Estética squatt en Lima

El Averno, el remoto lugar en el que las conciencias se bifurcan

Fernando Cassamar

 A Edgar Barraza Kilowatt
a Juan Ramírez Ruiz
a Ricardo Quesada
y a El Averno,
Inmemorian…

Hay lugares que no solo son lugares, que son puntos en los que suele darse esa conflusión de experiencias culturales múltiples, como  territorios para lo anti, como espacios para lo marginal, lo sucio, lo disonante, pero que obedecen a un transe en el que las aspiraciones generacionales van marcando el espectro de una sensibilidad no siempre armónica, pero generalmente expresiva. A veces posicionados interseccionalmente y ocupando un mismo territorio, pero casi siempre desde emociones, aunque parecidas, enfrentadas. Lo que se hace más grave aún, si consideramos lo abarcado bajo el rótulo generacional de los sesentas o los setentas, colectivos o grupos aún marcados por aquella imaginería psicodélica y hippie, que, al arribar a nuestra ciudad, poco a poco se fue andinizando, y que, con el paso de los años, se fue transformando en rock fusión, en heavy metal y hasta, en algunos casos, en new age. Afirmándose como sensibilidades musicales que tendieron a coincidir, en un espacio compartido -el de Lima cuadrada- al arribar las generaciones de los ochentas y noventas, caracterizadas sobre todo por su impronta subterránea: la del rock o el punk, de alguna manera aclimatados también a la capital peruana, con el hardcore, el post punk, el  new wave o el gotik, entre flujos generacionales que, a partir de sus nociones excluyentes y tribales, desde conciencias subtes, hippies o heavys, que empezaban a imponer su insólita, imagen.

Cabe delimitar la primera mitad de los noventas como el punto interseccional de estos dos bloques generacionales, como flujos contraculturales que terminarán por compartir un mismo espacio –el del centro de Lima-, de alguna manera marcados por el intelectualismo característico a los habitúes de jirón Quilca- determinado por aquella aureola pseudo-marginal  y bohemia de sus bares, cuasi turísticos, ubicados en los alrededores del espacio de libreros del pasaje del boulevard del jirón del mismo nombre, en los que solían reunirse “intelectuales” y poetas de grupos ruidosos como Hora Zero, Kloaca o La sagrada Familia; frente al antiintelectualismo casi tribal de los congregados en la avenida Nicolás de Piérola, conocida también como La Colmena, que albergaba a personajes y músicos de diverso pelaje, posicionados en calles, en torno a vendedores de LP inhallables o raros, deambulando entre el espacio de la avenida La Colmena, que daba con el frontis principal de la Universidad Federico Villarreal y el de la iglesia La Inmaculada, además de las calles y veredas de jirones aledaños, como el memorable y oscuro pasaje Peñaloza, al final del cual había una tienda en la que solíamos abastecernos.

Lo cierto es que estos espacios eran centros de flujos musicales y contraculturales diversos, espacios compartidos con la colorida y múltiple “estética” de chicheros, yuppies escapistas, estudiantes, comerciantes informales, prostitutas, ladrones, mendigos, niños terocaleros, drogos, fletes, tracas y predicadores desorbitados. Todos ellos diseminados y revueltos en estos lugares que fueron haciéndose referenciales al momento de querer identificar y cartografiar aquella pulsión marginal y contracultural de sensibilidades similares, pero la mayor de la veces opuestas o enfrentadas, que han caracterizado a la historia del movimiento musical subterráneo limeño, y a sus variantes.

En ese sentido, La Colmena fue el lugar en el que a fines de los 80s formamos una banda de corte experimental y nómada -un tanto efímera y proteica como muchas otras de la época-, entre psicodelia, rock progresivo y oscuro, a lo King Crimson o Iron Butterfly, con el flaco Ricardo Figueroa alias “Lagarto”, Gerardo Fernández  alias “Jabalí”, Denis Blas Rojas alias “Mazamorra” y otros pocos que solían entrar y salir de este grupo que alguna vez acogió para sí el nombre de Botiquín. Una historia que durante los noventas empezó a coincidir con los fastos del quinto centenario del encubrimiento de América, con la celebración del centenario del nacimiento de César Vallejo, con el autogolpe del 5 de abril, con la captura de Abimael Guzmán, con las relaciones homo-zoo-fílicas del joven Kenji Fujimori y su perro Puñete, con los besos volados de Laura Bozo a Vladimiro Montesinos, y con las noches interminables de alcohol, drogas, sexo de burdel y rock & roll; pero sobre todo marcado por las cruentas estadísticas de muerte arrojadas por la guerra interna, en un país cada vez más devastado y fragmentado.

