Desde el destierro

Un poema de Lenin y el segundo aniversario de Laberintos Suburbanos

 

Al entrar a nuestro tercer año, en Laberintos Suburbanos queremos rendir un ferviente homenaje al Centenario de la Revolución de Octubre, y para ello no hallamos mejor forma de hacerlo que publicar, en nuestro mes de aniversario, este extenso y poco conocido poema de Vladimir Ilich Ulianov Blank – Lenin (1879-1924), político-revolucionario marxista y teórico comunista-socialista ruso, protagonista principal de la Revolución bolchevique de 1917.

Al considerar este texto, un escrito rarísimo en toda la bibliografía de Lenin, se nos ocurrió delimitar uno de los márgenes de la poesía, como correspondiente a ese limbo metarevolucionario, que postula esa suerte de sociedad entre poseía, pensamiento y acción revolucionaria, que demarcaría el hecho, de que la poesía se presente como una suerte de experiencia  previa y necesaria para pasar luego a la acción revolucionaria. Algo parecido le ocurrió al joven Marx, con sus apuntes poéticos, oscuros y amorosos, escritos antes de iniciar su labor filosófico-política en sus trascendentales libros. Como si el campo de la poesía fuera el espacio propicio para templar voluntades, para afinar deseos y detonar conciencias, como ocurrió con Lenin, con la Revolución bolchevique, con Ho Chi Minh, con José Martí o con Javier Heraud.

En este punto, nos encontramos con Desde el destierro, probablemente titulado así por su editor español, y que al parecer viene a ser el único poema escrito por Lenin. Poema compuesto durante los días de primavera de 1907, año en el que Lenin tuvo que refugiarse en una aldea de Finlandia, llamada Selvista, y en la que, según se sabe, mantuvo largas discusiones sobre literatura revolucionaría y creación poética con Piotr Al, sobrenombre utilizado por Gregoire Alexinsky, miembro del Partido Social Demócrata ruso y diputado de Petersburgo en la Duma. Versos que canalizarían los contrariados sentimientos de Lenin, desde el exilio, luego del fracaso de la revolución de 1905, que solo dio paso al establecimiento de una monarquía constitucional y a la creación de la Duma estatal del Imperio ruso: “¡En el combate desigual / por la liberación del trabajo, cayeron víctimas sin nombre!”. Este poema, que debió publicarse en la revista ginebrina, Raduga (Arcoiris), dirigida por G. Alexinsky, que para entonces vivía en Francia, finalmente no apareció, pues la revista dejó de circular poco antes de publicar estos versos firmados simplemente por “Un ruso”.

Aleksandr Gerasimov - Lenin on the Rostrum

“Lenin en la tribuna” (1929-30). Aleksandr Gerasimov

Se dice que el poema completo fue publicado por primera vez en castellano, en mayo de 1973, por la revisa Crisis, traducido por Waldo Rojas, quien lo tradujera directamente de la versión francesa realizada por Gregoire Alexinsky, publicada en la revista L’Arche, París, en 1964; además también tenemos la versión de  la editorial Endymion, 1994, que cuenta con un estudio previo de Rogelio Blanco. Y de hecho, por allí también se dice que este texto posee un escasísimo valor literario y que solo lo salva su carácter histórico-político-biográfico, y tal vez lo emocional de fragmentos como este: “¡Soldados, ahogad vuestros remordimientos / en un pequeño vaso de vodka! / ¡Disparad, valientes sobre los niños y sobre las mujeres! / Matad el mayor número posible de vuestros hermanos para divertir al padrecito. / ¡Y si tu propio padre cae bajo tus balas, / que se ahogue en su sangre vertida por la mano de Caín!”, referido al pogromo de aquel “Domingo sangriento” ruso… Pero aquí eso interesa poco, solo deseamos rendir un homenaje fraterno, cien años después, a Lenin, a Trotski y a todos los que con su vida y obra hicieron posible ese poema mayor, pocas veces escrito y alcanzado, que ha sido la Revolución Socialista de Octubre, la Revolución bolchevique…

Para nosotros, dos años no se cumplen por nada, y en este sentido, continuamos en nuestra apuesta en pos de alcanzar todo lo desdeñado, o quizá casi todo, en nuestra debilidad por las causas perdidas y olvidadas, en nuestra pulsión hacia lo fronterizo, hacia lo fisurado, embarcados en este viaje que está implicando múltiples circulaciones y paradas a través de los márgenes, de los resquicios, de los intersticios políticos, sociales y culturales, en constante movimiento… con problemas varios pero aquí continuamos… (LS).

.

*

Desde el destierro

 

Vladimir Ilich Ulianov – Lenin

 

Borrascoso año aquel.

Los huracanes sobrevolaban el país entero.

