De cómo conocí a Juan Ramírez Ruiz, el más grande poeta de Hora Zero

C. Feliciano Mejía H.

A Gróver González Gallardo y Diego Lino Arditta

Lo conocí una noche, a las 7:20 pm, en la puerta del salón principal de la entonces Biblioteca Nacional del Perú, en la avenida Abancay. En el dintel estaba él y tres integrantes más de Hora Zero; uno de rostro negro, otro de aire apitucado y otro de dejo notablemente selvático. Inmediatamente me respondieron que la entrada era gratuita y que ellos eran los organizadores de los recitales de Hora Zero en Lima.

Lo que más me impresionó de Juan Ramírez Ruiz, moreno, fue su gran melena peinada apretadamente para atrás y su sonrisa que se negaba a ser risa. Una alegría neta al mirarme de frente con sus ojos negros achinados, su voz clara como el mamey al darme un  abrazo y llenarme las manos con manifiestos, poemas a mimeógrafo y la invitación a ingresar de inmediato, y luego a subir a escena y cooptarme.

En la puerta me preguntaron mi nombre, y al decirles, con mi timidez de indio: Feliciano Mejía, me abrazaron, y, como vieron fajos de papeles bajo el brazo, me  dijeron,  “trajiste poemas”,  y  casi  me arrancharon los  papeles  de  Poemas racionales, pues  ellos conocían  algunos escritos míos ya publicados; pero no sabían quién era ese tipo que tenía su misma edad (yo tenía 19 años), ni de dónde era y a dónde iba.

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La plana mayor de Hora Zero. De izquierda a derecha: Juan Ramírez Ruiz, Jorge Pimentel y Enrique Verastegui.

Hasta ese momento, yo no había conocido a ningún poeta vivo del Perú. Solo había publicado un poema con el nombre de Ciro Mejía en una revista bilingüe (castellano-inglés) llamada Aravec, que se salvó de la quemazón que hice con algo de 300 poemas malos ‒que me hacían sudar frío por tenerlos conmigo, tipeados a máquina, en papel craft y que llevaba casi siempre o los ocultaba en casa para que nadie los viera. Había escrito otro libro que permanece hasta hoy inédito, con un prólogo también inédito de Antonio Cornejo Polar, llamado El estertor de la rata, del cual ya habían sido publicados algunos textos a página entera, en el suplemento Dominical del diario El Comercio, además de otros poemas en la exclusiva revista Amaru 13, que publicaba la Universidad de Ingeniería, “que no aceptaba colaboraciones: Las pedía. Y pagaba”, según me dijo mi primer editor, el querido don Juan Mejía Baca.

Fue en una de sus vitrinas de Juan Mejía Baca, en la que vi el aviso de los recitales “Hora Zero de Poesía”, realizados en la Biblioteca Nacional, y se podría decir que fue él, el responsable de que yo conociera a Juan Ramírez Ruiz. Yo acababa de ingresar a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, allá por el año 1967, y tenía unos cuatro meses libres antes de que empezaran las clases, y me fui a vagar por el Perú haciendo Los Caminos del Inca (la Carrera) y, en Pampa Galeras, leí en un periódico pasado que un Señor llamado Juan Mejía Baca, librero-editor, había “devuelto la Orden del Sol” al entonces Presidente Belaunde, porque su ministro del Interior, Alva Orlandini, apodado el Lechuzón, había quemado libros. Me dije: este hombre vale. Iré a verlo con mis poemas de El estertor de la rata. Armándome de valor ante mis Apus y hablando sin palabras con el río Negromayo, me creí loco. Soy universitario, me decía, pero esa es otra historia.