528289Para entonces, todos sabíamos que se avecinaban tiempos aún más difíciles, y al desaparecer el ambiente contrahecho de La Colmena, desalojados por el municipio limeño, muchos terminamos por confluir o juntarnos en el culturoso jirón Quilca, vía emblemática de la que se dice que en el pasado prehispánico fue parte del camino inca. Así, en Quilca, con su estética bobó, de alguna manera se había terminado por imponer la new age o nueva era, esa suerte de neohipismo cósmico ligado a la música electrónica de Vangelis y Jean Michel Jarre, con Kitaro, Tomita y hasta Tangerine dream, pero rodeado del rollo de pendejos drugos, todos naturalistas, orientalistas, pacifistas bienpensantes y hasta iluminados de fin de semana, que luego de pegarse un tiro o fumarse un porro pretendían levitar y salvar el mundo; mientras que, en el otro extremo de lo hippie o lo subterráneo, estaba ya en boga la tecnocumbia, los diarios chicha y toda esa socio-sicopato-política ligada a las evoluciones rítmicas y propagandísticas de la náusea, el embrutecimiento, el robo y los psicosociales generados por el fujimontes(c)inismo.

Durante esos años, cuando nos referíamos a Quilca, ese pasaje que da a la plaza San Martín -en el que durante aquellos años se vendían libros y casetes piratas de música para coleccionistas- llamado “Boulevard de la cultura”, nos referíamos también a los bares de sus alrededores, en los que podíamos cruzarnos también con el buen Hudson Valdivia, acompañado casi siempre de su corte de áulicos -que declamaban a Vallejo como quien narra un partido de fútbol-, pero en el que también podíamos tomarnos unos tragos con Juan Ramírez Ruiz, más bien solitario, o encontrarnos con Édgar Barraza “Kilowatt”, cuando Los Mojarras empezaban ya a sonar con su Sarita, en uno de los puestos del jirón.LiMAC_Squats_okupas_wallz_murals020

Para muchos, quizá el entorno generacional o interseccional que se concretaba en Quilca, para nada épico ni po-ético, podría rotularse bajo aquella idea terminada de definir por Verlaine en su Les Poètes maudits, pero con más “posería” que poesía, sedimentada no como tragedia sino como comedia -como pudo decirnos el Marx del 18 de Brumario-, en ese “malditismo” de ventana o de fin de semana, característico a la mayoría de habitúes del ambiente quilquense, que fueron haciéndose representativos, en todas sus paródicas variantes, de lo que será la movida contracultural limeña de aquellos años.

En tanto, entre esos efectos contraculturales, emergía también aquella noción casi religiosa de algunos, que se revelaba en esa suerte de aspiración secreta hacia la “santidad del mal”, terminada de definir por Sartre en su Saint Genet, comediante y mártir, en la idea de aquella santidad al revés, totalmente cruel y perversa, cuya cúspide podría concentrarse en la entidad sádica del divino Marqués; pero, más precisamente, bajo el sino o la conciencia de estar en ese polo siniestro del mundo, ubicado a la izquierda de Dios padre o de Dios y el Estado, como tal vez pudo decirlo  Bakunin. Pero desde un “anarkismo”, un malditismo y una debilidad por lo marginal, a veces solo performática y otras como pulsión existencial.

Es en este contexto, en el que no se puede hablar de ese lugar que fuera Quilca, sin mencionar a El Averno o Centro Cultural del Pueblo. Un viejo local inaugurado en diciembre de 1998, que desde un inicio se caracterizó por exhibir una estética squatter u okupa, impregnada de una retórica vintage o pop, de graffitis y slogans políticos efectistas, para convertirse en el foco de coloridos murales, que fueron extendiéndose para tomar las casas y calles aledañas, hasta marcar con su presencia, por algo más de una década, el eje disruptivo y contracultural del Centro Histórico limeño. Concierto AvernoUn eje por lo general reducido, que abarcaba bares como El Queirolo o la Rockola, además de discotecas y locales de conciertos aledaños, como fueron también el Salón Imperial, el Etnias o el Yacana.

Por ello, cabe decir que El Averno no se abrió cuando se abrió el Averno, esa dualidad conocida por algunos en el Negro Acosta y Leyla; sino un poco antes. Y en esto puedo remontarme a una representación del El Fénix, unipersonal poco logrado de Fernando Fernández, basado en una obra de Julio Ramón Ribeyro, presentado en el antiguo local de la Biblioteca Nacional, en la Avenida Abancay, día en el que un tímido Jorge el “Negro” Acosta casi fue violado.

