a escena y cooptarme.

En la puerta me preguntaron mi nombre, y al decirles, con mi timidez de indio: Feliciano Mejía, me abrazaron, y, como vieron fajos de papeles bajo el brazo, me  dijeron,  “trajiste poemas”,  y  casi  me arrancharon los  papeles  de  Poemas racionales, pues  ellos conocían  algunos escritos míos ya publicados; pero no sabían quién era ese tipo que tenía su misma edad (yo tenía 19 años), ni de dónde era y a dónde iba.

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La plana mayor de Hora Zero. De izquierda a derecha: Juan Ramírez Ruiz, Jorge Pimentel y Enrique Verastegui.

Hasta ese momento, yo no había conocido a ningún poeta vivo del Perú. Solo había publicado un poema con el nombre de Ciro Mejía en una revista bilingüe (castellano-inglés) llamada Aravec, que se salvó de la quemazón que hice con algo de 300 poemas malos ‒que me hacían sudar frío por tenerlos conmigo, tipeados a máquina, en papel craft y que llevaba casi siempre o los ocultaba en casa para que nadie los viera. Había escrito otro libro que permanece hasta hoy inédito, con un prólogo también inédito de Antonio Cornejo Polar, llamado El estertor de la rata, del cual ya habían sido publicados algunos textos a página entera, en el suplemento Dominical del diario El Comercio, además de otros poemas en la exclusiva revista Amaru 13, que publicaba la Universidad de Ingeniería, “que no aceptaba colaboraciones: Las pedía. Y pagaba”, según me dijo mi primer editor, el querido don Juan Mejía Baca.

Fue en una de sus vitrinas de Juan Mejía Baca, en la que vi el aviso de los recitales “Hora Zero de Poesía”, realizados en la Biblioteca Nacional, y se podría decir que fue él, el responsable de que yo conociera a Juan Ramírez Ruiz. Yo acababa de ingresar a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, allá por el año 1967, y tenía unos cuatro meses libres antes de que empezaran las clases, y me fui a vagar por el Perú haciendo Los Caminos del Inca (la Carrera) y, en Pampa Galeras, leí en un periódico pasado que un Señor llamado Juan Mejía Baca, librero-editor, había “devuelto la Orden del Sol” al entonces Presidente Belaunde, porque su ministro del Interior, Alva Orlandini, apodado el Lechuzón, había quemado libros. Me dije: este hombre vale. Iré a verlo con mis poemas de El estertor de la rata. Armándome de valor ante mis Apus y hablando sin palabras con el río Negromayo, me creí loco. Soy universitario, me decía, pero esa es otra historia.

Se iniciaron las clases en San Marcos y le presenté mis poemas, después de  clase, al querido  Washington Delgado, ahora ya fallecido, y él leyendo y paladeando, dijo, esto está bueno, hay Lautreamont ─pucha, en el corrillo de alumnos yo anotaba en un papel para leer a ese tipo‒, aquí hay algo de Kafka ‒ay madre,  por lo bajo escribía para saber quién era  Kafka‒, y así ocurrió como con seis  autores que no conocía. Después busqué a otro profesor, un poeta más joven pero que tenía ya como siete libros publicados. Se puso a leer y a elogiar los textos, y entonces le dije: “Profe, ayúdeme a publicarlos”, me miró por encima de sus lentes, carcajeando, y me dijo: “tooooodos eeestamos en lo missssmo…” Yo le dije, gracias.

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Homenaje en NY. Cuando los muertos valen más que los vivos o los “vivos” viven de los muertos.

Entonces junté todo El estertor de la rata, y saliendo de mi barriada o Pueblo joven como le llamó la Dictadura de Velasco, me fui donde don Juan Mejía Baca. Entré, pero con una timidez vista a leguas, que  don  Juan,  al presentarme yo, me  puso  la mano al hombro y me dijo: “no sea tímido, tocayo, no; nadie es más grande ni nadie en más chico que usted. Y cuando se sienta tímido ante, digamos, el Presidente de los Estados Unidos, el Papa o Miss Universo, imagíneselos  pujando en el baño”. Para mi timidez, eso fue un santo remedio, pero fue poco a poco. Don Juan me distraía con huacos que aullaban cuando se les ponía agua, tocaba cornetas de barro cocido, me sacaba originales de Martín Adán, que religiosamente él había pegado en papeles bond A4, y me habló de Neruda. Y, vamos a tomar un café, acá, donde tomo café con Neruda, me decía, e íbamos, mientras él me contaba anécdotas. Al final de unas tres horas de atenderme con comprensión y cariño, me dijo, vuelva dentro de dos semanas para ver lo de su libro.

Fueron  dos  semanas  de  sufrimiento, hasta que fui a verlo, bien peinadito, limpio, armado de valor para vencer mi timidez. Don Juan me acogió con alegría, diciendo: “sus poemas son muy buenos”, y yo hice un gesto de ojos y boca como que no quería oír eso. “No. No, tocayo. Si sus  poemas fueran malos, yo se los diría sin ocultarle nada. Son buenos”. Y entonces, sacando la osadía del tímido de sopetón le dije: “entonces publíquelos”. Don Juan  calló un segundo, y me dijo: “Ya. Pero  a  usted  todavía no  lo  conoce  nadie.  Vamos  a  hacerle conocer”.  Por  eso  mis  poemas se publicaron en El Dominical  del diario El Comercio y en Amaru 13. Cuando salió esa revista, don Juan me dijo: “ya puede ir a cobrar su cheque”, cheque que nunca cobré por encontrarme en las filas de Hora Zero y su “nada con el sistema”.

