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Aniversario y balance. Una debilidad por las fronteras y los márgenes

La travesía de Laberintos Suburbanos empezó un 2 de marzo de 2015, como un intento de inserción a-estética en el informe espacio de todo lo despreciado, lo banal, lo críptico y contaminado, como una apuesta en pos de una ilustración alternativa, cuya razón luz, desde el principio optara por una suerte de visión tubular, visión que tuviese como analogía, la noción de un centro negro o punto ciego, cuyos márgenes iluminados, inmaculados, vayan abriendo la posibilidad de detenernos en lo poco visible, como praxis de descentramiento de los focos de atención en exfocos que permitan el desocultamiento de lo minoritario, de lo marginal, de lo excluido, para abarcar así todas las variables posibles y pasibles de ser relatadas, enunciadas e historiadas, como apertura hacia multiplicidades y diferencias totalmente nuevas, o simplemente nunca antes vistas ni oídas; ya sean políticas, antropológicas, sociales, sexuales, sub o paraculturales, pero insertas en un espectro en el que lo que se desea elucidar o iluminar no sea lo ya racionalizado, sino lo irracional, lo oscuro, apuntando a aquello que de alguna manera podríamos identificar como antimainstream, pero que no solo se detenga en lo contracultural, sino que en su espacio abarque también lo bizarro, lo monstruoso, lo escabroso y amoral.

Por ello, desde el principio quisimos plantear la idea de viaje como referente de circulación y lectura, en el que cada texto funcionase como una estación o punto de parada y de partida en un intenso, extenso y aleatorio desplazamiento cíclico, a la manera de un metro subterráneo o un mototaxi suburbial, que obedeciera a una retórica incidental, insurrecta y errática; desplazándose por los límites e intersticios de la ciudad. Por los laberintos de una ciudad igualmente codiciada y despreciada; como una urbe formal, pero marcada o asediada por la ilegalidad e informalidad de sus intersticios, fisuras y márgenes, que como alter realidades, se presenten emergiendo desde las zonas opacas u oscuras de la ciudad oficial. En un punto en el que la imagen central o protagónica de Laberintos suburbanos ―imagen muchas veces cuestionada debido a lo que ha representado―, se presenta como la metáfora efectiva de una postal histórica-imaginaria, desde la que se va armando, a manera de rompecabezas, el relato de las múltiples miradas de deseo, de desprecio y de resentimiento hacia “Babilonia la grande”, pero vista o asediada desde sus márgenes, desde el ansia talibanesca de un observador oculto, de un guardián en el centeno, de un celador que observa alucinado la ciudad, pero solo para devastarla.

caosEn ese contexto, la imagen de la ciudad añorada, es vista desde suburbia. Y es desde esa idea o imagen-símbolo, desde la que podemos entender el punto de partida y de llegada de Laberintos suburbanos. Un itinerario manifiesto desde una aspiración localista, pero determinada por una ambición cosmopolita: la de abordar ciudades en abstracto, hasta hacerlas a todas una, pero vistas o visitadas desde sus sedimentos, desde sus fragmentos, desde sus cinturones de miseria e ínsulas, hasta abarcar y comprender todas sus manifestaciones culturales, subculturales y contraculturales, incidiendo en una antropología del “no-lugar” (Marc Augé), para construir desde allí, un espacio-plataforma de abordaje y confrontación crítica sobre la ciudad, sus suburbios y laberintos. Abordando también la noción de “ciudades muertas”, pero vistas desde referencias distintas, asociadas a la idea de destrucción o desvanecimiento de la ciudad cosmopolita, violenta y posmoderna, para construir otra ideal.

Desde el principio esas han sido nuestras razones, sobre todo porque irrumpimos en un momento que considerábamos crucial, insertándonos en un contexto en el que experimentábamos lo que sartreanamente se ha evidenciado como una suerte de náusea existenciaria; una sensación óntica e individual que al ser traspasada a lo social, se fue convirtiendo en actitud sociopolítica. Presentándonos cada posibilidad de canalización y diseminación de ideas como salidas nuevas, como ensayos nuevos o vías de escape hacia posibilidades otras, posibilidades que nos han ido proveyendo de pretextos para abordar y repensar discursos o símbolos ubicados en los márgenes casi siempre invisibles y ausentes de la ciudad, como (ex)centros de lo discriminado, de lo segregado, de lo criminalizado por lo que hemos aprendido o se nos ha enseñado a conocer como cultural oficial o real, para desdeñar otras posibilidades.

Por ello lo pensamos y asumimos la especificidad de estos discursos ―como signos foucaultianos de poder― y su exterioridad, desde donde aspiramos albergar y tolerar no solo lo normalizado o domesticado dentro de los parámetros estéticos y políticamente correctos de la sociedad, asumiendo que se discrimina y desdeña todo lo que no puede entenderse o racionalizarse desde el interior de los prejuicios, a manera de obstáculos epistemológicos (Bachelard), sino también el espectro amplio de lo anómalo y marginal, en una suerte de exterioridad deleuzianamente rizomática que va construyendo, a manera de enclaves, guetos o centros de concentración, archipiélagos de otredad que van diseminándose en el interior “mismo” de la mismiedad; en una geografía metropolitana que va adaptando sus necesidades a nuevos esquemas de control y represión.

En este sentido, no obstante que parecemos habitar en un espacio culturalmente democrático, normalizado, socializado y aséptico, solemos encontrarnos con esos intersticios encubiertos, negados, desacreditados por su impureza, su disonancia o su marginalidad simbólica, espacios segregados que son los que resultan propicios para nuevas reflexiones y disquisiciones, desde sentidos nuevos que podrían permitirnos un reabordaje, recreación o clasificación-desclasificación de las diferencias, en eso que Jacques Derrida entendía, en los Márgenes.., que estaba más allá del texto filosófico ―o de cualquier texto en general―, en el que “no hay un margen blanco, virgen, vacío, sino otro texto, un tejido de diferencias de fuerzas sin ningún centro de referencia presente”, y que suele albergar racionalidades fronterizas que pendulan, absorben y se articulan, no en el interior de un ethos social, sino en el inter-espacio de múltiples ethos y conciencias, en territorios de recepción, creación y enunciación, pero prestando atención a las zonas marginales o suplementarias de la imagen-texto.

Es por ello que, luego de todo este tiempo, hemos querido presentar esto como una posibilidad (ex)ótica, como un lugar de confrontación que irrumpe en un entorno poco inspirador y delirante que está viendo emerger avatares nuevos de fascismo y microfascismo, pero también nuevas formas de resistencia. Lugares en los que atreverse, luego de un primer impulso que terminó por desarticularnos (2015-2018), derivó en la posibilidad de hacernos reformular estrategias que se fueron tornando más conflictivas y arduas, sobre todo si asumimos esto como plan y plataforma aspiracional, en el deseo de ser o manifestarnos como contrapeso asistémico, al proceso de descomposición y degradación social sistémica que desde sus múltiples manifestaciones se viene repotenciando y normalizando en toda la región.

En este sentido, así como hablamos del histórico fin de ciclo de la izquierda latinoamericana, y del consecuente ascenso de sectores retardatarios y ultraconservadores al poder, entendemos también que los desafíos actuales se han repotenciado. Sobre todo porque este nuevo viaje no implica únicamente asumirnos como ejes o soportes de pluralidad, o de una apertura hacia éticas y estéticas alternativas, que, debido a su condición germinal o marginal, no solo no tendrían espacio en el interior de los circuitos hegemónicos, sino que se les ha combatido, reprimido y condenado en el interior de un espectro en el que la negación solo ha resumido actitudes performáticas y pasivas, en las que la opción por el NO, se presenta únicamente como distanciamiento de prácticas de embrutecimiento desplegadas como política de dominación auspiciada por el mainstream cultural vigente; sino que la consigna sea asumir la labor activa de ir más allá de lo estricta y estérilmente intelectual, para impregnarnos así de estrategias socioculturales y políticas disidentes, que estén relacionadas a una logística, pese a sus parcialidades, de frente único que reaccione contra todo lo que se nos presenta como civilizacional y políticamente abominable.

De ahí que, ante una lógica sociopolítica y cultural de degradación social e individuación sicológica, ya no sea suficiente solo decir NO; sino que se trata de lograr ―con nuestras prácticas cotidianas o temporarias―, que cada vez menos personas opten por el SÍ, y que, desde la negación ante una normalidad que percibimos como enfermiza, podamos aprender a construir un futuro cada vez más integral y abierto. Y es por ello que, desde nuestro planificado nomadismo, hemos querido ser un espacio-plataforma de abordaje crítico, de análisis entorno a visiones enfrentadas sobre lo urbano, lo cultural y lo subcultural. Desde visiones nuevas que canalicen elementos que emergen desde las fisuras y extremos metropolitanos, desde las fronteras de la ciudad amada y detestada al mismo tiempo, desde una urbe que parece reclamar para sí una integralidad real, un mundo ―como decía sub-Marcos― en el que quepan muchos mundos, desde aquella noción de apertura hacia multiplicidades y diferencias no visibles para abrazarlas como propias.

Laberinto subterraneoMuchas veces hemos errado y otras pocas acertado. Pero en nuestro descargo diremos que, pese a que nuestro objetivo ―visto en el manifiesto-exposición de motivos―, como un ejercicio crítico, ha sido abordar, desde las referencias de nuestra especificidad local, como asuntos globales, glocales, o nacionales, los problemas ligados a los márgenes de esa mundialidad política, económica, cultural, psicológica, ideológica y antropológica de las sociedades colapsadas o en tránsito. Dinamizados  por el hecho de querer edificarnos como un espacio de reflexión y trabajo; abrazando, desde aquella pulsión nómade que quisiéramos termine por caracterizarnos, la idea de instituirnos como una plataforma que funcione, al menos aspiracionalmente, como un observatorio de experimentación y terreno de experiencias, pero de efectos colaterales en otros campos como el activismo, el artivismo y la confrontación social. En ese sentido, como lo hemos escrito en nuestro manifiesto-exposición de motivos:

Laberintos Suburbanos: Espacio de crítica, arte, activismo y accionismo, de encuentro y debate en torno a manifestaciones culturales y materias artísticas marginales, minoritarias, transgresoras, subterráneas e intersticiales; en el que la ciudad es abordada desde sus fisuras, desde sus suburbios, desde sus fronteras y extremos metropolitanos. A partir de una poética de lo banal, de lo marginal, de lo trivial, de lo críptico, de lo fragmentario y lo contaminado. Más allá de esto, Laberintos Suburbanos obedece a una lógica incidental, insurrecta, errática y caprichosa, en la que circulan materias nómades, subalternas, aleatorias, subterráneas, inestables, proteicas y marginales, como un observatorio de experimentación y fábrica de experiencias, pero instalado en los límites, en los intersticios y márgenes metropolitanos, a la manera de un celador, como un cazador al acecho u observador oculto que mira alucinado la ciudad para… (LabSub 2015)

Y es en este espectro en el que la mirada alcanza un rol fundamental y constituyente, pues nuestras visiones sobre lo real-social, pero también las suyas sobre lo virtual-emocional, terminan por plantear un tema que resulta aún bastante difícil, pues entendemos que los fines relacionados a la asunción de una estética del NO, asociados a un nomanismo no solo geográfico sino también óntico, permiten, como mecanismo de búsqueda aspiracional de todo lo encubierto o negado, que nuestros ejes funcionen como un espacio u observatorio de experimentación y fábricas de experiencias minoritarias, marginales y múltiples, pero de efectos colaterales en otros campos de la vida, un plataforma u observatorio que tiene como eje de aglutinación a todo lo historiable y/o clasificable, pero abordados desde una noción deconstructora, que asume su debilidad derridariana por los márgenes.

