Culturas muertas viven porque las dejamos vivir

Guillermo Gutiérrez

Atrapados el humano y sus creaciones, especialmente las artísticas, en la duración espacio temporal, es una ley natural que sobre todo en el nivel de la creación, estas tengan que envejecer y pasar. Es  una victoria sobre la finitud el hecho de que una obra de arte quede y perdure, mientras de su autor y de la civilización que la generó solo quede el polvo, y este pueda ser revisado por las nuevas generaciones, con nuevas lecturas e interpretaciones que lo mantenga vivo y fresca en otras mentes, ajenas a aquellas que generaron dicho arte.

También es natural que las obras que una generación había sacralizado e iconizado, si no tienen una fuerza superior o esta es limitada, al final envejezcan y mueran, para sorpresa de aquellos que la volvieron su referente, y al final solo les toque asistir a su agonía, que es también la de ellos mismos, y que en el futuro nadie los recuerde. No solo a ellos, lo cual debe ser desesperante, sino también al mundo en el que se insertaron y al arte que idolatraron; lo que equivale, para muchos, a una muerte absoluta, pues la muerte espiritual da por abolida toda esperanza de sobrevivir más allá de la muerte de la carne.

Nada borrará de las mentes y los espíritus el impacto de la imagen arcaica y tremenda del monolito de Chavín, donde queda claramente retratado el terror y el pánico de nuestros ancestros, cuando tuvieron plena conciencia de que estaban solos en un mundo desconocido y veían a los dioses con pavor, y solo les quedaba la idea de aplacarlos con hecatombes de sangre humana, para evitar ser destruidos por aquellas fuerzas inhumanas que los sobrepasaban. Nunca se perderá aquella sensación de fascinación, venida de las primeras civilizaciones del mundo, en medio del desierto mesozoico, provocada por la visión de la fabulosa y milunanochesca puerta de la ciudad perdida de Petra, la cual sintetiza todos nuestros sueños de grandeza y la fantasía mágica que habíamos alucinado cuando leíamos las historias fantásticas de la salvaje Sherezada.

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Parte frontal del Lanzón monolítico. Cultura Chavín

Todo tiene que mutar, es necesario, y si eso puede afectar a sociedades tradicionales, acostumbradas a la inmovilidad eterna, no es un sentimiento negativo sino una ley para las sociedades occidentales, porque están imbuidas del mito del progreso, del movimiento lineal de la historia, como una progresión a una perfección entendida como un avance hacia la plenitud en la razón, donde la realización como Ser está definida, dentro de este tipo de conceptos, en la duración, con todo lo que ello significa. Mitos que implican que la gente quede más atrapada dentro de los límites de la mismidad; tanto los que profesan el desarrollismo de izquierda, como los que lo hacen con el de derechas.

Pero ¿quién nos dice que ese debe ser el único camino? Estos mitos, al ser practicados en el tercer mundo, y concretamente en el Perú,  están destruyendo, por el interés inmediato, a sociedades que podrían buscar otras vías más acordes a su esencia cultural, produciéndoles más bien tremendas conmociones, al no estar estas preparadas para transformaciones tan grandes. El ejemplo primero, es lo ocurrido en la Conquista: buena para Europa, pero apocalíptica para el indio, en todos los sentidos.Y me pregunto a cuántos se les puede ocurrir que pueden encontrar caminos en los que puedan realizarse, pero que no sean los institucionalizados, que no sean los sacralizados por los mitos que nos impone la sociedad contemporánea. Darse cuenta, por ejemplo, de que las vías de desarrollo de tipo ancestral, en muchos aspectos, tienen vigencia en lo social y cultural, y sobre todo en lo espiritual, que en muchos aspectos valen aún más que muchos avances modernos.