Esa primera noche, en la que me encontré con Juan Ramírez Ruiz, y en la que me  invitó a subir a escena, temblando y tartamudeando leí como pude. Entre el público había hasta profesores y  profesoras de San Marcos, que escribían en periódicos sobre esa “nueva forma de poetizar”, la  retahíla de  insultos  que  soltábamos  en  nuestros  escritos,  y  las publicaciones hasta con faltas ortográficas. Una de ellas era Dora Bazán, que enseñaba latín, al poco tiempo me anunció que estaba traducido al francés por un Belga llamado Marcel Henart. Y a su vez, el belga, que conocí personalmente unos catorce años después, en París, me dio el nombre de un escritor, Carlos Meneses, que había publicado poemas míos en revistas de Guipúzcoa y Castilla. A Meneses nunca lo conocí personalmente; nos  escribimos por largo tiempo y finalmente nos perdimos; hasta que, hace poco, por mail, nos hemos vuelto a ubicar, y hasta la fecha nos comunicamos, por lo que sé que él siente que la muerte se le acerca.

A la siguiente semana, los de Hora Zero me invitaron a participar. Yo ya había leído todo lo que me dieron, y, entre todo ello un “Manifiesto”. Me gustó la forma en la que me acogieron; y, a la siguiente semana, aparecieron dos poemas míos, que sin mi permiso, “robándomelos” habían publicado a mimeógrafo, y también sin mi consentimiento, me habían nombrado como parte de Hora Zero. Mis poemas de El estertor de la rata, a pesar del éxito y la posibilidad de salir bajo el sello de Juan Mejía Baca, me parecieron incomunicantes con  mi gente del barrio, de mi familia. Le conté mis dudas a Juan Ramírez Ruiz, y él me decía: “no seas cojudo, Feliciano, es una oportunidad de oro, por todo lo alto”. Un buen consejo que no seguí. El libro está actualmente en Francia, para evitar las tentaciones de publicarlo.

Mientras Hora Zero iba bullendo. Eran tan sanas nuestras “orgías de trabajo” que solo tomábamos tisanas de té, manzanilla y afines. No me acuerdo cuándo, insensiblemente, aprendimos a beber alcohol. Nos prestábamos libros, nos visitábamos. El poeta apitucado se dio su primera gran borrachera por el centro de Lima y terminó vomitando en plena Plaza San Martín, botó todas sus tripas, pero en esa época era noble; y al poeta negro de Hora Zero le prestó una cochera que tenía donde vivía, a espaldas del Ministerio de Agricultura. Ellos me visitaban en mi “apartamento” junto al actual Congreso, en un tercer piso. Juan Ramírez era tan ligado a mí, que tenía mi confianza y yo la suya, que me pedía mi casa por un día para tener sexo con su amada, que yo no conocía.  Yo le daba mis  llaves.

Los nuevos poemas  lo leíamos a gritos. Teníamos el coraje de tachar delante del  autor, lo  que  nos parecía mal. O decir, esto es una mierda. Cosa que yo hice una vez en mi “apartamento” del centro, y me dijeron, “aguanta, Feli, son poemas de él”, y ese autor, dolido, sonreía con paciencia frente a mí, y yo sentía pena, pero callaba.

Con el tiempo Juan Ramírez Ruiz comenzó a trabajar en periodismo, tenía su “departamento” por el Jr. Ancash, y casi no dejaba que lo visitáramos. Yo sí iba. Tenía rumas de libros sobre su mesa de noche. “Préstame éste”, “no, lo estoy leyendo”, y así, no prestaba nada. Entonces comencé a “robarle los libros que estaba leyendo” u otros de las rumas de su cuarto, y al terminarlo lo pasaba a otro y ese a otro de Hora Zero, y a veces Juan lo recuperaba de la octava mano, cochambroso y desmondongado. Así se instauró ese “prestarnos los libros”.

Empezamos a publicar  libros y uno de los primeros fue del poeta apitucado, luego vino Un par de vueltas por la realidad, de Juanito. Hora  Zero murió luego de pudrición interna,  por el “ingreso” de un tránsfuga proveniente de un grupo o revista llamado Estación  Reunida, aún me parece un alcohólico, serrano de odio puro y oportunismo terco, que alguna vez se atrevió a golpear y pegar, a patadas en el suelo, a Juan Ramírez Ruiz, en el culturoso bar Yakana. No estuve presente, pero no lo hubiese permitido nunca. Con sus visos troskistas, ese empezó a odiarme (bueno, ese odia a todos) por ser yo inclinado al maoísmo y por impedir que el grupo Hora  Zero  se convierta en  Hora Zero  FOCEP  (tras  la  invitación de Genaro Ledesma Izquieta, a dar un recital en su local, sede del FOCEP, una organización troskista).

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Grafitti callejero dedicado a Juan Ramírez Ruiz

El poeta apitucado quiso salir a Europa robándome una grabadora y negándose a dar las boletas de empeño de joyas empeñadas por él, joyas de una amante que acudió a mí en auxilio. Yo le di el mensaje al poeta Apitucado de Hora Zero: “Hablaré con unos familiares para impedirte la salida del país si no devuelves la grabadora (grabadora que yo le prestara, empeñada sin mi permiso, y que yo debí rescatar pagando de mi bolsillo) y si no le das a la chica las boletas de empeño para que ella, con su dinero, rescate sus  joyas. Cosas que se  hizo  felizmente.

Tengo  entendido que, enérgico, Juan Ramírez Ruiz expulsó al poeta apitucado, cuando este quiso forjar, para aprovechamiento personal, Hora Zero España. Bajezas que se han venido dando hasta 1995, fecha en la que fui a un recital de poesía, a tomarme una cerveza en los sótanos del Bar Zela. Y encuentro que al iniciarse el recital, oigo a un poeta joven que hoy radica en USA (Paul Gillén) saludarme y agradecer mi presencia por el micrófono “por  ser  el único de Hora Zero original, aquí presente en esta noche del inicio de ¡HORA ZERO 95!”. Y yo para mis adentros dije, esa gente perversa ex-Hora Zero, corrompida, que ahora vende la “Marca” Hora Zero para provecho personal.

Yo me  alejé  definitivamente de Hora Zero desde mediados de 1972. El serrano semitroskista entró a Hora Zero, alrededor de fines del año 1971 (Ojo: no soy bueno para las fechas, pero por ahí va). Después vi esporádicamente a Juan Ramírez Ruiz, que trabajaba eventualmente para una ONG, Chirapaq.