De ahí que, en el interior de esta noción de “Aniversario y balance”, queríamos parafrasear a José Carlos Mariátegui, y tomar nuevamente el título del texto que él escribiera al “celebrar” el segundo aniversario de la emblemática revista Amauta. Y decir también que no se pueden entender la historia en otros términos que en el de la duración, y que “No vale el grito aislado, por muy largo que sea su eco; vale la prédica constante, continua, persistente. No vale la idea perfecta, absoluta, abstracta, indiferente a los hechos, a la realidad cambiante y móvil; vale la idea germinal, concreta, dialéctica, operante, rica en potencia y capaz de movimiento” (Mariátegui 1928). Además de decir que nos esperan largas jornadas de resistencia y participación urbana para evitar que la podredumbre y el horror del pasado  vuelva e intente arrebatarnos nuestra casa, nuestra ciudad y nuestra patria, además del futuro de los que todavía pueden soñar y creen que se puede refrendar la idea o posibilidad de edificar, de construir algo totalmente nuevo con lo poco que aún nos queda.

Finalmente, no nos gustan las cosas tal y como están. Por eso, siempre diremos que nos manifestamos y estamos en contra.

Fernando Cassamar

 

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Laberintos Suburbanos (2019)

Espacio-plataforma de abordaje crítico, desde las fisuras, fronteras y extremos metropolitanos

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Archivado bajo Crítica urbana, Ensayo político, Laberintos Suburbanos, Manifiesto, Resistencia Cultural

Caosmosis y egopolítica limeña II. La ciudad como campo de batalla

Rafael Ojeda

A los períodos de crisis le siguen otros en los que las contradicciones se hacen más intensas. Contextos críticos en los que la presión de las mayorías sociales sobre el Estado, en pos de obtener una participación mayor en los asuntos nacionales y en los beneficios que la modernidad podría brindarles, entra en contradicción con la excluyente rigidez del aparato institucional y su ordenamiento jurídico que debería protegerlos, pero que, al sentirse desbordado, por lo general no lo hace. Períodos en los que el aparato político suele estar entre dos fuegos. Entre las exigencias de los sectores ultraconservadores, que fácilmente tienden a rebasar -en algunos casos solo aspiracionalmente- los márgenes de la institucionalidad y el estado de derecho, pues, seducidos como están por el autoritarismo, aspiran estos a la represión sin reparos de las protestas populares y demás conflictos sociales; lo cual históricamente ha derivado en la destrucción de la democracia y la “pacificación” vía la ruptura o interrupción del orden constitucional. Y las exigencias de una población fragmentada, que al sentirse excluida, suele manifestarse a través de la acción de distintos bloques de presión.

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Serie: Ciudades en Movimiento, Alessandro Papetti

En este contexto, en el imaginario político social de los sectores conservadores y ultraconservadores, ha ido emergiendo la idea de que, ante las convulsiones sociales, un Estado democrático que considera y respeta los derechos fundamentales y constitucionales de sus ciudadanos, siempre va a tender a ser tímido en sus facultades disuasivas y represoras, frente a los disturbios causados por los movimientos sociales, que pugnan en pos de perentorias reivindicaciones, por lo que, para ellos, la constitucionalidad y la legalidad funcionaría como un lastre para la añorada “armonía social”, una armonía que solo se alcanzaría con la anulación o hipertrofia de los antagonismos sociales. Por lo que, estos ciudadanos de extrema derecha, no comprometidos ni identificados con la constitucionalidad política y el orden democrático, apelarán siempre al recurso del golpe de Estado.

1. Caosmosis y crisis de representación

Hay en la ciudad contemporánea una noción emergente y terminal al mismo tiempo, como punto de partida de incertidumbres e inestabilidades encarnadas en las múltiples manifestaciones caóticas, cuyos efectos han tendido a diseminarse hacia todas las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales de la capital. Inestabilidades que tienden a desbordar las cartografías urbanas y mapeos de ciudadanía, a partir de procesos desbocados, que están demostrando la existencia de una suerte de ósmosis caótica, de influencia recíproca de procesos caóticos o de reciprocidad crítica en sus efectos urbanos.  Por lo que aquí el concepto caosmosis, no tiene el mismo significado o se desliga un poco del que le diera Félix Guattari, en su libro del mismo nombre, al definir lo caósmico como la interacción dinámica del caos y el ordenamiento inestable de lo complejo, presentado como una suerte de danza, coexistencia o “reconciliación entre el caos y la complejidad”[i]; sino que define un contexto urbano inestable, en el que se dan, en ósmosis, una serie de procesos caóticos que se van autoreforzando y articulando, agudizando el espacio crítico, hasta determinar nuevos efectos antropológicos, económicos y culturales, que describen nuevas actitudes sociales y nuevos antagonismos sectoriales, que están determinando las novísimas evoluciones y comportamientos de una población y una ciudad cada vez más enfrentada, fragmentada y caótica, pero interrelacionada.

Fractal 3D 4Todas estas contradicciones y tensiones sociales, fueron confluyendo en las ciudades más importantes del país, urbes que surgieron como focos de aglutinación que movilizaban proyectos unitarios de nación, pero en torno a ideales de progreso y a mitos de desarrollo la mayor de las veces no coincidentes entre sí. Fenómeno que en Lima fue mostrándonos su fase más vertiginosa y salvaje; evidenciando el fracaso de los proyectos unitarios, además de, debido al desborde popular producto de las migraciones campo-ciudad, la obsolescencia del Estado peruano; lo que nos ha impedido, hasta hoy, alcanzar una idea de identidad concreta, que defina un proyecto de nación adherido a una norma ciudadana, ante multiplicidades cada vez más evidentes que pugnan por una inclusión tolerante. Donde Lima, como otras ciudades cosmopolitas de América, se ha convertido en el ejemplo palpable de aquella preocupación fallida que ha significado el proyecto moderno de Estado-nación.

No obstante ello, si esta situación caótica que se retroalimenta así misma, está arrastrándonos al colapso, también desde allí parece vislumbrarse algunas luces de solución, que podrían también leerse desde la cada vez mayor presencia y protagonismo de los movimientos sociales y bloques regionales. Fenómeno que a la vez de albergar sectores que, contradictoriamente, representan a un gran espectro social masificado y fragmentado al mismo tiempo, como la proliferación de los márgenes, pero con incidencias de violencia social, criminalidad, inseguridad ciudadana, insalubridad pública,  pero que por ello mismo, también tiende a crear algunas alternativas que pueden vislumbrarse a partir de lo que el mismo Guattari ha llamado “revolución molecular”[ii],  pero en el sentido positivo del término, como fuerza de desagregación frente a la pulsión general y totalitaria, que marcharía en pos de una suerte de -si lo decimos a la manera de Jacques Derrida- diseminación de protagonismos, como inserción o emergencia de múltiples movimientos resistencias, manifestados a través de huelgas, bloques sociales, movimientos regionales y organización diversas, trasversales y antisistémicas, como síntomas del advenimiento de una crisis mayor, que muestran un escenario en el que existe una contradicción fáctica entre el funcionamiento y acción de la sociedad civil y la acción del Estado, en un escenario de Estados débiles aunque en apariencia tolerantes y democráticos versus Estados fuertes de corte absolutista y autoritario. Lo que nos ubicaría dentro de los márgenes “caosmáticos”, en el interior de las teorías peyorativas sobre los Estado colapsados o fallidos, que en nuestro análisis asumiría la noción de ciudades colapsadas.

Ludwig Meidner, Apocayptic Landscape, 1912

Una mirada a las ciudades infernales: Paisaje apocalíptico, Ludwig Meidner, 1912

Así, las exigencias sociales en pos de visibilización y reconocimiento, hacen que en la ciudad abunden múltiples manifestaciones sectoriales: huelgas y marchas políticas multitudinarias, debidas a que el Estado ya no representa o ha dejado de representar los intereses y aspiraciones de sus electores. Esta crisis de representación democrática, en la que las grandes mayorías, grupos o sectores que en la jerga científico social son contradictoriamente denominados “minorías sociales”, debido a su condición subalterna, en términos de poder, ubicados en una escala inferior de protagonismos políticos sociales, han empezado a nuevamente a desconfiar del aparato político, normativo y civil del Estado, a desconfiar de la política, de la democracia y de su sistema de representación. Lo que está haciendo evidente la incongruencia existente entre los proyectos políticos y urbanos articulados desde el Estado, y las necesidades reales de una población que, debido a su eterna condición de frustración y desprotección, no se siente representada y tiende a exasperarse.

Todo esto, por un lado, al alejar las aspiraciones poblacionales, ideológica y políticamente de la corrección democrática, la seguridad y la normalidad, elementos que han debido de ser provistos o reforzados por el Estado, hizo que algunos sectores de la población terminen repudiando abiertamente la formalidad y la legalidad política, incluso la formalidad de algunos partidos socialistas o “revolucionarios” legales, de la izquierda peruana, para simpatizar con los grupos que durante la década del ochenta, iniciaron la lucha armada en el Perú, en una guerra contra el Estado que, según sus cálculos, debería extenderse desde el campo a la ciudad, es decir, desde el Perú profundo hacia la capital peruana, es decir Lima. Por lo que ha sido ese contexto crítico, aún irresuelto en nuestros días, el que hizo que, durante los años ochenta, la violencia estructural y la sobre extensión de las brechas sociales, hicieran que grupos alzados en armas, como el PCP-Sendero Luminoso y el MRTA, se presentaran como una muestra concreta, descarnada y violenta de la aquella informalidad política y militar, surgida desde el descontento y el olvido de las masas poblacionales de los andes; desprendiéndose desde aquella asimetría que ha dividido a Lima y a la sociedad peruana, desde tiempos coloniales, entre ricos y pobres, poderosos y olvidados, urbanos y rurales, criollos e indígenas, además de los adherentes y los descontentos con un orden a todas luces problemático.

Por otro lado, fue también en esta situación de turbulencias, violencia y conflictos sociales, de corrupción y de la falta de legitimidad de los múltiples poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), y de falta de credibilidad en la clase política, en la que fue madurando, en la sociedad limeña, aquella eviterna debilidad por el autoritarismo, como pulsión hacia el recurso ordenador, unificador y disolvente, que vía la contención de las protestas sociales y políticas, por medio de la represión político-militar, que se dio aquella nueva interrupción del orden constitucional y democrático en el país: el 5 de abril de 1992. Golpe de Estado que, debido al descrédito y la crisis política, fue apoyado por un amplio sector de la población peruana, cometido por el entonces presidente Alberto Fujimori[iii], quien durante aquella noche del 5 de abril, decidió “disolver el Congreso”, terminar con el orden democrático que lo había llevado al cargo, y desconocer la Constitución de 1979. Un golpe denominado cívico-militar, debido a su naturaleza atípica, con el que se quebró nuevamente el orden democrático recuperado hacia solo una década, en 1980, con la juramentación de Fernando Belaunde Terry, luego de un largo período de dictadura militar[iv].