Quién nos dice qué cosa es el progreso realmente, quién nos dice que si al cruzar una pista que supuestamente nos llevará a nuestra meta, si nos moviéramos en otra dirección, terminaríamos triturados por un volcánico tráiler o hallaríamos una nueva meta superior y más ambiciosa que aquella que nos habíamos trazado inicialmente. Qué significa ir hacia adelante… Qué es adelante. Qué es ir hacia atrás…  ¿Hay una sola línea, una sola meta, un solo camino… Tengo derecho a negarlo pero puedo estar equivocado? Pero puedo no estar equivocado. ¿Somos acaso el Dios, el Inkarri primordial para saber dónde está el arriba y el abajo, el medio y el centro del universo? ¿No se nos ocurre pensar que de repente ni el propio Señor puede medir su principio y fin? Y si las personas y sociedades aceptan valores que para el moderno significan atraso e involución, están en su derecho, pues para ellos es plenitud. ¿Qué es el camino bueno y el camino malo? ¿Qué es lo bueno y lo malo? ¿Existe la llamada meta? ¿Existe el principio y el fin? La única meta que reconozco es aquella que permite a una persona “plenificarse” en lo que siente su camino. Si quiere ser artista y pintar con caca, es su vida: un degenerado o un profeta pueden llegar al éxtasis.

Se me dirá que no puede ser, si el costo es el de vidas humanas inocentes. Y tendrán razón y no tendrán razón. Para un asesino la vida humana, tan miserable para él, es solo un medio para ser feliz haciéndola pedazos. Si escoge ser un asesino es su vía. Y quién nos dice que ser un demonio pleno no es tan válido como ser un santo cabal. ¿Y si ser santo fuera ser demonio y viceversa?..

En qué momento la idea liberal que se auto representaba como el único camino válido para la inteligencia se volvió fascista… Desde siempre, y no solo esta, sino lo hacen todas las ideologías cuando se atan a intereses inmediatistas. Miren lo que sus representantes están haciendo con el Perú. Se dicen lúcidos pero están tan atrapados en la subjetividad del corto plazo. Cuando se dice que el humano se encamina hacia la inteligencia, se habla en términos intelectuales, pero la verdadera inteligencia no es la medida por las universidades ni las maestrías,  ni por haber leído un millón de libros. Hablo de un entendimiento que rebasa el pensamiento y el intelecto. Para mí es una iluminación que haga temblar la tierra bajo la guía de nuestro padre, el inkarri Thopa Amaro, pero ese es mi viaje. Otros caminos pueden ser concebidos por otros individuos y ahí quizá encuentren su propia “plenificación”.

En su origen, el humano es ontológicamente inmovilista, conformista.  Solo la presión de fuerzas externas, como el ataque de terribles enemigos o el empuje de la feraz naturaleza, lo empujan a crear métodos que le permitan un nuevo espacio de una nueva forma de quietud. La matriz de la cultura es el deseo, no de saber, sino de la plenitud material, de estar bien. El deseo de saber qué hay Más Allá o de crear arte es una mutación posterior, cuando después de conseguidos los logros materiales, algunos grupos o individuos, que pueden ser considerados como una autentica élite cultural, no se sienten satisfechos con ese piso. Sus almas son hazañosas, ansían mucho más, sea el Poder o lo Desconocido. Entonces empujan a la masa a ir hacia adelante en la búsqueda de metas no solo acomodaticias sino hazañosas, mutatorias. Y la masa avanzará si piensa que allí hallará una meta que les de algo a cambio de su sacrificio.

El helenismo inundó por el empuje de un solo hombre, Alejandro, al mundo de su tiempo; creándole interrogantes y proyectos que lo obligaban a replantearse. El empuje Inca o Azteca guió a los territorios circundantes a desarrollar proyectos de vida que acechaban una otredad desconocida… Estas élites, actualmente se han empobrecido; no hay élites con voluntad de poder supremizante, sino que buscan conseguir una meta prosaicamente material, basado en el dinero y el confort usando la tecnología y aprovechando el caos espiritual que les conviene. Esa es una de las razones por las que no hay aventuras de alto nivel en la sociedad posmoderna. No puede haberla si no está planteada una aventura cultural de alto nivel.