Se desataban los nubarrones

y sobre nosotros se precipitaba la tempestad,

el granizo y el trueno.

 

En los campos se abrían heridas,

y en las aldeas, bajo los golpes del azote terrestre,

estallaban los rayos, redoblaban con violencia los relámpagos.

El calor quemaba sin piedad los pechos oprimidos,

mientras el reflejo de los incendios alumbraba

las tinieblas mudas de las noches sin estrellas.

 

Trastornados los elementos y los hombres

los corazones oprimidos por una inquietud oscura,

jadeaban los pechos de angustia

y se cerraban sus resecas bocas.

 

Por millares los mártires han muerto en tempestades sangrientas,

pero no han sufrido en vano.

Ellos, que han llevado su corona de espinas,

por los reinos de la mentira y las tinieblas,

entre esclavos hipócritas,

han pasado con trazo de fuego,

como antorchas del porvenir,

han grabado con un trazo indeleble,

la vía del martirio ante nosotros.

Estampando el sello del oprobio en la carta de la vida,

sobre el yugo de la esclavitud y la vergüenza de las cadenas…

 

El frío arrecia. Las hojas se marchitan y caen,

y cogidas por el viento se arremolinan en una danza macabra.

Se acerca el otoño gris y pútrido,

lagrimeante de lluvia, sepultado de barro negro,

mientras  la vida se hizo detestable y opaca para los hombres.

 

Vida y muerte les fueron igualmente insoportables,

les rondaron sin tregua la cólera y la angustia.

Fríos, vacíos y oscuros como sus hogares, sus corazones,

y de pronto ¡la Primavera!

Primavera en pleno Otoño putrefacto.

La Primavera Roja descendió sobre nosotros,

bella y luminosa como un presente de los cielos

al país más triste y miserable,

como una mensajera de la vida.

 

Una aurora escarlata como una mañana de mayo

se levantó en el cielo empañado y triste,

el sol rojo centelleante, con la espada de sus rayos

perforó las nubes, derruyendo la mortaja de la bruma.

 

Como el fuego de un faro en el abismo del mundo,

como la llama del sacrificio en el altar de la naturaleza,

encendido para la eternidad por una mano desconocida,

trajo hacia la luz los pueblos adormecidos.

 

Las rosas rojas nacieron de la sangre ardiente,

flores de púrpura se abrieron,

y sobre las tumbas olvidadas

se trenzaron coronas de gloria.

 

Tras el carro de la libertad,

blandiendo la Bandera Roja,

fluían multitudes semejantes a ríos,

como el despertar de las aguas en la primavera,

los estandartes rojos palpitaban sobre el cortejo.

Se elevó el himno sagrado de la libertad

y el pueblo cantó con lágrimas de amor

una marcha fúnebre para sus mártires.

 

Era un pueblo jubiloso,

su corazón desbordaba de esperanzas y de sueños,

todos creían en la libertad que sobrevendría,

todos, desde el sabio anciano hasta el adolescente.

 

Pero el despertar sigue siempre al sueño,

la realidad no tiene piedad,

y a la beatitud de las ensoñaciones y la embriaguez

le sigue siempre la amarga decepción.

 

Las fuerzas de las tinieblas se agazapaban en las sombras,

reptando y silbando en el polvo esperan.

Repentinamente hundieron sus dientes y cuchillos

en las espaldas y talones de los valientes.

Los enemigos del pueblo, con sus bocas sucias,

bebían la sangre cálida y pura de los inocentes,

cuando amigos de la libertad,

agotados por caminatas penosas,

fueron sorpresivamente cogidos,

somnolientos y desarmados.

 

Se esfumaron los días de luz,

los reemplazó una serie interminable y maldita de días negros.

La luz de la libertad y el sol se extinguieron.

Una mirada de serpiente acecha entre las tinieblas.

 

Los asesinatos crapulosos, los pogromos,

el lodo de las denuncias son proclamados actos de patriotismo,

y el negro rebaño se regocija con un cinismo sin freno,

salpicado de la sangre de las víctimas de la venganza,

muertas de un pérfido golpe,

sin razón ni piedad,

víctimas conocidas y desconocidas.

 

En medio de vapores de alcohol, maldiciendo, mostrando el puño,

con botellas de vodka en las manos, multitudes de canallas

corren como tropel de bestias.

Haciendo sonar las monedas de la traición,

bailan una danza de apaches.

Pero Yemelián, el pobre idiota,

a quien las bombas han vuelto más tonto y asustadizo,

tiembla como un ratón.

Y en su festón se pone con aplomo la insignia de los Cien Negros.

 

La risa lúgubre de los búhos y las lechuzas

resuena en la oscuridad de las noches,

anunciando la muerte de la libertad y la alegría.