Lo vi de la mano, en el centro de Lima, con dos de sus menores hijos, estaba feliz; y mucho después, cada vez que lo veía en el centro lo veía más elusivo, ido, abandonado su persona, a pesar de haber publicado uno o dos libros excelentes. Quise entablar una relación para sacarlo del marasmo lelo en el que había caído, proponiéndole  hacer   recitales juntos, recitales que no podíamos ni planificar, pues solía perderse en la urbe limeña, o desparecía, según él, yendo a su tierra al norte del Perú.

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Grupo Hora Zero 2. Entre lo ex y el simulacro (2016)

La última vez que lo vi, en un bar del jirón Quilca, seis personas, “amigas, poetas”, de una mesa larga, le daban ostensiblemente la espalda. Yo les grité: “¿Qué carajo pasa, porque Juan no tiene para ponerse unas chelas van a darle las espadas? ¿No saben con quién están, poetitas?!!” Grité con furia, y pedí al mesero que nos sirviera dos cervezas en mesa aparte. Conversamos, pero estaba incoherente, ido, como debió estar después, en el momento en que el camión lo arrolló en su norte querido, para ser enterrado luego como NN, hasta que, seis o siete meses después, supimos que habían logrado recuperar sus restos.

Aquellos de los ex-Hora Zero Lima, los que pregonaban ser “la vanguardia del proletariado en la poesía”, “nada con el sistema”, los “con nosotros, salvo Vallejo, Melgar, Heraud, etc. se inaugura la poesía en el Perú”, se vendieron como putas a  los  sucesivos  gobiernos,  colaborando con Fujimori y Montesinos, con el Partido Aprista y con el yanqui con chullo-cholo sano y sagrado. Y ahora que se hunden en el anonimato, quieren blanquearse como Mónica Delta, y hacen expo-fotos permanentes en bares cochambrosos “para ganarse alguito”, escriben mamotretos con los que tratan de enmascarar sus almas lacayas; siempre en reuniones de ratas: por la “moña”.

¿Quién está más muerto: Juan Ramírez Ruiz o estas cucarachas vivitas que vendieron sus almas a cambio de “una moña”, es decir algo de dinero? Como en el caso de José Santos Chocano, el tiempo y la historia no pasarán en vano, y todo queda claro y se sabe. Y hoy que todo comienza a decantarse como un velo diáfano, Juan Ramírez Ruiz aún brilla nítido, brilla convertido en un diamante de poesía y consecuencia.

C. Feliciano Mejía H.

Nota (Ed.)

[i] El manifiesto de Hora Zero: “Palabras Urgentes”, escrito por Juan Ramírez Ruiz,  ideólogo del movimiento Hora Zero, se publicó en el libro Un par de vueltas por la realidad, de JRR, en 1971.

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Estética squatt en Lima

El Averno, el remoto lugar en el que las conciencias se bifurcan

Fernando Cassamar

 A Edgar Barraza Kilowatt
a Juan Ramírez Ruiz
a Ricardo Quesada
y a El Averno,
Inmemorian…

Hay lugares que no solo son lugares, que son puntos en los que suele darse esa conflusión de experiencias culturales múltiples, como  territorios para lo anti, como espacios para lo marginal, lo sucio, lo disonante, pero que obedecen a un transe en el que las aspiraciones generacionales van marcando el espectro de una sensibilidad no siempre armónica, pero generalmente expresiva. A veces posicionados interseccionalmente y ocupando un mismo territorio, pero casi siempre desde emociones, aunque parecidas, enfrentadas. Lo que se hace más grave aún, si consideramos lo abarcado bajo el rótulo generacional de los sesentas o los setentas, colectivos o grupos aún marcados por aquella imaginería psicodélica y hippie, que, al arribar a nuestra ciudad, poco a poco se fue andinizando, y que, con el paso de los años, se fue transformando en rock fusión, en heavy metal y hasta, en algunos casos, en new age. Afirmándose como sensibilidades musicales que tendieron a coincidir, en un espacio compartido -el de Lima cuadrada- al arribar las generaciones de los ochentas y noventas, caracterizadas sobre todo por su impronta subterránea: la del rock o el punk, de alguna manera aclimatados también a la capital peruana, con el hardcore, el post punk, el  new wave o el gotik, entre flujos generacionales que, a partir de sus nociones excluyentes y tribales, desde conciencias subtes, hippies o heavys, que empezaban a imponer su insólita, imagen.

Cabe delimitar la primera mitad de los noventas como el punto interseccional de estos dos bloques generacionales, como flujos contraculturales que terminarán por compartir un mismo espacio –el del centro de Lima-, de alguna manera marcados por el intelectualismo característico a los habitúes de jirón Quilca- determinado por aquella aureola pseudo-marginal  y bohemia de sus bares, cuasi turísticos, ubicados en los alrededores del espacio de libreros del pasaje del boulevard del jirón del mismo nombre, en los que solían reunirse “intelectuales” y poetas de grupos ruidosos como Hora Zero, Kloaca o La sagrada Familia; frente al antiintelectualismo casi tribal de los congregados en la avenida Nicolás de Piérola, conocida también como La Colmena, que albergaba a personajes y músicos de diverso pelaje, posicionados en calles, en torno a vendedores de LP inhallables o raros, deambulando entre el espacio de la avenida La Colmena, que daba con el frontis principal de la Universidad Federico Villarreal y el de la iglesia La Inmaculada, además de las calles y veredas de jirones aledaños, como el memorable y oscuro pasaje Peñaloza, al final del cual había una tienda en la que solíamos abastecernos.

Lo cierto es que estos espacios eran centros de flujos musicales y contraculturales diversos, espacios compartidos con la colorida y múltiple “estética” de chicheros, yuppies escapistas, estudiantes, comerciantes informales, prostitutas, ladrones, mendigos, niños terocaleros, drogos, fletes, tracas y predicadores desorbitados. Todos ellos diseminados y revueltos en estos lugares que fueron haciéndose referenciales al momento de querer identificar y cartografiar aquella pulsión marginal y contracultural de sensibilidades similares, pero la mayor de la veces opuestas o enfrentadas, que han caracterizado a la historia del movimiento musical subterráneo limeño, y a sus variantes.