Desde su concepto, este tipo de mentalidad ha renunciado a cualquier tipo de búsqueda que no sea la satisfacción inmediata, y esa actitud ha pegado fuerte en este país, cansado de experimentos utópicos que les prometían un cielo que nunca llegaba, optaron por la medianía del logro inmediato, y se armó una situación tragicómica, cuando repetían mecánicamente los rollos de teóricos seudoliberales, que eran en realidad anarquistas del libre mercado, sin entender claramente que estos estaban en contradicción con la idea de libertad que decían buscar -aunque para una generación que cree que la libertad es solo la del empoderamiento, el negocio y el dinero, tal vez no se hacían tan los locos-,  mientras que sus opositores se dedicaron a reciclar ideas intelectuales ya muertas o seudomodernas para estar a la par de las nuevas fuerzas que les quitaban sus cuotas de poder ya institucionalizadas, para supuestamente armar un debate que nunca existió.

fin-del-mundo-o-apocalipsisUn grupo buscaba imperar y el otro sobrevivir, y en medio, los sectores pasivos que sin guía y sin voluntad propia, se dedicaron a pescar los favores de quien les daba más. Se autodrogaron voluntariamente. Y los sectores activos, condenados a la soledad de la acción estéril, no podían repercutir con sus gestos mientras los drogados no despertasen. Y la mayoría aún no quiere despertar, peor aún, la mayoría de los que están despertando quieren volver a dormir o lanzar el carro más al despeñadero de su utopía inmediatista. Esto explica el auge de las teorías de ultraderecha y del nazismo en Lima, cada día más fuertes. Pues el maldito complejo tercermundista piensa que solo se superara el subdesarrollo por caminos económicos y tecnológicos. El latinoamericano alienado se ha encimado al latinoamericano que creía en su destino. Aquellos creen  que solo con la renuncia a la identidad profunda, no formal, llegarán al primer mundo. Su utopía es ya no ser, es llegar al nirvana de Miami. En esa creencia no hay cabida para el arte y la cultura, se considera que no son necesarios para consolidar su proyecto de sociedad. Piensan que manteniendo una apariencia de identidad en la que en realidad ya no creen, pero dicen creer para las plateas, les basta para dar la imagen de latino triunfador.

En el pasado la izquierda puso énfasis en el arte, dejo volar la imaginación, pero la presión de ciertos sectores dogmáticos terminó dándole total preferencia a solo un tipo de orientación temática: la social. Pero en la sociedad empresarial no hay búsqueda de vías que salgan del nivel tecnocrático. En el Perú,  desde finales de los 80, favorecida por la guerra y la crisis económica, se ha desatado una revolución reaccionaria. Lo cual es una sorpresa para las élites culturales de izquierda que tenían esa misma mentalidad positivista, basada en que, solo desde su ángulo, se lograría entender, dominar e imponer las condiciones de su grupo al Universo. Y ESTE AÚN NO ES CONOCIDO EN SU TOTALIDAD. ESE JUEGO DE ENERGÍAS, QUE DESDE DIMENSIONES EXTRAMATÉRICAS PASA COMO PASA EL VIENTO A TRAVÉS DE NUESTRA VENTANA A ESTA REALIDAD, Y CUANDO LA PENETRA AHÍ, SE VUELVE MATERIA PARA DISOLVERSE NUEVAMENTE EN NO MATERIA, CUANDO PASA AL OTRO LADO DEL UMBRAL…

Estaban preparados solo para mutaciones revolucionarias, el resto era atraso. Era obvio que en ese vasto movimiento cultural que venía desde los años 50 a los 80 había mucho ripio y mucho farsante que tenía que desaparecer, pero había mucho más que salvar y que sirviera de guía a la aventura de las nuevas fuerzas. Sin embargo, no estaban preparados para una mutación reaccionaria, de la misma manera que la irrupción de las fuerzas socialistas y anarquistas de comienzos del siglo XX, significaba el caos para las burguesías de la belle epoque.oculus-movie

Desde el momento en que se plantea un cambio en términos estrictamente  materialistas, ya hay un autobloqueo que impide cubrir más espacios que nos permitirían rebasar nuestra condición de no videntes. Ahora es inútil plantearlo, ahora es visto como una estupidez. Todas las ideologías siempre han estado unidas en su rechazo a lo supermaterial y lo han relegado a la idea de evasión. Nunca como una invasión necesaria. Desde otro nivel, los grandes proyectos sociales latinoamericanistas y ni hablar de los indianistas, no son nada para estos nuevos sectores. Esta alteración del guion mental de lo que debería ser supuestamente el método para la comprensión del mundo es demoledor. Y, mientras para el izquierdista es un trauma, a la derecha no le interesa plantearse el problema, pues el progreso es beneficio directo y no un proyecto de muchas aristas.