Se iniciaron las clases en San Marcos y le presenté mis poemas, después de  clase, al querido  Washington Delgado, ahora ya fallecido, y él leyendo y paladeando, dijo, esto está bueno, hay Lautreamont ─pucha, en el corrillo de alumnos yo anotaba en un papel para leer a ese tipo‒, aquí hay algo de Kafka ‒ay madre,  por lo bajo escribía para saber quién era  Kafka‒, y así ocurrió como con seis  autores que no conocía. Después busqué a otro profesor, un poeta más joven pero que tenía ya como siete libros publicados. Se puso a leer y a elogiar los textos, y entonces le dije: “Profe, ayúdeme a publicarlos”, me miró por encima de sus lentes, carcajeando, y me dijo: “tooooodos eeestamos en lo missssmo…” Yo le dije, gracias.

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Homenaje en NY. Cuando los muertos valen más que los vivos o los “vivos” viven de los muertos.

Entonces junté todo El estertor de la rata, y saliendo de mi barriada o Pueblo joven como le llamó la Dictadura de Velasco, me fui donde don Juan Mejía Baca. Entré, pero con una timidez vista a leguas, que  don  Juan,  al presentarme yo, me  puso  la mano al hombro y me dijo: “no sea tímido, tocayo, no; nadie es más grande ni nadie en más chico que usted. Y cuando se sienta tímido ante, digamos, el Presidente de los Estados Unidos, el Papa o Miss Universo, imagíneselos  pujando en el baño”. Para mi timidez, eso fue un santo remedio, pero fue poco a poco. Don Juan me distraía con huacos que aullaban cuando se les ponía agua, tocaba cornetas de barro cocido, me sacaba originales de Martín Adán, que religiosamente él había pegado en papeles bond A4, y me habló de Neruda. Y, vamos a tomar un café, acá, donde tomo café con Neruda, me decía, e íbamos, mientras él me contaba anécdotas. Al final de unas tres horas de atenderme con comprensión y cariño, me dijo, vuelva dentro de dos semanas para ver lo de su libro.

Fueron  dos  semanas  de  sufrimiento, hasta que fui a verlo, bien peinadito, limpio, armado de valor para vencer mi timidez. Don Juan me acogió con alegría, diciendo: “sus poemas son muy buenos”, y yo hice un gesto de ojos y boca como que no quería oír eso. “No. No, tocayo. Si sus  poemas fueran malos, yo se los diría sin ocultarle nada. Son buenos”. Y entonces, sacando la osadía del tímido de sopetón le dije: “entonces publíquelos”. Don Juan  calló un segundo, y me dijo: “Ya. Pero  a  usted  todavía no  lo  conoce  nadie.  Vamos  a  hacerle conocer”.  Por  eso  mis  poemas se publicaron en El Dominical  del diario El Comercio y en Amaru 13. Cuando salió esa revista, don Juan me dijo: “ya puede ir a cobrar su cheque”, cheque que nunca cobré por encontrarme en las filas de Hora Zero y su “nada con el sistema”.

Esa primera noche, en la que me encontré con Juan Ramírez Ruiz, y en la que me  invitó a subir a escena, temblando y tartamudeando leí como pude. Entre el público había hasta profesores y  profesoras de San Marcos, que escribían en periódicos sobre esa “nueva forma de poetizar”, la  retahíla de  insultos  que  soltábamos  en  nuestros  escritos,  y  las publicaciones hasta con faltas ortográficas. Una de ellas era Dora Bazán, que enseñaba latín, al poco tiempo me anunció que estaba traducido al francés por un Belga llamado Marcel Henart. Y a su vez, el belga, que conocí personalmente unos catorce años después, en París, me dio el nombre de un escritor, Carlos Meneses, que había publicado poemas míos en revistas de Guipúzcoa y Castilla. A Meneses nunca lo conocí personalmente; nos  escribimos por largo tiempo y finalmente nos perdimos; hasta que, hace poco, por mail, nos hemos vuelto a ubicar, y hasta la fecha nos comunicamos, por lo que sé que él siente que la muerte se le acerca.