Por aquellos años, el “Negro” Acosta, mítico vientista e integrante, con Piero Bustos, de la banda de rock fusión Del Pueblo, tenía solo un estrecho quiosco en el pasaje boulevard Quilca, en el que vendía casetes piratas. Por lo que luego del desalojo de la feria de libros del boulevard, en el que el “Negro” tenía su puesto; Jorge Acosta, se vio obligado a alquilar un pequeño antro, para vender sus casetes, el que irá extendiendo, para fundar o inaugurar lo que luego será El Averno. Lugar en el que se fueron aglutinando tendencias múltiples de hippies tardíos, músicos punk, waves, metals, criollos, andinos, artistas plásticos, rastas, teatreros, poetas y algunas otras recuas de alucinados, además de los tíos decadentes y alcoholizados, que serán los que patéticamente terminarán por caracterizar al Averno, durante sus últimos años. Hasta su cierre en octubre del 2012.

En este punto no he dejado de deslizar las veces que he podido, la idea de que El Averno fue también un centro contranatura(l), un centro cultural de ambiente, y, en este sentido, entre otros aspectos menciono una sola frase que podría ser la bandera comunitarista o el eslogan de la reciprocidad, si no tuviera ese sentido homoherótico que siempre le ha remarcado el Negro Acosta: “Todos dan todos reciben”, pero que también remite a esa noción de multiplicidades y alteridades, en un encuentro orgiástico de poseros tarados y “groupies” imbéciles, que inmediatamente después de que uno les respondía el saludo y les dejaba sentarse a su lado, se alucinan malditos y se ponían faltosos. Por lo que ahora que El Averno ya no está, pese a que la energía de sus amigos continúa en el ambiente, puedo decir que durante la noche de su inauguración, el 4 de diciembre de 1998, el local olía a incienso y tenía una iluminación de bar de La Victoria de los años cincuentas, casi casi con bolero y aserrín incluido. Y, entre otros, recuerdo a Roger Santiváñez, creo que al Yuyo, a Dalmacia Ruiz, a Juan Ramírez Ruiz…

15-Acta de Resistencia Edit

Fernando Cassamar – “Acta de resistencia”-2000

Hacia los primeros días de marzo del 2000, terminé por inventar el lugar como una galería de arte. Solo hacía algunos meses antes, en diciembre 1999, habíamos celebrado el primer aniversario de El Averno, con la inauguración-cierre de la “Huerta Perdida”, en el gran espacio ubicado en la explanada de la parte trasera del escenario, en un mítico concierto en el que tocaron El Polen, La Sarita, Los Mojarras, Pachacamac, Del Pueblo, Armagendón, entre otros.

Puedo decir que antes de llegar yo al Averno, sus paredes estaban adornadas solo por grandes telas fosforescentes, pintadas y colgadas, a manera de banderolas, de una estética parecida a la de los diseños chicha, que resplandecían con la luz negra que caracterizaba al lugar; banderolas pertenecientes sobre todo a Herbert Rodríguez, además de algunos otros que por allí pasaron. Era la época en la que estaba de moda “Chan Chan”, tema principal del grupo Buena Vista Social Club y la película dirigida por Win Wenders, que solíamos escuchar casi casi por inercia, desde la mañana hasta la noche, intercalados con los ensayos de la banda Ilusión Marchita, los talleres de pantomima experimental de Fernando Ramos, además de los recitales de poesía organizados por Ricardo Quesada. Durante los primeros meses de ese año, empecé a pintar las paredes maltratadas y sucias del lugar, pegué algunas cosas a manera de ensamblaje, colgué telas pintadas e hice algunas instalaciones para una muestra individual de arte que llamé “Acta de resistencia”, exposición inaugurada en una de esas cálidas noches del verano del 2000, cuando el poeta Domingo de Ramos llegó trayendo una enorme cruz de rosas rojas, robada o traída de algún funeral u homenaje mortuorio, y Siniestro apareció con algunas banderas del Tahuantinsuyo -elementos aleatorios que aumentaron aún más la intensidad del altar central, por lo que la muestra fue adquiriendo el aspecto sombrío y psicótico de una misa negra. Y pese a que el motivo principal era eminentemente político, esa suerte de altar mayor adornado con velas que iluminaban una gran máscara con ojos y boca sangrantes, rodeada por la imagen fusionada de Cristo y el Che Guevara; además de la bandera peruana crucificada y rodeada de alambres de púas, entre otros símbolos que serán recurrentes en esa línea de trabajo extendida hasta el 2003.