Entre los 50 y los 80 hubo un proyecto amplio que rebasaba las limitaciones ideológicas que azuzaba al espíritu; ahora, más bien, el humano se niega a mutar y preferiría ser un idiota feliz. Pues en la naturaleza humana luchan el deseo de luchar y no luchar. El deseo de pelear si lo joden, pero de descansar eternamente si le dan satisfacción. En este momento, la mayoría se cansó de pelear, incluso muchos de los que gritaban y tiraban piedras se cansaron, cool es el lema. Se considera que las metas de los años de la guerra de la mutación eran demasiado ambiciosas. Es mejor ahora estar tranquilo y dedicarse a cosas que te satisfagan sin ya mucha bronca… De ahí que la cultura que ahora vende Occidente sea espuria, frívola, sin hazaña, y que haga  de la posmodernidad una estética de la negación de la negación.

No ganaría esta idea si no tuviese una sociedad y un clima generalizado dispuesto a aceptar esta disposición. Un rechazo generalizado a la cultura de la mutación, cual si los hombres monos de 2001 Odisea del espacio de Kubrick se hubieran negado a acercarse al monolito y hubieran preferido vivir en su cueva para siempre, cueva que les ofrecía el espejismo de estar a salvo de los peligros de la sabana africana. Y decir que esto es maniobra del imperialismo o de los grandes intereses, es pueril e irrelevante. La mayor parte de la masa ha sido bien trabajada en su tendencia a la mediocridad, lo cual permite a los sectores de poder dominarlos. Se dejan dominar porque eso es preferible a luchar, y eso puede dar ganancias, aunque la dominación se convierta en opresión. Y solo reaccionarán si encuentran una oferta mejor que les permita salir de esa opresión para lograr un mayor empoderamiento.

A comienzos de los 80, ya Mario Montalbetti, poeta, autor de Perro Negro, un poemario que gusto a su generación, advertía que el Perú había sentido que estaba produciendo la mejor poesía del continente, y que eso debía revisarse. Ya en la década del 90, unos desconcertados Eduardo González Viaña o Carlos Thorne se preguntaban sobre que les había pasado, que de ser escritores disputados por Losada o Casa de las Américas, ahora estaban en nada. Repito que hubo bodrios y mucho seudoarte que debía desaparecer. Hubo farsantes, hubo obras que creían ser revolucionarias pero solo eran consignas. Pero no todo lo que se hizo en esos años debe ser olvidado. La izquierda no supo quitarse las anteojeras para encaminarse a la mutación plena que rebasa el puro materialismo sin llegar a un difuso idealismo; tampoco la derecha, pero ellos nunca se distanciaron de su programa, plata y glamour inmediatos. En el Perú, las élites nunca lo han sido más que de nombre, no han planteado nada que levante al país de su condición ignara. A estos grupos les conviene el subdesarrollo de los demás y las dictaduras.

Es fácil responder a la pregunta, en base a todo lo dicho, de ¡qué pasó para que la hazañosidad fuera sustituida por la mediocridad y esta fuera elevada a la categoría de gran valor. En una revolución reaccionaria, los jóvenes de los 90 en adelante, cuestionaron todo el edificio cultural construido por la generación de la mutación. Desde finales de los 80, comenzaron a cuestionar no al sistema dominante, ya que no se sentían afectados directamente por ello, ya que había entrado en crisis o se había agazapado, sino el sistema de la revolución, porque era, a su entender, lo que les estaba afectando. La juventud imbuida por el mito del tío Johnny, entre la demagogia pseudoizquierdista de Alan García y la guerra de Sendero, creía que la izquierda tenía la culpa del fracaso del país, que los grandes proyectos eran en realidad  manipulaciones teóricas para que los grupos lograsen empoderarse a costa de mantener el atraso que la modernidad exigía, practicidad inmediata para fines rentables y tangibles en el corto plazo. Todo esto a pesar de que la cultura y el arte eran una rémora si no daban prestigio social y que solo las disciplinas supuestamente prácticas llevaban al triunfo.