Y un invierno cruel, con la nieve tempestuosa,

viene del reino de los hielos eternos.

 

Con sus nieves espesas, semejantes a una mortaja blanca,

el invierno ha vuelto al país.

Atando a la primavera con cadenas de hielo,

el frío-verdugo le ha dado muerte antes de tiempo.

Como manchas de barro, por aquí y por allá aparecen

las pequeñas islas negras de las aldeas miserables,

sepultadas bajo las nieves.

 

El hambre con la miseria y el frío pálido

por doquier se guarecen en las moradas pestilentes.

A través de la llanura de nieve sin fin,

de las estepas sin medida ni límite,

cuando el viento ardiente del verano trae un calor tórrido,

las aciagas borrascas de nieve van y vienen como blancos pájaros rapaces.

La tempestad aúlla como una bestia salvaje de pelambre enmarañada,

precipitándose sobre todo lo que conserve una gota de vida.

Vuela con estrépito, como una terrible serpiente alada,

En pos de borrar todo rastro de vida de la faz de la tierra.

 

La tempestad doblega a los árboles, quiebra los bosques,

amontona la nieve en las montañas heladas.

Los animales se han guarecido en sus cubiles,

han desaparecido los senderos y el viajero es engullido sin dejar huella.

Magros lobos acuden hambrientos,

yerran sobre los pasos de la tempestad.

Feroces, unos a otros se arrebatan la presa,

aúllan a la luna y tiembla de espanto todo lo vivo.

 

La lechuza ríe, el lechy salvaje golpea las manos.

Ebrios, los demonios negros giran en torbellino,

haciendo chasquear sus ávidos labios, olfatean una gran matanza

y esperan la señal sanguinolenta.

Muerte en todas partes, el hielo cubre todo, todo yace yerto.

Toda vida pareciera esfumada,

el mundo entero es una fosa común, una fosa única

en la que ni siquiera las sombras de la vida libre y luminosa se salvan.

 

Es aún temprano para que la noche triunfe sobre el día,

para que la tumba celebre su victoriosa fiesta sobre la vida …

Aún bajo cenizas se incuba la chispa,

la chispa que la vida reanimará con su soplo.

La flor de la libertad, quebrada y deshonrada

ha sido pisoteada y muerta para siempre.

Los negros se regocijan al ver aterrado al mundo de la luz,

pero en la tierra natal, el fruto de esta flor espera en el subsuelo.

 

En las entrañas de la madre

el grano milagroso se conserva misterioso e invisible,

ha de ser alimentado por la tierra y se reanimará en la tierra

para renacer a una vida nueva.

Llevará el ardiente germen de la nueva libertad,

resquebrajará y fundirá la corteza de hielo,

crecerá y ―árbol gigante― iluminará el mundo con su follaje rojo.

 

El mundo entero surgirá a su luz, y bajo su sombra se congregará a todos los pueblos.

¡A las armas, hermanos! ¡La felicidad está cercana! ¡Coraje! ¡Al combate! ¡Adelante!

¡Despertad vuestros espíritus! ¡Expulsad de vuestros corazones el miedo cobarde y servil!

¡Estrechad vuestras filas! ¡Todos unidos contra tiranos y amos!

¡La suerte de la victoria está en vuestras poderosas manos trabajadoras!

¡Coraje! ¡Este tiempo de desgracias pasará rápido!

¡Levantaos como uno solo contra los opresores de la libertad!

La Primavera llegará… se acerca… ya viene…

¡La roja libertad, tan bella, tan deseada, camina hacia nosotros!

 

Autocracia

Nacionalismo

Ortodoxia

Ya demostraron irrefutablemente sus altas virtudes.

En su nombre se nos golpeaba, se nos golpeaba, se nos golpeaba,

hasta la sangre misma se castigaba a los mujiks,

se les quebraban los dientes,

se sepultaba en los presidios a los hombres encadenados,

se saqueaba, se asesinaba.

Para nuestro bien, según la ley,

para la gloria del zar y la salud del Imperio.

Los servidores del zar daban de beber a los verdugos

con el vodka del Estado y la sangre del pueblo,

sus soldados regalaban a sus rapaces cuervos.

 

Se daba de beber a los ejecutores de las altas órdenes,

se alimentaba a sus cuervos rapaces

con los cadáveres aún tibios de los esclavos rebeldes,

y con los cadáveres dóciles de los esclavos más fieles.

 

Con una oración ardiente, los servidores de Cristo

regaban de agua bendita el bosque de las horcas.

¡Hurra! ¡Viva nuestro zar!

¡Con su nudo corredizo bien jabonado y mejor bendecido!

¡Viva el esbirro del zar,

con su látigo, su sable y su fusil!

