Poesía por el cambio, la paz y la sostenibilidad

Fernando Cassamar

Hay un poema que aún no ha sido escrito pero que es necesario se escriba. Ese poema debe versar sobre la unidad, sobre el cambio, pero sobre todo debe abogar por la libertad. La labor del trabajador del arte va en ese sentido. Alberga siempre esa necesidad de transformar el entorno y hacerlo más tolerable, más soportable ante el colapso de todo lo social, ante la degradación de lo políticamente correcto, que al pudrirse empieza a emanar su repugnancia, insania y perversión hacia el mundo, hacia el espacio de nos-otros, los otros, los condenados de la tierra (Frantz Fanon), los olvidados (Luis Buñuel), los que siempre pierden, pero que, no obstante, no claudican, no tranzan en un contexto negativo en el que la libertad se reviste como condena, como exilio, como soledad terminal o como el “recurso de la selva”, en el que el apestado o desterrado, únicamente puede ser acompañado por alguien que será su verdugo, solo durante el instante anterior a ser asesinado.

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“Apoteosis de San Ignacio” (1685-1694). Andrea Pozzo

En este sentido, existen períodos extraños, períodos en el que nuestro optimismo por las masas nos manda a equivocarnos. Sobre todo cuando estos se diseminan por los cuatro puntos cardinales del mundo, dejándonos grupos humanos contrahechos, modelados, producidos como monumentos a la insensatez, la estulticia y la demencia civilizacional que se apodera del planeta. Por eso no nos interesa aquí adular ni reverenciar a las masas envilecidas.

Y es en este punto, en el que tampoco la poesía es inocente. Y, en algunos casos, la poesía empieza a tomar partido por la libertad y la justicia, por la justicia y por la paz; y empieza a hacerse carne para recorrer las plazas y las calles con nosotros, algunas veces inclinándose por la belleza y otras solo por el pan, pero por ese pan que representará también la posibilidad de erigirnos como seres humanos libres en un mundo cada vez más monstruoso, contrahecho y opresivo; ya sin Diógenes y sin linternas desplazándose en un tiempo en el que a nadie le interesa buscar hombres entre esclavos.

Y si alguien puede hacer ese poema que aún no ha sido escrito, sus versos deben fluir como luces de colores, como auroras que relucirán hasta en las noches más oscuras para rescatarnos del horror; y construir así un horizonte áureo, esperanzador en un espacio aciago en el que ya no hay nada qué mirar, en el que ya no hay nada que observar, para terminar deslumbrándonos ante aquella visión exultante, radiante como ante aquel fresco barroco, en el que el éxtasis se presenta como una ascensión interminable hacia los cielos.

Y tal vez solo por ello resulta importante que la poesía ‒y no la posería‒ se encuentre con ese deleuziano punto de fuga. Un eje que como un largo camino se perfile hacia la sumatoria de actitudes, de voluntades y de fuerzas. Sin importar si se juntan diez, cien o mil poetas; pues lo único importante aquí  es que se vayan sumando voces hasta constituir con estas sumas, un gran canon que mariateguianamente nos haga cantar por el pan y la belleza, por la belleza y la libertad. Entonces… la poesía se hace carne y habita entre nosotros, se revela para marchar con las multitudes, para cantar sus palabras reluciendo como el “A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu” de las vocales rimbaudianas[1].

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“Diógenes sentado en su tonel” (1860). Jean-Léon Gérôme

Es por ello, que, a veces, la condición del poeta no es la condición del poeta; sobre todo si esta empieza con el mundo y termina enclaustrada en el interior de sí misma. Y si aceptamos wittgensteinianamente que los límites del lenguaje son los límites del mundo. Estos límites se hacen cada vez más descarnados en los “señores de la palabra”, que por lo general nunca son los señores de la acción; pues permanecen enclaustrados en sus “torres de alucinados” (Romualdo), en sus burbujas o cápsulas que los van justificando solo como pendejos que se imaginan iluminados, ensimismados y flotando sobre los demás, colmados en sus egos estúpidos de pobrecitos que solo quieren hacerse ver para finalmente sentir que existen.