A la siguiente semana, los de Hora Zero me invitaron a participar. Yo ya había leído todo lo que me dieron, y, entre todo ello un “Manifiesto”. Me gustó la forma en la que me acogieron; y, a la siguiente semana, aparecieron dos poemas míos, que sin mi permiso, “robándomelos” habían publicado a mimeógrafo, y también sin mi consentimiento, me habían nombrado como parte de Hora Zero. Mis poemas de El estertor de la rata, a pesar del éxito y la posibilidad de salir bajo el sello de Juan Mejía Baca, me parecieron incomunicantes con  mi gente del barrio, de mi familia. Le conté mis dudas a Juan Ramírez Ruiz, y él me decía: “no seas cojudo, Feliciano, es una oportunidad de oro, por todo lo alto”. Un buen consejo que no seguí. El libro está actualmente en Francia, para evitar las tentaciones de publicarlo.

Mientras Hora Zero iba bullendo. Eran tan sanas nuestras “orgías de trabajo” que solo tomábamos tisanas de té, manzanilla y afines. No me acuerdo cuándo, insensiblemente, aprendimos a beber alcohol. Nos prestábamos libros, nos visitábamos. El poeta apitucado se dio su primera gran borrachera por el centro de Lima y terminó vomitando en plena Plaza San Martín, botó todas sus tripas, pero en esa época era noble; y al poeta negro de Hora Zero le prestó una cochera que tenía donde vivía, a espaldas del Ministerio de Agricultura. Ellos me visitaban en mi “apartamento” junto al actual Congreso, en un tercer piso. Juan Ramírez era tan ligado a mí, que tenía mi confianza y yo la suya, que me pedía mi casa por un día para tener sexo con su amada, que yo no conocía.  Yo le daba mis  llaves.

Los nuevos poemas  lo leíamos a gritos. Teníamos el coraje de tachar delante del  autor, lo  que  nos parecía mal. O decir, esto es una mierda. Cosa que yo hice una vez en mi “apartamento” del centro, y me dijeron, “aguanta, Feli, son poemas de él”, y ese autor, dolido, sonreía con paciencia frente a mí, y yo sentía pena, pero callaba.

Con el tiempo Juan Ramírez Ruiz comenzó a trabajar en periodismo, tenía su “departamento” por el Jr. Ancash, y casi no dejaba que lo visitáramos. Yo sí iba. Tenía rumas de libros sobre su mesa de noche. “Préstame éste”, “no, lo estoy leyendo”, y así, no prestaba nada. Entonces comencé a “robarle los libros que estaba leyendo” u otros de las rumas de su cuarto, y al terminarlo lo pasaba a otro y ese a otro de Hora Zero, y a veces Juan lo recuperaba de la octava mano, cochambroso y desmondongado. Así se instauró ese “prestarnos los libros”.

Empezamos a publicar  libros y uno de los primeros fue del poeta apitucado, luego vino Un par de vueltas por la realidad, de Juanito. Hora  Zero murió luego de pudrición interna,  por el “ingreso” de un tránsfuga proveniente de un grupo o revista llamado Estación  Reunida, aún me parece un alcohólico, serrano de odio puro y oportunismo terco, que alguna vez se atrevió a golpear y pegar, a patadas en el suelo, a Juan Ramírez Ruiz, en el culturoso bar Yakana. No estuve presente, pero no lo hubiese permitido nunca. Con sus visos troskistas, ese empezó a odiarme (bueno, ese odia a todos) por ser yo inclinado al maoísmo y por impedir que el grupo Hora  Zero  se convierta en  Hora Zero  FOCEP  (tras  la  invitación de Genaro Ledesma Izquieta, a dar un recital en su local, sede del FOCEP, una organización troskista).

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Grafitti callejero dedicado a Juan Ramírez Ruiz

El poeta apitucado quiso salir a Europa robándome una grabadora y negándose a dar las boletas de empeño de joyas empeñadas por él, joyas de una amante que acudió a mí en auxilio. Yo le di el mensaje al poeta Apitucado de Hora Zero: “Hablaré con unos familiares para impedirte la salida del país si no devuelves la grabadora (grabadora que yo le prestara, empeñada sin mi permiso, y que yo debí rescatar pagando de mi bolsillo) y si no le das a la chica las boletas de empeño para que ella, con su dinero, rescate sus  joyas. Cosas que se  hizo  felizmente.