No obstante ello, todos sabemos o al menos sabíamos que el 2000 era el año definitivo, un año terminal si queríamos que las cosas cambien y alcanzar un país libre. Y hasta cierto punto había que “quemar las naves”, alzar la voz y luchar contra el crimen y el narco-Estado fujimorista. Por eso el 2000 fue el año de las movilizaciones masivas, el de la marcha de los cuatro suyos y el de la contención violenta y desbordada por parte de la dictadura, pero también el año del polo del “Chorri” con su “Te amo Perú”. Días en los que El Averno fungió también como punto de partida y encuentro para múltiples acciones. Tal vez por ello, algunos podríamos pensar en esos días, con las protestas, las movidas culturales y conciertos subtes incluidos, como los de nuestra primavera o nuestro Woodstock personal. Pero luego de ello, aparecieron los vladivideos, el “chino” Fujimori se fugó a Japón y renunció desde allá vía fax, capturaron al tío Vladi en Venezuela; y luego, salvo las constantes invitaciones del gran Ricardo Quesada o las de Richi Lacra para leer poesía o tocar como solista en algunos recitales o conciertos, tuve que alejarme del lugar. Un poco debido a los viajes que hacía, y otras a las mariconadas del Negro que se ponía faltoso por un asunto personal que nunca supe, además porque el lugar había devenido en un espacio de chibolos pendejeretes, con sus bandas hasta las huevas, que paraban los conciertos con la plata de sus viejos, lo que ya era un índice de que los hijos de la maquinaria de estupidización y embrutecimiento del fujimontesinismo habían empezado a infiltrarse en el ambiente. Cabe mencionar también a esos tíos quemados que se alucinaban importantes y que antes de despertar admiración con su rollo desorbitado y obtuso, como antiejemplo, deprimían; además de esos patéticos aprendices de malditos que hacían apestar el lugar con su presencia. Por lo que, salvo las incursiones de Piero Bustos y del Pueblo, las incursiones de los Poetas del Asfalto, las de Willy Barreto y Takanamanta o las de “Jinre” Guevara y Los Cholos, para mí el espacio ya había perdido interés… hasta que un día El Averno desapareció, lo cerraron… y no obstante ello, no dejamos de extrañarlo.

Tal vez por ello resta decir que la importancia de El Averno no residió en los que estuvieron o no estuvieron, en los que llegaron o en los que se fueron, pues muchos ya partieron en ese viaje de no retorno; sino en lo que significó para muchos, en ese transe integrador que a partir de la convivencia los fue haciendo menos puros; es decir más híbridos, contaminados, tolerantes e interculturales. Por lo que podríamos decir que ese denominado “anti-pup”, fue el catalizador de gran parte de ese eje disruptivo que será la expresión más representativa de la posmodernidad cultural y contracultural limeña de la primera década del siglo XXI. Espacio que fue atrayendo para sí expresiones marginales, suburbanas y contraculturales, pero desde una multiplicidad ubicada aún en los intersticios de la ciudad oficial, en esas fisuras que fueron sintetizando esa mixtura real entre lo milenario y lo moderno, lo autóctono y lo foráneo, para luego desembocar en lo que vivencial y emocionalmente consideramos como propio, pero también en lo ajeno que vía la praxis colectiva se fue haciendo compartidamente cada vez más nuestro. Ave Negro que estás en los cerros… santificado sea tu nombre amigo… hermano…

Fernando Cassamar

Infierno en Lima, diciembre 01 del 2015

Revisado el 30 de enero del 2016

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2 comentarios

Archivado bajo contracultura, Crítica cultural, Homenaje

2 Respuestas a “Estética squatt en Lima

  1. Rodolfo

    Muy interesante lo planteado en tu crónica-ensayo, un relato del final de las aventuras contraculturales de lo diverso del fin de siglo xx.

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    • Muchas gracias por el comentario Rodolfo. Aún resta una crónica más actualizada del asunto, pues con el cierre del “Boulevard de la cultura”, feria que retuvo el nombre del antiguo pasaje de libreros Boulevard de la cultura de Quilca, simbólicamente acaba de cerrarse todo un ciclo. Además han empezado a aparecer, en el lugar, nuevas subjetividades, mencionadas solo de refilón en el texto comentado. Un abrazo.

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