Todo esto fue mostrando que continúa irresuelta la incongruencia existente entre el sistema político y las circunstancias sociales que fueron emergiendo ante lo que Matos Mar ha denominado desborde popular. En un punto en el que el Estado peruano, antes como ahora, se encuentra entre dos fuegos, como en la República de Weimar en la Alemania, previa al ascenso de los nazis al poder: entre los que exigen justicia y la radicalización de la democracia y el de los sectores ultraconservadores filofascistas que desean acabar con el parlamentarismo para que se imponga la fuerza nuevamente.

2. Antipolítica y tentación autoritaria

Cabe recordar que ha sido en un ambiente de crisis como este -es decir en un ambiente de inestabilidades y de carencia de representación-, en el que, durante últimos años de la década del ochenta y los primeros del noventa, se fue creando las condiciones necesarias para que ese nuevo orden dictatorial se imponga, un nuevo orden autocrático articulado tras el advenimiento de Alberto Fujimori al poder. Por lo que podemos decir que tras el autogolpe de Estado del 5 de abril de 1992, la década del noventa significó la irrupción de un nuevo gobierno policiaco, cuyo primer objetivo fue acabar con las instituciones y los partidos políticos, que, a pesar de todo, aún pueden ser vistos como el sustento doctrinal y el espíritu plural de la democracia, dando inicio a un nuevo período de persecución, corrupción y crímenes políticos.

Fujimori, que gobernó entre los años 1990 y 2000, en base a un plan económico diseñado por los organismos financieros internacionales –el FMI y el Banco Mundial-, con el apoyo del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) y el Ejército peruano, asumió el control del Estado, a partir del empoderamiento absoluto del Ejecutivo, tras “disolver” el Congreso de la República y reformar la Constitución Política del Estado, a su antojo. Lo que le fue asegurando la impunidad ante la crueldad y los excesos y abusos de poder. El punto fuerte de sus prácticas políticas fue, sin lugar a dudas, su política antisubversiva y la persecución de sus adversarios políticos. Lo que ocasionó genocidios y violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos, casos descritos ampliamente en el Informe Final  de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR);  un período caracterizado también por una acelerada política de privatizaciones de empresas públicas, negocio que elevó el nivel de corrupción, de malversación, de compra de conciencias, de cinismo y de hurto de las arcas fiscales, a niveles antes nunca vistos.

En ese contexto, cabe recordar que, como Hitler, Fujimori también tuvo su Goebbels en la persona de Vladimiro Montesinos: asesor presidencial, consejero, brazo derecho y jefe del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Algo que hizo que, producto del autoritarismo desatado por el llamado fujimontesinismo, ideológicamente se tuviera casi como bandera oficial, aquella frase atribuida algunas veces Goebbels, pero que probablemente haya pertenecido a Hermann Göring, comandante de la Luftwaffe de Hitler: “Cuando oigo hablar de cultura, echo mano a mi pistola”[v].  Y se cerniera por ello sobre el país, una etapa de corrupción, persecución y oscurantismo que fue alcanzando y contaminando todos los niveles de vida en sociedad. Desde la Iglesia hasta el fútbol; instituciones que fueron utilizadas también como mecanismos de control, dominación y aniquilamiento mental. Debido a esto, tal vez quepa decir que los noventas fue un período “sombrío” y de estupidización social. Un período de barras bravas, de tecnocumbia, de talk shows, de prensa chicha inundada de sangre, sexo e infamia, en el que incluso los clérigos de la Iglesia peruana parecen posesos exaltados, y se vuelven soeces y massmediáticos. Década en la que emerge en el ciudadano de a pie, un “nihilismo espontáneo” que va produciendo una generación “alpinchista”[vi], apolítica y conservadora, que desprecia las ideas y el esfuerzo mental, y hasta empieza a ver sospechoso cualquier tipo de manifestación que se esboce a sus ojos como “politizado” o “culturoso”.

Mas, esta actitud generacional, indiferente y sumisa, puede explicarse como el producto mejor logrado de una política de aniquilación mental, promovida por en el auspicio sistemático, como política de Estado, de una “cultura” de consumo, sustentada en un hedonismo de la simple diversión, ajustada a modas massmediáticas y soporíferas, dirigidas y administradas por la dictadura fujimontecinista. Con psicosociales y “cortinas de humo”, suministrados y diseminados entre la población, por todos los medios audiovisuales y escritos adictos al régimen.

102933__girl-mask-the-smoke-the-situation_pUn período en el que la población se fue haciendo devota de la chismografía, la frivolidad, el autoritarismo, la crueldad y el escándalo, que se sumaba al auge de una industria cultural, que al desplazar a la cultura popular –especificidad que cuando no fue aniquilada, terminó por ser absorbida por el mercado-, tuvo serias repercusiones en la capacidad intelectual y crítica del peruano promedio. Esto debido a que el gobierno fujimontecinista se había encargado de desacreditar a todas las instituciones políticas, a todas las ideologías –excepto la del libre mercado que era el sustento económico de sus acciones y el aparato logístico para complacer las disposiciones de las multinacionales financieras que lo favorecían-, además de desacreditar las aspiraciones intelectuales y política de la sociedad, pero específicamente a la izquierda peruana -venida ya a menos tras la caída del muro de Berlín y el fin de lo que se llegó a conocer como el socialismo real soviético-, sector político que fue asociado a los grupos alzados en armas, para legitimar así la represión y persecución de sus líderes, y poder contar con el apoyo masivo de la población, sobre todo el de los sectores económicos más bajos o desfavorecidos del país, que pasaron de ser un segmento poblacional generalmente apolítico, a ser uno antipolítico, alimentando en ellos el desprecio por las ideas, el desprecio por la tibieza o timidez del Estado frente a los disturbios y el odio a todas las instituciones democráticas, que son vistas como un lastre para la contención.

3. Desequilibrios y colapso de las instituciones

Se puede hablar de un período de crisis generalizada en el que las anomalías del sistema se van diseminando hasta contaminar todos los niveles de vida en sociedad: política, economía, cultura, religión, educación, deporte, arte, etc. Lo cual va originando que se prefiguren las condiciones de un colapso, que determinará el fin de una época y el principio de otra. El inicio de un período que podría estar marcado por nuevas posibilidades, pero también por el asedio de los fantasmas de un autoritarismo siempre presente y acechante. Por lo que quizá sea esa la eterna trampa de la institucionalidad en el Perú, que hace que, parafraseando a Marx del Manifiesto… podamos inferir que la permisibilidad de la “democracia” peruana, produce o suele producir, ante todo, a sus propios sepultureros. Sectores antidemocráticos y autoritarios, siempre acechantes y dispuestos a saltar el orden constitucional e invocar el “cuartelazo” cuando la democracia se vuelve un lastre para su situación de privilegios.

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“Tropas de asalto avanzando bajo un ataque de gas”, Otto Dix, 1924

Debido a esto, la política peruana se ha caracterizado por una regularidad endeble; siendo la inclinación democrática, más cíclica y esporádica, que connatural a la sociedad peruana. Pues, si evaluamos los acontecimientos históricos, veremos que estos revelan un cuadro caótico y poco auspicioso, en el que se suceden indistintamente una serie de períodos democráticos y extensos períodos dictatoriales. Lo cual compone una gravedad escalofriante, si consideramos -solo por mencionar los últimos sesenta años- que desde el ascenso al poder en 1948 del General Odría, vía golpe de Estado, hasta el fin del mandato del comandante Ollanta Humala, 2016, en el gobierno peruano se han sucedido catorce presidentes y, de todos ellos, seis, de distinta duración, han sido de corte dictatorial: (Manuel A. Odría 1948 – 1956; Ricardo Pérez Godoy 1962 – 1963; Nicolás Lindley 1963; Juan Velasco Alvarado 1968 – 1975; Francisco Morales Bermúdez 1975 – 1980; Alberto Fujimori 1990 – 2000). Es decir, el promedio en el que se alternarían los períodos democráticos y los autoritarios, serían de diez años, aproximadamente. Lo que nos dice mucho de esa tensión permanente entre constitucionalidad y autoritarismo, como pulsiones que se habría acendrado en la sicología peruana.

En este sentido, en algún lugar David Held ha sugerido que la democracia es un conjunto de reglas que permanecen como un telón de fondo para acción política, que es la que la valida; mientras el fascismo no requiere de esas reglas; sino funciona como un poder desbocado, un poder que funciona o se ejerce fuera de esos márgenes normativos y que se concreta en el autoritarismo. Esto explicaría la relativa facilidad con la que, en el Perú, se suele quebrar el orden democrático, además del subrepticio desprecio, de corte fascistoide, hacia la política, y todo el orden legal que esta implica, de gran parte de la sociedad peruana, población seducida por el autoritarismo. Un deprecio encubierto, la mayor de las veces, tras el pretexto positivista, tecnocrático e ideológico del management económico en boga.

Así, a la experiencia de la fragilidad del aparato político-democrático peruano, que tradicionalmente ha solido debatirse entre estos dos hemisferios o posibilidades administrativo-gubernamentales: entre el autoritarismo y la democracia, democracia que en sus períodos más críticos ha sido arrinconada bajo el concepto de anomia; se suma el hecho de que durante los últimos años, gracias también a la fanfarria de significados y estrategias de marketing articuladas por el neoliberalismo económico en boga, o ideología hegemónica que ha implicado la “marketización” o mercantilización de todo lo peruano, con el espacio de lo político, de lo histórico y lo etnológico incluido en ello, se ha dado una suerte de “circo electoral” que, debido a la falta de seriedad que está caracterizando al espectro político peruano, falta de seriedad que está afectando la solidez del sistema democrático mismo.

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Ciudades en movimiento, Alessandro Papetti

Esta propuesta, que durante los últimos años ha adquirido para sí el nombre de Marca Perú, estrategia publicitaria que promociona un  país en venta, en la que incluso la democracia se ha mercantilizado, convirtiendo las elecciones o procesos electorales, siguiendo esta asonante tendencia,  en un mercado o en una suerte de “circo sufragista”, que ha dado origen a espectáculos sustentados en una serie de efectivas campañas político-publicitarias, que, como estrategias de compra y venta, cada cual más bizarra que la anterior, que se suelen reactivar cada cuatro o cinco años respectivamente, bajo el subterfugio de obedecer a una “fiesta de la democracia” o a la manifestación de una libre responsabilidad cívica, que ha dado como resultado, personajes políticos cada cual más bizarro que el anterior. Y si pensamos esto, en función al esquema dejado por Max Weber, esto ni siquiera obedecería a un principio de autoridad tradicional ni a una “dominación carismática”, pues la actitud lúdica y despolítizada de la población, ha creado, en los últimos años, memorables engendros políticos[vii].

En términos formales, estas tensiones entre democracia y dictadura, transformada en la oposición anomia y autoritarismo, son avaladas por el desinterés poblacional hacia lo político y lo social, por una sociedad civil casi inexistente, además de la crisis de representación en la que ha caído otra vez el sistema de partidos políticos y la democracia peruana, lo cual ha devenido en el asentamiento de una suerte de “reino de lo imprevisible”, en el que gran parte de la población peruana suele optar, a partir de las múltiples contingencias que le ofrece lo social y la vida cotidiana, a partir de las directivas y emociones hegemónicas del imperio de la improvisación sin límites, espacio en el que parece haberse convertido el país.