 

¡Soldados, ahogad vuestros remordimientos

en un pequeño vaso de vodka!

¡Disparad, valientes sobre los niños y sobre las mujeres!

Matad el mayor número posible de vuestros hermanos para divertir al padrecito.

¡Y si tu propio padre cae bajo tus balas,

que se ahogue en su sangre vertida por la mano de Caín!

¡Embrutecido por el vodka del zar, mata a tu propia madre, sin piedad!

¿A qué temes tú? No es a los japoneses, a quienes tienes adelante.

No temes sino a tus prójimos, a tus propios familiares,

y ellos están del todo desarmados.

 

Una orden se te da, valet del Zar.

¡Sé cómo antes, una bestia de carga, esclavo eterno!

¡Enjuga tus lágrimas con tu manga y golpea el suelo con tu frente!

Oh, pueblo, fiel, feliz

amado por el zar hasta la muerte,

soporta todo y obedece hasta la muerte…

¡Fuego! ¡Látigo!… ¡Golpead!

¡Dios protege al pueblo,

poderoso, majestuoso!

 

¡Que nuestro pueblo reine, haciendo sudar de miedo a los zares!

Con su tropa sin gloria, nuestro zar desencadenado,

con su jauría despreciable de servidores,

sus lacayos festejan,

sin lavar la sangre de sus manos.

¡Dios: protege al pueblo durante los días sombríos!

Y tú, pueblo, ¡protege la Bandera Roja!

 

¡Opresión sin límite!

¡Azote de la policía!

¡Tribunales de sentencias súbitas

como las salvas de las ametralladoras!

¡Castigos y fusilamientos,

horrible bosque de horcas

para castigar vuestras rebeldías!

 

Colmadas están las prisiones,

los deportados sufren infinitudes,

las salvas desgarran la noche,

los buitres se han saciado.

El dolor y el duelo se extienden sobre el país natal.

¡Ni una familia es ajena al sufrimiento!

 

El déspota festeja con los verdugos

su banquete sangriento

¡Vampiro… roe la carne del pueblo

con tus perros insaciables!

 

¡Déspota, siembra el fuego!

¡Monstruo, bebe nuestra sangre!

¡Levántate Libertad!

¡Flamea Bandera Roja!

 

¡Vengaos, castigad!

¡Torturadnos una última vez!

¡La hora del castigo está cercana!

Ya llega el tribunal ¡Sabedlo!

 

¡Por la libertad iremos a la muerte,

a la muerte.

Tomaremos el poder y la libertad,

y la tierra será del pueblo!

 

¡En el combate desigual

por la liberación del trabajo, cayeron víctimas sin nombre!

Sus miradas llamean de amenazas…

¡Repica hasta el cielo, eterno carillón del trabajo!

Golpea martillo, golpea por siempre.

¡Pan! ¡Pan! ¡Pan!

 

¡Marchad, marchad campesinos!

Vosotros no podéis vivir sin la tierra.

¿Os estrujaron los señores,

os oprimirán aún por mucho tiempo?

 

¡Marchad, marchad estudiantes!

Muchos de vosotros serán segados en la lucha.

¡Cintas rojas envolverán los ataúdes de los que hayan caído!

 

¡Marchad, marchad hambrientos!

¡Marchad oprimidos!

¡Marchad humillados

hacia la vida libre!

 

¡El yugo de las bestias reinantes, es nuestra vergüenza!

¡Expulsemos a las ratas de sus madrigueras!

¡Al combate, proletario!

¡Abajo todos los males!

¡Abajo el zar y su trono!

Ya brilla la aurora de la libertad estrellada,

Se expande su llama.

Los rayos de la felicidad y de la verdad

aparecen ante los ojos del pueblo.

El sol de la libertad

nos iluminará a través de las nubes.

 

El canalla del zar,

“¡Bajo las patas de los caballos con ellos!”,

dirá glorificando la libertad

la poderosa voz del toque a rebaño.

Destruiremos las bóvedas de las prisiones.

La justa cólera está rugiendo,

la bandera de la liberación conduce a nuestros combatientes.

 

Tortura, Ojrana,

látigo, cadalso, ¡abajo!

¡Desencadénate, combate de los hombres libres!

¡Muerte a los tiranos!

 

Extirpemos de raíz

el poder de la autocracia.

¡Morir por la libertad es un honor,

vivir en las cadenas, una vergüenza!

Echemos por tierra la esclavitud,

La vergüenza del servilismo.

¡Oh, libertad, danos la tierra y la independencia!

 

Vladimir Ilich. Lenin

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Archivado bajo Centenario de la revolución Soviética, Homenaje, Laberintos Suburbanos, Poesía, Sin categoría

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