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Javier Heraud, autor del poema “Palabra de guerrillero”

En realidad, Vargas Llosa perdió las elecciones porque los sectores tradicionales creados en los 70 y 80,  aun tenían una capacidad de resistencia y pudieron forjar un muro, aliados a la burocracia, frente a una idea tan excluyente. Pero después del fujishock, y sobre todo luego de la debacle de Sendero, y el surgimiento de los primeros supuestos logros de la reforma económica, que para gente empobrecida, significaba la aparición de los grandes supermercados y la telefonía móvil, que hicieron que para muchos este fuera el camino correcto. La resistencia ideológica cedió. La resistencia espiritual se agotó. Y surgió toda una corriente poética que en lugar de loar a la revolución, la increpaba y la identificaba con el atraso. De nada servía que en el recital de desagravio a Celso Garrido Lecca, el público joven abuchease a Sonaly Tuesta, convencida ideóloga del discurso de la modernidad fuji, si al final esa muchachada aprovecharía de los supuestos beneficios. Eso explica por qué hay tanto intelectual en el Perú que ha acabado no de burócrata, sino de tecnócrata, trabajando en empresas públicas o privadas, e incluso ya no elaboran nada intelectual.

Luego de cuestionar la mutación, se pasa a predicar el retorno de los valores tradicionales, vestidos con un ropaje de modernidad informal tolerable. Además, no se pueden revalorizar o siquiera mantener los valores positivos del pasado cuando los que han formado parte de esa época en su mayoría se callan o se lanzan a la piscina del nuevo orden para salvar sus cuotas de poder. Cuando algunos  poetas del 70, se acogen a la ley de arrepentimiento social para alabar al nuevo orden, o cuando vemos al borracho de Hinostroza pisoteando la memoria de Javier Heraud, no nos sorprende la actitud de los nuevos en su rechazo al pasado. Lo cual también explica el fracaso de las nuevas promociones, que están pagando el precio de haberse vendido al diablo, ya que sin tener grandes aventuras ni héroes en la mente, han envejecido física y espiritualmente de manera terrible. No llegan ni a los 40 años y sus vidas están estancadas y mediocres.

Lo patético del fenómeno es que esta concepción ha entrado en crisis en otros países, pero acá se mantiene por razones estrictamente de pobreza espiritual, ideologizada, producto de la corrupción e intereses monetarios. Ya no hay ambición ni siquiera dentro de lo limitado que era el proyecto original. El cholo, que era visto como la fuerza potencialmente revolucionaria de los 70, en la mayoría de los casos se ha dejado llevar por la ideología del cholo power, o sea, “pórtate como blanco para que te aceptemos  cholo de mierda…” Han surgido nuevos mistis en la ciudad de Lima, cholos que oprimen a cholos, lo cual acaba con los mitos positivistas producidos desde la izquierda. Y los sectores de poder, que dominan la economía de este país, antes aceptaron abdicar en algunas cosas para no perderlo todo, pero ahora, traumados, no cederán en nada ni permitirán que algo movilice. Hay un deliberado propósito de destrucción mental y social.

Signos de esta hecatombe son, aparte del rebrote de la adoración por Hitler y la ideología fascista en el centro de Lima, hechos como la difusión de frases celebres, que no son  propiedad exclusiva de la clase media alta, como el de “a mí ya se me paso el velasquismo”, y el uso del termino “marrón” por parte de los muchachos del sur contra los indios, y la súpersatanización del velascato. Una generación nueva, que pasaron la guerra metidos en sus casas, y decidieron no replantear la sociedad, no repensarla, no autocriticarse, sino inmediatamente subirse al carro e ignorar todo el edificio cultural anterior, excepto por la reivindicación de unos cuantos artistas a los que pudieran manipular para apuntalar y dar pedigrí a su nueva visión de mundo. Ahí se jodieron a sí mismos.