En ese sentido, La Colmena fue el lugar en el que a fines de los 80s formamos una banda de corte experimental y nómada -un tanto efímera y proteica como muchas otras de la época-, entre psicodelia, rock progresivo y oscuro, a lo King Crimson o Iron Butterfly, con el flaco Ricardo Figueroa alias “Lagarto”, Gerardo Fernández  alias “Jabalí”, Denis Blas Rojas alias “Mazamorra” y otros pocos que solían entrar y salir de este grupo que alguna vez acogió para sí el nombre de Botiquín. Una historia que durante los noventas empezó a coincidir con los fastos del quinto centenario del encubrimiento de América, con la celebración del centenario del nacimiento de César Vallejo, con el autogolpe del 5 de abril, con la captura de Abimael Guzmán, con las relaciones homo-zoo-fílicas del joven Kenji Fujimori y su perro Puñete, con los besos volados de Laura Bozo a Vladimiro Montesinos, y con las noches interminables de alcohol, drogas, sexo de burdel y rock & roll; pero sobre todo marcado por las cruentas estadísticas de muerte arrojadas por la guerra interna, en un país cada vez más devastado y fragmentado.

528289Para entonces, todos sabíamos que se avecinaban tiempos aún más difíciles, y al desaparecer el ambiente contrahecho de La Colmena, desalojados por el municipio limeño, muchos terminamos por confluir o juntarnos en el culturoso jirón Quilca, vía emblemática de la que se dice que en el pasado prehispánico fue parte del camino inca. Así, en Quilca, con su estética bobó, de alguna manera se había terminado por imponer la new age o nueva era, esa suerte de neohipismo cósmico ligado a la música electrónica de Vangelis y Jean Michel Jarre, con Kitaro, Tomita y hasta Tangerine dream, pero rodeado del rollo de pendejos drugos, todos naturalistas, orientalistas, pacifistas bienpensantes y hasta iluminados de fin de semana, que luego de pegarse un tiro o fumarse un porro pretendían levitar y salvar el mundo; mientras que, en el otro extremo de lo hippie o lo subterráneo, estaba ya en boga la tecnocumbia, los diarios chicha y toda esa socio-sicopato-política ligada a las evoluciones rítmicas y propagandísticas de la náusea, el embrutecimiento, el robo y los psicosociales generados por el fujimontes(c)inismo.

Durante esos años, cuando nos referíamos a Quilca, ese pasaje que da a la plaza San Martín -en el que durante aquellos años se vendían libros y casetes piratas de música para coleccionistas- llamado “Boulevard de la cultura”, nos referíamos también a los bares de sus alrededores, en los que podíamos cruzarnos también con el buen Hudson Valdivia, acompañado casi siempre de su corte de áulicos -que declamaban a Vallejo como quien narra un partido de fútbol-, pero en el que también podíamos tomarnos unos tragos con Juan Ramírez Ruiz, más bien solitario, o encontrarnos con Édgar Barraza “Kilowatt”, cuando Los Mojarras empezaban ya a sonar con su Sarita, en uno de los puestos del jirón.LiMAC_Squats_okupas_wallz_murals020

Para muchos, quizá el entorno generacional o interseccional que se concretaba en Quilca, para nada épico ni po-ético, podría rotularse bajo aquella idea terminada de definir por Verlaine en su Les Poètes maudits, pero con más “posería” que poesía, sedimentada no como tragedia sino como comedia -como pudo decirnos el Marx del 18 de Brumario-, en ese “malditismo” de ventana o de fin de semana, característico a la mayoría de habitúes del ambiente quilquense, que fueron haciéndose representativos, en todas sus paródicas variantes, de lo que será la movida contracultural limeña de aquellos años.

En tanto, entre esos efectos contraculturales, emergía también aquella noción casi religiosa de algunos, que se revelaba en esa suerte de aspiración secreta hacia la “santidad del mal”, terminada de definir por Sartre en su Saint Genet, comediante y mártir, en la idea de aquella santidad al revés, totalmente cruel y perversa, cuya cúspide podría concentrarse en la entidad sádica del divino Marqués; pero, más precisamente, bajo el sino o la conciencia de estar en ese polo siniestro del mundo, ubicado a la izquierda de Dios padre o de Dios y el Estado, como tal vez pudo decirlo  Bakunin. Pero desde un “anarkismo”, un malditismo y una debilidad por lo marginal, a veces solo performática y otras como pulsión existencial.

Es en este contexto, en el que no se puede hablar de ese lugar que fuera Quilca, sin mencionar a El Averno o Centro Cultural del Pueblo. Un viejo local inaugurado en diciembre de 1998, que desde un inicio se caracterizó por exhibir una estética squatter u okupa, impregnada de una retórica vintage o pop, de graffitis y slogans políticos efectistas, para convertirse en el foco de coloridos murales, que fueron extendiéndose para tomar las casas y calles aledañas, hasta marcar con su presencia, por algo más de una década, el eje disruptivo y contracultural del Centro Histórico limeño. Concierto AvernoUn eje por lo general reducido, que abarcaba bares como El Queirolo o la Rockola, además de discotecas y locales de conciertos aledaños, como fueron también el Salón Imperial, el Etnias o el Yacana.

Por ello, cabe decir que El Averno no se abrió cuando se abrió el Averno, esa dualidad conocida por algunos en el Negro Acosta y Leyla; sino un poco antes. Y en esto puedo remontarme a una representación del El Fénix, unipersonal poco logrado de Fernando Fernández, basado en una obra de Julio Ramón Ribeyro, presentado en el antiguo local de la Biblioteca Nacional, en la Avenida Abancay, día en el que un tímido Jorge el “Negro” Acosta casi fue violado.