Esto, que podría tener su correlato en el espectro caótico que ha adquirido la ciudad en las últimas décadas, debido a la falta de planificación de su entorno urbano y político, en un país caracterizado por la improvisación sin límites, por los outsiders políticos, por el no-diseño, por la saturación contingente de los espacios, por la poca preocupación y descuido estético; por el atentado permanente contra el patrimonio nacional, y por una informalidad política, complementaria y acorde a una informalidad económica y social, que es la que, por lo general, auspicia  esta sucesión de quiebres y reconstituciones del aparato democrático legal.

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Los estigmas del fraude llamado Marca Perú

De ahí que, esta noción de “nueva conciencia” social, en un contexto de degradación de aquella racionalidad que había inspirado los proyectos más serios de modernización peruana, degradación acelerada de manera insólita en un orden caótico que se retroalimenta, un orden “caosmósico” en el que la dinámica de los cambios políticos y antipolíticos, van exhibiendo, en ese trance, sus efectos multidimensionales y colaterales. Situación en la que las pautas institucionales que habían encausado los anhelos de futuro de la sociedad peruana, que habían sostenido la funcionabilidad del Estado desde los tiempos de instauración de la República hasta por lo menos los primeros o últimos años de los setentas, fueron desbordados. Originando, ante la inercia de las actuales estructuras políticas y sociales, poco flexibles, fiables y adaptables a este nuevo contexto, un contexto marcado el aumento de los antagonismos y por la fragmentación y la multiplicidad de lo social, frente a la crisis y falta de representatividad del sistema democrático peruano; en el que los sectores antisistémicos[viii] tienden a asumir un protagonismo problemático. Protagonismo debido al arraigo del autoritarismo y el subrepticio apego por lo dictatorial, en una población poco tolerante a la inseguridad y falta de certezas. Sectores populares cuyos intereses -que suelen identificarse con los intereses más retardatarios y retrógrados de la ultraderecha peruana- muestran una predisposición intolerante  y fanática hacia la aceptación de poderes desbocados. Algo que para nosotros se hizo evidente, durante la década del noventa, a partir de aquella inclinación mórbida hacia el autoritarismo y la corrupción, inclinación que siguen ostentando los actuales y aggiornados seguidores del fujimorismo.  

4. Egopolítica y el nuevo auge del autoritarismo

Desde este punto de vista, la sicología del limeño promedio o del neolimeño promedio resulta súper predecible. Sobre todo si hacemos un mapeo de las evoluciones de sus inclinaciones o preferencias políticas y antipolíticas, a lo largo de la historia republicana. Un historia en la que el fenómeno caudillista, o aquella pulsión criolla por el culto a la personalidad[ix], que parece estar inoculado en la sangre de los peruanos, ha evolucionado, para pasar desde aquella noción heroica y romántica, característica a los caudillos de los primeros años de la república, en relación a sus luchas y pugnas militares por el poder, casi sustentadas en la imagen del líder agonista y combatiente; hasta transformarse, sin perder su aspecto mesiánico y su carácter cuasi providencialista, en “caudillismos de escritorio”, como los que podrían caracterizar, con sus diferencias, a liderazgos carismáticos como los de Abimael Guzmán o Alan García, caudillismos que conceptualmente siguen calzando en esa taxonomía, de tipos de dominación o principios de autoridad weberianos, en lo que Max Weber denominó como “dominación carismática” -diferente de la tradicional, o de la específicamente racional, que sería el sustento de la modernidad política-, evidenciada en la fuerza emocional y motriz de los liderazgos carismáticos contemporáneos, “cuyas facultades mágicas, revelaciones o heroísmo, poder intelectual u oratorio”[x], encierran el detonante del fervor personal o arrobamiento que sienten por sus líderes o caudillos, los seguidores.

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La historia como flujo: de liderazgos heroicos a caudillos de opera bufa

De ahí que cabe preguntarse también, pero solo como anomalías sociales que podrían afectar a estos los principios de autoridad carismática contemporánea, por aquellos liderazgos contrahechos, en los que los nuevos “héroes” o líderes no se caracterizarían ya por sus actitudes gloriosas o heroicas, ligadas, si se quiere, a aquellos mitos fundacionales o legendarios que podrían tener sus equivalentes modernos, los que les dotaría de esa aura mesiánica y luminosidad que los ubicarían como líderes naturales; sino que, estos nuevos liderazgos “caudillistas”, se dan por algún accidente social o burla del destino, y recaen en personajes oscuros, vacíos y caricaturescos, que por alguna razón o accidente histórico, salen de entre las sombras del anonimato y la estulticia, para asumir un poder de pretensiones totalitarias y guiar a un grupo social inexplicablemente seducido por su presencia. Personajes grotescos que la mayor de las veces emergen o se concretan desde las aspiraciones de bienestar, justicia o venganza del sector social que terminará elevándolo como su líder; como personajes vacíos que van a ser convenientemente llenados de significados, a partir de la proyección de los desesperados deseos de sus potenciales seguidores, para -en la mayoría de los casos en los que salimos de un período hasta cierto punto “democrático”, para pasar a uno de corte dictatorial-, enfrentar vía el recurso del golpe de Estado, a un protagonismo indeseable pero aún respetuoso del “estado de derecho”; y aniquilar así, debido a aquella añeja debilidad peruana por el autoritarismo, al sistema democrático que lo ha llevado al poder. Algo que en esencia nos muestra la debilidad de la civilidad y del sistema democrático frente a la pulsión dictatorial y al autoritarismo endémico de un gran sector de la población.

Algo de esto ocurrió en la década de los noventas, cuando el fujimorismo decidió aniquilar a las instituciones que le habían permitido escapar de la cloaca en la que estaba refundido, para salir, respirar buen aire y desde allí alcanzar el poder. Pues el fujimorismo, que alcanzó la presidencia desde un orden  electoral y democrático, pasó a edificar, a partir de algo conocido desde entonces como “autogolpe”, ese imperio de la infamia y terror, que recordamos ahora como el período de gobierno cívico-militar, post 5 de abril de 1992, más corrupto de la historia. Un contexto en el que la podredumbre y el autoritarismo fue corrompiendo y embarrándolo todo, hasta pervertir todos los niveles de vida en sociedad.

Fujimontes(c)inismo: Identidad siamésica o entidad del mal

Fujimontes(c)inismo: Identidad siamésica o entidad del mal

Claro, podemos decir -si les creemos a las encuestadoras de entonces- que poco más de la mitad de la población estaba de acuerdo con esa “identidad siamésica” llamada fujimonte(s)cinismo, y que hasta hoy sigue estando de acuerdo con todo lo ocurrido durante aquella década. Pero cabe también aclarar, que ese amplio sector de seguidores obsecuentes del fujimontes(c)inismo, de alguna manera se beneficiaba o era beneficiado con las medidas y permisibilidad de aquel gobierno, sea a través de sus políticas asistencialistas -como las destinadas a los comedores populares y asociaciones  diversas, que, aunque de manera miserable, resultaban favorecidas-, sea a través de distintos favores políticos, de su tolerancia hacia el auspicio y la transgresión criminal, o de beneficiarse con la inyección de dinero recibidos de la corrupción.

Es comprensible, por ello, que durante la década de los noventas, años en los que confluyeron graves acontecimientos en el horizonte político -tanto nacional como internacional- se  haya dado un período en el que terminaron por colapsar los discursos acerca del Perú generados en los años veinte, dándose una crisis definitiva de los paradigmas  sociales y políticos, además de los discursos de modernidad y modernización de los pensadores de la generación centenario, que ,tras agotarse, no servían ya para dar respuestas a los retos de un nuevo status quo floreciente y dominante. Pues, el discurso ideológico y emancipador de la modernidad, se presentaba en el Perú como colapsado ante un contexto caótico, y una población saciada ya en su goce libidinal y dominada por los efectos irracionales de un poder que tendía a sobre pasarla.

En este contexto, la sociedad peruana de los noventas, y sobre todo la limeña, marcada por los rituales de los realitys, de la tecnocumbia y de los cómicos ambulantes, que aprobaba a rabiar hasta los actos para ellos más adversos y contrahechos del ejecutivo; se fue transformando en una sociedad el espectáculo, cuyas bases aplaudían también aquella política de “pacificación”, que de ser entendida como la vía para la contención y derrota de los grupos alzados en armas, se fue expandiendo hasta convertirse en carta libre para justificar la impunidad, la represión y la pretensión totalitaria de anular todo tipo de antagonismos endémicos a la sociedad peruana, con la finalidad de homogeneizar voluntades y deseos, y perpetuarse en el poder, en un país diametralmente dividido, polarizado y en crisis.

Las tres últimas décadas han significado un período de clausura para la sociedad peruana. Pues además del colapso psicológico de un país seducido por el autoritarismo, colapso que se evidenciaba en el fracaso del sistema de partidos, debido a esa suerte de “cualquierismo político”, además del desapego poblacional por la responsabilidad cívica -desapego que afectó también la solidez del sistema democrático-; se dio también el colapso del sistema económico, al fracasar el modelo de “industrialización por sustitución de importaciones” cepaliano, modelo latinoamericano de modernización que colapsa debido a la crisis inflacionaria y a la aguda recesión que siguió sobre todo al shock económico fujimorista de 1990. Período en el que, en la ciudad, las imágenes culturales tradicionales, es decir el referente cultural criollo y urbano, terminaron por ceder ante el protagonismo creciente de lo andino y lo chicha, que se fue enquistando en la cultura y el imaginario urbano limeño.

En este sentido, también se produjo una crisis de los ismos y del sistema de representación política, pues se fue cambiando el populismo, el socialismo o el aprismo de los años treintas o setentas, por el culto a la personalidad, convirtiendo a la democracia en una cita de egolatrías, que transformaron la política en egopolítica, como contextos o comparsas de egos, en los que fue inunda el fujimorismo, el alanismo, el humalismo, el toledismo o el nuevo (ego)ismo por venir. Y es en ese punto, en el que quizá la democracia dejó ya de implicar el establecimiento de un régimen de partidos, en convivencia y en diversidad, que se disputan el poder en un marco electoral legal, y que se sucederían en el gobierno, vía elecciones cada cinco años, actuando dentro de un orden jurídico con reglas claras; para pasar a ser una sucesión de personas sin identidad programática que gobernarían vía “piloto automático”, debido a un orden internacional controlado por los poderes fácticos de las multinacionales financieras.

No obstante, en un espectro político-social signado por una suma de inestabilidades, un contexto “caosmósico” que está haciendo imposible cualquier intento de planificación, certeza y predicción de lo venidero, todo esto se transforma. Así, ante la violencia política y social, los sectores marginales urbanos, y a la vez conservadores de los sectores C y D de la sociedad limeña, muchas veces antidemocráticos, agobiados por el desgobierno, la desprotección y las turbulencias políticas, la sociedad peruana parece apostar nuevamente por un régimen autoritario que acabe con los antagonismos; parece apostar por un gobierno de “mano dura” que “ponga orden”, incidiendo otra vez en el imaginario del modelo chileno pinochetista, que tuvo su correlato peruano en la década de los noventas, como el paradigma del desarrollo y pacificación vía los crímenes de la violencia y el autoritarismo; modelo que tuvo su avatar mediático en el Perú fujimontesinista, debido a la presencia transgresora de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos.

