Los cien números de Poetas del Asfalto. Veinte años no son nada cuando se vive en poesía (1995-2015)

Tenía veinte años.
No permitiré que se diga que es la
 edad más hermosa de la vida.
Paul Nizan 

Sartreanamente los noventas han sido los años de la nausea. No sé si exista esa acepción en el calendario chino, pero tal vez podamos plantearlo como una extensión, a partir de la noción de los años de la rata y de los cerdos. Y pensar en el Perú de entonces como una representación masiva de The animal farm de Orwell; pero representado en el escenario repugnante post autogolpe del 5 de abril del 92, años que nos enseñaron a tener la piel dura, tan dura como la del niño de la película de Truffaut, que cae desde muy alto y queda totalmente ileso. Nosotros caímos también desde muy alto, totalmente stones, desde lo alto de ese puente Villena que conocemos como nuestro país… y 25 años después continuamos vivos.

Marcha de los 4 suyos

Resulta duro pensar también en la condición de ser supervivientes de aquel tsunami que produjo esa década del espanto. Muchos se regodean diciendo que fueron los años de la violencia, pero violencia para quién. Yo creo que fueron más bien los años de la indiferencia, los años en los que Lima, se dio cuenta recién que atravesábamos algo más de una década de conflicto armado interno, cuando ocurrió lo de Tarata, en el corazón mismo de Miraflores. Hecho que, según la buena conciencia nazional, debió indignar incluso a la gente del cerro Candela, y que devino luego en el corpus temático de las ONG y el leiv motiv de la burguesía fujimontesinista y la izquierda caviar.

Aquí estoy tentado en utilizar el rótulo de Gertrude Stein para definir esa década como la de la “Generación perdida” -rótulo que también dio nombre a la banda de Ricardo Espinoza “Morgue”-, pero quizás sea mejor decir que durante todos esos años habitábamos en el Jurasic Park, y que muchos fuimos solo carne de cañón de totalitarismos amarillos y de procesos de estupidización que produjeron a las barras bravas y toda esa devoción imbécil por el fútbol y la Coca Cola, con eso de “siempre rojo y blanco siempre…”, como canon continuo, mientras se celebraba el centenario del nacimiento de César Vallejo, el quinto centenario del encubrimiento de América, el de José Carlos Mariátegui, la captura de Abimael Guzmán, la aparición de Poetas del asfalto, el cambio de sexo de Namín Timoyco, el desfloramiento de Keiko Fujimori, las muertes y desapariciones forzadas, el debut homosexual y zoofílico de Kenyi con su perro Puñete; los besos volados de Laura Bozo al doctor del SIN, la risa de hiena de Melcochita; y todo esto, teniendo como telón de fondo la relación homosexual y siamésica de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos.

En aquella época todos sabíamos que Albertito era el gay pasivo, porque su sonrisita ladina no era nada varonil, pero la prensa contracultural calló de manera cómplice. Y supongo que si Hannah Arendt hubiese sido peruana, nos hubiese hablado de la “banalidad del mal”, pero no la de los nazis ancianos, que hasta te podían inspirar lástima y ternura, sino la del (total)itarismo encarnado en aquella lógica repugnante de “cómicos ambulantes”, en la que las muertes masivas, como la de Chungui, Putis o Cayara, si es que eres un patriota que sabe cantar el himno, hasta te podrían causar gracia y parecer encantadoras y glamorosas como para las viejas pitucas retratadas en las tiras cómicas de Alfredo.

PoetasdelasfaltoNumero100P2Porque los noventas fueron los años de los coches bomba, de la televisión queer, de la prensa basura; pero también de la poesía basura. Y muchos no lo hubiésemos soportado si no fuese porque eran también los tardíos años del Urbadán, del Tonopán, y de ponernos duros para que toda la mierda de la patria no termine por embarrarnos, alineados como imbéciles en las filas del rock$roll, la complacencia y la apolítica creativa; con la actitud pendeja del que no se atreve a decir nada porque tiene miedo o porque está demasiado coqueado, con su Coquito, como para darse cuenta de que lo están violentando.

Durante esos años, también teníamos que soportar a los tracas de la tele, a los homosexuales y lesbianas de la prensa geisha, además de la tecnocumbia de Ruth Karina, Rosi War, y escuchar “Sarita Colonia” de Cachuca, con su baile del chino, chino, chino, predicando que nos metamos en el monstruo; mientras nuestras viejas tenían que ir a los mítines y soplarse diez horas paradas, escuchando y alabando al chino conchesumadre, para recibir medio kilo de arroz que solo le alcanzaba para servírselo luego a su hijito, que llegaba al día siguiente a su hogar, resaqueado y oliendo a semen luego de una noche loca, alucinándose un vanguardista.