Por aquellos años, el “Negro” Acosta, mítico vientista e integrante, con Piero Bustos, de la banda de rock fusión Del Pueblo, tenía solo un estrecho quiosco en el pasaje boulevard Quilca, en el que vendía casetes piratas. Por lo que luego del desalojo de la feria de libros del boulevard, en el que el “Negro” tenía su puesto; Jorge Acosta, se vio obligado a alquilar un pequeño antro, para vender sus casetes, el que irá extendiendo, para fundar o inaugurar lo que luego será El Averno. Lugar en el que se fueron aglutinando tendencias múltiples de hippies tardíos, músicos punk, waves, metals, criollos, andinos, artistas plásticos, rastas, teatreros, poetas y algunas otras recuas de alucinados, además de los tíos decadentes y alcoholizados, que serán los que patéticamente terminarán por caracterizar al Averno, durante sus últimos años. Hasta su cierre en octubre del 2012.

En este punto no he dejado de deslizar las veces que he podido, la idea de que El Averno fue también un centro contranatura(l), un centro cultural de ambiente, y, en este sentido, entre otros aspectos menciono una sola frase que podría ser la bandera comunitarista o el eslogan de la reciprocidad, si no tuviera ese sentido homoherótico que siempre le ha remarcado el Negro Acosta: “Todos dan todos reciben”, pero que también remite a esa noción de multiplicidades y alteridades, en un encuentro orgiástico de poseros tarados y “groupies” imbéciles, que inmediatamente después de que uno les respondía el saludo y les dejaba sentarse a su lado, se alucinan malditos y se ponían faltosos. Por lo que ahora que El Averno ya no está, pese a que la energía de sus amigos continúa en el ambiente, puedo decir que durante la noche de su inauguración, el 4 de diciembre de 1998, el local olía a incienso y tenía una iluminación de bar de La Victoria de los años cincuentas, casi casi con bolero y aserrín incluido. Y, entre otros, recuerdo a Roger Santiváñez, creo que al Yuyo, a Dalmacia Ruiz, a Juan Ramírez Ruiz…

15-Acta de Resistencia Edit

Fernando Cassamar – “Acta de resistencia”-2000

Hacia los primeros días de marzo del 2000, terminé por inventar el lugar como una galería de arte. Solo hacía algunos meses antes, en diciembre 1999, habíamos celebrado el primer aniversario de El Averno, con la inauguración-cierre de la “Huerta Perdida”, en el gran espacio ubicado en la explanada de la parte trasera del escenario, en un mítico concierto en el que tocaron El Polen, La Sarita, Los Mojarras, Pachacamac, Del Pueblo, Armagendón, entre otros.

Puedo decir que antes de llegar yo al Averno, sus paredes estaban adornadas solo por grandes telas fosforescentes, pintadas y colgadas, a manera de banderolas, de una estética parecida a la de los diseños chicha, que resplandecían con la luz negra que caracterizaba al lugar; banderolas pertenecientes sobre todo a Herbert Rodríguez, además de algunos otros que por allí pasaron. Era la época en la que estaba de moda “Chan Chan”, tema principal del grupo Buena Vista Social Club y la película dirigida por Win Wenders, que solíamos escuchar casi casi por inercia, desde la mañana hasta la noche, intercalados con los ensayos de la banda Ilusión Marchita, los talleres de pantomima experimental de Fernando Ramos, además de los recitales de poesía organizados por Ricardo Quesada. Durante los primeros meses de ese año, empecé a pintar las paredes maltratadas y sucias del lugar, pegué algunas cosas a manera de ensamblaje, colgué telas pintadas e hice algunas instalaciones para una muestra individual de arte que llamé “Acta de resistencia”, exposición inaugurada en una de esas cálidas noches del verano del 2000, cuando el poeta Domingo de Ramos llegó trayendo una enorme cruz de rosas rojas, robada o traída de algún funeral u homenaje mortuorio, y Siniestro apareció con algunas banderas del Tahuantinsuyo -elementos aleatorios que aumentaron aún más la intensidad del altar central, por lo que la muestra fue adquiriendo el aspecto sombrío y psicótico de una misa negra. Y pese a que el motivo principal era eminentemente político, esa suerte de altar mayor adornado con velas que iluminaban una gran máscara con ojos y boca sangrantes, rodeada por la imagen fusionada de Cristo y el Che Guevara; además de la bandera peruana crucificada y rodeada de alambres de púas, entre otros símbolos que serán recurrentes en esa línea de trabajo extendida hasta el 2003.

No obstante ello, todos sabemos o al menos sabíamos que el 2000 era el año definitivo, un año terminal si queríamos que las cosas cambien y alcanzar un país libre. Y hasta cierto punto había que “quemar las naves”, alzar la voz y luchar contra el crimen y el narco-Estado fujimorista. Por eso el 2000 fue el año de las movilizaciones masivas, el de la marcha de los cuatro suyos y el de la contención violenta y desbordada por parte de la dictadura, pero también el año del polo del “Chorri” con su “Te amo Perú”. Días en los que El Averno fungió también como punto de partida y encuentro para múltiples acciones. Tal vez por ello, algunos podríamos pensar en esos días, con las protestas, las movidas culturales y conciertos subtes incluidos, como los de nuestra primavera o nuestro Woodstock personal. Pero luego de ello, aparecieron los vladivideos, el “chino” Fujimori se fugó a Japón y renunció desde allá vía fax, capturaron al tío Vladi en Venezuela; y luego, salvo las constantes invitaciones del gran Ricardo Quesada o las de Richi Lacra para leer poesía o tocar como solista en algunos recitales o conciertos, tuve que alejarme del lugar. Un poco debido a los viajes que hacía, y otras a las mariconadas del Negro que se ponía faltoso por un asunto personal que nunca supe, además porque el lugar había devenido en un espacio de chibolos pendejeretes, con sus bandas hasta las huevas, que paraban los conciertos con la plata de sus viejos, lo que ya era un índice de que los hijos de la maquinaria de estupidización y embrutecimiento del fujimontesinismo habían empezado a infiltrarse en el ambiente. Cabe mencionar también a esos tíos quemados que se alucinaban importantes y que antes de despertar admiración con su rollo desorbitado y obtuso, como antiejemplo, deprimían; además de esos patéticos aprendices de malditos que hacían apestar el lugar con su presencia. Por lo que, salvo las incursiones de Piero Bustos y del Pueblo, las incursiones de los Poetas del Asfalto, las de Willy Barreto y Takanamanta o las de “Jinre” Guevara y Los Cholos, para mí el espacio ya había perdido interés… hasta que un día El Averno desapareció, lo cerraron… y no obstante ello, no dejamos de extrañarlo.