5. La República de Weimar en el Perú y la nueva identidad del mal

Una ciudad atestada de una juventud apolítica, transculturizada y “tribalizada” en torno a emociones colectivas efímeras, inútiles y sin sentido, se convierte en un campo político-social minado, en el que tienen a detonar no solo conflictos generacionales, sino conflictos en algunos de los casos sectoriales, que, pese a negarse recíprocamente, desarrollan, en muchos casos solo “antagonismos de cubierta” o performáticos, debido a confrontaciones sustentada en diferencias nada sustanciales, y marcadas únicamente por un concurso de egos y ambiciones personales. De ahí que, cuando estos antagonismos egotistas se hacen sociales, cuando son creados y diluidos por modas político-culturales masmediáticas o a partir de efectivas políticas populistas de dominación y aniquilación crítica, son monitoreados desde un poder central que se propone manipular o controlar los hilos de la conducta social. Y es en ese momento, en el que el libre mercado, a pesar de esa suerte de homogeneidad mental o estandarización ideológica producida por la manipulación de los medios de comunicación y la cultura de masas, exacerbado por un individualismo de supervivencia de los sectores pobres, reproduce un estadio en el que parece imperar la ley de la selva; es decir, un contexto en el que los más fuertes suelen prevalecer sobre los débiles, y aunque esto, en una sociedad de consumo, reciba el nombre de competitividad, es este el matiz que hace que todo discurso sea antropofágico y problemático.

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Inestabilidad en la República de Weimar, previa al ascenso nazi

Cabe decir que la crisis de la democracia, pasa a entenderse -sea del modo que fuere- como una crisis de parlamentarismo, como crisis del sistema de representación político-parlamentario que pone en riego la civilidad. Así, la democracia, ya sin el apoyo popular, con la población desentendida de su responsabilidad cívica, y con el Estado de Derecho convertido en un lastre para su supervivencia; tiene menores posibilidades de defenderse, y tiende siempre a perder. Por lo que, no obstante que casi ha colapsado el sistema de partidos, debido al cada vez mayor protagonismo de esa suerte de “cualquierismo político” electorero -domeñado por la frivolidad, la parodia y el culto a la personalidad-, la legalidad aún permanece como telón de fondo de la vida política, validando la democracia. En un contexto en el que el autoritarismo se presenta en confrontación abierta contra el sistema democrático, un sistema sustentado en un conjunto de reglas, de las que el fascismo siempre prescinde, pues este se valida únicamente por la fuerza.

En este sentido, ha sido la República de Weimar, entendida como régimen político y, por extensión, como el período histórico que tuvo lugar en Alemania, tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, que se extendió entre 1918 y 1933 -es decir, solo existió durante once años. Período que, aunque democrático, se caracterizó por una grave crisis económica, por su inestabilidad política y social, plagada de golpes de Estado por parte de militares y derechistas, e intentonas revolucionarias por parte de los izquierdistas, desde tensiones que, como combinación caótica, devinieron en el ascenso de Adolf Hitler y el Nacional Socialismo (NSDAP) al poder[xi]. Por lo que, la imagen del advenimiento del nazismo, que produjo el colapso de la República de Weimar, en Alemania, es el ejemplo paradigmático de imposición de un régimen autoritario, luego de un período de esbozos democráticos, que desemboca en el caos. Sobre todo porque, en dicho período, tanto la socialdemocracia como los comunistas alemanes se encontraban tan enfrascados en sus luchas intestinas, que no vieron venir el avance del nacismo, que terminó por arrasarlos a ambos.

Esto, que puede sustentar la idea de que, a una situación de anomia le suele seguir una de autoritarismo; nos explica algo que ya se ha hecho común en los estudios político-sociales, al recurrir al concepto que puede ayudarnos a comprender la situación actual del Perú, como esa suerte de República de Weimar peruana, en la que los sectores políticos hasta cierto punto todavía democráticos –que no obstante los índices de corrupción nos han demostrado su apuesta por el sistema político democrático-representativo- se ven enfrascado en luchas personales, mientras que el sector que ya nos ha demostrado ser antidemocrático y autoritario, el sector fujimorista, continua creciendo. Así la ciudad y la sociedad peruana contemporánea, se presenta como el período en el que cualquier cosa puede ocurrir, en el que no sabemos aún a qué atenernos. Esto sumado al hecho que diferentes sectores de la sociedad, están empezando a invocar el espíritu del golpe de Estado, como solución ante la incertidumbre. Desprendiéndose así un fenómeno ideológico y de actitudes que, de igual manera, tiende a reproducirse, diseminándose en todos los niveles económicos, políticos, sociales y religiosos, que puede derivar en algo todavía peor.

masivas_catedral_coventryEn un contexto socio-político plagado de seres de una moral perniciosa y vacía, en la que la debilidad por la corrupción y el delito, tiende a unificar sectores y economías distantes y distintas, pero a la vez moralmente muy parecidas. Sobre todo porque en cuestiones morales, los delincuentes ricos y pobres, es decir los criminales de arriba y los de abajo, en sus aspiraciones y reacciones antidemocráticas y conservadoras, suelen pensar lo mismo, confluyendo en aquella suerte de identidad en el mal, que los acerca. Por lo que sería esto lo que quedaría como tarea, como un marco de análisis por construir, y que podría caracterizar a una suerte de sicología o sociología de la corrupción. Pero también a la sicología del corrupto y autoritario, un autoritarismo identificado siempre a las pulsiones más oscuras. Lo que nos podría llevar, nuevamente, como hace más de dos décadas, hacia un contexto de aparente orden policiaco-militar, orden post 5 de abril del año 1992, día en el que se dio el golpe de Estado cívico-militar del fujimorismo. Acto que, pese a significar la suspensión del orden democrático y de la institucionalidad, recuperada hacia solamente una década, en el país; fue apoyado por un gran sector de la población peruana.

Es por ello que, históricamente, podemos identificar la década de los noventas, como el período que podría marcar un antes y un después, al momento de analizar los diferentes tránsitos políticos-sociales en el país. Sobre todo si evaluamos las tendencias a futuro, y las pensamos a partir de aquella suerte de “identidad en el mal”, que coronara dicho período. Pues ahora que un alto sector de la población parece buscar el retorno a la época de barbarie, pretendiendo olvidar aquella inseparable sociedad Fujimori–Montesinos, una identidad “siamésica” e  identidad del mal, que no puede ser divorciada, y plantean el retorno a un autoritarismo exorcizado de su careta corrupta; cabe recordar que, a estas alturas, resulta conveniente encarnar solo en Montesinos -visto como el pervertidor de su líder mesiánico, líder que regresará para devolverles lo que han perdido o lo que creen les pertenece- las culpas de todo lo malo ocurrido durante la década que les tocó gobernar, pues, para ellos, la única salida es ganar.

Gonzalo Portocarrero, en su libro Rostros criollos del mal, plantea leer los sucesos de esa época, como los síntomas de una extensión del mal entendido como una destrucción gozosa de la vida: “Si hubiese que remitir la “ética” de Montesinos  a un principio único, este tendría que ser el siguiente: “bueno es lo que conviene a mi goce”, es decir, a mí y a la misión que supuestamente me justifica. Con Lacan, podemos decir que Montesinos es esclavo o instrumento del goce de Otro [como lo fue también Goebbels], pero que de esta esclavitud o servidumbre, él deriva su propio goce. Las cuatro máximas que informan su relación con los otros y consigo mismo significan el avasallamiento de la ley moral. La ruptura con la justicia en la relación con  los otros y consigo mismo. El significado de esta ruptura es poner en marcha un proceso de desobjetivación, es decir, el predominio creciente de las categorías de necesidad e imposibilidad, el vicio y la esclavitud. En el mundo interior de Montesinos, la libertad está arrinconada; su subjetividad tiende a reducirse a una cosa o sustancia deshumanizada, presa de pasiones voraces que le hacen imposible sostener los vínculos que le permitirían relaciones veraces con los otros”[xii].904424

Los últimos sondeos nos dicen que más del 30% de la población está seducida por regímenes autoritarios, y la tendencia social indica que esto tiende a incrementarse. En un contexto, en el que el espectro político se viene polarizando nuevamente; dividiéndose, por un lado, entre la ultraderecha, como el sector fascista, radical y retrógrado representado por el fujimorismo; los políticos de la derecha racista e intolerante, que representa a algunos sectores que apadrinaron durante los noventas y que, en algunos casos, subrepticiamente continúan apadrinando a Alberto Fujimori, pero que apostarían aún por la constitucionalidad democrática; versus un sector indefinido de activistas, ambientalistas, movimientos sociales y políticos fracasados que, en este contexto, aparentemente parecen no representar a nadie. 

En este sentido, este ambiente pre-autoritario, nos sugiere que el sistema democrático peruano ha sido otra vez herido de muerte, y que de él surgirá el personaje que le dará el tiro de gracia. Y las encuestas nos vienen mostrando ya esta tendencia. De esta manera, las esperanzas depositadas en aquella difícil transición democrática, sedimentada en los sueños de grupos y movimientos sociales que lucharon por recuperar la legalidad y la ansiada estabilidad democrática, otra vez se van diluyendo.

Podríamos ensayar respuestas y decir que la responsabilidad la tiene la dudosa moral y la torpeza de los sucesivos gobiernos “democráticos”, como el  de Alejandro Toledo, el de Alan García y el de Ollanta Humala. A todas luces, podríamos pensar también que el breve renacimiento de la institucionalidad en el Perú podría estar terminando. Entonces, nos ubicamos nuevamente en el inicio, en un período de convulsiones, anomalías y desorden, como el de la República de Weimar, en la que en cualquier momento surgirá un tirano que hará colapsar nuestro endeble Estado de Derecho. Esa es la trampa de la legalidad, de la institucionalidad y de la democracia política, que está indefensa ante los cambios que se avecinan.

Rafael Ojeda

Notas

[i] Guattari, Felix (1996). Caosmosis. Buenos Aires, Ediciones Manantial,  p. 99-100.

[ii] “La revolución molecular es portadora de coeficientes de libertad inasimilables e irrecuperables por el sistema dominante. Esto no significa que dicha revolución molecular sea automáticamente portadora de una revolución social capaz de dar a luz una sociedad, una economía y una cultura liberadas del CMI [Capitalismo Mundial Integrado]. ¿No fue acaso una revolución molecular la que sirvió de fermento al nacional-socialismo? De aquí puede desprenderse lo mejor y lo peor”. Guattari, Felix (2004). Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares. Madrid: Traficantes de Sueños. p. 69.

[iii] Los fujimoristas, hasta el día de hoy, siguen justificando este golpe de Estado, bajo la coartada de que fue una medida necesaria para derrotar al terrorismo y estabilizar la economía peruana. Actualmente Alberto Fujimori, se encuentra en un penal de máxima seguridad, acusado de violaciones a los derechos humanos y de corrupción.

[iv] El largo período de gobierno de Alberto Fujimori se extenderá desde el 28 de julio de 1990, hasta el 21 de noviembre del 2000, pues, tras los sucesos del 14 de septiembre de ese año, en el que saldrá a luz el primero de los llamados “vladivideos”, el régimen dictatorial se vendrá abajo.  Fujimori huyó a Japón, país desde el que renunciará a la presidencia vía fax. En tanto Montesinos será atrapado en Venezuela.

[v] En realidad la cita literal es “Wenn ich Kultur höre… entsichere meinen Browning”, es decir: “Cuando oigo hablar de cultura… le quito el seguro a mi Browning”. Atribuida a Göring debido a que aparece en boca de este, en la obra teatral nazi Schlageter del dramaturgo alemán Hanns Johst.