Tengo  entendido que, enérgico, Juan Ramírez Ruiz expulsó al poeta apitucado, cuando este quiso forjar, para aprovechamiento personal, Hora Zero España. Bajezas que se han venido dando hasta 1995, fecha en la que fui a un recital de poesía, a tomarme una cerveza en los sótanos del Bar Zela. Y encuentro que al iniciarse el recital, oigo a un poeta joven que hoy radica en USA (Paul Gillén) saludarme y agradecer mi presencia por el micrófono “por  ser  el único de Hora Zero original, aquí presente en esta noche del inicio de ¡HORA ZERO 95!”. Y yo para mis adentros dije, esa gente perversa ex-Hora Zero, corrompida, que ahora vende la “Marca” Hora Zero para provecho personal.

Yo me  alejé  definitivamente de Hora Zero desde mediados de 1972. El serrano semitroskista entró a Hora Zero, alrededor de fines del año 1971 (Ojo: no soy bueno para las fechas, pero por ahí va). Después vi esporádicamente a Juan Ramírez Ruiz, que trabajaba eventualmente para una ONG, Chirapaq.

Lo vi de la mano, en el centro de Lima, con dos de sus menores hijos, estaba feliz; y mucho después, cada vez que lo veía en el centro lo veía más elusivo, ido, abandonado su persona, a pesar de haber publicado uno o dos libros excelentes. Quise entablar una relación para sacarlo del marasmo lelo en el que había caído, proponiéndole  hacer   recitales juntos, recitales que no podíamos ni planificar, pues solía perderse en la urbe limeña, o desparecía, según él, yendo a su tierra al norte del Perú.

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Grupo Hora Zero 2. Entre lo ex y el simulacro (2016)

La última vez que lo vi, en un bar del jirón Quilca, seis personas, “amigas, poetas”, de una mesa larga, le daban ostensiblemente la espalda. Yo les grité: “¿Qué carajo pasa, porque Juan no tiene para ponerse unas chelas van a darle las espadas? ¿No saben con quién están, poetitas?!!” Grité con furia, y pedí al mesero que nos sirviera dos cervezas en mesa aparte. Conversamos, pero estaba incoherente, ido, como debió estar después, en el momento en que el camión lo arrolló en su norte querido, para ser enterrado luego como NN, hasta que, seis o siete meses después, supimos que habían logrado recuperar sus restos.

Aquellos de los ex-Hora Zero Lima, los que pregonaban ser “la vanguardia del proletariado en la poesía”, “nada con el sistema”, los “con nosotros, salvo Vallejo, Melgar, Heraud, etc. se inaugura la poesía en el Perú”, se vendieron como putas a  los  sucesivos  gobiernos,  colaborando con Fujimori y Montesinos, con el Partido Aprista y con el yanqui con chullo-cholo sano y sagrado. Y ahora que se hunden en el anonimato, quieren blanquearse como Mónica Delta, y hacen expo-fotos permanentes en bares cochambrosos “para ganarse alguito”, escriben mamotretos con los que tratan de enmascarar sus almas lacayas; siempre en reuniones de ratas: por la “moña”.

¿Quién está más muerto: Juan Ramírez Ruiz o estas cucarachas vivitas que vendieron sus almas a cambio de “una moña”, es decir algo de dinero? Como en el caso de José Santos Chocano, el tiempo y la historia no pasarán en vano, y todo queda claro y se sabe. Y hoy que todo comienza a decantarse como un velo diáfano, Juan Ramírez Ruiz aún brilla nítido, brilla convertido en un diamante de poesía y consecuencia.

C. Feliciano Mejía H.

Nota (Ed.)

[i] El manifiesto de Hora Zero: “Palabras Urgentes”, escrito por Juan Ramírez Ruiz,  ideólogo del movimiento Hora Zero, se publicó en el libro Un par de vueltas por la realidad, de JRR, en 1971.

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