Tal vez por ello resta decir que la importancia de El Averno no residió en los que estuvieron o no estuvieron, en los que llegaron o en los que se fueron, pues muchos ya partieron en ese viaje de no retorno; sino en lo que significó para muchos, en ese transe integrador que a partir de la convivencia los fue haciendo menos puros; es decir más híbridos, contaminados, tolerantes e interculturales. Por lo que podríamos decir que ese denominado “anti-pup”, fue el catalizador de gran parte de ese eje disruptivo que será la expresión más representativa de la posmodernidad cultural y contracultural limeña de la primera década del siglo XXI. Espacio que fue atrayendo para sí expresiones marginales, suburbanas y contraculturales, pero desde una multiplicidad ubicada aún en los intersticios de la ciudad oficial, en esas fisuras que fueron sintetizando esa mixtura real entre lo milenario y lo moderno, lo autóctono y lo foráneo, para luego desembocar en lo que vivencial y emocionalmente consideramos como propio, pero también en lo ajeno que vía la praxis colectiva se fue haciendo compartidamente cada vez más nuestro. Ave Negro que estás en los cerros… santificado sea tu nombre amigo… hermano…

Fernando Cassamar

Infierno en Lima, diciembre 01 del 2015

Revisado el 30 de enero del 2016

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Los cien números de Poetas del Asfalto. Veinte años no son nada cuando se vive en poesía (1995-2015)

Tenía veinte años.
No permitiré que se diga que es la
 edad más hermosa de la vida.
Paul Nizan 

Sartreanamente los noventas han sido los años de la nausea. No sé si exista esa acepción en el calendario chino, pero tal vez podamos plantearlo como una extensión, a partir de la noción de los años de la rata y de los cerdos. Y pensar en el Perú de entonces como una representación masiva de The animal farm de Orwell; pero representado en el escenario repugnante post autogolpe del 5 de abril del 92, años que nos enseñaron a tener la piel dura, tan dura como la del niño de la película de Truffaut, que cae desde muy alto y queda totalmente ileso. Nosotros caímos también desde muy alto, totalmente stones, desde lo alto de ese puente Villena que conocemos como nuestro país… y 25 años después continuamos vivos.

Marcha de los 4 suyos

Resulta duro pensar también en la condición de ser supervivientes de aquel tsunami que produjo esa década del espanto. Muchos se regodean diciendo que fueron los años de la violencia, pero violencia para quién. Yo creo que fueron más bien los años de la indiferencia, los años en los que Lima, se dio cuenta recién que atravesábamos algo más de una década de conflicto armado interno, cuando ocurrió lo de Tarata, en el corazón mismo de Miraflores. Hecho que, según la buena conciencia nazional, debió indignar incluso a la gente del cerro Candela, y que devino luego en el corpus temático de las ONG y el leiv motiv de la burguesía fujimontesinista y la izquierda caviar.

Aquí estoy tentado en utilizar el rótulo de Gertrude Stein para definir esa década como la de la “Generación perdida” -rótulo que también dio nombre a la banda de Ricardo Espinoza “Morgue”-, pero quizás sea mejor decir que durante todos esos años habitábamos en el Jurasic Park, y que muchos fuimos solo carne de cañón de totalitarismos amarillos y de procesos de estupidización que produjeron a las barras bravas y toda esa devoción imbécil por el fútbol y la Coca Cola, con eso de “siempre rojo y blanco siempre…”, como canon continuo, mientras se celebraba el centenario del nacimiento de César Vallejo, el quinto centenario del encubrimiento de América, el de José Carlos Mariátegui, la captura de Abimael Guzmán, la aparición de Poetas del asfalto, el cambio de sexo de Namín Timoyco, el desfloramiento de Keiko Fujimori, las muertes y desapariciones forzadas, el debut homosexual y zoofílico de Kenyi con su perro Puñete; los besos volados de Laura Bozo al doctor del SIN, la risa de hiena de Melcochita; y todo esto, teniendo como telón de fondo la relación homosexual y siamésica de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos.

En aquella época todos sabíamos que Albertito era el gay pasivo, porque su sonrisita ladina no era nada varonil, pero la prensa contracultural calló de manera cómplice. Y supongo que si Hannah Arendt hubiese sido peruana, nos hubiese hablado de la “banalidad del mal”, pero no la de los nazis ancianos, que hasta te podían inspirar lástima y ternura, sino la del (total)itarismo encarnado en aquella lógica repugnante de “cómicos ambulantes”, en la que las muertes masivas, como la de Chungui, Putis o Cayara, si es que eres un patriota que sabe cantar el himno, hasta te podrían causar gracia y parecer encantadoras y glamorosas como para las viejas pitucas retratadas en las tiras cómicas de Alfredo.

PoetasdelasfaltoNumero100P2Porque los noventas fueron los años de los coches bomba, de la televisión queer, de la prensa basura; pero también de la poesía basura. Y muchos no lo hubiésemos soportado si no fuese porque eran también los tardíos años del Urbadán, del Tonopán, y de ponernos duros para que toda la mierda de la patria no termine por embarrarnos, alineados como imbéciles en las filas del rock$roll, la complacencia y la apolítica creativa; con la actitud pendeja del que no se atreve a decir nada porque tiene miedo o porque está demasiado coqueado, con su Coquito, como para darse cuenta de que lo están violentando.