[vi] Alpinchista, jerga de connotaciones sexuales masculinas, que podría leerse como indiferente.

[vii] Véase Weber, Max (1969). Economía y Sociedad II. México: Fondo de Cultura Económica. pp. 711-713. En este sentido, algunos de los engendros políticos, pasados y presentes, serían Susy Díaz, Alfredo Gonzáles, Delgado Aparicio, Denis Vargas, personajes que con el paso de los años se han ido despersonalizando en el Congreso, hasta encarnar nominalmente sus acciones, para ser recordados únicamente como el “Come pollo”, la “Roba cable”, la “Lava pies”, el “Mata perro”… además de otros parlamentarios que han hecho de la política y la democracia, una payasada sufragista. Algo que ha venido incubándose desde tiempos del fujimorismo, hasta terminar por debilitar a los demás poderes del Estado.

[viii] Entiéndase aquí como antisistémicos, a los sectores autoritarios y antidemocráticos que defienden la instauración de un régimen de facto, es decir que añoran una dictadura, además de los grupos alzados en armas.

[ix] Aquí nos veíamos inclinados a utilizar el término “personalismo”, pero no lo hicimos debido a que este nos refiere a una corriente filosófica, ligada a Emmanuel Mounier.

[x] Weber, Max (1969). Economía y Sociedad II. México: Fondo de Cultura Económica. p. 711

[xi] La República de Weimar, denominación que procede del nombre de la localidad homónima, Weimar,  en Alemania, ciudad en la que se reunió la Asamblea Nacional Constituyente, que proclamó la Constitución de 1919, que le dio el acta de nacimiento. La República de Weimar se extendió hasta el  23 de marzo de 1933, cuando, luego de que los nazis obtuvieran la mayoría en las elecciones al Reichstag, aprobaron la Ley habilitante que significó su fin.

[xii]Portocarrero, Gonzalo (2004). Rostros criollos del mal. Lima: Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales del Perú.

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Caosmosis y egopolítica contemporánea I. Lima, fractalidad y el mito del punto fijo

Rafael Ojeda

Lima, la ciudad-capital peruana, se presenta hoy como un conglomerado de estilos arquitectónicos y urbanísticos diversos, estilos provenientes de períodos históricos, escuelas arquitectónicas y niveles socioeconómicos y culturales múltiples. Estilos que al confluir en un mismo territorio, han ido determinando esa imagen de megalópolis moderna, policéntrica, fragmentada, multicultural, informal y posmoderna que actualmente la caracteriza. Presentándose como una entidad concreta que, producto de la evolución constante, pues fue fundada para dar solución a los problemas específicos de la época en la que fue concebida, con el paso de los años, no obstante lo notable de sus ejes de modernidad y desarrollo, debido al crecimiento demográfico constante y a los profundos cambios económicos, políticos, sociales y tecnológicos, ya no pueda responder a las novísimas exigencias de la vida social y a los cambios globales.

La catedral de Lima

No obstante ello, cuando se trata de sus zonas históricas, la crisis puede ser atribuible a la carencia de una efectiva política de conservación patrimonial, y a la negligencia oficial, que continúa haciendo de la mayoría de puntos históricos y casonas antiguas, que aún resisten al abandono y al paso de los años, cubículos tugurizados, hacinados y en ruinas. Algo complementario y acorde a una política de modernización indiscriminada, guiada la mayoría de las veces, por una lógica más mercantil que funcional o patrimonial, que está depredando considerablemente los espacios históricos, afectando el impacto visual de dichas zonas. Por lo que, la otrora Ciudad de los Reyes -llamada así desde su fundación, en homenaje a Carlos V y doña Juana, o, como dijeran otros, en conmemoración de los Reyes Magos[i]-, ha venido experimentando, durante todo este tiempo, múltiples transformaciones. Cambios que han ido planteándole nuevos desafíos, ante el crecimiento desmedido y caótico de sus periferias suburbanas, producto de las múltiples oleadas migratorias, y a la incursión en la ciudad, de miles de pobladores provenientes de sectores rurales pauperizados, y de desplazados por la violencia política y guerra interna que asoló al país durante las dos últimas décadas del siglo XX.

Décadas en las que los inmigrantes, para poder sobrevivir en una ciudad que los marginaba y excluía, tuvieron que edificar, en la informalidad, un espacio económico y vivencial alternativo, que les permitiera morar, producir, comerciar y desplazarse para salir de la pobreza. A partir de cambios ahora caracterizados por una ausencia de planificación y soporte urbanístico, y dinamizados por el crecimiento caótico de sus periferias, producto de las oleadas migratorias que, tras plantearle desafíos nuevos, la han llevado al borde del colapso. Una crisis sorteada solo parcialmente, debido a la emergencia de nuevos ejes autónomos de desarrollo, que la han dividido en Lima Este, Lima Norte y Lima Sur.

1. Teoría del caos y exacerbación de las diferencias

Se dice que a períodos de convulsiones y crisis le suceden períodos de autoritarismo, autoritarismo que en el Perú ha sido apoyado por amplios sectores populares que, durante el período fujimontesinista de los años noventas, apostaron por la desintegración del modelo democrático parlamentarista, en favor de la centralización del poder en el Ejecutivo, que empezó a desestructurar todos los controles democráticos de la sociedad, para ejercer un poder sin límites, que se legitimaba frente una economía colapsada, al aumento creciente de la violencia terrorista, y a una institucionalidad y credibilidad política destruida por el conjunto de partidos políticos desacreditados moralmente.

En las ciudades, estas contradicciones, han venido originando turbulencias que están siendo resueltas al margen del control estatal. Por lo que la ciudad, concebida como centro del multiculturalismo y eje de la construcción democrática, al no poder responder a los nuevos desafíos planteados por el crecimiento caótico, producto de las migraciones, de los asentamientos humanos ubicados en las periferias urbanas, se fue ubicando al borde del colapso. Haciendo que las teorías multiculturalistas y las más estrictamente interculturales, que plantearían -ante la transparencia democrática de las comunicaciones en la sociedad de la información-, el advenimiento de una ciudad de tolerancia plural y en armónica convivencia, se vayan al traste, ante la xenofobia y los mecanismos de exclusión de una ciudad oficial, que no ha dejado de discriminar y segregar tanto al pobre, como al diferente.

Siguiendo esta lógica, podemos decir que la historia ha continuado mostrándonos que a períodos de intenso desorden y caos le suelen seguir períodos de totalitarismos. Sobre todo si por totalitario prevemos un régimen que subordina todos los actos individuales a la acción del Estado y su ideología. Lo que, ante el crecimiento de los índices de criminalidad y violencia, en un juego de oposiciones en el que la libertad y la seguridad se excluyen, optar por una alternativa implicará necesariamente el sacrificio de la otra. Y en este dilema, sabemos que la mayoría apuntará por la seguridad en desmedro de la libertad.

En este sentido, la teoría del caos o las teorías de las catástrofes, si seguimos lo apuntado por René Thom, por ejemplo, plantea que las discontinuidades e inestabilidades pueden ser producidas a partir de secuencias determinadas que dan lugar a “formas inesperadas” que pueden ser reducidas a un solo hecho causal. En la vida en sociedad, el sujeto causal se vislumbra en la población que, ante el vértigo de las inestabilidades y el caos se ve seducida por el autoritarismo, e invoca un poder desenfrenado que para ellos implicará seguridad, la estabilidad y la promesa de un futuro orden, pero que tendrá efectos inesperados en el Estado de Derecho y en los Derechos Humanos.

No obstante ello, esta descripción que debería ser suficiente, si evaluamos las analogías sociales que surgen ante un pequeño análisis, se enfrenta a un fenómeno mucho más complejo, sobre todo si consideramos que la brecha existente entre el Estado y el sector social marginado, se debe al distanciamiento que media entre el poder político y los sectores populares que también deberían estar representados, normados y protegidos por el Estado, pero que no lo están, pues estos se encuentran al margen de los proyectos políticos de una sociedad aparentemente ya abastecida sin ellos.

De ahí que el espectro de acción de estos sectores, que deben evolucionar ante la agudización de los conflictos sociales, medioambientales, la situación de insalubridad general de las periferias y la degradación moral que ha aumentado los índices de criminalidad y violencia, se ha ido ampliando rápidamente. Por lo que, de estar ubicados en los cinturones de miseria de la metrópoli, como mecanismo de inserción y supervivencia que les ha permitido salir adelante en una sociedad que los excluía, fueron invadiendo paulatinamente el centro y algunos distritos criollos de la gran  Lima,  llegando ha edificar un mercado paralelo que, al margen de las instituciones legales, en la búsqueda de ese centro alternativo alcanzó su apoteosis en el otrora boom comercial de Gamarra, convertido en la punta del iceberg, de un fenómeno social más complejo.

2. Crisis y lógica de los desplazamientos

Con la caída del mito del desarrollo y la conciencia de la crisis propagada en todos los niveles de vida en sociedad, una crisis que se fue diseminando hasta en las esferas de la vida privada, mucho de los proyectos y evaluaciones urbanísticas tradicionales han perdido sentido. Sin embargo, en la dicotomía campo-ciudad, si analizamos esto en términos funcionales, veremos que hay un factor que le da al espacio urbano un atractivo especial, atractivo cimentado en las tesis tecnocráticas, que han ubicado a la ciudad como eje de industrialización, modernidad y progreso, quedando lo rural como el espacio de la premodernidad y producción artesanal, en el que el tiempo parece haberse detenido en su primitivismo.

Y es debido a ese magnetismo urbano que ha dinamizado los desplazamientos humanos, que las continuas olas migratorias han originado un crecimiento desordenado de los centros poblacionales más importantes del país, ocasionando el aumento de los índices de pobreza y la delincuencia, que podría explicarse ante el vacío normativo que implica la ausencia del  Estado en estas periferias urbanas. Pues en Lima, las múltiples oleadas de migratorias han ido variando la configuración capitalina hasta hacerla mestiza, multicultural, y con un alto índice de población provinciana. Por lo que, “Según el censo de 1993, Lima registró un saldo migratorio positivo de 2 181 835 personas a través de su historia”[ii].

Estos desplazamientos, que podrían periodizarse de la siguiente manera: 1) Los de los años veinte y treinta, con el auge del primer indigenismo de Luis E. Valcárcel, Clorinda Matto de Turner, José Carlos Mariátegui, Ciro Alegría,  además de la irrupción provinciana en la capital, aun planificada. 2) Las oleadas de los años cincuenta y setenta, del segundo indigenismo, con José María Arguedas, y movilizaciones que obedecían al empobrecimiento de la economía agraria, que funcionaba como factor de expulsión de migrantes, donde la gente que habitaba en comunidades autosuficientes, sustentadas en el agro, empezarán a trasladarse a las ciudades, movilizada por una crisis que no podrá ser solucionada por las reformas del general Velasco Alvarado. 3) La de los ochentas y noventas, marcada por la violencia política de grupos subversivos –Sendero Luminoso y el MRTA-, paramilitares -el Comando Rodrigo Franco y el Grupo Colina-, y el terrorismo de Estado, articulado por los presidentes de turno, algo que, sobre todo tras el autogolpe del 05 de abril de 1992, del gobierno de Alberto Fujimori, se convirtió para la población en insufrible. Cabe resaltar que esta tercera ola de flujo migratorio, desde las zonas de emergencia, hizo que inusualmente Lima sea receptora de otro tipo inmigraciones, de los desplazados por el terrorismo, que buscaban más bien un refugio, ante su obligado de exilio. Un refugio que les permitiría seguir viviendo, ante el proceso traumático que les había significado la guerra terrorista. Migrantes que, tras su doloroso arribo a la capital, descubrirían que Lima, centro económico y político del Perú, vivía para sí misma  y de espaldas al resto del país.