Y es en ese punto en el que la poesía se encuentra más allá de la poesía, en el que los recitales no están solo en los recitales, sino lejos de ellos. O quizá mejor, esta se encuentra en los ecos de ese fantasma que supuestamente “recorre el mundo” (Marx) y que por ahora nadie puede ver; ordenándose en una posibilidad hallada en lo invisible, en lo desdeñado, en lo marginal, en lo que solo puede ser escuchado cuando los  excluidos, los marginados, los condenados, los olvidados suman sus pequeñas voces, con otras igual de pequeñas, para ir agregándose así al canon continuo de los desposeídos, al coro polifónico de esta parte desfavorecida del mundo, y que finalmente aspira a arribar a un tiempo y un espacio en el que no haya amos ni esclavos; desligados de aquella pulsión hedonista en la que únicamente nos hayamos enfrentados a los fantasmas de nuestras propias caídas, de nuestros propios miedos y fracasos.

Así, a veces las voces se propagan desde un punto pero teniendo su “centro” emocional en otro; y es en aquella dislocación de su sentido, en la fractura de su esencia, en la que emerge su fatalidad y vitalidad al mismo tiempo. Y nos interpelamos vallejianamente: “¡Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra!”, para enfrentar aquella destrucción o desestructuración del mundo, como un mantra que de tanto repetirse nos va adormeciendo haciéndonos indolentes, adormeciéndonos como las seriadas bombas atómicas de Warhol, que, así dispuestas, hasta podrían parecernos encantadoras.

De ahí que, si “la poesía es un relámpago maravilloso” (Javier Heraud) quizá debamos tratar de iluminar nuestro camino, e iluminar de paso el de los nuestros, frente a la interminable extensión de la larga noche de los más de 500 años (Sub. Marcos), de los cientos de años de insatisfacción, de olvido y de carencias frente a los embates de la explotación, la desolación, la dominación y el canibalismo en un mundo, con todas las voces todas haciéndose una para clamar al unísono por la libertad y la justicia, por la justicia y por la paz… para finalmente eclosionar y decir, como pudo haberlo dicho Túpac Katari o quizá Eva Perón, en esa invocación de corte cuasi demoníaco y terrible de mi nombre es legión: “volveré y seré millones”, millones esparciéndonos y diseminándonos en todas las escalas de rebeldía del planeta, en todas las ansias de rebelión que ahora empieza a resurgir en el mundo.

Y quizá solo sea en este pequeño detalle en el que reside el valor de los que se suman, de los que se unen y se unirán apostando por la paz, por el cambio… Y no importa si son solo diez, o cien o mil o un millón, o si caen y vuelen a levantarse en el intento; lo importante es que sean, que solo sean… y que sumen sus voces con la de los demás habitantes de los otros lados negados del mundo, para que así, como lo pudo haber dicho el divino Choquehuanca, con el paso de los siglos crezca nuestra gloria, como crecen las sombras cuando el sol declina. Salud por los cien… por los mil poetas por el cambio, por los que murieron y siguen viviendo, y por los que siempre vienen y revendrán[2].

Fernando Cassamar

Nota:

[1] “A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales”.

[2] Texto-memoria del encuentro “Poesía y música para promover la paz, la sostenibilidad y el cambio social en el mundo”. Lima, 24 de noviembre del 2015.

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2 comentarios

Archivado bajo Carta abierta, Ensayo, Poesía

2 Respuestas a “Poesía por el cambio, la paz y la sostenibilidad

  1. Miguel

    correctisimo politicamente hablando Fer, no importan cuantos sean, solamente que sean?

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    • Saludos Miguel. La corrección es una convención, en tanto sirve a los intereses positivos de un colectivo social. En ese sentido, cuando se rebasan esos límites, se está en el terreno de lo no-correcto. El asunto es que lo político impone márgenes que casi nunca son respetados por los mismos que lo imponen. De ahí que cuando se habla de cantidades podríamos tener el referente de Sodoma y Gomorra, allí no hubo ni un solo justo…

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