Durante esos años, también teníamos que soportar a los tracas de la tele, a los homosexuales y lesbianas de la prensa geisha, además de la tecnocumbia de Ruth Karina, Rosi War, y escuchar “Sarita Colonia” de Cachuca, con su baile del chino, chino, chino, predicando que nos metamos en el monstruo; mientras nuestras viejas tenían que ir a los mítines y soplarse diez horas paradas, escuchando y alabando al chino conchesumadre, para recibir medio kilo de arroz que solo le alcanzaba para servírselo luego a su hijito, que llegaba al día siguiente a su hogar, resaqueado y oliendo a semen luego de una noche loca, alucinándose un vanguardista.

En esos años difíciles, como parte de los psicosociales y la prensa chicha de Montesinos, nace Poetas del asfalto (1995), años en los que también la mayoría de poetas y rockers subtes huían del país cuando las papas quemaban. Pero muchos se quedaron, porque no pudieron irse o porque no se dieron cuenta, y continuaron drogándose, cantando, embriagándose y sobre todo escribiendo para publicar en los fanzines amarillos y geishas que por allí pululaban. Así llegó la segunda mitad de los noventas, y tras la fraudulenta reelección del Chino, comenzaron los años de la resistencia, de las amenazas de muerte. Pero para mí eran los años con la tegen de los colectivos de arte, con Oktubre, de las borracheras con la gente de Hora Zero, con Juan Ramírez Ruiz y Feliciano Mejía, con la gente de Kloaca, con Mingo de Ramos, Roger Santivañez y Mary Soto, o con la gente de Del Pueblo, de Piero Bustos y el Negro Acosta, con los Poetas del Asfalto; pero también la de los botellones de a luca: cóctel de anfo, con gasolina, kerosene y lejía, además de una par de gotas de alcohol metílico para quitarle el mal sabor, y que si no te desinfectaba el estómago o lo desaparecía, te ponía pasuchi, con la gente que aún sobrevivía a la experiencia de Botiquín, adormecidos y más idiotas.

Richi lakra

Ricardo Vega Jaime, la jefatura de PDA y Luis Mujica en entrevista radial

Luego vinieron los años del centro contracultural ―aunque conociendo a Acosta, creo que mejor hubiese sido centro contranatura(l)― El Averno. Debo confesar que empecé a leer en recitales de poetas borrachos (Velorio dixit), gracias a las continuas invitaciones de Ricardo Quesada, el Charlie más grande que Charlie Hebdo, que solía organizar recitales como Desakato, y luego los encuentros con los poetas Fernando Laguna, que empezó a publicarme en Prosa Procaz, con Richi Lakra de Poetas del Asfalto, con Juan Carlos Grimaldo “Maskara”, que sacaba el fanzine El Poste, y bastante después con Carlos Barzola, el “Chino Velorio”, que empezó a sacar Libelo Falaz o Christian Portocarrero que no recuerdo qué sacaba. Para eso ya habían pasado un par de años desde  Acta de resistencia, mi individual casi itinerante, entre Independencia, CC. San Marcos, el Averno, el boulevard Kilka y el Palacio de Justicia; además de las intervenciones urbanas previas a la marcha de los cuatro suyos. Luego la gestión del primer Arte sin argollas, y después de eso, muchísimo alcohol ha circulado bajo el río, y desde el puente a la alameda.

Durante esos años, para mí, hacía una década que Quilca, había desplazado ya al pasaje Peñalosa, como el lugar en el que podías hacer música, emborracharte y pepearte hasta terminar anestesiado, temblando de frío y quedar dormido en cualquier parque. Y desde esos años hasta ahora, han empezado a irse algunos: se fue Kilowatt, se fue Ramírez Ruiz, se fue Betto Amaya, luego Ricardo Quesada, se fue Fidel Melquíades y después tantos otros que no sabemos, o que revienen cual ave fénix, como el Primo Mujika que reapareció luego de que habíamos celebrado su velorio o Mascarita que siempre aparece cual Matrix recargado.

Jiron Quilca

Paredes de Jirón Quilca. Lima-Perú

De todos los Poetas del Asfalto, el que más recuerdo es el número 16, que todavía coordinaba Richi “Morge”, edición de antología en cuya portada, diseño thanático de Fernando Laguna, aparecemos casi todos, ocho poetas ahorcados, colgando sin pies de un árbol seco, que riega con la sangre de los ejecutados un campo de flores en medio del desierto. Nada más trágico, nada más poético. Ya desde aquella época sabíamos que veinte años no eran nada, a pesar de que ahora Richi Lakra o Ricardo Vega Jaime, pretenda copiar la imagen de Jonh Lennon, lo cual ya es síntoma de bastante senectud.

Después de todo esto, considero que Poetas del Asfalto es una publicación fundamental para entender el universo contracultural del Punk limeño, y las coordenadas subterráneas de las periferias transformadas en visceral poesía del asfalto, la vereda, las molotov y mucha caña. Atomizada en el centro histórico de Lima, como el universo lírico de marginales, informales, drugos, apretones, asesinos, mendigos, fanáticos religiosos, locos cagados del cerebro, ladrones, cabros, prostitutas, niños aspirando terokal, entre hardcores-metals-chicheros, violadores, basurales, tracas y harto olor a orines.

Y, a estas alturas, Richi Lakra, y sus no sé cuantos años de poeta, rocker y subterráneo hasta las vísceras, ya es mucho más querido que Daniel F, por los chicos de quince, dieciocho y veinte años ―que nacían cuando se publicaba el primer número de Poetas del asfalto―, teniendo al F como su más cercana competencia. Ellos suelen hablar emocionados del tío Richie, pero quién es uno para decirles que la jefatura de Poetas del Asfalto también es de carne y hueso, que tiene caries, que vomita cuando se pasa de tragos, que se pajea pensando en el culo arrugado de Charles Bukowski, y que a veces, muy pocas veces, también sueña.

Y ahora que te veo en las calles o en tus recitales efebocráticos con puro chibolo afeminado que se alucina malo, veo que lo has logrado, y que producto de esos veinte años de poluciones nocturnas, de sueños, de bajadas y subidas constantes al cerro el Pino, de hardcore, poesía, terquedad y sobre todo resistencia, son estos cien números de Poetas del Asfalto. Veinte años no son nada cuando se vive junto al cielo, pero se habita en el infierno. Que se vengan muchos más, entre reces, chelas, anfo y otros puchos.