De esta manera, el avasallante proceso de urbanización fue desapareciendo los espacios capitalinos dedicados a la agricultura, y creando nuevos focos urbanos. Los distritos surgidos de barriadas y urbanizaciones populares en los que décadas atrás se habían instalado los primeros asentamientos humanos vía invasiones ilegales de tierra, en los que se vivía en condiciones insalubres, irán progresando año a año. Lima y sus zonas periféricas -San Martín, Comas, Carabayllo, Independencia, El Agustino, Villa María del Triunfo, Villa el Salvador, San Juan de Lurigancho y otros- se irá convirtiendo en un complejo de forasteros, en los que las masas migrantes irán determinando las profundas transformaciones que definirán su nueva imagen. Por lo que el espectro de la nueva Lima será otro. No solo marcado por una faceta andina, pues en estos nuevos espacios se fueron hibridando culturas, surgiendo géneros nuevos, como la chicha –música  andina fusionada con la tropical y ejecutada con instrumentos electrónicos modernos-, que engloban las múltiples expresiones culturales ligadas a un proceso de sincretismo de costumbres que se van renovando y modernizando en este transe.

En este contexto, es decir, tras el encuentro entre el patrimonio traído por el migrante que se ha ido arraigando en el antiguo residente limeño de las periferias y en las segundas y terceras generaciones urbanas, proceso que con el tiempo se ha ido homogenizando hasta convertirse en un distintivo cultural nuevo que caracteriza a los sectores populosos de la capital peruana, los denominados conos norte, sur, este, desde hace mucho, han dejado de ser ciudades dormitorio para convertirse en centros de producción, que en miras de convertirse en microregión han pasado a ser denominados Lima norte, Lima sur y Lima este, gracias a un  auge comercial que ha hecho que sus habitantes ya no necesiten bajar a Lima ni a otros lares, pues viven, crecen, trabajan, estudian, consumen y se divierten en sus propios distritos, sin que aparentemente les haga falta nada.

3. Cartografías de la ciudad contemporánea

No obstante la sobrepoblación de la ciudad, el crecimiento de Lima ha sido básicamente horizontal, pues solo un sector de la clase media limeña nativa ha preferido vivir en edificios ubicados en Miraflores y San Isidro, mientras el resto optó por viviendas unifamiliares ubicadas en condominios reservados o “ciudades cerradas” y balnearios distantes como Asia. En tanto la expansión vertical, característica de las ciudades modernas del mundo, en la capital peruana ha sido discreta, aunque reactivada tímidamente durante los últimos años, ante los edificios y proyectos viviendas multifamiliares promovidos, entre otras cosas, desde el poder central.

En este punto, cabe decir que el proceso migratorio ha sido asimétrico, debido a que existe un factor étnico-cultural importante para entender el por qué los migrantes costeños -a diferencia de los andinos y amazónicos- prefieren o han preferido los barrios criollos asentados y los arriendos, y no ha participado de las redes de invasiones y tomas de tierras protagonizadas por los andinos. Lo que se explica debido a que estos migrantes se sienten más parecidos a los criollos capitalinos, además de carecer de las relaciones de parentesco y costumbres que tienen los migrantes provenientes de la sierra, lo que no les ha permitido construir sus casas por un sistema de ayuda mutua, como si lo pudieron haber hecho los otros grupos. Lo cual explicaría el por qué los migrantes serranos ostentan un mayor porcentaje de viviendas propias que los costeños[iii].

Así, la nueva configuración metropolitana está marcada por un matiz andino y el auge de la informalidad. Los edificios coloniales, el Palacio de Gobierno y la Catedral de Lima, se ven contrastados por una nueva estética. Pues ahora, el centro histórico, otrora sede de la élite criolla, desde hace mucho ha sido tomado por nuevos pobladores que empezaron a hacinarlo; en tanto los neolimeños, o migrantes de la generación anterior, fueron proliferando hacia los viejos barrios mesocráticos, ante la irrupción de los nuevos migrantes, que fueron extendiendo aún más la capital.

Las cifras nos han dicho que, no obstante estos desplazamientos y tránsitos ciudadanos, los distritos que siguen concentrando el mayor índice de riqueza son Surco, La Molina, San Isidro, San Borja y Miraflores, con un  98% de habitantes del sector “A”: “Lima cuadrada virreinal, ha venido cristalizando ese nuevo rostro desde la década de 1960. Se ha hecho ajena, por vez  primera en nuestro proceso histórico, a los sectores opulentos y medios. Sus calles adquieren el aspecto de ferias provincianas. Sus múltiples servicios son mayoritariamente utilizados por esos nuevos personajes populares y el sector de la economía contestataria tiene en ella su núcleo de acción más importante. (…) La irradiación de este nuevo rostro del corazón de Lima  que está ahora más teñido de andino que nunca y que borra la faz hispánica, comienza a expandirse segmentariamente a distritos como  San Borja, La  Victoria, Breña, Jesús María, Lince, Pueblo Libre, Magdalena del Mar y aun San Isidro y Miraflores[iv].

También podría desprenderse de esto, la idea de que el desarrollo por la vía informal, ha permitido a los ya no tan nuevos pobladores de Lima, adaptarse a los modos de producción de las ciudades, pues la ausencia de normas que reglamenten la convivencia pacífica y en sociedad, los había dejado, en lugares donde la incidencia de delincuencia ha alcanzado niveles mayúsculos, en una condición de indefensión que ha sido enfrentada vía la autoorganización vecinal. En un contexto en el que, aproximadamente un 80% de la población de Lima Metropolitana vive en asentamientos urbanos populares, en tanto el 20% restante se concentraría en barrios residenciales de los sectores medios y altos. Así, del 80% de la población considerada como habitante de sectores populares, casi el 37 % radica en barriadas, el 23% en urbanizaciones populares y el 20% en tugurios, callejones y corralones, de lo que se desprende que las barriadas constituyen el asentamiento mayoritario de los sectores populares[v]. “En las últimas cuatro décadas el espacio urbano de Lima ha crecido 1,200%  Este solo hecho es impresionante, pero lo es más si consideramos que ese enorme crecimiento ha sido fundamentalmente informal. En efecto han adquirido, habilitado y/o edificado sus vecindarios al margen o en contra de las disposiciones estatales, construyendo asentamientos informales[vi].

4. De la marginalidad a la informalidad

Podemos entender la marginalidad como condición de no inserción en un sistema determinado o imposibilidad de aceptación por el mismo. Los migrantes tras su arribo a la ciudad y notar que esta los marginaba de “los beneficios del proceso de urbanización e industrialización, iniciaron un proceso de constitución de un espacio propio en la sociedad urbana[vii]. Por lo que el instinto de supervivencia hizo que estos migrantes avanzaran con premura desde la marginalidad y exclusión en la que estaban sumidos, hasta las fronteras de la inclusión y casi integración. De marginales estos se hicieron informales, y ante la ausencia de vivienda y trabajo tuvieron que asentarse en cerros y arenales con lo que pudieron, inventando sus trabajos sobre la marcha.  En un inicio no invadieron ni ocuparon las ciudades. “Una vez verificada la imposibilidad de internarse en ellas, las ensancharon,  es decir, se desplazaron, agruparon y desarrollaron en sus márgenes. Lo propio ocurrió en la economía, ellos no tomaron empresas modernas ni lograron empleo en ellas, ensancharon entonces la economía y crearon empresas en sus fronteras”[viii].

La informalidad “conforma una textura de resistencia masiva, abierta o encubierta, al cumplimiento del orden jurídico formalmente vigente”. Pero no solamente eso, pues “estaríamos incluyendo, en el concepto de informalidad, a la transgresión del tejido institucional por la vía del delito. Por ello, es necesario apuntar que la informalidad, si bien entraña una resistencia masiva, abierta o encubierta, al cumplimiento del orden jurídico formalmente vigente, no importa necesariamente la incursión en el delito, habida cuenta que el propósito de los agentes es lícito[ix]. Los nuevos habitantes de la ciudad, para poder vivir, comerciar, manufacturar, transportar, consumir y escapar de la miseria, tuvieron que apelar a hacerlo ilegalmente. Pero no dentro de una ilegalidad con fines antisociales, características de los crímenes como el robo, el secuestro y el narcotráfico, pues no se presentan como informales los individuos, sino sus hechos y actividades, siendo estos hechos medios para poder subsistir debido al elevado costo de la legalidad. Instaurándose entonces un mercado paralelo, alternativo al oficial, que para Matos Mar viene a ser “el sector de la economía contestataria”.

Por su parte el  proceso de informalización de la nueva sociedad, se ha desarrollado obedeciendo a una lógica interna que va copando diversas manifestaciones económicas y sociales de la capital. Hernando de Soto, ha esquematizado esto en cuatro niveles. El de la industria informal, el de la vivienda informal, el del comercio informal,  y el  del transporte informal. Para De Soto este fenómeno solo puede ser visto como una Revolución Informal,  debido al hecho de que el sector social  postergado y excluido de la vida económica oficial, ha logrado edificar un mercado alternativo que ha demostrado ser tan eficiente o más que el mercado oficial, debido a la flexibilidad de su apogeo reconocido en grandes zonas comerciales como Gamarra, viendo este fenómeno como una verificación de que el pueblo es esencialmente capitalista y liberal.

007101Resulta evidente que el título El otro sendero, del libro de De Soto, aludía al grupo subversivo PCP-Sendero Luminoso que iniciara la “guerra popular” contra el Estado Peruano en mayo de 1980, mostrándole de esta manera, que ante la discriminación y el olvido, en las ciudades, el sustrato popular de esta lucha no optaba por una revolución marxista sino por una liberal ligada a lo informal. Por lo que el liberalismo económico, pese a los continuos rótulos de los sucesivos gobiernos –según De Soto-, nunca habría existido en nuestro país, y solo ahora, es decir en los ochentas, gracias a la informalidad, aunque de manera salvaje, se ha empezado a imponer en el país, como una respuesta política de los sectores afligidos por el apartheid económico y jurídico del que son víctimas[x].

Y no obstante lo seductor de este diagnóstico, cabe decir que este tipo de “naturalismo” liberal, del esquema de De Soto, deja de lado el factor psicológico y social de la población, entrando en contradicción, ante las turbulencias sociales originadas por la pobreza e injusticia, con las reivindicaciones sectoriales exigidas por los movimientos populares. Donde estos vacíos legales, vistos como anomalías, ante la falta de respuestas del poder central a los nuevos desafíos sociales planteados por la informalidad, devienen en una crisis que deberá superarse mediante una nueva jurisprudencia. Pues, la colectividad desarrollada al margen de lo previsto, en ese nuevo paraíso sin normas y de mercado libre, si lo planteamos en términos carísimos a Hernando De Soto, empieza a exigir una nueva política que implique una profunda reforma del aparato estatal, con la pretensión de democratizarlo y descentralizarlo.