En esos años difíciles, como parte de los psicosociales y la prensa chicha de Montesinos, nace Poetas del asfalto (1995), años en los que también la mayoría de poetas y rockers subtes huían del país cuando las papas quemaban. Pero muchos se quedaron, porque no pudieron irse o porque no se dieron cuenta, y continuaron drogándose, cantando, embriagándose y sobre todo escribiendo para publicar en los fanzines amarillos y geishas que por allí pululaban. Así llegó la segunda mitad de los noventas, y tras la fraudulenta reelección del Chino, comenzaron los años de la resistencia, de las amenazas de muerte. Pero para mí eran los años con la tegen de los colectivos de arte, con Oktubre, de las borracheras con la gente de Hora Zero, con Juan Ramírez Ruiz y Feliciano Mejía, con la gente de Kloaca, con Mingo de Ramos, Roger Santivañez y Mary Soto, o con la gente de Del Pueblo, de Piero Bustos y el Negro Acosta, con los Poetas del Asfalto; pero también la de los botellones de a luca: cóctel de anfo, con gasolina, kerosene y lejía, además de una par de gotas de alcohol metílico para quitarle el mal sabor, y que si no te desinfectaba el estómago o lo desaparecía, te ponía pasuchi, con la gente que aún sobrevivía a la experiencia de Botiquín, adormecidos y más idiotas.

Richi lakra

Ricardo Vega Jaime, la jefatura de PDA y Luis Mujica en entrevista radial

Luego vinieron los años del centro contracultural ―aunque conociendo a Acosta, creo que mejor hubiese sido centro contranatura(l)― El Averno. Debo confesar que empecé a leer en recitales de poetas borrachos (Velorio dixit), gracias a las continuas invitaciones de Ricardo Quesada, el Charlie más grande que Charlie Hebdo, que solía organizar recitales como Desakato, y luego los encuentros con los poetas Fernando Laguna, que empezó a publicarme en Prosa Procaz, con Richi Lakra de Poetas del Asfalto, con Juan Carlos Grimaldo “Maskara”, que sacaba el fanzine El Poste, y bastante después con Carlos Barzola, el “Chino Velorio”, que empezó a sacar Libelo Falaz o Christian Portocarrero que no recuerdo qué sacaba. Para eso ya habían pasado un par de años desde  Acta de resistencia, mi individual casi itinerante, entre Independencia, CC. San Marcos, el Averno, el boulevard Kilka y el Palacio de Justicia; además de las intervenciones urbanas previas a la marcha de los cuatro suyos. Luego la gestión del primer Arte sin argollas, y después de eso, muchísimo alcohol ha circulado bajo el río, y desde el puente a la alameda.

Durante esos años, para mí, hacía una década que Quilca, había desplazado ya al pasaje Peñalosa, como el lugar en el que podías hacer música, emborracharte y pepearte hasta terminar anestesiado, temblando de frío y quedar dormido en cualquier parque. Y desde esos años hasta ahora, han empezado a irse algunos: se fue Kilowatt, se fue Ramírez Ruiz, se fue Betto Amaya, luego Ricardo Quesada, se fue Fidel Melquíades y después tantos otros que no sabemos, o que revienen cual ave fénix, como el Primo Mujika que reapareció luego de que habíamos celebrado su velorio o Mascarita que siempre aparece cual Matrix recargado.

Jiron Quilca

Paredes de Jirón Quilca. Lima-Perú

De todos los Poetas del Asfalto, el que más recuerdo es el número 16, que todavía coordinaba Richi “Morge”, edición de antología en cuya portada, diseño thanático de Fernando Laguna, aparecemos casi todos, ocho poetas ahorcados, colgando sin pies de un árbol seco, que riega con la sangre de los ejecutados un campo de flores en medio del desierto. Nada más trágico, nada más poético. Ya desde aquella época sabíamos que veinte años no eran nada, a pesar de que ahora Richi Lakra o Ricardo Vega Jaime, pretenda copiar la imagen de Jonh Lennon, lo cual ya es síntoma de bastante senectud.

Después de todo esto, considero que Poetas del Asfalto es una publicación fundamental para entender el universo contracultural del Punk limeño, y las coordenadas subterráneas de las periferias transformadas en visceral poesía del asfalto, la vereda, las molotov y mucha caña. Atomizada en el centro histórico de Lima, como el universo lírico de marginales, informales, drugos, apretones, asesinos, mendigos, fanáticos religiosos, locos cagados del cerebro, ladrones, cabros, prostitutas, niños aspirando terokal, entre hardcores-metals-chicheros, violadores, basurales, tracas y harto olor a orines.

Y, a estas alturas, Richi Lakra, y sus no sé cuantos años de poeta, rocker y subterráneo hasta las vísceras, ya es mucho más querido que Daniel F, por los chicos de quince, dieciocho y veinte años ―que nacían cuando se publicaba el primer número de Poetas del asfalto―, teniendo al F como su más cercana competencia. Ellos suelen hablar emocionados del tío Richie, pero quién es uno para decirles que la jefatura de Poetas del Asfalto también es de carne y hueso, que tiene caries, que vomita cuando se pasa de tragos, que se pajea pensando en el culo arrugado de Charles Bukowski, y que a veces, muy pocas veces, también sueña.

Y ahora que te veo en las calles o en tus recitales efebocráticos con puro chibolo afeminado que se alucina malo, veo que lo has logrado, y que producto de esos veinte años de poluciones nocturnas, de sueños, de bajadas y subidas constantes al cerro el Pino, de hardcore, poesía, terquedad y sobre todo resistencia, son estos cien números de Poetas del Asfalto. Veinte años no son nada cuando se vive junto al cielo, pero se habita en el infierno. Que se vengan muchos más, entre reces, chelas, anfo y otros puchos.

Lima, víspera de Santo Valentino, febrero 2015-02-13

 Fernando Cassamar

Publicado en Poetas del Asfalto n° 100. pp. 71-79.

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