Porque soy feminista

María Dolores Hernández

Llegué un martes a las 7:00 pm, era otoño y corría el 86. Cuando tenía una hora y algo de existencia fui envuelta en un trozo de tela. El color de mi vestimenta era rosa, el color de las niñas.

Estaba lista para salir.

Seguí encontrándome con este matiz sonrosado insistentemente: regando mi habitación, dulcificando mis vestidos, cubriendo cuadernos y material escolar o empapando la sección de juguetes para el género femenino.

Dentro de la tonalidad acostumbrada tenía cómplices de juego llamadas Barbie y Sindy. O sin nombres, pero todas rubias. A ellas les gustaban los vestidos brillantes y delinear sus ojos azules. Y lucían una cintura de plástico cuyo diámetro podía envolver con la ligera flexión de mi menor dedo índice.

Amazonas SilencioUn día olfateé el aroma proveniente de un rico caldo imaginario en una olla de plástico en la que fue mi primera cocina. Nunca revelaré los ingredientes de mi pócima secreta. Ni tampoco os contaré lo que realmente pensaba de aquel juego.

Mi hermano llegó cuatro años más tarde, y lo conocí vestido de azul. Él se divertía dando patadas a un objeto esférico y más tarde descubrí que era un elemento clave en el deporte más importante del mundo: aquel al que jugaban los niños.

Recuerdo mi primer día de escuela… un niño me empujó y caí al suelo. Ese día empecé a aprender que las niñas somos delicadas, tranquilas y nos sentamos con las piernas cerradas y los niños son traviesos, malcriados y se ensucian cuando juegan. Me lo dijo mi profesora. También mi madre. Yo me preguntaba por qué se forjaban dos mundos enfrentados entre nosotrxs: niñas y niños que comienzan a crecer juntxs en un salón colorido y luminoso.

Mientras comenzaba a desaprender todo lo anterior, mis senos comenzaron a pronunciarse y con ellos también mis compañeros masculinos, quienes manifestaban el reclamo que suponía este factor biológico de entrada a la pubertad. Y nació la duda ante el piropo, la incomodidad ante el silbido.

Mamacha doloresLlegaron las revistas para chicas, aquellas que ofrecen cadenas y consejos baratos a un amplio público femenino preadolescente bajo temas tipo: “¿Cómo gustar a los chicos?”, “Trucos para perder esos kilos de más”, “¿Qué hacer si a tu mejor amiga le gusta tu enamorado?”, “Tengo la regla y quiero ir a la piscina ¿Ahora qué?” , “Trece formas de hacer que un hombre pierda la cabeza contigo en la cama” o “Consejos para alejarme de mis amigas y olvidarme de mi”. Mi joven hipocampo recogió toda esa información y la guardó cuidadosamente en un esquema mental que se titulaba: “Si soy guapa, delgada y le gusto a los chicos… seré feliz”

Este dictamen permitió que odiara mi cuerpo, el que avergonzado y torpe miraba a esas chicas sonrientes, delgadas, sin acné ni alambres metálicos en el área maxilofacial. Y empecé a odiarlas como rivales. Y un arma de doble filo se clavó en las tiernas entrañas.

Encontré a un ser llamado “Amor” cuyo apellido era “Romántico” y me rendí ante él, como Cenicienta y la Bella Durmiente con el príncipe, como la sirenita Ariel con Erick, como Jasmine con Aladdin. Pero mi príncipe no era azul, nunca tuvo caballo y jamás consiguió salvarme.

Y cuando casi llego a un bosque de espinas y convertida en mi propio reflejo, las córneas me devolvían la mirada que cuestiona y desafía… descubrí que la culpa no era mía.

Entonces empecé a investigar.

Descubrí que todxs tenemos una madre biológica, pero también muchas madres históricas. Aquellas que lucharon por la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Que “El peor enemigo de una mujer es otra mujer” es un refrán que se inventaron algunos hombres para mantenernos alejadas las unas de las otras, porque juntas somos más fuertes. Que “Los niños no lloran” es un castigo machista con forma de palabras que impide brotar aquellas lágrimas acumuladas cuando se han convertido en hombres. Que “Busca a tu media naranja” es una falacia porque somos frutas diversas y enteras, sin necesidad de otra mitad.

Sheila de Bretteville

Las palabras “violación”, “feminicidio” y “violencia de género” provocaron sacudidas de mayor intensidad y me pregunté las razones del miedo al volver a casa sola, de noche, cuando las calles están desiertas.

Y así fue como Feminismo nació en mí.

Feminismo, impertinente y desafiante, que cuestiona el orden establecido de un sistema que nos oprime por el simple hecho de ser mujeres. Feminismo libre y fuerte, que sobrevive a prejuicios y estereotipos, cuyo intento fallido de ridiculización no nos hace perder el tiempo. Feminismo, conciencia y revolución, que cambia la vida de aquellas mujeres (y hombres) que se acercan a él.

Me declaro feminista porque creo en la potencia de la realidad construida por mujeres y hombres de mirada limpia, cuyo compañerismo supera a la complementariedad. Soy feminista porque mi cuerpo es mío, mío y de nadie más. Soy feminista porque soy una ser humana que habita en un mundo que todavía no satisface mi necesidad de libertad y decisión. Soy feminista por mis hijas, y las hijas de mis hijas.

Soy feminista porque ya no podría dejar de serlo.

¿Y tú?

María Dolores Hernández

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3 comentarios

Archivado bajo Carta abierta, Feminismo

3 Respuestas a “Porque soy feminista

  1. Yo soy simplemente una mujer que está orgullosa de serlo, se califica este sentimiento como “feminista”? no lo sé. Sólo soy mujer y no me incomoda en lo absoluto. Tuve un hijo a los 35 anos sin casarme; un excelente empleo durante 26 anos, disfruté mi soltería hasta los 47 anos y era muy feliz; a los 53 anos me casé con un hombre europeo y sigo siendo feliz. Hice todo lo que quise sin convencionalismos y lo hice cuando yo lo decidí, no en función a las presiones sociales y sigue siendo mi filosofía de vida. Tengo a mi lado un hombre que comprende eso y lo respeta. Me encanta ser mujer y me encantan los hombres pero no vivo por ellos y sólo para ellos porque me gusto yo y quiero hacerme feliz…..Besos, Patricia

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    • María Dolores Hernández

      Me alegra escucharte/leerte decir que te encanta ser mujer y tu manera de vivirlo con orgullo ¿Es esa sensación o sentimiento ser feminista? No lo sé, quizá para muchas mujeres sí y para otras no. Creo en la investigación y en el debate para fortalecer nuestras ideas en este camino. El día en que me puse las lentes de color violeta, es decir, cuando cambié mi punto de vista desde el feminismo y comencé a darme cuenta con mayor intensidad de la discriminación y abusos que sufrimos por el simple hecho de ser mujeres, también tomé mayor conciencia de nuestro poder, el cual da miedo a un sistema necio y patriarcal. Brindo por un mundo lleno de mujeres orgullosas de sí mismas, esa también es la revolución.

      Un abrazo.
      María Dolores.

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  2. María, aprovecho para decirte que te he invitado a participar del Reto WordPress: tres días de frases favoritas. Los detalles están en mi último Post. Suerte con el Ret. Besos. Patricia

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