5. Una confrontación silenciosa 

El desborde popular, debido también a los intensos cambios sociales y políticos provocados por las migraciones, devino en la crisis en el Estado. Un desborde que tras sobrepasar los marcos normativos y el desborde-popular-y-crisis-del-estadorégimen institucional del poder político, fue esquematizado por José Matos Mar, en su libro Desborde popular y crisis del Estado, apuntando al proceso de anomalías en el que entró el Perú como resultado de las migraciones y desplazamientos humanos, debido a aquella creciente aceleración de aquella dinámica insólita, que remeció las estructuras sociales y culturales clásicas del País. Lo que produjo un nuevo rostro urbano, que está forjando una nueva identidad de grupo o colectivo social. “En este enfrentamiento, las estructuras de la cultura, la sociedad y el Estado resultan desbordadas y se rebelan obsoletas. El desborde generalizado se expresa así bajo la forma de un a implícita desobediencia civil de las masas en ascenso, que se limitan, por ahora, al cuestionamiento pacífico de la ley en los vacíos de poder generados por la crisis económica y la debilidad gubernamental, y que derivan a la violencia cada vez que el estado y la institucionalidad intentan recuperar el control mediante el uso de la fuerza”[xi]. Algo que lo enfrenta a una población que ha cuestionado y desarrollado creativamente múltiples estrategias de supervivencia y de acomodo, contestando y rebasando el orden establecido, la norma, lo legal, lo oficial y lo formal.

Cabe decir que en el migrante, el desplazamiento mismo implica una ruptura con la normalidad, el quiebre con una tradición definida por la sucesión familiar, la alteración de la larga tendencia histórica que los había mantenido aislado en sus comunidades. Tal vez por ello se podría ver a los inmigrantes esencialmente como transgresores, pues parecen no reconocer autoridad alguna, presentándose como invasores, como comerciantes informales o como industriales y transportistas informales. Mas, esencialismos de este tipo podrían resultar inexactos debido a la complejidad del problema, pues, los datos nos dicen que ante las adversidades, tienden a mostrarse más reactivos que racionales. Es por ello que ante el caos y falta de normas, la población parece añorar una suerte de dictadura de la seguridad, que, en este contexto, se podría vislumbrar como peligrosa.

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José Matos Mar fue quien mejor comprendió el proceso de construcción de la nueva Lima, una gesta que se inició en los años 40 y continúa en la actualidad.

En este contexto, los sucesos de los últimos años, nos indican que la crisis y descrédito en el que ha caído sistema democrático, debido a la corrupción e ineficacia de la clase política, que parece no representar a nadie, nos está situando nuevamente, como hace veinticinco años, ante la configuración de una sociedad anómica que parece clamar por un régimen autoritario. Ante la ausencia de una racionalidad que justifique la acción política, y un gobierno que transita solo dando tumbos. Con un Estado en crisis y de débil legitimidad, y sin la capacidad para responder a las presiones y demandas de las masas, que, ante el aumento de los índices de criminalidad, buscan seguridad y la satisfacción de sus necesidades primordiales.

Todo esto está propiciando, ante las convulsiones sociales, que ciudadanos conservadores y de extrema derecha, no comprometidos ni identificados con las exigencias sociales y políticas que podrían democratizar al país, opuestos además a todos los cambios posibles, en una coyuntura socioeconómica-política, de la que suelen sacar provecho, apelen al recurso del golpe de Estado o a la imposición de un régimen de corte autoritario, en espera de que el autoritarismo acabe con los índices de violencia social y criminal; pacificando y anulando también con ello, a los movimientos sociales y sus demandas, demandas que resultan perniciosas para un status quo que los favorece y alienta, y del que suelen sacar provecho. Dándose así, un fenómeno ideológico y de actitudes que tienden a reproducirse en todos los niveles económicos y sociales, con una moral perniciosa y vacía, que se está diseminando en todos los centros, intersticios y márgenes urbanos y suburbanos de la ciudad. En los que la que la debilidad por la transgresión, la corrupción y el delito, y sus correlatos criminales, tienden a unificar sectores y economías distintos y distantes a la vez, pero moralmente parecidos. Sobre todo porque, en cuestiones morales, los delincuentes de los sectores ricos y pobres, los intereses criminales de los de arriba y los de abajo, tienden a parecerse. Pues en sus aspiraciones y reacciones antidemocráticas y conservadoras, autoritarias y opuestas a toda protesta y cambio, suelen desear lo mismo, y por lo general se identifican.

Rafael Ojeda

Notas

[i] Costumbre que quizá se fue asentado, debido a que durante mucho tiempo se creyó que la fundación de Lima se había realizado un 06 de enero, y no un 18 de enero de 1535, como sabemos ahora. Véase Leguía, Jorge Guillermo. Historia y biografía, Asociación Cultural Integración, Lima, 1989, pp.43-44.

[ii] Arellano Cueva, Rolando y Burgos Abugattas, David. Ciudad de los Reyes, de los Chávez, los Quispes… Ediciones EPENSA. Lima. 2003. p. 58.

[iii] Golte, Jürgen y Adams, Norma. Los caballos de Troya de los invasores. IEP Ediciones. Lima. 1987. p.37.

[iv] Matos Mar, José. Desborde popular y crisis del Estado, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2005. p. 79.

[v] Estadísticas tomadas de Matos Mar.  Op. cit. p. 69.

[vi] De Soto, Hernando. El otro sendero. Instituto Libertad y Democracia, Bogotá, 1987. p. 17.

[vii] Chávez O’brien, Eliana, De marginales a informales, DESCO, Lima, 1990, p. 81.

[viii] Franco, Carlos, citado por  E. Chavez. Ibíd.

[ix] Bustamante Belaúnde, Alberto. De marginales a informales, DESCO, Lima, 1990, p. 18.

[x] En un artículo publicado en la revista Vuelta 123, de febrero de 1987, Mario Vargas Llosa llamó a este fenómeno “La revolución  silenciosa”.

[xi] Matos Mar, José. Desborde popular y crisis del Estado, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2005. p.

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Lima, la ciudad de la jungla

Cecilia A. Rejtman

Lima es una mezcla de sonidos, colores, texturas que se hacen sentir. Sonidos mezclados con olores, colores mezclados con texturas. Una mezcla de caos y grises, con ritmos acelerados, sensación de estar apurado siempre y de no mirar.

Pasan los carros como hordas de bestias desbocadas, pasan los transeúntes como autómatas, como piezas de ajedrez. La mirada ausente o a la defensiva, desconfiados, como esa natural preservación animal, animales urbanos que transitan la urbe. Olores a comidas, olores a cuerpos que se mueven y marcan su territorio, su huella.

En una mañana puedes encontrarte con tantos contrastes, que uno termina siendo parte de esa mezcla y en los momentos de silencio se escucha con fuerza los sonidos de las aves, los perros, los gatos, los árboles, el viento soplando las hojas que se dejan sentir. La brisa del mar, sentir cuando se moja los pies cómo vienen los recuerdos y cómo se van, llevados por las olas.

De la serie

De la serie “Cement-eclipses”. Isaac Cordal

Lima es esa ciudad de ruido, flujo, de seres que están como parte del paisaje, como mimetizados, de otros que transitan y están de paso, de apuros, de mar, de carros, de personajes que te venden algo, de personas que consumen, de calles, casas,  fachadas, miradas de reojo, miradas  ávidas y que desnudan, perros caminando, gente pasando sin mirarse apurada o robotizada, de gente amable, de bares, gente olvidando sus penas  entre copas, gente encontrándose, riendo, gente solitaria. Es la ciudad cambiante, día y noche, los cuerpos, las sombras moviéndose en ella, reconociéndola, la huella de los que antes la transitaron, sus líneas invisibles que aún están.

La Ciudad ruge y se hace escuchar, se mueve constantemente, muta un poco. Va cambiando, gira, se mueve, nunca para de moverse, y con ella nosotros, las fichas, sus piezas que se mueven en este gran fichero de ajedrez que es Lima. Lima la gris, Lima de colores, de mezclas, Lima, la del  caos, el ruido, los sonidos, la de las protestas, las denuncias. Es esa mezcla agridulce de los sentidos.

Movimiento constante y circular de consumo, comprar, pagar, la jungla, saberse mover y defender, ponerse en defensiva y estar con los sentidos atentos. Gente pasando de prisa, ruido, consumo, oferta, gentes en movimiento, cruzándose sin mirarse, burbujas caminantes y algunos pocos caminando, mirando lo que pasa a su alrededor. Seres máquina, hombres máquina, produciendo otros tantos seres olvidados. Indigentes, niños abandonados, animales callejeros caminando, tratando de ser escuchados, muchas veces dejados de lado.

La ciudad de la furia:

La ciudad de la furia: “Saturno devorando a uno de sus hijos” (1820-1823). Francisco de Goya

Mujeres con escudo caminando en esta jungla tantas veces violenta que las hace sentirse vulnerables. Sentirse vulnerable, sentirse que hay que atrincherarse para sobrevivir y seguir. Si no te paran, te atropellan, gente buscando trabajo, gente mendigando, gente creándose trabajos.

A veces, siento que la amo, que debo hacer más por ella; otras tantas simplemente quiero salir e irme de ella, despejarme, sentir aire limpio, renovarme. Otras tantas salir y gritar fuerte, denunciar las injusticias.

Esta gran madre que nos alberga y en la cual crecimos, se vuelve a veces un monstruo y nos absorbe, nos exprime… y seguimos.

Buscar el aire limpio, el lugar ideal dentro de esta gran flor de cemento, construcciones nuevas, olvidos de aquellas casas, lugares que tuvieron tanta historia. Las huellas de las pisadas de los que la recorrieron, las líneas imaginarias trazadas en el piso, en el aire, intermitentes, que se cruzan, se anudan, se juntan, se desplazan. Gente que ya no está pero que sigue caminando, masa de gente, cardumen.

Y sigo tratando de descubrirla, y trato de no asfixiarme ni agobiarme con ella, trato de quererla, de no desquiciarme, de no estresarme con su propia locura y egoísmo. Busco aún ese equilibrio que me mueva. Caminar y redescubrirla cada día para no desencantarme en su totalidad, buscar el lado positivo de ella.

Encuentros, desencuentros, bares, copas, bulla, silencio, olores, sabores, texturas, cuerpos en movimiento transitando y dibujando líneas en el espacio. Sueños que se realizan, otros tantos truncados, ancianos reclamando sus derechos, seres olvidados, seres invisibles. Mezcla de sonidos, de jazz, de cumbia, de rock, de vals.

Sentirse que uno caduca a una edad, sentirse marginado, sentirse poderoso, sentirse solitario, sentirse en clan, sentirse parte de un sistema, ir en contra del sistema. Ser un soñador y pensar en encontrar un paraíso, un lugar horizontal de respeto para todos, de oportunidades para todos.

Realmente la siento un gran gigante que se construye y deconstruye, una madre tragándose a sus hijos, asfixiándolos, otras tantas una madre acogedora que te arrulla y te contiene.

Recuerdos que vuelan en el aire, se quedan congelados en el paisaje, recuerdos olvidados y negados, borrados de las mentes, mentes que caminan, hombres máquina, soñadores, caminos entre cruzados.

Jungla de animales urbanos y otros animales, encuentros y desencuentros, ritmos que resuenan, que marcan el ritmo de la musicalidad del espacio.

26/01/2015

Cecilia A. Rejtman

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