Plegaria del zorro y la serpiente

Roberto Ortega

Serpiente, Feliciano Mejía, Amaro Ediciones, Lima: 2014, 201 pp. Selección y estudio previo, Rafael Ojeda.

Tal vez como un ejercicio previo de interpretación o como una hermeneútica de la cotidianeidad, se debe afirmar que hay en algunos poetas, digamos naturalistas, una necesidad de copar la integralidad temático-conceptual característica de un mundo escindido entre dos realidades: el campo y la ciudad, el pasado y el presente, lo luminoso y lo oscuro, como referentes pasibles de ser articulados en el texto poético, para intentar definir así los matices de la peruanidad, en un campo en el que las relaciones y posibilidades escriturales se tornan en conjuntos etnográficos, debido a la atmósfera naturalista que inunda los diferentes eventos, ante una tensión que fluye entre apocalípticos e integrados, que podría definir a los que celebran y a los que sufren los frutos más sensibles de la modernidad capitalista; a partir de razones que, tras la Cumbre de los pueblos, podrían reavivar los debates suscitados tras la publicación de la Utopía arcaica, de Mario Vargas Llosa.

En este contexto Amaro Ediciones acaba de publicar Serpiente, volumen antológico que reúne la producción de casi cuatro décadas de Feliciano Mejía, editor, narrador y poeta nacido en 1948, en Abancay, autor de libros que resultan “importantes si se desea conocer una de las aristas menos estudiadas de la sensibilidad poética de los setentas” (p. 26); desde poemarios como Tiro de gracia (1979), Círculo de fuego (1980), El grito de Terride (1997), y su trilogía “milenarista” llamada Las caras de la serpiente negra, integrada por Kantuta Negra (1990), Kantuta roja (2006) y Kantuta verde, obras a las que ahora se suma Serpiente, edición antológica que compendia lo mejor de sus casi cuatro décadas de exploraciones poéticas, a partir de la selección y estudio previo  realizado por el crítico peruano Rafael Ojeda.

Si obviamos la densa presentación que hace Rafael Ojeda, veremos que, pese a que su “serialización temática”, dividida, a manera de estaciones, en cuatro episodios de temporalidad inversa, denominadas “Poemas épicos”, “Poemas urbanos”, “Estaciones de la Serpiente” y “Trópicos”; los poemas allí reunidos obedecen a un criterio  de orden temático-espacial, que va definiendo la costa, la sierra y la selva, como territorios que van brindando un conjunto de tropos; desde los cuales se definen las distintas vías creativas de un autor; cuya obra se desplaza, por lo general, desde un inicial vanguardismo estético e indagación informalista  ―ligada en cierta medida a la experiencia común y colectiva del grupo Hora Zero―, hacia el espectro temático de un nacionalismo entroncado entre lo urbano y lo rural, como un  “cosmo-politismo” que fue derivando hacia un ejercicio particularmente inclinado a la indagación y reflexión etnocultural-identitaria, que fue sumando referentes andinos, costeños y amazónicos, en pos de asir una noción particular de identidad y de alteridad urbana.

SAMSUNG DIGIMAX A403Es por ello que este libro resume una línea de trabajo que va clarificando, en sus diversos capítulos, la interrelación de los distintos espacios y sensibilidades poéticas, en un conjunto de versos, ordenados, en la antología, como secuencias dramáticas o estaciones unificadas y sistematizadas en secciones contextualizables y reconocibles. Pues, en el conjunto denominado “Poemas épicos”, por ejemplo, la poética declamatoria se explica a partir de varias claves de lectura, dispuestas como epígrafes o agradecimientos, que encabezan los extensos poemas narrativos, allí reunidos; como  “Jooorrr” y sus relaciones dramáticas con la diablada puneña; el poema “Zorros”, que nos refiere a los elementos de la “Wakonada” de Atavillos; “Plegaria coral de la Kantuta Negra”, relacionada con el imaginario de la “danza de tijeras”, pero que gráfica, metafórica y concretamente, una pugna, que Feliciano hará coincidir con los procesos de violencia política y social que por más de dos décadas fustigaron al país, desde una noción esperanzadora de mesianismo mítico andino, en la idea del pachacuti o el cambio social.

En este contexto, quizá debamos catalogar los tránsitos retórico-temáticos que este libro resume, como una suerte de ruptura estético-conceptual, debido a que gran parte de los poemas aquí reunidos, albergan sujetos relativamente nuevos para la época en la que fueron escritos, presentados como síntomas de una nueva “conciencia social”, relacionada, en general, con la generación del setenta, pero reforzada, en el caso de Mejía, por una retórica milenarista, “indo-mitologizante”, que articula en sus bases una salida afirmativa y propositiva, hacia un mesianismo inspirado en el Inkarrí, y aquella visión cíclica de la historia, característica de una cosmovisión andina, sustentada en el Pachakuti. En tanto, en el segundo apartado, denominado “Poemas urbanos”, los “Poema en Y, y de cómo la noche asalta a los posibles derrotados”, además de “Cinco de Mayo”, recogen textos marcados en el fragor de conciencias más políticas que antropológicas, presentada en la exacerbación del gesto rupturista de los manifiestos horazerianos, en la noción experimentalista de la “poesía integral”, y en sus excesos conversacionales. Sobre todo en el poema, “Cinco de Mayo”, que debió de ser una suerte de cantar de gesta, de Villa El Salvador. En la sección, “Dimensiones de la Serpiente”, que resume versos de la trilogía, denominada Las caras de la serpiente negra, que compila libros como Kantuta negra, Kantuta roja, y Kantuta verde, Mejía aborda con más vehemencia el fenómeno político, canalizando a través de un simbolismo pletórico de imágenes, las secuencias descriptivas de los versos de “Serpiente negra”, “Serpiente verde” y “Serpiente roja”, poemas que, a manera de posicionamiento político transversal, van definiendo, en forma de destellos, los diferentes partes del drama de la “guerra interna en el Perú”.

Tal vez por ello, casi como una condición lógica que refiere al interés iconográfico y rítmico del universo de lo shamánico, cuya influencia caracteriza a la poesía última de Feliciano Mejía, en el apartado final, denominado “Trópicos”, que recala temáticamente, en la amazonía, en versos de su más reciente poemario: Marirís, inspirado en los cantos de sanación amazónicos; que incluye el extenso poema, “Vórtice…” y Marirí de arco”, en estrofas que fluyen como un río de impresiones desiguales e intensas, cargadas de un lirismo denunciativo más que enunciativo, pero ubicado entre el posicionamiento político-social y la preocupación arquetípico-mítica, atizada en lo cultural-ancestral; en la que los símbolos del pasado, va marcando su poesía como una de las más personales y críticas de la generación del setenta. Generación poética que se ha instaurado como una de las más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Un período en el que se fue catalizando la nueva configuración de la ciudad; una configuración que motivó una poética intersticial y marginal, a la que se fueron sumando, con las migraciones poblacionales, las más diversas cosmovisiones, actitudes y formas de ver el mundo. Por lo que esta antología se erige  como una buena muestra de esta síntesis.

Roberto Ortega 

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