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“Pesca en el mar profundo”, Jeff Raphael, collage (2012)

Por eso no existe, por ejemplo, novela negra en el Perú, como un movimiento organizado, como sí en España, México o Argentina. Lo que hubo aquí, fueron ejemplos aislados y un efímero boom auspiciado por las editoriales españolas donde escritores como Ampuero, Cueto o Roncagliolo desarrollaron una novela negra tomando como base la guerra, pero para hacer una catarsis, donde su mundo, vía sus escribidores, se limpiara de culpas, no se sintiera involucrado y, en el mejor de los casos, buscar mostrarse como víctimas de la guerra para refrendar el mantenimiento de su control del país y de los dizque ciudadanos.

Ya no hay escritores que se jueguen el alma en sus obras, cuando el arte ya no incide para nada en la sociedad. Antes, el arte, sin necesidad de consignas, incidía en la sociedad, en la vida. Pero era en un momento en el que se dio una corriente de Necesidad de la Cultura. Surgieron muchos sectores con necesidad de Saber. Ahora la sociedad desprecia la cultura. Pero, sobre todo, para que esta literatura calase en el tejido social, tendría que darse en el contexto de una sociedad que hubiera puesto en la picota a los culpables de los años oscuros y replanteado todo tipo de país que se había creado en los 90; y eso no les convenía. Se conformaron con poner en la cárcel a los quemados, pero no atacaron en lo profundo, a partir de ahí los llamados sectores democráticos estarían chantajeados y a la defensiva de los sectores de la derecha cavernaria. Desde ese momento se ha puesto en marcha la gran telaraña destinada a deformar, tapar, ocultar, borrar y cambiar la verdad histórica de lo que fueron los años de la mutación, para escribir una historia oficial que convenga a los poderosos y donde la disensión no exista. Y muchos de los que protagonizaron esa lucha, callan o son cómplices del ocultamiento para cobrar su jubilación.

El peruano limeño tiene vergüenza de que se le haya hecho patente que se le ha enseñado a vivir con la pus del fujimontesinismo. Preferían usufructuar de sus limosnas y beneficios mirando a otro lado y quedar como limpios. Al ser cómplices inconscientes, no quieren saber que estamos asistiendo a un proceso de autodegradación convenida. El informal de abajo se enfrentará al corrupto de arriba, pues este no tiene nada que criticarle, son lo mismo. Y al final todo acabará en una entente cordiale,  pues entre gitanos no se leerán las manos. Quien lea en los periódicos sobre moralización, leerá el maquillaje para la platea. Y no hay salida. Más aún con la desilusión de las esperanzas que se tuvo en el gobierno de Humala. Desazón convenientemente aprovechada para que se desarrollen las ideas neofascistas legitimadas por el actual contexto histórico. El peruano limeño ha hallado su propia plenitud: la de ser imbécil. Al repercutir este tipo de mentalidad en el individuo que pretende ser artista, se entiende su ignorancia y rechazo, sin basamento en razones solidas, del arte del pasado, un rechazo que solo está basado en su oportunismo. El abismo cultural no está basado en el desconocimiento del pasado, sino en la decisión voluntaria de no querer mirar ni aprender de ese pasado.

En provincias surgen fuerzas informes, aún no definidas, con intenciones radicales, queriendo imponerse. Cabe preguntarse hasta qué punto estas reacciones están determinadas por el abandono del Estado y la presión y el  chantaje explotador de las corporaciones, y no por un sentido y real deseo de transformación y revolución. Bagua es el ejemplo más claro de un nuevo comienzo, de otra revolución mutatoria. Pero es solo un despertar sectorizado que aún no ha logrado consolidarse. Y sin embargo la última esperanza de mutar está ahí, en los pueblos, en las regiones, pero… ocurrirá… será… no lo sé.

Guillermo Gutiérrez

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