Lima, víspera de Santo Valentino, febrero 2015-02-13

 Fernando Cassamar

Publicado en Poetas del Asfalto n° 100. pp. 71-79.

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Todos los caminos nos llevan al abismo. Lou Reed

A Ricardo Quesada (1956-2011)

in memoriam

Vamos Lou, el camino está cerca –repitió; pero estaba muy lejos como para decir que se podía ver algo del horizonte. Ese horizonte que él siempre esperaba. Eso fue durante la mañana de un 18 de diciembre, cuando en Lima el Sol empezaba a florecer, y los drugos y gays de Plaza San Martín, aún se desperezaban. “De cara al sol” como los fasci di combattimento, de Mussolini. Y Lewis Allen Reed, más conocido como Lou Reed, no pudo hacer otra cosa que pensar que su vida pudo haber sido otra cosa, y que si hubiese nacido en Lima, no hubiese tenido que hacer mucho para que su rostro apareciera en una de las portadas de Poetas del asfalto. Pero luego de lou_reed_541_361caminar por todo el Jirón de la Unión, uno de los mendigos que pululaban por Plaza de Armas le recordó que hacía ya buen tiempo, Allen Ginsberg había caminado también por esas calles, buscando a jovencitos para drogarlos y luego tirárselos sin lubricante. Y viendo la pileta de la Plaza de Armas pensaste que era un día perfecto para inyectarse heroína, con aquella rabiosa jeringa que poseías desde Brookyn, y que traías desde New York park. Pero pese a ello, no pudiste entender que Nueva York, a lado del Cerro el Pino, era una ciudad envejecida, como la ajada postal que parecía ya papel risla y que llevabas en el bolsillo izquierdo, con sus torres aún erectas.

Tu surname, Reed, simplemente red para nosotros, nos recordaba entonces al entrañable Ejercito rojo, de cuando tu padre Sydney Reed no pensaba aún en follarse a tu madre Toby Futterman. Pero tú Lou, naciste un 2 de marzo de 1942, cuando Dios no estaba enfermo ni grave, solo un tanto resaqueado. Se dice que durante la infancia fuiste considerado un niño problemático debido a tu tendencia hacia la homosexualidad, por lo que a los 14 años recibiste tratamiento psiquiátrico e incluso fuiste sometido a sesiones de electroshock para curarte esa sucia tendencia queer,  algo que cantarás luego en “Kill your sons”, tema que casi no soporto. Y que luego pasar por una universidad de Nueva York, ante la mierda del mundo te fuiste haciendo un hombrecito que quería ser músico, hasta que conociste a Jonh Cale, un discípulo de John Cage, con el que formarás, hacia 1964, The Velvet Underground, banda mítica que luego recalará en la Factoría de maricas de Andy Wharhol . Eran los tiempos del cine underground, y ustedes decidieron tomar el nombre del título de un libro sobre sadomasoquismo de Michael Leig titulado también The Velvet Underground.

Durante esa época, su patrono Warhol les impondrá la presencia de la alemana Nico (Christa Päffgen), cantante y modelo estrella de la Factory, y pasarán a llamarse The Velvet Underground & Nico, con algunas canciones adaptadas a la voz de Nico, y con ella aparecerá en mayo de 1967 el famoso disco, con el célebre plátano diseñado por Warhol, como portada. Luego vendrán tiempos en los que te deshacerás de Warhol y de Nico, y luego de grabar el segundo álbum de la Velvet,  White Light/White Heat, harás lo mismo con John Cale, porque, según se dice, te morías de celos debido a su prodigioso talento creativo, pues era él, el que le daba la nota experimental y vanguardista a la banda. Luego tu mismo dejarás la Velvet, en agosto de 1970, para un retiro espiritual, en casa de tus padres. De la época de la Velvet, yo solo recuerdo la voz oscura de Lou en esa suerte de chanson de amour llamada “Heroin”, y los aullidos de la viola de Cale en “The Black Angel’s Death Song”.

Lou con Bowie e Iggy Pop

David Bowie, Iggy Pop y Lou Reed

Se dice que luego de la Velvet grabaste un disco con Rick Wakeman y Steve Howe, ambos integrantes de la mítica banda de rock progresivo, Yes, que será un fracaso, y que luego, con Transformer, álbum de glam rock, producido por David Bowie, alcanzarás la cumbre, sobre todo por temas como Walk on the wild  side” y “Perfect day”, que luego podré escuchar en la película Trainspotting, de Danny Boyle, con esa imagen en la que uno de los drugos, se sumerge en la tierra a manera de enterramiento que lo arrastrará a un pabellón psiquiátrico, tema que luego también cantarás con Luciano Pavarotti. Sabemos también que luego de tu primer matrimonio, te casarás definitivamente con Lurie Anderson, que envidia Lou. Claro también sabemos que te fuiste en mayo del 2013, y que luego de eso todos los poseros, hipsters, bisexuales y groupies de Lima postearon tu foto vía Facebook y Twitter, para parecer interesantes y cultos.

Muchas cosas para un solo día Lou el oscuro, Lou el rojo, pero no como ese Lev organizador del Ejercito rojo, sino como ese Erick “descubridor” de Groenlandia, como recorredor de las Oceanías y tierras vírgenes de la mente; en tu mundo de pastrulos, de pasuchis, yonkies, cabros y tracas. Un espacio asonante al mundo de un limeño promedio, en el que los niños “fuman” terokal, porque dicen que les quita el hambre, mientras los viejos pedófilos se pajean observándolos, y esperan el menor descuido para violarlos; y los travis, por unas lucas, cuando no les roban, dan yapa al paso a los tíos quemados que les gusta también recibirla por atrás. Pura mierda Lou, pura mierda. Me hubiese gustado mejor detenerme en Lou Andreas Salomé esta noche. Pero que tengas una buena noche.

Infierno en Lima, diciembre 2014-12-15

Fernando Cassamar

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